miércoles, 29 de abril de 2020

MISIÓN IMPOSIBLE

  [Respuestas a un cuestionario de Rebeca Yanke sobre la pandemia y el confinamiento]

1

A falta de tests masivos, esto del confinamiento está llegando a extremos preocupantes y ya pronto nadie querrá salir de casa. Vamos a vivir en una panic room permanente, en el interior y en el exterior, que hará de la vida algo peor de lo que fue antes de esta toma de conciencia brutal del mundo en que vivimos. Me interesa reflexionar más allá de la pequeña odisea doméstica del confinamiento imperativo. En qué mundo nos instala esta crisis y en qué mundo queremos vivir a partir de ella. A quién beneficia lo que está pasando y quién va a explotarla más y mejor. Cómo deja a los países esta nueva reestructuración de la geopolítica global causada por la pandemia. Hacia qué clase de mundo nos dirigimos, guiados por gobernantes políticos tan incompetentes como cualquier otro ciudadano. No hace falta que haya ninguna mano negra detrás de la catástrofe, como si esto fuera Misión Imposible 2, donde también aparece un virus letal, por cierto, para darnos cuenta del shock que le han producido a los ciudadanos la pandemia y el confinamiento, con su tasa de mortalidad selectiva, y cómo este impacto va a controlar su actitud política al menos en la próxima década. Esto de la doctrina del shock que se cumple ahora palabra por palabra ya lo anticipó Naomi Klein en 2007 como forma de gobierno inconsciente de las masas globalizadas a través del miedo y la inseguridad. Esto es el siglo XXI, no lo olvidemos, ahora sí que vivimos en un escenario que reconocemos como propio del siglo XXI: un siglo desregulado, complejo y caótico. En el Gran Mercado del Mundo, salvaje y globalizado, basta con sembrar el caos para cosechar desgracias masivas y suculentos beneficios al mismo tiempo. 

2

Esto lo cambia todo, como decía Naomi Klein. Cuando se mitigue la situación, no podemos volver sin más a las viejas costumbres como un reflejo conservador de protección y seguridad. Eso ya no vale. Estamos atrapados en un decorado y un escenario que han diseñado otros. Muchas cosas se han quedado obsoletas, en la cultura y fuera de la cultura, en la política y fuera de la política. Muchas novelas, muchos libros, muchas ideas y programas, muchas películas, muchas actitudes incluso. El pensamiento convencional, el que domina aún las instituciones vigentes, se ha quedado antiguo ante un mundo que no ha sabido comprender en toda su magnitud. Necesitamos recuperar a pensadores intempestivos como Baudrillard que describieron este mundo con el grado de delirio patafísico que exigía, hablando de viralidad y catástrofe con una lucidez que a muchos les pareció excesiva o metafórica y hoy es puro realismo. Necesitamos con urgencia nuevas novelas y películas y teleseries que estén conectadas al tiempo que nos ha tocado vivir, que no sean resabios trasnochados del siglo XX o revivals nostálgicos. Necesitamos repensarlo todo y, para eso, necesitamos creaciones artísticas e intelectuales que se muestren a la altura de los desafíos que nos aguardan y que nos enseñen de verdad, o sepan especular con, lo que se nos viene encima en el futuro inmediato.

3

El maldito virus y sus secuelas desastrosas nos meten de lleno en un mundo nuevo que hemos tardado mucho en ver con nitidez, seducidos por los superfluos dispositivos tecnológicos y las aplicaciones y las redes sociales que los llenaban de contenido insignificante para convertirlos en imprescindibles en nuestra vida, volviéndonos dependientes del tipo de comunicación degradada que suponen. Ahora sí que estamos aprendiendo de qué va esto del siglo XXI, en el cuerpo y en la mente, y no se nos puede olvidar. Ya no. Nos toca asumir este contexto anómalo para redefinir qué queremos ser, ver, sentir y pensar. A qué vamos a darle más importancia a partir de ahora, contra qué vamos a mostrarnos intransigentes, cómo vamos a manifestar nuestro desacuerdo tras tomar nota de todo lo sucedido. No podemos permitir que la domesticación del confinamiento nos vuelva aún más sumisos. En suma, necesitamos redefinir lo antes posible nuestros valores y prioridades…

