martes, 7 de junio de 2011

MATHIAS ENARD: EL DISPARO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

En diciembre de 2004, publiqué en Diario Sur una reseña de La perfección del tiro de Mathias Enard (Reverso, Barcelona, 2004). Y tuve, además, el placer de presentarla en compañía del autor en la Librería Luces de Málaga en esas mismas fechas. Desde entonces la obra de Enard no ha hecho sino engrandecerse y conquistar el lugar singular que le corresponde en la literatura francesa contemporánea, con Zona (La Otra Orilla, Barcelona, 2009) como logro supremo hasta el momento. No obstante, me apetece recuperar esta reseña de su primera novela ahora que se publica en español su última y exitosa novela, Habladles de batallas, de reyes y elefantes (Mondadori, Barcelona, 2011).


No es necesario conocer a Heráclito, o en su defecto a Petrarca, o a Fernando de Rojas, para poder afirmar que la metáfora de la existencia como guerra o combate permanente es una de las más convincentes de cuantas la cultura humanista nos ha legado antes de desaparecer consumida por sus enemigos. Con las tropas en territorio hostil, o con las tropas a resguardo en casa, el bien o lo bueno siguen sin estar más cerca por más que algún iluminado se empeñe en su lucha personal contra la barbarie. Si convenimos que la novela tiene como función principal exponer el mal sin moralizar y descubrir al mismo tiempo territorios insólitos de la experiencia humana, esta deslumbrante novela de Mathias Enard cumple magníficamente con ambos objetivos al situar su historia en un frente de batalla abstracto, más allá del bien y del mal.


Esta novela perturbadora y obsesiva se enfrenta a la tradición épica del género narrativo bélico poniendo en el punto de mira a quien lo suele poner todo en el suyo: la figura letal del francotirador, fascinante contrafigura del novelista. El novelista Enard, de ahí la focalización subjetiva del relato, tiene la gran valentía de erigirse en francotirador de primer nivel mediante el acto poético de identificarse con la mirada acechante del criminal emboscado. Enard presta su poderosa voz narrativa a ese francotirador enardecido indistintamente por un buen disparo de fusil y una deseable adolescente que cuida de su madre loca. El novelista es ese tirador de elite que, en cuanto realiza el disparo, se identifica fatalmente con la víctima, con el otro a quien ha tardado un tiempo en designar como víctima destacándolo con su gesto de entre las múltiples presencias que transitan por el espacio anónimo de la realidad.


La novela de Enard cuenta la turbulenta historia de un francotirador tan exigente y disciplinado como un artista, un científico o un escritor: un psicópata perfeccionista y calculador que sueña con la muerte metódica de todos y acaba poseído por un amor imposible hasta la locura y la extinción mutua. No en vano, la novela abre fuego con un epígrafe de André Breton sobre el “amor loco”, como recordatorio de que este autor manifestó, precisamente, que el acto surrealista básico consistía en disparar al azar contra la multitud.


Enard describe la guerra como un laboratorio abominable en el que se experimenta con el paroxismo de la vida elemental, ese rostro bestial que suele ocultarse tras la máscara humanitaria. Si la guerra es instinto de supervivencia, es también instinto puro, animalidad pánica, sexo extremo. Una de las facetas más sugestivas de la historia es cómo el novelista Enard, al penetrar la mente enferma del francotirador con su mira microscópica, consigue transformar la crueldad en placer, el odio en pasión, la fiereza en amor. La economía libidinal del francotirador es explorada así en toda su excitante ambigüedad: su ardor visceral por el cuerpo moreno y opulento de la quinceañera, sus erecciones intempestivas y juegos masturbatorios con el arma reglamentaria, el deseo sucedáneo del fusil, el retozo acuático con su compañero de armas o la erotizada relación con las víctimas de sus disparos.


Con sintaxis impecable, esta novela alegoriza la derrota histórica del sueño del humanismo y la ilustración. El final del siglo XX y la entrada brutal en el siglo XXI: una espiral de violencia y destrucción tan masiva como el manto de moralina que la encubre. Una novela imprescindible, pues, para comprender el tiempo que habitamos: en el campo de batalla de sus páginas, la inteligencia y la poesía combaten, como revulsivo ético y estético, contra la ingenuidad biempensante y la falsa inocencia, el cinismo global y el horror contemporáneo.