viernes, 31 de octubre de 2008

INSTRUCCIONES PARA LEER "NOCILLA DREAM"

Si pretenden acceder a las páginas de este libro inclasificable (Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo) lo mejor es que se olviden de todo lo que han leído sobre él. O recuérdenlo solo después, si les parece necesario, cuando salgan del túnel de lavado de su lectura a una realidad reconvertida en una galería de videojuegos en el desierto americano, o una red de carreteras que se bifurcan al infinito en pos de los múltiples centros urbanos desde los que se emite en directo la señal interferida de esta docuficción, como la denomina su autor.
Concéntrense, en cambio, en la sugestiva portada: una mujer ajustándose el sujetador mientras se mira de perfil en el espejo de la habitación de un motel; frente a ella, un par de monitores de televisión sintonizados en canales distintos. Cuando se aburran o crean no entender nada, o todavía mejor, entiendan que no hay nada especial que entender en este libro, como en el mundo, donde sólo hay superficies más o menos relucientes y criaturas opacas que se reflejan en ellas sólo un instante, solas o acompañadas, recurran a esa imagen emblemática, les ayudará a sobrellevar el jet-lag de la lectura.
A su manera didáctica, Nocilla Dream es un libro de instantáneas hiperrealistas concebido por un ingenioso poeta desdoblado en científico de ficciones prosaicas. La estética audiovisual es dominante en la configuración, con o sin música, de este archivo de imágenes (des)codificadas de la vida cotidiana en el supermercado del mundo globalizado. Hay mucho más cine en la textura mutante de Nocilla Dream, muchos más minutos seminales de True Stories, París, Texas, Short Cuts o Mystery Train, por citar solo las más evidentes, que referencias literarias o artísticas. No se extrañen, por tanto, de que esta “no-novela” les pueda parecer más rodada que escrita: una “road-movie” filmada en formato digital por una cámara Sony PD-150 más que un “travelogue” picado en el teclado de un PC o un MAC de (pen)última generación.
En este sentido, Nocilla Dream, como el aleph borgiano, es un trozo de materia viva desmenuzada en sus componentes elementales, una constelación aleatoria de fragmentos de información cruda, una red de partículas o subpartículas de una realidad compleja observadas milagrosamente desde ángulos insólitos en el circuito experimental de un acelerador narrativo.
No se dejen engañar, en consecuencia, por el orden numérico del libro. Empiecen a leer por cualquier parte, en cualquier dirección, hacia delante o hacia atrás, dando saltos como el caballo de ajedrez, o estableciendo alguna clave algorítmica para conectar sus 113 secciones. Las combinaciones son inagotables. Podrían postularse otros sistemas de lectura rigurosa del libro, pero si me permiten una sugerencia más productiva, comiencen por la sección 90 y prosigan con la 91 antes de retroceder a la 81, luego fluyan libremente. En ese núcleo anecdótico se condensa el acontecimiento detonante del libro: el atropello del autor por una motocicleta en una calle de Bangkok, pero transferido a una ciudad vietnamita y a un personaje apócrifo (un Che Guevara superviviente) que muere en el hospital y es enterrado en Las Vegas.
Lo que fascina al autor en esta experiencia es la posibilidad de conferir a su micro-universo narrativo un origen tan accidentado y traumático como el del macro-universo en el que la vida misma parece un accidente. El cuerpo salta propulsado por el aire y ese lapso de ingravidez y vacío, seguido de un largo periodo de convalecencia, se podría considerar la génesis violenta del libro y su traumatismo formal, como una respuesta simbólica al caos de lo real.
Al final, habrán comprendido que Nocilla Dream es una tentativa de crear una Rayuela para el siglo XXI. O, si lo prefieren, citando otra novela de Cortázar, un intento de generar un “modelo para armar” literariamente un nuevo modelo de realidad, fragmentario y provisional. Afronten, pues, la lectura de este primer volumen del “Proyecto Nocilla” con la misma actitud (evocada en la sección 68) con la que el minimalista Tony Smith se decidió a realizar la exploración nocturna de una autopista en construcción: como el tránsito por “una realidad que nunca hubiese tenido expresión artística hasta entonces”.