miércoles, 22 de abril de 2020

SÍNDROME DE ESTOCOLMO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Somos la nueva humanidad y nadie nos había avisado. Nos costaba creerlo, pero al final el virus del apocalipsis nos lo ha revelado con virulencia. Vivimos en un mundo donde la ciencia ficción ha dejado de ser ficción y se ha hecho ciencia exacta. Este virus diabólico ha puesto el mundo patas arriba. Estamos en sus manos. Los chinos, los rusos, los americanos, qué más da. Nos tienen donde querían. Enjaulados y tan contentos. Controlados, sumisos y más domesticados que nunca. Hemos sacrificado la vida en nombre de la salud. En el futuro podrán hacer con nosotros lo que quieran con tal de que este desastre no se repita. Nada será igual. El experimento social que padecemos podría extenderse sin límites en el tiempo. Para qué salir si tenemos todo lo necesario en casa, para qué volver a la normalidad si hemos demostrado que sabemos hacerlo todo mejor sin pisar la calle. Reservemos nuestra energía para trabajar a distancia, sin tacto ni contacto, y salgamos solo para ir al hospital si aparecen los síntomas fatídicos.
El nuevo mundo feliz nos brinda, además, oportunidades únicas de negocio y de relación a través de las pantallas. Con el tiempo ya no echaremos de menos nuestra vida anterior. Nos tendrán que obligar a salir. Con lo seguros que vivimos así, recluidos en la intimidad, sin intrusiones malsanas ni extraños contagiosos, para qué correr riesgos en el exterior. Aplaudimos a la policía cada tarde para mostrarles nuestro agradecimiento por mantenernos vigilados. Sin esos agentes patrullando la ciudad a todas horas y multando a destajo nuestras vidas estarían aún más amenazadas. Esta situación especial nos ofrece la posibilidad añadida de fomentar la vida familiar y explotar sus ventajas domésticas como nunca antes. No hay mal que por bien no venga. Cada persona de la familia se vuelve imprescindible ahora y algunas asumen incluso varios papeles a la vez. Cocinera, amante, limpiadora, enfermera, psicóloga, profesora. La vida es un virus peligroso. El amor también y no pasa nada. El capitalismo no digamos. Todo tiene cura menos la muerte. Tecnocracia, mentiras, cursilería y más tecnocracia, esta es la receta infalible para doblegar la curva estadística de la pandemia. Así no discutimos asuntos más importantes como si el virus infecto proviene del esfínter de un murciélago chino o cómo pudo sorprender a todos los gobiernos occidentales con los pantalones bajados. No han sabido protegernos. Qué ineptitud. Esto es el siglo XXI. A ver si nos enteramos.

martes, 14 de abril de 2020

PERVERSA PERFORMANCE



            Como sabe todo el que me conoce, considero a Bret Easton Ellis no solo uno de los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, sino uno de los más representativos del tiempo posmoderno. Si en el futuro, o en el más inmediato presente, alguien quiere saber lo que fue la jungla de neón, sexo y coca de los años ochenta, no encontrará mejor referencia que las novelas Menos que cero y Las leyes de la atracción, publicadas en 1985 y 1987, respectivamente. Pero si quiere adentrarse en el esplendor libidinal del glamour y las pasarelas y la orgía tecno-financiera de los noventa, ahí estarán siempre aguardando a los lectores inteligentes novelas como American Psycho (publicada en 1991 y reeditada ahora como celebración anticipada de su trigésimo aniversario) y esa obra suprema que es Glamourama, en 1999, compendio de una década turbulenta y casi de todo un siglo en su final, que fue como un nuevo principio traumático. Y luego vendría Lunar Park, en 2005, pero esa es otra historia que ya conté aquí.
Hace diez años, con motivo de la publicación de Suites imperiales, novela menor para los lectores fáciles y comodones, la mayoría, pero radiografía espectacular del Hollywood íntimo para los fans, dediqué un múltiple homenaje (puede leerse también aquí y aquí) a la figura de este malo irónico de la literatura americana. En tiempos donde la única pandemia incurable es la de la cursilería y el sentimentalismo, la maliciosa mirada de Ellis es un revulsivo moral. Como la navaja de Buñuel o el hacha de Kafka...

