lunes, 23 de febrero de 2009

LA MUERTE DE MATILDE URBACH

Se han dado muchas explicaciones sobre él, o, más bien, ha sido glosado de muy diversos modos. Se trata, sin duda, del dístico más enigmático de la historia de la literatura. El autor del jeroglífico no podía ser otro que Borges. Me refiero al poema Le Regret d´Héraclite, incluido con malicia en el volumen misceláneo El hacedor (sección Museo) y atribuido a un apócrifo vate prusiano, Gaspar Camerarius. El lamento ígneo del presocrático por el fluir del tiempo, lo efímero de la pasión y el goce y la fuga y caducidad de la belleza se completa con esta nota de ironía trágica, o de tragedia irónica, como se prefiera:

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Los borgianos epidérmicos (es decir, los borgianos profesionales, esos que exhiben en público su presunta condición de legatarios creativos del maestro sin poseer otro título para ello que un conocimiento superficial de su obra) se han desgarrado y desgastado las neuronas buscando el sentido y la fuente de tal enunciado. Sus hallazgos han sido siempre triviales. O, como diría un discípulo algebraico de Borges, han computado en cero su novedad. Por supuesto que Borges estaría ajustando las cuentas con humor incomparable a una novela menor[1] que considera fallida, como queda claro en su crítica[2], por su premisa de que una explicación inverosímil sea preferible en una narración fantástica a una explicación mágica (no obstante, el oxímoron entre el sustantivo “explicación” y el epíteto “mágica” pareció escapar esta vez a la sutileza habitual de Borges, dando pie sin pretenderlo a los desmanes “seudomágicos” que padecemos hoy en exceso). Y que la anécdota amorosa, algo perversa, de una mujer alemana (la epónima Matilde Urbach) que habría podido amar a cuatro hombres distintos bajo la misma apariencia, creyéndolos el mismo hombre en ocasiones sucesivas, no podía sino fascinar al Borges más travieso y juguetón, a pesar de suponer una alambicada alegoría del impersonal amor a la patria en tiempos de guerra y el cruento sacrificio de cuerpos viriles a ese generoso amor germánico[3]. Pero no menos importante para Borges, como lector decepcionado del artefacto de Cowen, es el uso de la fingida pluralidad de los personajes y la irrisoria reiteración de las circunstancias como excusa para gastar una broma filosófica de alcance certero en contra de las concepciones clásicas del tiempo, la linealidad del arte narrativo y, en suma, de la literatura de ficción como correlato de las versiones más adocenadas de la realidad.

La verdadera originalidad de Le Regret d´Héraclite se cifra, sobre todo, en su postulación de una cesura o hiato entre el yo trascendental y el yo contingente del sujeto tal y como Paul de Man dilucida la cuestión, en su impagable análisis de los mecanismos de la ironía, a partir de la novela Lucinda de Friedrich Schlegel. Si se lee la microficción poética de Borges después de esta reflexión de De Man ya no quedarán dudas sobre el designio del primero en el momento de concebirla. Dice De Man, describiendo la instancia subjetiva de la que procedería todo sustrato irónico del discurso: “el hombre que puede identificarse con todos los yoes y estar por encima de ellos sin ser él mismo nada específico, un yo que es infinitamente elástico, infinitamente móvil, un sujeto infinitamente activo y ágil que está por encima de cualquiera de sus experiencias”. Me consta que De Man no tenía a Borges en la cabeza (mucho menos su culterana broma lírica) mientras elucidaba estos argumentos sobre Schlegel, sino, más bien, a Baudelaire (e, incluso, a Shakespeare).

En consecuencia, no sólo el Borges melancólico de estos versículos paródicos, sino también el narrador dudoso e infeliz de El Aleph o el “doble” cuántico de Borges y yo, entre otros narradores autoficcionales de su obra, caben en esta decisiva tesis de De Man, iluminándose unos a otros como ecos de una misma voz y una misma posición de discurso. La ironía suprema que marca la distancia elocutiva entre el actor plural de una vida fallida como todas y el escritor no menos plural que consigna, desde una remota dimensión verbal, las desdichadas vicisitudes de esa misma vida. Esta es la clave fundamental de Borges y de cualquier auténtico creador literario, como también de cualquier sujeto capaz de entrar en el enrevesado juego de espejos y las múltiples trampas de la lectura.

Así que en ese críptico epitafio de Borges, el más literario de los escritores, se encierra todo el secreto de la literatura. Como la “figura en el tapiz” de Henry James, contiene la compleja verdad de todos sus textos, de su paradójico lugar de dicción y de las secuelas vitales del ejercicio de la ficción, y también, qué duda cabe, de todos los demás volúmenes almacenados en la supernumeraria Biblioteca de Babel. Con un añadido dramático, si se quiere: el objeto de deseo del escritor (y de su escritura) es nombrado e identificado de antemano como imposible. El misterio literario se ha resuelto al fin en una dirección alegórica que escapa a la banalidad referencial en que suelen desenvolverse los razonamientos de tantos borgianos de escaparate.

Descanse en paz Matilde Urbach.



