jueves, 17 de septiembre de 2009

EL SIGNO DE DUCHAMP


Juan Antonio Ramírez in memoriam

Bueno, si usted quiere, mi arte sería el de vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no se inscribe en ninguna categoría, que no es ni visual ni cerebral. Es una especie de euforia constante.

Oh! Do shit again…Oh! Douche it again!

MD

Estocolmo (marzo, 2009). Estoy en Estocolmo, la ciudad invernal donde vivió Ingmar Bergman la mayor parte de su vida, donde murió Strindberg, viajando (sin apenas equipaje) de un infierno a otro infierno. He estado preguntando por la escalera mecánica en cuya cúspide murió Stieg Larsson, el hombre que amaba, como una variante desviada del personaje de Truffaut, a todos los lectores-hembra de todos los países del mundo globalizado en este nuevo milenio. He estado, en realidad, preguntando por el sexo de la escalera mecánica donde a Larsson se le paró el corazón de pronto. Nadie responde. Está visto. Cuarenta años después de su muerte y del descubrimiento de la obra secreta a la que el alquimista consagró su último esfuerzo, Marcel Duchamp, como un perverso de otro tiempo, deserta de la calle helada, donde nadie parece conocerlo ya, y se recluye en el museo. Es un destino moderno. Así que estoy en el Museo Moderno de Estocolmo, ubicado en un emplazamiento idóneo para un gigantesco contenedor de arte del siglo veinte: una isla (Skeppsholmen) flotando a la deriva del tiempo en las gélidas aguas del Báltico. La nieve, como se ve a través de la cristalera de una de las salas, amenaza con cubrirlo todo con su mortaja como en un emotivo poema de Lorca. Estoy en una sala dedicada a Duchamp, parado frente a dos obras que sólo conocía en reproducción (con todo lo que esto implica tratándose de un artista que hizo del celibato y la infertilidad, más que de la apropiación o la copia, todo un programa de vida y de creación). Dos aparentes (todo en Duchamp, no nos engañemos, es aparente: un juego de apariencias y (des)apariciones) curiosidades:

UNO. Pharmacie (Phare-massif/Phale massif). Un paisaje de traza convencional en el que Duchamp inscribe dos puntos cromáticos que aspiran a conferir relieve y perspectiva perversa al espacio pictórico. Dos puntos ópticos (los “simpáticos” o, más bien, los precursores formales de los “Testigos Oculistas” del “desnudo” de La Mariée) suspendidos en el aire familiar de la escena. Vertical and horizontal (bad) features, como para marcar la masculinidad o feminidad de los componentes del plano espacial: el curso de un arroyo, troncos de árboles, juncos, cañas, matojos, etc. Las dos manchas de color (como en Blow Up) invitan al voyeur/voyant a ahondar con la mirada en el bucólico escenario hasta hallar el cuerpo del delito (corpus delicti o corps délit/délice/délire: cuerpo desleído que se transfigura, delirio del deseo, en cuerpo delicioso). El punto de vista y el punto de fuga, como escribiera Lyotard, son simétricos en la medida en que son, sí, métricos. Decimales. Subproductos del cálculo racional. Crítica de la razón metódica.

DOS. “Étant donnés”. Estudio preparatorio en bajorrelieve de la obra del mismo nombre: el maniquí acéfalo, de brazos y piernas amputadas, el sexo depilado o descarnado, la vulva hendida (como el cadáver despedazado de Elizabeth Short, alias “La dalia negra”). Homenaje al (turbador) “origen del mundo” de Courbet, corps-délice de Pharmacie: el torso desfigurado y expuesto a la mirada de la escultora brasileña Maria Martins, amante de Duchamp durante cinco años y amada por él hasta el onanismo, como muestra el (masturbador) Paysage fautif (manchurrón de esperma con figura de torso impregnado en la tela como huella indeleble de una pasión culpable). La contigüidad entre los signos cromáticos de la mirada penetrante (Pharmacie) y el desnudo femenino reconfigurado a la medida métrico decimal de esa mirada cartesiana da la razón a Lyotard de nuevo: el coño es “la imagen especular de los ojos del voyeur”. Añádase el paisaje, sus insinuaciones horizontales y verticales, sus verduras y cañizos, su follaje, la espesura fragante, y se tendrá la imagen exacta de una fornicación mental aplazada sine die por imperativos estéticos. Rien n´aura lieu que le (bas) lieu, Duchamp enmendando a Mallarmé. Nada tendrá lugar excepto el lugar o, más bien, el lugar común, la bajeza instintiva. El lugar de la comunión y el holgar de los cuerpos.