[Bret Easton Ellis, Blanco, Random House, trad.: Cruz Rodríguez Juiz, 2020, págs. 251]

Este libro es tantas cosas que espero no dejar ninguna sin mencionar. La parte obvia es que se trata de las memorias parciales del niño malo más mimado de la literatura norteamericana de finales del siglo XX. La parte menos evidente, aunque explícita, es que se trata de un alegato contra la censura, en sus antiguas formas y en sus nuevas variantes, contra el puritanismo, contra la neutralidad expresiva impuesta por las redes sociales y la grosería y vulgaridad correlativas, y, por último, un manifiesto político en favor de la libertad de expresión, sin ambages ni concesiones. Ellis es un furibundo defensor de cualquier opinión por ofensiva o incisiva que pueda resultar respecto de individuos y grupos que han hecho de la victimización un medio de blindarse contra la crítica, el descrédito o el ridículo.
La grandeza literaria de Ellis es inversamente proporcional a la simpatía que pueda suscitar la personalidad de su autor. Así que la ambigüedad de su actitud, esa frialdad mundana o esa negatividad aséptica con que los narradores de Ellis seducen y asquean al lector arrastrándolo a su mundo de obsesiones y fascinaciones banales, constituye uno de los indudables encantos de su escritura. Sería imposible escribir sobre la celebridad y la fama, y las gloriosas imágenes que las difunden por todos los medios, con la artificiosa naturalidad y el desbordante realismo con que Ellis lo hace en sus novelas, y también aquí, sin conocer íntimamente cómo se urden a diario sus orgías publicitarias y cuál es el código maestro con que ese mundo suele regular el juego promocional de sus rutinas, negocios y placeres.
Ahora es el escritor Ellis quien se pone en el centro equívoco de la representación, ocupa el escenario como un actor de sí mismo, con su voz minimalista, sus gestos lacónicos y sus juicios estridentes y maximalistas, y aplica sus técnicas de escalpelo literario a su persona y a todo cuanto la rodea: desde sus novios y amantes, con especial énfasis en su última pareja, un “socialista milenial”, como lo caracteriza Ellis, que no puede soportar vivir en una realidad donde existe una abominación presidencial como Trump, hasta sus amistades, escindidas en dos bandos inconciliables, las que votaron a Trump en 2016 y las que votaron a Clinton pensando que lo contrario era un acto aberrante.
Ellis consigue retratarse sin amaños cosméticos y retratar de paso a una América devastada por el partidismo, la corrección política, la hipocresía, la represión y la persecución en nombre de la superioridad moral de los progresistas. Puede leerse este libro como una novela disfrazada de autobiografía, partiendo de la idea de que la ficción, como decía John Barth, “no es una mentira en absoluto, sino una verdadera representación de la manera en que todos distorsionamos la vida”. De ese modo, vemos que Ellis recurre a la no ficción, como antes hiciera con la ficción en “American Psycho” o “Lunar Park” con similar finalidad estética, para describir su acendrada confusión existencial y expresar lo que no logra entender sobre sí mismo y el mundo bipolar que lo celebró y encumbró siendo un veinteañero para luego darle de palos.
En estas páginas, Ellis encarna con maestría el papel de quejica ocasional, así como el de abusón histriónico, para revelarse a continuación un agudo y corrosivo analista de la América postimperial de las últimas décadas y su espiral mediática, mientras revisa las condiciones especiales por las cuales un personaje irónico como él pudo transformarse, tras morir Andy Warhol, en paradigmático de la vida y la cultura de su tiempo. 

miércoles, 8 de abril de 2020

PANDEMONIO Y CIRCO

  [Publicado ayer en medios de Vocento]

No podía tardar en ocurrir. La sensación de irrealidad se apodera de nosotros a medida que los días y los muertos se multiplican. Todo se vuelve una sombra del pasado. La vida anterior nos parece ya un fantasma irreconocible. Es el precio simbólico a pagar. No se toma la decisión de parar el mundo en vano. Este gesto tiene consecuencias sobre una realidad basada en el movimiento y la circulación, el flujo infinito. Este parón brutal invita de pronto a la gente a pensar sobre lo que están viviendo y sobre la incertidumbre que les aguarda al final de la noche. Que se preparen los responsables de la nefasta gestión.
Nada más siniestro, en este contexto, que esos programas de televisión realizados desde casa, con presentadores e invitados de lujo exhibiendo su encierro cotidiano. Vuelven a la pantalla porque el vacío mediático es insoportable y el reclamo publicitario también. Pero hasta el retorno forzoso resulta irónico. En ese circo zombi de imágenes y conexiones domésticas se escenifica el fúnebre adiós a lo que fuimos antes de la cuarentena. Hartos de los mensajes de los ventrílocuos, cuánto echamos de menos a los intelectuales aguafiestas de antaño. Todo el sistema pretende preservar la apariencia de continuidad más allá del marasmo evidente. Y, sin embargo, la desconexión mental es tremenda. Nadie olvida que detrás del grado cero del espectáculo televisivo late el espantoso horror de hospitales y tanatorios.
Contadas voces cuestionan, no obstante, cómo hemos llegado a esta situación terrorífica. La sociedad del control total y la máxima seguridad no ha servido para prevenir una catástrofe de este calibre global. Una de dos. O tenemos los peores gobernantes de la historia, o esto del coronavirus es un gol que les ha colado a todos los gobiernos un supervillano bromista y ecologista invocado por los gritos de Greta Thunberg. Un megaterrorista planetario que ha lanzado un ataque implacable contra el punto más débil del sistema. Los tiempos cambian, sí, y nada será igual después, predicen los agoreros. El escenario es incierto. Como si la historia se estuviera reseteando en plan diabólico para imponer el modelo chino en todas partes. Y tragamos saliva para conjurar el miedo y la angustia ante lo que se nos viene encima. Cuando acabe el recuento oficial de muertos, quizá comprendamos que hemos vivido una nueva guerra mundial. Una guerra donde, por primera vez, el enemigo somos nosotros mismos. Tenemos mucho que aprender aún acerca del futuro.

