jueves, 28 de enero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (8)

WESTWARD THE COURSE OF THE EMPIRE TAKES ITS WAY

MAURICIO SALVADOR

Esta tarde he estado leyendo algunas reseñas sobre Providence. Es sorprendente la cantidad de veces que se menciona la palabra realidad, aunque se comprende porque en sus páginas, en su método y en su visión sobre un mundo en ruinas, la realidad de Providence siempre está en duda, ya sea a causa de las drogas, o por un videojuego o simplemente por el delirio que conllevan los excesos. Y es coherente, hoy en día. Algunos científicos han propuesto la teoría de que el mundo podría ser una computadora y que nuestra partícula elemental es en realidad el bit de información; otros han dicho que nuestra realidad podría ser una gran virtualización llevada a cabo por una megacomputadora instalada en alguna mega astronave y corrida por un dios -un adolescente cualquiera, quizá- que nos estudia, y luego toma a los personajes más interesantes para correrlos en otra virtualización, lo más cercano a la reencarnación que he leído últimamente; y Juan Francisco Ferré propone ahora que la realidad puede ser una película, o que al menos nuestra visión y nuestra sensibilidad han sido tan modeladas por la pantalla que nos resulta difícil distinguir ya entre la sinceridad espontánea y el gesto mediado por la tecnología y la imagen. Cuando un adolescente en una ciudad cualquiera grita shit! o fuck! estamos exactamente ante un fenómeno de esa naturaleza. Y Álex Franco es un personaje equívoco en todo momento; aunque se muestra tan irónico y escéptico frente a la cultura americana, su ironía y sus ideas son un producto nacido precisamente de esa cultura, así que nunca termina por ser enteramente irónico o divertido. Sus gestos, mediados por el cine y por las drogas, son insinceros y uno presiente, desde muy temprano en la novela, que esa falta de sinceridad (podría decir falta de humanidad), es el destino fatal de Franco. Cuando uno lo piensa es incluso divertido atestiguar el esfuerzo de Franco por ser divertido o irónico; lo segundo lo logra Ferré, pero no Franco. Y por lo mismo es Álex quien constantemente tiene que explicarnos que estaba siendo irónico o divertido porque en sus diálogos en realidad nunca lo es.

Volviendo a las reseñas que leí, me pareció que con esa mención a la realidad convencional del realismo, por así decir, se ha querido también resaltar la distancia que existe entre esta novela y lo que dejó atrás. La mitad de eso es cierto, porque tanto en España como en México existió una serie de novelas tipo Corín Tellado que llevaron la idea del realismo a su extremo más artificioso y aburrido. Providence, en cambio, es una maquinaria narrativa posmoderna comentada posmodernamente a la que no creo que se le vayan a aplicar nunca las preguntas tradicionales que se aplicaban a las novelas tradicionales. Y con toda razón. Como buena novela posmoderna, se dice -y esto ya es un lugar común, aceptémoslo- lleva en sí misma su crítica y su poética, y esto vuelve a este tipo de novelas simplemente infranqueables; su desmesura es tal que el comentario y la crítica hacia ella casi tienen la obligación de ser igualmente desmesuradas para poder sobrevivir; no puedes preguntarte por el personaje porque significaría que, de hecho, no estás comprendiendo la ironía, o cuando algo no te gusta o piensas que resulta excesivo pues resulta que en realidad esa era la intención, aunque uno no lo quiera aceptar. A lo que me refiero -y en estos momentos no estoy hablando precisamente de Providence- es que las novelas nacidas bajo el aura del post posmodernismo o del after pop, han dado pie también a una clase de comentario cultural o crítico en el que todo cabe y todo se puede sin que la coherencia sea estrictamente necesaria. Uno puede arrojar cien conceptos, cien nombres, cien referencias, y parece no existir ninguna contradicción, al contrario. Y soy sincero, a veces no entiendo un carajo.