Filadelfia (agosto, 1992). Estoy en Filadelfia, donde pasó su infancia Brian de Palma, el más duchampiano de los cineastas junto con Peter Greenaway. Estoy en el Museo de Arte Moderno de Filadelfia, donde De Palma rodó, por problemas técnicos, el memorable plano secuencia de la cacería sexual de Vestida para matar en lugar del Metropolitan de Nueva York, donde tenía lugar en la ficción. Estoy parado frente al ensamblaje Étant donnés. Con los ojos pegados a los orificios ópticos del portalón catalán que dan acceso a la visión trascendental. La visión con que los ojos se enfrentan al objeto de su deseo (la mujer desnuda, el paisaje insinuante, la cascada, la vegetación, el muro de ladrillos violentado, el farol, etc.) y al mismo tiempo descubren el precio a pagar por ejercer la mirada sin restricciones. Pienso en Body Double de Brian de Palma, de quien acabo de ver en un cine de Times Square, unos días atrás, su nueva película, Raising Cain, recién estrenada. Pienso en los mecanismos (tan festivos como afectivos) de la liberación a través del voyeurismo y en los mecanismos (aún más efectivos) de la castración por el voyeurismo. En la ambigüedad (punible) de cualquier mirada indecente sobre la realidad de un cuerpo. En la impunidad imposible: la mirada es culpable de desvelar con su gesto las zonas erógenas del cuerpo elegido e impedir la sublimación que lo protegería del asalto. Pienso en Buñuel, en Un perro andaluz, y en El ojo tachado, que reseñé en el momento de su aparición. Pienso en la frase con que cerraba mi reflexión sobre la octogenaria película de Buñuel y el brillante análisis de Talens: “No hay ojo intachable”. Viendo el comienzo revulsivo del cortometraje de Buñuel lo supe enseguida. Viendo Etant donnés de Duchamp en directo por primera vez, con los ojos sobrecargados con todas las otras obras de Duchamp (L. H. O. O. Q. y La mariée mise à nu par ses célibataires, même, sobre todo) que la rodean, envuelven o asedian en estas salas con sus enigmas y adivinanzas eróticas, lo sé aún más. ¿Lo supo Duchamp gracias a Buñuel? Es difícil saberlo. La impresión en la retina y más allá de esa imagen de una desnudez extrema: una desnudez que desnuda al que la mira sin pudor. La mujer sin cabeza se desnuda para desnudar al que se atreve a mirarla y pierde la cabeza al mismo tiempo (quizá por esto, comentando la tendencia contemplativa encerrada en la obra de Duchamp, Octavio Paz concluyera: “la inacción es la condición de la actividad interior”). La imagen cruda del deseo. Un deseo puesto al desnudo sin contemplaciones. El soltero desnudado por la novia, incluso. Nunca el arte ha ofrecido con tanta contundencia una imagen de la pusilanimidad o fragilidad masculina ante la potencia (en apariencia pasiva o inerte) femenina. Mentira y verdad de la noche de bodas (el bodrio del bodorrio). Mentira y verdad de la violación (no viola el novio). Mentira y verdad del crimen sexual (no viola/no violóla). “O lo que es igual: cuando estos ojos creen ver la vulva, se están viendo a sí mismos. Un coño/gilipollas es el que ve (un con c´est celui qui voit)” (Lyotard).
La insistencia en la “vulva” (labia majora) por parte de algunos de sus más conspicuos analistas parecería excluir la “vagina” del imaginario sexual de Duchamp, aunque la Cheminée Anaglyphe (o, más bien, los póstumos dibujos del “Marchand du Sel” que la diseñaban) podría desmentir esta obcecación de eyaculador precoz o masturbador compulsivo en no adentrarse más allá del palpitante umbral de la cosa (tal vez por esto la idea de incorporar a su observación unas gafas tridimensionales, para conferir relieve, como en Pharmacie, a los planos del objeto de deseo). Habría que verlo, sin duda, habría que verlo. Abrir para ver la apariencia inaccesible: la aparición alegórica de eso mismo que la Enciclopedia Británica, con su impagable mezcla de erudición y gazmoñería, denomina “un destello del enigma de Duchamp” (“a glimpse of Duchamp´s enigma”). O lo que es igual, como señalan las instrucciones del producto: para no perder la cordura, quizá el soltero mirón deba abrir la puerta de par en par y correr por el campo a toda velocidad al encuentro de su amada, que le estaría esperando (viva o muerta) tendida en el prado del deseo reconvertido en decorado nupcial. Hollywood Ending. Pienso en Jeff Koons, artista duchampiano de segunda o tercera generación, follando escandalosamente con la muñeca hinchable “Cicciolina” en todos los formatos, soportes y tamaños artísticos, como en un sex-shop de fantasía, en la Bienal de Venecia del 89 (Made in Heaven). Pienso en Pierre Klossowski y su pasión monomaníaca por la fisonomía de Denise-Roberte: el monoteísmo del deseo masculino expresado a través de un fantasma adulterino que suplanta el misterio carnal de la eucaristía. Pienso en Picasso crucificando al rojo la entrepierna velluda de todas sus modelos. Qué astuto Duchamp, en cambio, al prolongar el gesto original de Courbet: borrando el rostro de la modelo yacente, proyectando la perspectiva única sobre el fetiche peludo o depilado (da igual: el peluche hendido y sonriente), favorece por irrisión paradójica la multiplicación de los fantasmas y los simulacros. Cada espectador se proyecta en ese espacio ausente y el rostro deseable ocupa el vacío creativo generado por Duchamp.