martes, 31 de marzo de 2020

EL EFECTO DRÁCULA



[Bram Stoker, Drácula, Alianza Editorial, trad. Francisco Torres Oliver, 2020, págs. 608]

Dracula is thus at once the final product of the bourgeois century and its negation.

-Franco Moretti, “The Dialectic of Fear”-

En plena cuarentena vírica, y va para largo, por desgracia, nada mejor que leer la reedición más reciente de un clásico perturbador como el “Drácula” de Stoker. Un clásico, por cierto, desfigurado por las tentativas de adaptación a otros medios, las incontables secuelas e imitaciones que, lejos de desvirtuarlo, solo han conseguido revalorizarlo aún más con el paso del tiempo. Si Drácula, la criatura infernal, el rey de los vampiros, el hijo de la noche, conoció la condición inmortal de manera limitada hasta que sus enemigos londinenses acabaron en la ficción con sus días de sueño lúgubre y noches sangrientas sobre la Tierra; “Drácula”, la novela asombrosa que lo consagró como mito popular, se ha ganado la inmortalidad literaria. Pero, cuidado, no es lo mismo leerla en 1897, como advierte David J. Skal, experto en la materia oscura de esta falsa novela gótica, que en 2020, año horrible.
            Múltiples rasgos de “Drácula” fascinan aún en una lectura contemporánea, más allá de todas las teorías y análisis con que se ha pretendido explicar su fabuloso éxito. Para empezar, la estructura narrativa. El extraordinario dispositivo de veintisiete capítulos más un epílogo feliz en el que se suceden los diversos narradores para conformar una de las tramas novelescas más originales de todo su siglo. Los personajes principales (Jonathan Harker y Mina Murray, Lucy Westenra, los doctores Seward y Van Helsing) se reparten la función de contar sus experiencias en primera persona a través de cartas, diarios ológrafos, taquigráficos o mecanografiados y grabaciones fonográficas transcritas. Más tarde, una mano maestra ha procedido a seleccionar los documentos imprescindibles y combinarlos con telegramas, recortes de prensa, cuadernos de bitácora y cartas episódicas y ha ensamblado la compleja polifonía como una unidad para conferir sentido a la inquietante narración y acrecentar el efecto inconsciente sobre el lector.
Es cierto. No hay novela decimonónica más tecnológicamente al día que “Drácula”.  Sin hablar de viajes en ferrocarril o en barco, descritos con rigor científico, Stoker es el primer novelista que redacta su novela en una máquina de escribir y la gran heroína de la misma, no por casualidad, la mujer santificada que inspira el amor y la protección de los representantes masculinos del Bien, y el afán de posesión carnal del Príncipe de las Tinieblas, es Mina Murray, experta mecanógrafa que transcribe una parte significativa de los documentos recopilados para que sus amigos puedan disponer de valiosa información en la cacería de Drácula. Y Drácula, como presencia nefasta y ausencia insidiosa que merodea bajo formas mutables por los límites de la oscuridad y los márgenes de la invisibilidad, es tanto un efecto como una causa en las páginas de la novela. Porque Drácula es el causante, en efecto, de que todos los protagonistas se conviertan en escritores metódicos y en lectores aterrados de lo que escriben los otros, como le ocurre a Van Helsing cuando visita el castillo de Drácula teniendo en mente todo el tiempo la lectura intensa de las extrañas vivencias en él de Jonathan Harker registradas en su Diario con escritura alucinada y alucinante.