[1] Man With Four Lives, del neoyorquino William Joyce (Joseph) Cowen (1886-1964), narrador, guionista y director de cine, cuyas estrambóticas ocurrencias Borges también podría haber parodiado en algunas de las invenciones referidas en su metaliterario relato Examen de la obra de Herbert Quain.

[2] Publicada en la revista El Hogar (14-10-1938) y recopilada en Textos cautivos: “Todavía más extraño es el argumento de Man with Four Lives (“Hombre de cuatro vidas”) del norteamericano William Joyce Cowen. Un capitán inglés, en la guerra de 1918, mata cuatro veces distintas a un mismo capitán alemán: con el mismo rostro varonil, con el mismo nombre, con el mismo anillo pesado en cuyo sello de oro hay una torre y la cabeza de un unicornio. Al final, el autor deja entrever una explicación, que es hermosa: el alemán es un militar desterrado que proyecta, a fuerza de cavilar, una especie de fantasma corpóreo que guerrea y muere por la patria más de una vez. En la última hoja, el autor absurdamente resuelve que una explicación mágica es inferior a una explicación increíble, y nos propone cuatro hermanos facsimilares, con caras, nombres y unicornios idénticos. Esa profusión de gemelos, esa inverosímil y cobarde tautología, me colma de estupor”.

[3] Como curiosidad, añadiré que Cowen, condecorado héroe de la primera guerra mundial, incurriría en laboriosos despropósitos de similar ingenio erótico en otra novela de ambientación bélica (They Gave Him a Gun), que sería adaptada al cine en 1937 por el asalariado artesano W. S. Van Dyke, con Spencer Tracy como protagonista.

13 comentarios:

Vicente Luis Mora dijo...

“El ‘yo’, digamos, no es más que la decisión que ha tomado alguien para convertirse en el eje en el cual se ata una serie increíblemente larga de clichés que por sí mismos serían insoportables”; Heriberto Yépez, 41 Clósets; Conaculta, Tijuana, 2005, p. 58.

Anónimo dijo...

Hola Juan Francisco, interesante comentario a un texto que ya es todo un clásico. No obstante me ha interasado mucho la nota[2], que no conocía. Una de las cosas que creo que caracteriza a Borges, entre otras muchas muchas, claro, es las soluciones inverosímiles, en efecto tautológicas. Eso me interesa mucho.

Tengo una obra inédita, "El Hacedor (de Borges). Remake", en la que cojo ese libro y rehago cada uno de los cuentos y poemas (prólogo y epílogo incluidos). Sólo conservo el título de cada uno.
Por supuesto, está el Remake de El arrepentimiento de Heráclito (o La pena de Heráclito, o La añoranza de Heráclito), y puede que mi solución a la pregunta "¿cómo hacer un remake de ese poema sin caer en el ridículo?", se acerque más a una solución inverosímil que a una fantástica, cosa que creo que está en el espíritu de "cierto" Borges.
Un saludo
Agustín

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Agustín, me interesa mucho ese proyecto de remake. El remake, como ha quedado claro en mi post sobre Lynch, es una de mis pasiones creativas. Y sólo puedo sentir envidia de los medios artísticos donde repetir una obra ya existente, como pasa en la música y el cine, sobre todo, aunque también en la pintura, se convierte en la posibilidad de deslizar un atisbo de singularidad en el código y una revisión de motivos y estilos. Me encantaría que colgaras por aquí al menos el remake que has hecho de "El lamento de Heráclito", que es, según creo, la mejor traducción del título borgiano.
Y, en efecto, Vicente, el yo es un saco de podredumbre, una burbuja de flatulencia vanidosa, una tripa rellena de excremento, por eso Borges privilegia, a la manera de Derrida, el uso de la máscara, el simulacro, el anonimato y la textualidad apócrifa. El yo de la literatura de Borges es como el Mago de Oz de la novela de Frank Baum: un manipulador invisible, omnipresente y poderoso pero desdibujado, un modesto demiurgo...
Insisto, Agustín, en invitarte a dar a conocer aquí, con este pretexto, tu (per)versión del dístico borgiano.

Un abrazo a los dos y gracias por vuestros comentarios.

Anónimo dijo...

Hola Juan Francisco, gracias de veras por tu invitación. De momento me lo guardo. Lo prefiero así.
Por lo demás, coincidimos en lo del Remake como acto estético.

Agustín

J. A. Montano dijo...

Hace un par de años cambié de sitio a Matilde Urbach:

http://joseantoniomontano.blogspot.com/2006/09/el-lamento-de-herclito-2.html

Como antes lo había hecho con la otra:

http://joseantoniomontano.blogspot.com/2006/09/el-lamento-de-herclito.html

J. A. Montano dijo...

Por cierto, parece que Borges corrigió el poemita y puso "en cuyo amor desfallecía" en lugar de "en cuyo abrazo desfallecía", ¿no? ¿O fue al revés? En la versión que yo tengo pone "amor" y de ahí lo copié en su día... aunque en mi memoria tenía "abrazo".

