sábado, 18 de junio de 2011

JAMES ELLROY: LA MALDICIÓN MATERNA


Este libro de James Ellroy (A la caza de la mujer (The Hilliker Curse), Mondadori, 2011) no es una novela policial sino una autobiografía erótica, con intensas relaciones amorosas pero también experiencias venales y líos episódicos. Pero en el trasfondo de la trama sentimental hay un crimen truculento. Un asesinato cuyas secuelas marcaron al autor hasta el punto de que su imposible resolución, como un leitmotiv existencial, le llevará toda la vida. Se ha repetido hasta la náusea que el Edipo Rey de Sófocles fue el germen de la novela policial. Nada más coherente, entonces, que uno de sus más grandes autores contemporáneos, consumando los presupuestos del género, arrostre una vida agónica de Edipo patológico.
Freud no atraviesa, desde luego, su mayor momento de popularidad y prestigio. Uno de los últimos productos de la factoría Onfray (Le Crépuscule d´une idole: L´affabulation freudienne), una andanada contra la impostura psiquiátrica y las falsedades freudianas, lo atestigua de manera escandalosa y demoledora. Pero sin la sombra venérea del doctor vienés sería impensable entender con tanta lucidez la vida y la obra de James Ellroy. A todo esto, Ellroy no dudaría en escupirle en la cara no ya a un busto totémico de Freud sino a cualquier psiquiatra que se atreviera a meter las indiscretas narices para olisquear en la materia oscura y maloliente que conforma su vida mental, traumatizada por una madre muerta demasiado pronto y en circunstancias bastante sórdidas. Para hurgar ahí, con todo el morbo y la delectación de quien sabe que está removiendo sus entrañas enfermas, rascando una herida invisible que duele y procura placer al mismo tiempo, se basta él solo, como Céline, con sus artimañas novelescas, su histrionismo verbal y sus conjuros escénicos.
En manos de Ellroy la “novela familiar” del chamán del psicoanálisis se transfigura en comedia grotesca y macabra. El padre: Armand Ellroy, un matón guaperas y superdotado fálico que se movía como un escualo de aleta prominente por las turbias aguas del Hollywood dorado, entre actrices segundonas y otras ingenuas aspirantes a la gloria fílmica, y que llegó, según la leyenda paterna transmitida por el hijo, a liarse con Rita Hayworth cuando trabajaba de guardaespaldas para ella. La madre: la pelirroja Jean Hilliker, una enfermera de convicciones naturalistas y tendencias promiscuas tan acendradas como las del marido ligón y semental. Si la convivencia de ambos personajes ya era traumática para el niño Ellroy, la separación lo fue aún más. Un escritor de fijaciones compulsivas no podría encontrar mejor escenario doméstico para formarse. Desgarrado entre la esquizofrénica fascinación por la madre adúltera, a la que amaba y detestaba con idéntico ardor genital, y la protección simbólica de un padre fracasado que leía novelas pulp de Mickey Spillane para fantasear con el papel viril que más le hubiera gustado desempeñar, a todas horas, en la calle y en la cama, a imitación del adusto detective Mike Hammer (un modelo de mitificada masculinidad de mucho tirón, por razones evidentes, en la posguerra mundial).
Faltaba, no obstante, un detalle fundamental para acabar de perfilar la personalidad obsesiva del futuro novelista. El siniestro asesinato de la madre, cuando Ellroy tenía diez años, estrangulada en su coche por uno de los muchos desconocidos a los que se entregaba sin reparos para disipar la soledad suburbana y la desesperación del tiempo y el asco de la vida adulta. El cuadro clínico ya estaba completo: un crimen sin resolver marcaría para siempre la calenturienta imaginación (una de las “más sangrientas de la literatura moderna”, según Peter Wolfe) de un escritor que haría suyas a partir de entonces todas las tramas criminales (públicas y privadas) de la historia americana del siglo XX. Como si el cadáver magullado de su madre, transformado en fantasma sexual de poder visionario, lo guiara de novela en novela, poniéndolo en comunicación íntima con heridas sangrantes que la sociedad no podía restañar sin pagar un alto precio moral, incrementando el malestar innato de toda comunidad constituida en torno de crímenes originarios, y también, según relata este libro confesional con voz espasmódica, de mujer en mujer, hasta sumar, como émulo paterno, un número abusivo de conquistas y ligues.
Siguiendo el rastro perfumado de las mujeres que conforman la urdimbre amorosa de la vida de Ellroy, comprobamos que en este vicioso “vía crucis” el autor persigue, como un detective psíquico o un sabueso sexual dotado de un instinto infalible para lo malsano, una sola cosa una y otra vez: la pista inconsciente que revele en todas ellas, rubias, morenas o pelirrojas, la presencia de Ella (la madre muerta que el hijo torturado pretende resucitar con su deseo incurable). Después de incontables aventuras, tentativas fallidas de matrimonio, peripecias conyugales y amoríos estériles, acabará encontrándola, ya sexagenario, en una atractiva e inteligente mujer de edad similar a la que tenía Jean Hilliker cuando murió asesinada en su coche: la escritora Erika Schickel, inexacta réplica del original a la que dedica el libro como muestra de su exaltada pasión hacia ella. Para Ellroy, la rubia Erika, diecisiete años menor que él, significará esa fusión irracional con el fantasma materno encarnado en un cuerpo exuberante que es posible abrazar y poseer sin demasiado sufrimiento ni culpabilidad. Una reconciliación carnal de la que estas memorias monomaníacas ofrecen un testimonio palpitante y doloroso.
En toda su obra, Ellroy exacerba hasta el paroxismo los síntomas patológicos de la identidad masculina. No sorprende, pues, que esta actitud desinhibida del escritor hacia las pulsiones y las pasiones del “macho” de la especie resulte polémica en una cultura anodina que pretende diluir las diferencias sexuales, para evitar conflictos, en un magma de frígida promiscuidad, porno casero y puritanismo rampante. El caso Ellroy, con todo su espeluznante realismo y su visión extrema de la vida, los sexos y la muerte, representa así la defensa paradójica del legado freudiano en un momento histórico en que el lucrativo psicoanálisis, el inconsciente como reverso tenebroso y la tétrica terapia psiquiátrica, pervirtiendo todas las categorías, se han vuelto historieta gráfica, novela barata, ficción pulp.

2 comentarios:

René López Villamar dijo...

Es imposible, en esta época de corrección política, leer a Ellroy sin incomodarse. Me gusta como en este libro Ellroy vuelve a incomodar tomando un tema que pocos habían imaginado y de una forma que no se había planteado. Conforme las memorias sexuales se van haciendo más populares (pienso en My Horizontal Life) el libro de Ellroy se va haciendo cada vez más incómodo.

Me gusta mucho el modo en que has abordado el tema, aunque sí, no dudo que Ellroy le escupiría en la cara a cualquiera que le presentara este argumento.

Francisco Machuca dijo...

Mi querido Juan,aquí hay otra coincidencia.Leí este magnífico post hace unos días y le estuve dando vueltas al asunto.Al final,me inspiraste a escribir sobre este novelista y su última novela,Sangre vagabunda.
Como siempre,es un gran placer pasarse por aquí.
Un fuerte abrazo,amigo.