Y no me olvido, no, de los fastos grandiosos de la mascarada ocultista puesta en escena por Stoker con exactitud de relojero irónico. El Mal, encarnado por la amenaza polimorfa o bisexual, según las interpretaciones, del vampiro seductor y su cohorte de vampiras voluptuosas, resulta más atractivo y poderoso que el Bien, mientras este, entendido a la rigurosa manera victoriana, solo demuestra superioridad moral en la lucha encarnizada contra su antagonista más peligroso. Pero “Drácula”, leído hoy, desborda este planteamiento de signo maniqueo e invierte así, con violencia, las categorías ideológicas de la novela gótica. El Mal simboliza, sobre todo, las creencias primigenias y las mitificaciones ancestrales de la especie y el dominio feudal fundado en el linaje de la sangre. Como Julio Verne, Stoker fue un positivista integral que creyó en el triunfo histórico de la razón sobre la sinrazón, la victoria aplastante de la ciencia y el progreso sobre la superstición, la ligazón servil y la veneración folclórica, la instauración de la modernidad (capitalista, burguesa y cristiana) sobre el régimen parasitario de los grandes señores de tierras estériles y castillos en ruinas.
Tomándose todas las licencias históricas y artísticas que consideró necesarias (véase cualquier edición anotada para comprobarlo), Stoker perpetró, como creador genuino, una obra maestra que sobrevivirá, al escritor y a su infausta criatura, muchos siglos más. 
La primera obra maestra de la literatura pop, como escribió Cabrera Infante.

miércoles, 25 de marzo de 2020

CUARENTENA Y DUELO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Este coronavirus piensa cargárselo todo. Hasta la sanidad pública, mermada por recortes irresponsables. Es terrible. Diez días recluidos y ya estamos desesperados. Y Sánchez nos anuncia dos semanas más de castigo nacional. Los expertos lo avisaron en 2008, pero nadie les hizo caso. La pandemia sonaba a chiste macabro de un aguafiestas, me cuenta por Skype un amigo madrileño que se aburre a muerte encerrado en su diminuto estudio en el cogollo urbano de la devastación. Se ha leído todos los infundios difundidos por internet y ha elaborado una gran teoría sobre la pandemia, llegando a la conclusión de que este virus coronado tiene truco. O los chinos lo crearon en un laboratorio secreto y lo han puesto a prueba con su gente y luego con el resto, a ver qué pasaba, o lo diseñaron los americanos en una base experimental para debilitar a los chinos en plena guerra comercial. Los chinos, más listos de lo que se cree, han devuelto el golpe con habilidad tenística. Y no te olvides de las peligrosas mutaciones del virus. Ya verás. Esta pandemia pondrá a cada uno en su sitio, profetiza mi amigo. Los americanos perderán el liderazgo geopolítico en pro de los chinos, pero nadie se fiará de estos. El mundo irá a la deriva y la globalización quedará dañada por su incapacidad para frenar el mal que ella misma expande. Y la UE, al final, se derrumbará como un castillo de naipes mal construido.
En cuarentena todo está permitido, todo vale, fabricar bulos, contar historias, como en “El Decamerón”, e incluso mentir. Demasiadas preguntas, demasiadas dudas, demasiado dolor y pesar. A falta de información cierta, la ficción es contagiosa como la risa y nos ayuda a soportar una situación difícil. Naufraga la vida, dejamos de preocuparnos por nuestros intereses individuales y aflora el espíritu comunitario. Esta nueva conciencia colectiva es lo único positivo a extraer de la catástrofe. Cuando volvamos a la normalidad, no tardaremos en recuperar los viejos hábitos y así hasta la próxima pandemia. Necesitamos un cambio urgente de paradigma. Este es un aviso serio. Hay quienes sueñan con los ojos abiertos y en voz alta, como Žižek, pronosticando el surgimiento de una sociedad alternativa de las ruinas económicas de la anterior. Espejismos e imaginaciones fatuas. Nada cambiará. En todas partes, el virus va a consolidar lo que ya existía. A fortalecer el orden establecido, nación por nación. Esto es solo un paréntesis aciago. Unas vacaciones tristes que pagaremos caro entre todos.

viernes, 20 de marzo de 2020

LÁGRIMAS PROFÉTICAS


[Philip K. Dick, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, Minotauro,  trad.: Domingo Santos, 2019, págs. 304]

