sábado, 4 de julio de 2026

ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (3): TIBURÓN EN EL CUATRO DE JULIO


  [Peter Benchley, Tiburón (edición 50 aniversario), trad.: Javier Calvo, Planeta, 2025, págs. 416] 

When those uptight Europeans complain about American vulgarity, what they're really objecting to is this jubilantly smug and fatal excess that insinuates itself into all of our endeavors. In point of fact, they "squander" themselves as much and as lethally as we do; but they always dignify their stupidities with the factitious resonances of high tragedy. Here, things are different. We prefer to repeat history a second time, as farce. Instead of hearkening patiently to the voice of Being, strolling alongside Heidegger on a tranquil pathway in the Black Forest, we'd much rather take a raucous rollercoaster ride past the Bavarian castle in Disneyland. The smiley face is our answer to the anguish of being-towards-death. There's far greater delirium in everyday tackiness than there is in apocalyptic sublimity. 

-Steven Shaviro, Doom Patrols, “Walt Disney”, p. 15- 

En este sentido, convendría tener en cuenta que la cultura popular y el sistema de géneros han servido siempre en América, tanto en el cine como en la literatura, la televisión o el cómic, para expresar conflictos sociales, sexuales, políticos o raciales sin tener que adoptar los formatos de la alta cultura de importación europea, con sus evidentes limitaciones y posible esterilidad a ultranza; y para dar salida, además, a identidades problemáticas, a traumas ocultos y experiencias personales o colectivas difíciles de asumir en discursos mucho más respetables y prestigiosos, avalados por la enseñanza y los valores culturales así llamados superiores. 

-Providence, p. 127- 

 

Leí esta novela de Benchley por primera vez cuando tenía catorce años y era un fan total de la película de Spielberg. Releída hoy, en flamante traducción, me asombra la precocidad de aquella lectura. Hay tanto contenido en esta novela para fascinar o intrigar a un adolescente como a un adulto de cualquier época.

Fue Fredric Jameson quien nos descubrió, a finales de los setenta, en su ensayo seminal “Reification and Utopia in Mass Culture” (recopilado en Signatures of the Visible, pp. 9-34) que Tiburón, la novela tanto como la película, era un producto paradigmático de lo que se consideraba entonces la cultura de masas. Una obra, literaria o cinematográfica, que atraía a la masa de espectadores y lectores con el reclamo de una problemática social y política que concernía sus preocupaciones más acendradas al tiempo que les ofrecía, sin abandonar los placeres de la ficción, incrementándolos incluso, una solución simbólica o una catarsis espectacular que solía complacer al público y aquietar sus inquietudes, conscientes o inconscientes.

Cincuenta años después, la cultura de masas, pese a las mutaciones interminables de la vida, la cultura y la tecnología, no responde a otras leyes diferentes de las que regían en aquel momento culminante del siglo XX que fueron los años setenta, cuando la América de Nixon se hundía en el descrédito tras la derrota en Vietnam y la vergüenza del Watergate, la contracultura de los sesenta reculaba amedrentada ante sus propios excesos y la revolución neoconservadora de Reagan calentaba motores con una energía tan descomunal como la de la bestia submarina que aterrorizaba las amenas playas de la isla Amity, pobladas de veraneantes hastiados de corrupción y violencia, en plena celebración del 4 de julio.

Y aquí aparece la figura del tiburón, ese Leviatán atlántico, el pez inteligente de fauces aceradas y sonrisa burlona que desafía a sus perseguidores y se ríe de todos sus esfuerzos por capturarlo. Él es la presencia totémica de la novela, la criatura mítica, el antagonista poderoso, la bestia antediluviana que ataca a los bañistas y a los pescadores con la misma ferocidad e indiferencia de una deidad primordial lovecraftiana. Como anuncia la sabia puritana del lugar, Minnie Eldridge, que lo conoce todo sobre los orígenes e historias de la isla, el tiburón ha venido a las playas de Amity con un propósito, siguiendo una orden divina, un imperativo bíblico de purgación y limpieza de una comunidad enferma, y solo obedece la “voluntad de Dios” de castigar a los habitantes de la zona por sus pecados. Como en Los pájaros de Hitchcock, evidente modelo de la novela y la película, el restablecimiento del orden tradicional es el fin utópico de la historia. Es decir, un imposible histórico.

Entre Moby Dick y El viejo y el mar, esta es la tradición literaria norteamericana en la que se inscribe Tiburón. En la Parte III del libro se escenifica el duelo agónico, un dúo antagónico, entre el viejo pescador Quint, un primitivo exterminador de peces que no reconoce leyes ni límites en su voluntad de supervivencia y dominio terrestre, como el Ahab de Melville, y el joven ictiólogo Hooper, un científico rico y de alta cuna atraído por la vida salvaje y movido por instintos y pulsiones animales que lo convierten en un amante feroz y un cazador ambiguo y peligroso, en beneficio del policía Brody. Al final, el lector se conforma con ver al tiburón hundiéndose como un fantasma en la profundidad oceánica, sin saber si sobrevivirá o no a sus heridas en el fondo oscuro, a través de los ojos enrojecidos de Brody, el hombre normal, el ciudadano medio, víctima de todos los poderes, las crisis y los sistemas de clase heredados, siendo también el sostén del sistema democrático, su único valedor real.

El mar como elemento primordial, como lugar donde lo humano y lo social confrontan la otredad de la naturaleza, como decía Jameson aludiendo a las visiones míticas de teóricos como Northrop Frye, Heidegger o Jung, por no hablar de Otto Rank (el “trauma del nacimiento” al que consagré “La escuela escuálida”, el relato escrito para celebrar con ironía los primeros 20 años del estreno de Tiburón). De ese modo, el juicio de esa otredad que es el mundo natural, hacia el que el mundo humano siente tanta fascinación como repulsión, deseos de regreso y rechazo visceral, es un juicio que va más allá del bien y del mal y que afecta a los fundamentos mismos de la civilización y la cultura definidos por el transcurso del tiempo y la historia, desde los orígenes más remotos hasta el presente inaprensible de cada época. El tiburón, a su vez, admitiría una lectura revolucionaria al servicio de la clase media, en contra de sus enemigos sociales, los profesionales anticuados y las clases ricas y privilegiadas, la cultura pija que acaba lastrando el desarrollo de las sociedades. La mordedura del mar se revela, en definitiva, menos peligrosa y dañina que las dentelladas del mal en la vida social, como demostró el incidente de Chappaquiddick, con las mandíbulas resplandecientes de los Kennedy devorando la vida de la pobre Mary Jo Kopechne.

En el fondo, la estupenda novela de Benchley es el perfecto complemento a la magistral película de Spielberg. Todo lo que esta deja fuera, excluye de su metraje o pasa por alto por conveniencia o prejuicio, es lo que la novela incluye como retrato psicológico, social, político, sexual y comunitario de los años setenta. Psicoanálisis de la superficie, la novela contiene todo lo que reprime la película, por eso causó tanto escándalo en su tiempo. Y para adaptarla con fidelidad hubiera sido necesario combinar el talento de directores extraordinarios como Mike Nichols, Robert Altman, Sidney Lumet o Arthur Penn, además del genio de Spielberg para la acción y el terror. Lo más curioso de todo, comparando narrativas, es que un solo escritor (Benchley) sepa manejar los múltiples recursos y registros estilísticos con la misma maestría que ese repóquer de ases cinematográficos. Lo que dice mucho sobre por qué Tiburón ha superado la prueba del tiempo hasta convertirse en un gran clásico de la novela popular. Bendita novela popular.

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