Comento esto porque mientras leía Providence algunas novelas me vinieron a la cabeza. Y se van a sorprender cuando diga cuáles. Durante la estancia de Franco en Providence comencé a pensar en esa saga de individuos atormentados por su propia personalidad y por sus propias y muchas veces equivocadas convicciones. En una
de las mejores reseñas que he leído de Providence, René López Villamar menciona con cierto desenfado a James Wood, en el sentido de que Wood defiende una idea de realismo acartonada y nada afín a las propuestas del posmodernismo (o eso me pareció), pero Wood ha hecho la defensa justamente del individuo que vive plenamente en su propia realidad, una realidad convincente, no como género, sino como energía, que se expande al interior de todas las buenas novelas, posmodernas o no. La alienación de Franco me recordó la alienación de esos personajes sin nombre, como el hombre del subsuelo, de Dostoyevsky, o el hambriento y ambicioso personaje de Hamsun en Hambre, o el desquiciado y mentiroso fumador de Svevo. (Nota al margen: Wood ha sido comentado casi siempre por su "ataque" al realismo histérico, aunque esa reseña hace muy poca justicia a sus ideas sobre la ficción. Una lectura de su segundo libro, The Irresponsible Self, lo mostraría, al contrario, bastante apto para comentar una novela como Providence. Su ensayo sobre la inversión de la hipocrecía en Saltykov-Schedrin o el que dedica al "pathos of rambling" de Shakespeare son aproximamientos a una ficción eternamente innovadora.) Franco, sin embargo, es siempre el mismo, de principio a fin. Su alienación no es realmente psicológica -aunque por momentos viva un infierno mental terrible- sino matizada por lo que Ferré -y muchos otros, claro- ha visto como el síntoma de nuestros tiempos, la personalidad mediada por todo lo posthumano, la realidad virtual, la tecnología, las drogas, el cine. Y por supuesto el centro de todo esto está en América. El narrador de More Die of Hertbreak, de Bellow, lo dice mejor: "America is where the action is".
Las versiones modernas de aquellos individuos atormentados por sí mismos -y que varios comentaristas han mencionado- se dieron muy bien en EU en versiones violentas y al mismo tiempo edulcoradas, como American Pyscho y The Fight Club, por ejemplo. Pero debo decir, con toda sinceridad, que Franco me pareció un personaje aburrido casi todo el tiempo.

Lo que me ha deslumbrado de esta novela es la visión de lo que comunmente hemos llamado la "América profunda". Parece un chiste, casi, esta América profunda. Pero Ferré logró algo que nunca había visto en la narrativa en español, o que no lo recuerdo al menos. Viajó realmente hacia dos de los cimientos más duraderos de la narrativa estadounidense, el puritanismo y el racismo, dos temas dejados de lado en casi todas las reseñas que leí. Hay muchísimas referencias a pelis y libros posmo y toda clase de artefactos, cierto, pero lo que me hizo seguir leyendo esta novela no fue la superposición de realidades, ni el videojuego o las referencias cinéfilas, ni el Blue Moon ni el sexo desenfrenado, sino el viaje de Ferré hacia esos dos bastiones que originaron la gran narrativa estadounidense del siglo XIX. (La crítica posmo le tiene tanto resquemor al siglo XIX que moriría antes que atreverse a citar a algún novelista de este malhadado siglo.) El puritanismo no es sólo un conjunto de prescripciones morales; para la narrativa de Estados Unidos fue su comienzo, el "plain style" que pretendía nombrar las cosas como eran, aunque esos primeros puritanos, con sus zapatos de hebillas y sus sombreros extravagantes, se encontraron ante la gran tarea de usar el estilo sencillo para describir algo que los rebasaba, la naturaleza americana, en la que además veían una promesa milenaria, el futuro "sueño americano" que tanto alimentó la gran narrativa del siglo XX. Los puritanos de las plantaciones se veían no menos que como una nueva tribu israelita llamada a crear la nueva y ejemplar ciudad del nuevo mundo. Pero se convirtieron también en seres cada vez más atormentados por la idea del pecado. Y aparejar a este Dios la idea de que cada hombre construye su destino no era nada fácil. La letra escarlata es un magnífico ejemplo de cómo el puritanismo seguía vivo en los tiempos de Hawthorne y Melville. Y para no seguir hablando de la influencia del puritanismo en la literatura de EU basta citar un magnífico libro, donde leí todo este rollo: From Puritanism to Posmodernism, de Richard Ruland y Malcolm Bardbury. El tema del esclavismo y del racismo inherente a los Estados Unidos es el otro cimiento, para mí al menos, de esta novela, y las escenas donde Howard se dedica a deshacerse de los indeseables son puro gozo. No me habría importado prescindir de todos los malos chistes de Franco con tal de encontrarme con esta subtrama. No me importó, de hecho. En esta exploración sobre esos aspectos todavía palpables de EU radica, creo, la maestría de Ferré. Que nos ilumine acerca de la degradación moral de los americanos es lo de menos, porque hoy en día es una degradación moral mundial, somos tan inmorales e hipócritas como ellos. Sin embargo Ferré ha logrado algo sorprendente con tan sólo esas páginas. Puede ser excesiva, a veces fatigosa, pero Ferré ha puesto una vara muy alta para sí mismo, algo que todos los narradores, independientemente de su adscripción estilística, tienen el compromiso de hacer.

PD. Por último, debo decir que al principio pensaba hacer una comparación entre esta novela y la ganadora del año pasado. ¿Pero tiene caso? Como acabo de leer Providence la verdad es que muchas ideas me siguen dando vueltas. Todavía no estoy muy seguro de haber entendido las últimas cuarenta páginas, y si alguien me deja un comentario y me las explica me haría un gran favor. Espero poder escribir algo más en los próximos días. Mientras tanto debo quitarme de la cabeza al tal Darth Vader.