Roma (agosto, 1991). Estoy en Roma, donde vivieron e hicieron cine muchos cineastas admirables (Fellini, Antonioni, Pasolini). Estoy en la Galleria Borghese, parado frente a una escultura de Bernini, una obra maestra demasiado desconocida: La Veritá (revelata dal tempo). Una muchacha sonriente aposenta su torneado pie sobre el globo terráqueo, como en un escenario fetichista, mientras se ofrece, desnuda, jubilosa, triunfante, a la contemplación del Tiempo. Como una victoria de la materia en movimiento. El esplendor voluptuoso de la carne y la belleza. No obstante, el Tiempo, ese viejo verde de todos los cuentos folclóricos, no desvela ni revela ningún enigma ya que un lienzo decorativo viene a velar (o promete re-velar algún día) la entrepierna de la impúdica joven. La comedia del arte era conocida, al menos, desde el barroco. Si Courbet o Picasso trataron de reciclar este impulso venéreo, como si nada hubiera pasado en la historia excepto una enésima mutación estilística en torno a lo mismo, Duchamp lo tradujo sin malearlo en exceso al código mecánico y frío de la sociedad industrial y comercial. Nada más y nada menos. La risa automática de Duchamp lo delata ipso facto como un gran maquinador o estratega estético de su época. Sobre todo cuando le pinta finos mostachos y perilla de mosquetero al adusto travestido de Leonardo (L. H. O. O. Q.: un guiño postfreudiano) o se traviste él mismo de dama en pose burguesa, flâneuse proustiana de las galerías parisinas. Rrose Sélavy: una Madame de Guermantes, una Gilberte de Swann, una Odette de Crécy, o una Albertine de rostro afilado y varonil, lanzada en busca del tiempo perdido de las compras y las modas. La casada es ahora viuda (Fresh Widow) y los solteros pueden cortejarla de nuevo a cambio de que no le pidan lo imposible, que les entregue su corazón de esteta más o menos plástico (warholiano avant la lettre). “C´est la vie”, el eslogan de la temporada en todos los escaparates y boutiques a la moda. La vida es rosa, en efecto, o tiende al rosa. O puede serlo, si nos empeñamos. Un esfuerzo más. Pienso en el gesto queer de Andy Warhol (leo la jugosa anécdota en sus fascinantes Diarios) olisqueando o fingiendo que olisquea las perfumadas bragas de Bianca Jagger en un restaurante de lujo de Nueva York. Ella, después de quitárselas con picardía, la muy traviesa, ha tenido el pudor o la delicadeza de pasárselas por debajo de la mesa para someterlas en vano a su escrutinio nasal. Estoy convencido de que, durante el acto, Warhol, el sujeto estético por excelencia, repetiría mentalmente, como un ensalmo, esta relectura de Kant por Derrida: “no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de nada que sea por nada que sea. Y sin embargo me gusta: no, todavía es demasiado, todavía implica interesarse por la existencia, sin duda. No me gusta sino que obtengo placer de lo que no me interesa, de aquello que resulta por lo menos indiferente que me guste o no me guste”, etc. El juicio de gusto, por una vez, restituido en su universalidad comunicable al grado cero de la experiencia estética: fino olfato + inteligencia aguda.