J. A. Montano dijo...

"el yo es un saco de podredumbre, una burbuja de flatulencia vanidosa, una tripa rellena de excremento"

Jajaja, cómo te gusta excitar al ego, amigo Ferré. El yo, básicamente, es como el pene: mientras más se le toca, más crece :-)

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Menos mal, Montano, que sabes captar mis ironías. Qué haría yo sin tus correcciones. Era una concesión al viejo Schopenhauer, que está detrás de todas las estratagemas del viejo Borges. Insisto, a la manera de Freud: a este falo o a este clítoris, tanto monta, no nos queda más remedio que toquetearlo y magrearlo todo lo posible a ver si nos crece lo bastante como para oponerlo con todas nuestras fuerzas a los desmanes del superyó (instancia vaticana que cada vez, con el avance de los tiempos, se parece más a una embajada zapateriana en la ONU) y a las turbulencias del ello (una sucursal mafiosa como pocas).
Qué ediciones expurgadas me manejas, Montano, ¿no serán las que se da a leer a los seminaristas o a los catecúmenos de parroquia? Por una vez que la sombra de la cópula asoma en literatura tan casta como la borgiana, me vienes a deslizar, con malicia jesuita, una tentativa de sublimación. "Abrazo", dice la edición más acrisolada de sus obras completas, y en "abrazo" se queda el desfallecimiento de la señora. Faltaría más.
Por otro lado, Borges podría haber escrito en su momento, tras una acalorada lectura de la "Imitatio Christi":

"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca Aquel en cuyo abrazo desfallecía Molly Bloom".

Firmado: Joseph Cartaphilus

J. A. Montano dijo...

Tienes razón en lo del abrazo, y de hecho, como digo, es lo que recordaba y lo que me gustaba. Yo consulté la edición de Emecé Editores de la "Obra poética 1923/1985" (1989). Aunque ahora acabo de consultar el segundo tomo de las obras completas de la misma Emecé y allí viene "abrazo". En su día creo que me extrañó lo de "amor", pero no le di demasiada importancia y lo puse así. Pero ahora mismo lo cambio por "abrazo". ¡El abrazo imposible de la Venus de Urbach!

En cuanto al ego como tanqueta antivaticana: ¡no está mal, no está mal!

J. A. Montano dijo...

Ahora que mencionas al Kempis, recordemos el gran, inolvidable poema de Amado Nervo, una de las cumbres humorísticas de nuestras letras:

* * *
A KEMPIS

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Oceano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grande ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras...

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra...

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Muy bueno lo del Amado Nervio (sic). Aunque yo, al citar al Kempis al sesgo, pretendía aludir al memorable final de "Pierre Menard". Este es el Borges que más me pone. El bromista cultural que declara que la literatura sería mucho mejor si pudiéramos atribuir el infumable panfleto de Kempis a Joyce o a Céline. La neutralización de cualquier texto infame a través del juego de la atribución. Y no sólo los infames, también los famosos e influyentes. Cualquier texto, en suma, vería torcida su intención inicial, o mejorada y amplificada, según los casos. Ah, cuánto ganarían las Encíclicas de Ratzinger si las firmara Martin Amis, como las de Wojtila cuando se las escribía Kundera, y no digamos los discursos de Obama si se le atribuyeran a Philip Roth o a Chuck Palahniuk (lástima que Bush nunca hiciera caso a sus asesores y aceptara compartir firma con Cormac McCarthy). Y cuánto ganó, por cierto, la prosa opusdeísta de "Camino" cuando se la atribuyó con descaro Juan Goytisolo. Por desgracia, los discursos de Zapatero y Rajoy, por no hablar de Ibarretxe, siempre sabemos a quién atribuírselos...

J. A. Montano dijo...

Juan Goytisolo? Te refieres al relamido autor de "El manuscrito carmesí"? Yo, la verdad, prefiero la obra maestra de Vizcaíno-Casas: "Señas de identidad" (que, a su vez, le alumbró el camino a Suso de Toro para que escribiera, sin asomo de ironía, "Las autonosuyas").

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No, Montano, no. Vizcaíno Casas, no sé cómo se te ha podido olvidar, es el célebre autor de "Negra espalda del tiempo", una oscura reivindicación de la sodomía ambientada bajo el franquismo más espeluznante. Todo el mundo sabe, parece mentira, que "El manuscrito carmesí", flamante premio Planeta, es obra de la misma pluma que cinceló con primor los versos de "La infancia recuperada", ¿o es que no le pillas los escoceses ecos de Stevenson a la descripción, algo escocida, de la Alhambra al atardecer? Ay, Montano, se te ve desconectado de la actualidad literaria más acuciante, si no cómo puedes achacarle a Suso de Toro una invectiva contra el estado de las autonomías por la que la pobre Ángela Vallvey se ha visto obligada a sacrificar su brazo izquierdo (¿o era el derecho?)...
Por desgracia, amigo Montague, la existencia sindicada de tantos "negros" literarios ha convertido el sampleo borgiano con el que bromeamos en una práctica clandestina con muy poca gracia, para qué nos vamos a engañar...