Porque hoy vivimos en una sociedad donde los medios, los gobiernos, las grandes corporaciones, los grupos religiosos y los grupos políticos fabrican realidades espurias, y existe la tecnología electrónica mediante la cual infiltrar estos seudomundos directamente en la cabeza del lector, el espectador, el oyente...
Considero que la cuestión de definir lo que es real es un motivo importante, incluso vital. Y en alguna parte de eso está el otro motivo, la definición del humano auténtico. Porque el bombardeo de seudorrealidades comienza a producir humanos inauténticos muy rápidamente, humanos espurios, tan falsos como la información que los oprime por todas partes. Mis dos motivos son en realidad uno... Realidades falsas crearán humanos falsos. O humanos falsos generarán realidades falsas y entonces se las venderán a otros humanos, convirtiéndolos, al final, en falsificaciones de sí mismos…

-PHILIP K. DICK; “Cómo construir un universo que no se venga abajo dos días después (1978-1985)”-

John Dowland, compositor, laudista y cantante inglés, nunca habría adivinado que una de sus arias barrocas (“Fluyan mis lágrimas”) se convertiría cuatro siglos después en la obsesión de un escritor de tan prodigiosa imaginación y profética sensibilidad como Philip K. Dick. La obsesión musical llegó a tal punto que Dick no solo oía el aria cada vez que tenía ocasión sino que se la hacía escuchar a todo el que se prestara a sus misteriosos experimentos existenciales. Finalmente, el aria le sirvió para titular una de sus novelas más laureadas y, al mismo tiempo, más trascendentales para la vida y la creación de su autor. Con ella se inaugura, no por casualidad, esta nueva colección editorial Biblioteca de Autor dedicada a Philip K. Dick.
El 17 de noviembre de 1971 la casa de Dick fue asaltada. En aquel momento Dick vivía uno de sus períodos más paranoicos. Creyó que Nixon y sus secuaces de la CIA y el FBI iban tras él. El asalto también tenía una explicación esotérica: acabar con los documentos en que pudiera haberse plasmado la demostración fáctica de que Jesucristo era un traficante de drogas místicas, alguien que proporcionaba sustancias psicodélicas a sectas afines y las difundía como forma de conocimiento superior, y que fue crucificado por todo lo que sabía sobre la cuestión (cf. La transmigración de Timothy Archer y, en general, la trilogía Valis).
Gracias a esta conspiración del azar, Dick se decidió a concluir, por fin, una novela que había comenzado a escribir años atrás como respuesta a la soledad tras el abandono de una de sus mujeres. En la novela se aludía a un psicótropo experimental que destruía la continuidad espaciotemporal del cerebro y sumía al consumidor en una experiencia caótica de deslizamiento entre mundos diferentes. Tratar de definir qué es lo real y someter a la vez la realidad a la prueba de estrés de sus múltiples posibilidades y bifurcaciones paradójicas era el designio de la ficción narrativa para Dick y la causa del intenso placer que producen sus alucinantes invenciones.


Al acabar la lectura de esta espléndida novela, es fácil entender qué atraía tanto a Dick en la escalofriante belleza del aria de Dowland: su portentosa comprensión del dolor de estar vivo y la tristeza infinita del destino humano. Mediante la inclusión de la letra del aria encabezando cada parte de Fluyan mis lágrimas, Dick quiso hacer ver a sus lectores que, más allá de su apariencia de ficción científica y distopía futura, se ocultaba una especulación de raíz metafísica sobre la condena o la salvación de la especie humana, la fe en un mundo mejor, la aguda conciencia del fin y la entropía del tiempo y de toda empresa u obra humana por valiosa que sea.
Anticipándose a teorías políticas posteriores, Dick se mostraba preocupado por el régimen totalitario que la burocracia estatal y la tecnología de control policial serían capaces de implantar a poco que tuvieran la oportunidad, así como por el poder mental de las ficciones mediáticas y los efectos nocivos de la disolución de la contracultura de los sesenta en el tejido corrupto de la sociedad de consumo.
Con la historia del famoso cantante y presentador televisivo Jason Taverner, que un día despierta en una América dictatorial, una suerte de gulag capitalista donde nadie lo conoce como persona, ni lo reconoce como estrella, Dick se enfrenta a un mundo caracterizado por la confusión de fronteras entre la vida real y las realidades espurias del espectáculo.
Al final de la novela, Dick recurre a una abstrusa explicación racional para justificar las alteraciones cronológicas de una trama alocada y dislocada que, en el fondo, revela otra de sus maníacas obsesiones: el perverso poder de los otros para deformar la realidad y absorbernos en sus peligrosas fantasías.