“A rose is a rose is a rose”, escribía la gran Gertrude Stein, amiga y admiradora de Picasso y amante ferviente de los tender buttons y el lifting belly de, entre otras fellow travellers, Alice B. Toklas (Q. E. D.). “Arrose la rose” (“riega la rosa”), contraatacaba Duchamp con obscenas paronomasias, erradicando cualquier lirismo o cursilería sentimental de su propuesta vital y artística. La verdad en pintura (Cézanne) era esto, entonces, y nada más que esto. En apariencia, en imagen, en figura. El “devenir-mujer de la idea como presencia o puesta en escena de la verdad” (Derrida, ventrílocuo de Nietzsche con "espolones", canalizando a Duchamp sin pensar dos veces en las consecuencias).

De un museo a otro museo o galería, de un continente a otro continente, de Estocolmo a Nueva York, Philadelphia o Roma, cepillando la historia personal a contrapelo, como recomendaba el esteta Walter Benjamin, construyendo un mapa cognitivo de lo que es imposible conocer por definición. Todos los nombres de la historia. De la “Pharmacie” de Duchamp a la “Pharmacie” de Platón (Derrida otra vez), sólo un trecho, estrecho (des(h)echo). Pharmakon: remedio y enfermedad, antídoto y veneno. La visión y la ceguera. La infección y la cura (qué locura). Una estética del deseo o del placer. ¿Estamos seguros de haber salido de ahí? O lo que es igual: ¿Qué es el arte para nosotros? ¿Estamos seguros de haber entendido la peligrosa relación entre las dos preguntas? La verdad, en el fondo, según Nietzsche, una vulgaridad obscena: “un atentado contra todos nuestros pudores”.

Pongamos otro escenario posible, fotográfico esta vez: una distendida partida de ajedrez (no de damas) en una galería de arte californiana repleta de obras de Duchamp. A la izquierda, jugando con las negras, Eve Babitz, desnuda, exuberante, deseable; a la derecha, jugando con las blancas, Marcel Duchamp, viejo, vestido y con gafas de mirón (accesorio duchampiano par excellence: prótesis ocular, para ver mejor, de cerca y de lejos, por dentro y por fuera, a la pulposa adversaria en esta partida infinita). El gesto malicioso de Duchamp delata que le toca mover a él: ya ha decidido su jugada maestra y dispone los dedos como pinzas para apoderarse de la figura pensada (una presa de carne: el clítoris de la jugadora tal vez). Esta figura en disputa no puede ser otra que la Reina blanca, a la que el avance anterior del peón ha liberado de ataduras protocolarias y le permite soñar con expandir su dominio a todo el tablero. Al fondo de la imagen, por si quedara alguna duda, la presencia imponente del “Gran Vidrio”, con todas sus rajaduras, insinuaciones infrafinas y orificios oculares, controla la evolución de la partida más enigmática de la historia. Como en la ficción de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, la trama retorcida ha sido concebida para apoderar al humilde peón (niña) y transformarlo en Reina (mujer). Pienso en Cindy Sherman, sus falsos fotogramas de película y sus muñecas maltratadas, maniquíes doblados o desdoblados en imágenes y reflejos de una feminidad escénica o escenificada como fetiche del deseo del otro (Cindy, the Doll is mine). Pienso en Eric Fischl y sus imágenes pictóricas de un erotismo furtivo: un panorama pornográfico de vulvas visionarias. Pienso en Baudelaire, sobre todo, inscribiendo en verso la verdad escandalosa de la pintura de Manet sobre la bailarina Lola de Valencia: Le charme inattendu d´un bijou rose et noir. Pienso en las lecciones y erecciones de Tom Wesselmann y en sus escenarios de un morboso erotismo, donde los desnudos femeninos y los accesorios domésticos ocupan la más turbadora y chillona de las superficies estéticas. Pienso en Britney Spears, una de las reinas (púbicas) de la cultura de masas (It´s Britney Bitch). ¿Qué diría Lacan, sabiendo todo lo que supuestamente sabía sobre las mujeres, del vídeoclip y la letra de su canción Gimme More? La femme n´est pas toute? Encore?...

