martes, 14 de junio de 2011

BORGES PARA CIBORGS


La presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura, incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo, impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de Cervantes.
Borges era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el saludable modelo del iconoclasta ilustrado.
La cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia y la vida humanas. La función trascendental de las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.
En este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.
Sin embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón, Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].

[i] “La secta del Fénix”, en este sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la ingeniería, la cultura, etc.).
[ii] Basta leer “Examen de la obra de Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo contiene y refrena.
[iii] Borges no sería así un humanista tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un posthumanista en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.
[iv] Así, en “El jardín de senderos que se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”, haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico, Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores pensadores del siglo XX, como Musil, que pensaban que el mundo existente era una construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de los diversos poderes).
[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros).

6 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Totalmente de acuerdo,mi querido amigo.Borges describió nuestro universo como nadie.También se inventó él como escritor y como personaje.Nos dio la pauta para la literatura del futuro.
Un fuerte abrazo,amigo.

Anónimo dijo...

Un consejo. Resume.
Internet hoy en día es visto y no visto, así que achata los post tremendamente interesantes aunque mortalmente extensos.
De compañero de los que proclamas ahí abajo (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros) a compañero.

Fgt

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

FGT: Te agradezco la recomendación, pero como comprenderás seguir la corriente nunca ha sido la dominante ni en mi vida ni en mi creación, con lo que la extensión de los posts es la que me apetece y quien no quiera leerlos allá él. Por otro lado, hay extensiones y extensiones, si uno lee mediocridad pedirá brevedad, si uno lee calidad, como aquí se intenta, pedir poco es como sentarse a la mesa de un banquete suculento y conformarse con el aperitivo. Insisto, el gran Gracián, falso apóstol de la brevedad donde los haya, nos dispensó, sin cortarse un pelo, un ladrillo maravilloso titulado "El Criticón"...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Francisco: Borges trastorna las categorías y la visión de la realidad de todo el que lo lee, por eso quizá sea hoy más citado que leído, como pasa con los clásicos, y por eso las visiones dominantes sobre la realidad en la literatura son cada vez más chatas. A menos Borges, más ramplonería...

Xmantra dijo...

¿Has leído "La chica mecánica" de Paolo Bacigalupi, en Plaza y Janés?
Creo que te puede interesar: calentamiento global, crisis económica, piratería genética, y en especia una chica mecánica, de fabricación japonesa, obligada a ofrecer un espectáculo sexual en un prostíbulo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No, no la conocía. Gracias por la recomendación, voy a buscarla, ya te contaré...