Homo ludens. Femina vita.

L. H. O. O. Q. (“Elle a chaud au cul”). Lui aussi, quand même.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

EL ESTADO DE LAS COSAS


[Voces captadas en una fiesta universitaria americana por una minicámara de vídeo digital Sony PD150. Una vez eliminadas las imágenes y la ruidosa banda sonora musical, esto es lo que queda. La traducción no es literal. La ilustración es del pintor Terry Rodgers.]



A Quentin Tarantino y a Beatriz Preciado



-No me parece justo.


-Ya que lo dices, a mí tampoco. En fin, no podemos hacer nada por evitarlo…


-Volviendo a otras cuestiones. El otro día estuve con un amigo gay en una conferencia de la profesora Fausto-Sterling, ¿sabéis quién es?...


-La leyenda del campus dice que nunca le darán el Premio Nobel de Medicina. Los miembros del jurado no le perdonan el daño moral que les ha hecho. Por culpa de ella, según dicen, ya no saben cuál es el miembro dominante en las deliberaciones…


-La bancarrota del humor universitario sí que es un hecho flagrante. Tu chiste apesta a noche de juerga en el dormitorio de la residencia Kinney…


-Sus estudios científicos, sin embargo, son impresionantes. Ha demostrado que hay más sexos en el mundo que razas humanas, ¿no es una maravilla? Cambia la perspectiva por completo…


-El caso es que la doctora Sterling se había traído desde San Francisco a un rabino que no tenía rabo, no es una broma, sólo un bulto diminuto con el que confesó satisfacer a su esposa desde hacía años. El rabino era un tipo auténtico. Un auténtico pedazo de intersexual. Y la sala del Solomon Hall estaba a rebosar de gente auténtica como él: transexuales, intersexuales, hermafroditas. En un momento dado me dio miedo pensar que toda aquella gente decidiera de repente quitarse la ropa para mostrarse unos a otros sus malformaciones genitales. En plan, yo soy esto ¿y tú, qué eres? No se hablaba de otra cosa que de orificios y de protuberancias. Fue alucinante…


-No soporto esa militancia radical. Yo soy una buena judía, liberal, respetuosa, abierta, pero tengo la sensación de que con eso ya no basta. Mi fe sincera no les parece suficiente compromiso. Me exigen que arroje mi cuerpo a la lucha para validar mi discurso y yo no puedo pasar por ahí, francamente. Me niego a ello, me da mucho asco…


-Mi amigo y yo habríamos quedado en evidencia como impostores o intrusos y nos habrían echado de inmediato, a pesar de todo. Él hubiera querido preguntarle alguna cosa a la doctora sobre su orientación particular y su problemática sexual. Pero no parecía posible que se interesara por ti si no quedaba claro que padecías alguna notoria deformidad en tus partes. Alguna disfunción tangible. Imaginaos él, que es un superdotado. Hubiera causado un escándalo entre los asistentes. Yo lo tenía más fácil, os podéis imaginar por qué, sin tener que repasar al maldito Freud…


-Siempre has sido una libertina, ¿es a eso a lo que te refieres?...


-No, como sabes muy bien, en realidad soy una multiorgásmica nata y tenía curiosidad por saber qué pensaba la doctora de ello, frente al modelo establecido de la frígida vocacional y demás, pero me quedé con las ganas de saberlo…


-Creo en una utopía comunitaria en la que los sexos dejen de soñar con ser iguales y empiecen a ser diferentes de una vez…


-El otro día empezamos a discutir una novela en clase que trataba sobre este rollo de las mutaciones sexuales. Tritón, de Samuel Delany. Una novela de ciencia-ficción. Me aburrió como hacía tiempo no me aburría un puto libro. En general, me aburre la ciencia ficción, pero ésta me mató de aburrimiento. Es una suerte que pueda contarlo. Estuve a punto, leyéndola, de quedarme catatónica, no exagero. Era tan fantástica, tan fantásticamente árida y al mismo tiempo predeciblemente teórica, o programática, que no pude leer más de cuarenta páginas sin que mi cerebro se apagara del todo…


-La vida cotidiana en las utopías es tan aburrida como los libros que las conciben, ¿quién dijo esto, tío listo?…


-¿Muhammad Alí?...


-El conformismo me parece aún más aburrido. Delany es un buen espécimen de inconformista tolerado. Un afromericano gay, con tendencias sexuales de marcado sadismo y odio cerval a la mujer, y un famoso autor de subgénero, ¿se puede aspirar a ser más marginal siéndolo menos?...


-¿Woody Allen?...


-Creo en una sociedad donde las razas hayan dejado de ser un pretexto para la uniformidad de las convicciones y las experiencias…


-¿Jodie Foster?...


-¿Alguien ha leído Hogg? Es una novela brutalmente machista. En ella Delany da salida a toda su rabia asocial contra las mujeres. Sin embargo la encuentro liberadora. Con una dosis de ternura y compasión trasladada al nivel básico de la carne que pasa desapercibida entre tanta violencia sexual desenfrenada…


-Que te follen…


-Desde luego, es mucho peor que Burroughs o, ya puestos, Bukowski, ese pobre canalla senil…


-Tú, tía, sí que eres un espécimen curioso. La fémina brutalmente masoquista, cómplice de todos los excesos y abusos del macho arquetípico. La perfecta novia de King Kong…


-No sé cómo te atreves a decir esto después de haber pasado la última noche conmigo…


-Por eso, precisamente. ¿No me dijiste que echaste de menos una polla gorda moviéndose dentro de tu vagina en el momento cumbre de tu segundo orgasmo?...


-Las lesbianas nunca seréis capaces de aceptar la bisexualidad. Me gustan las pollas y me gustan los coños, qué pasa, aunque las primeras se llevan mi preferencia en el ranking, ¿debo pedir perdón por ello?…


-Los gays tampoco, no presumas tanto. En ortodoxia vulgar no hay quien os gane…


-Venga ya, ¿es que no queda ningún hetero entre vosotros?...


-Todos lo son, en el fondo, sólo que les cuesta reconocerlo ante los demás. Es demasiado simple y, además, no es guay, no mola tanto, no hace derramar tanta tinta…


-No digas tonterías. A mí me encantan los tíos. No tengo nada en contra de ellos dentro de la cama, fuera ya es otra cosa. Me irritan. Sobre todo los deportistas, he tenido muy malas experiencias con esa gente…


-Y además su semen, lo tengo comprobado, huele fatal. Deben de ser los linimentos, las lociones y las putas pomadas del entrenador, todos esos productos metabolizados a través de la piel y los músculos hasta incorporarse a la composición molecular del esperma…


-No sabía que fueras tan buen catador, pareces un experto mirando la vida por un microscopio a todas horas. Ya puestos, ¿a qué sabe el de un profesor? Dínoslo, por favor...


-No sé, no lo he probado aún, por fortuna…


-Yo sí que puedo deciros a qué sabe el sexo de una profesora…


-¿No me digas? Guau, menuda eres, en la cama y fuera de ella…


-No fue en la cama, precisamente, sino en su despacho, con la puerta entornada, una especie de arrebato mutuo…


-Ya sé quién pudo ser. Increíble. Tú también. ¿Y no te invitó a que te fueras a la cama con ella? Por lo que he oído no serías la primera…


-No digas el nombre, por favor…


-Echadle la culpa a Madonna de que la cultura popular haya mitificado la cama, ese mueble tan definitivamente pequeñoburgués, como campo de esparcimiento lúdico y comunicación fisiológica entre las personas…


-Creo en una comunidad donde las religiones hayan renunciado al culto terrorista a una abstracción castradora y favorezcan la diversidad real de las criaturas…


-Madonna es una católica italiana y como tal no puede pensar en otra cosa que en sexo pecaminoso, con hombres o con mujeres, ése no es el problema para ella. Sólo se excita con la transgresión y la inmundicia, sintiéndose culpable y sucia cada vez. Es un modelo desfasado, en este sentido. La liberación sexual sólo puede provenir de países protestantes como el nuestro. El modelo Paris Hilton, por ejemplo. Sexo rápido, en cadena, con total impunidad e indiferencia…


-Definitivamente, prefiero a Madonna…


-Odio hacerlo al aire libre y, todavía más, en el coche. Me parece humillante, servil, especialmente para nosotras…


-Yo prefiero absolutamente a Anna Nicole Smith, colma todas mis expectativas imaginarias volviéndolas reales, ya sabéis, y además no me obliga a ser inteligente o sutil cuando resulta innecesario, sólo elemental, instintivo, como un camionero…


-Anna Nicole, en efecto, es un buen modelo dialéctico para todos los republicanos con afecciones cardíacas o dolencias prostáticas. Es decir, todos o casi todos los líderes del partido. La negligencia como sistema de acción y el exceso como resultado catastrófico e imprevisible. Todo ello expresado en este tipo de declaraciones: “Creo que estamos en una tendencia irreversible hacia más libertad y democracia, pero las cosas pueden cambiar”, “Si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar”, “El futuro será mejor mañana”, etc. En fin, no sé si veis a lo que me refiero…


-Estaba pensando más bien en la industrialización del porno como gran contribución de nuestra cultura puritana a la destrucción por enfriamiento radical del erotismo y las concepciones más calientes de la vida sexual…


-Con Abu Ghraib como momento culminante, ¿no?...


-La gran orgía oriental. ¿Qué os parece? ¿Y si hubiéramos invadido Irak en plan Indiana Jones sólo para rastrear el origen arqueológico de la pornografía babilónica?...


-La última cruzada transformada en una gran cama redonda entre árabes, judíos y cristianos. Grandioso espectáculo intrarreligioso. Contemplado en todo el mundo a través del ojo muerto del control planetario…


-Hemos conseguido darle la vuelta a tantas cosas, que ya no sabemos dónde está la derecha y la izquierda, arriba y abajo, hemos perdido todas las coordenadas y todos los referentes. Pensad en El exorcista, por ejemplo. Ahora el padre Karras abusaría sexualmente de la niña Regan y le echaría la culpa de todos sus actos al maldito demonio que la posee por negarse a abandonar su cuerpo prostituido…


-¿Estás hablando de la guerra preventiva?...


-Hablo de las adicciones. De todas las adicciones y de todas sus formas, incluidas las más insidiosas, las intangibles…


-No te engañes. La niña Regan es una corruptora de mayores. La típica menor promiscua que fascina a los adultos con su astuta combinación de inocencia superficial y repelente corrupción interior…


-¿Dominique Swain?


-De todas formas, lo más llamativo de El exorcista ahora, tras este revival de la guerra, es el puente inesperado que establece entre Irak y Washington. Ya desde el prólogo iraquí de la película, donde el veterano exorcista y arqueólogo aficionado libera al demonio encerrado en el pozo antiquísimo, se produce un principio de comunicación maligna entre ese país milenario y el cuartel general de la política y el ejército del nuestro. Como una profecía histórica. Seguro que ninguno de los que la hicieron se había dado cuenta de esto, ni siquiera Friedkin, el director, ese viejo diablo…


-Creo en una cultura que sea la libre expresión de todos sus miembros, activos o pasivos, y no la prueba fehaciente de su domesticación por los valores dominantes de la tradición y los intereses del poder…


-¿Habéis visto en My Space esos vídeos y fotos de los soldados de Irak?...


-A mí me ponen a cien. Las tías sobre todo. Se nota que se toman muy en serio el uniforme, incluso cuando se lo quitan con total desparpajo ante una cámara para mostrar sus hermosos cuerpos antes de que una bomba los haga picadillo…


-Si no las violan antes sus compañeros, que es lo más probable, tal y como están las cosas allí, según he leído en alguna parte…


-Lo más excitante, sin embargo, es saber que esas tías se están desnudando también para el enemigo. Gracias a Internet los terroristas que ponen las bombas tienen ocasión de conocer la intimidad de esos cuerpos antes o después de pensar en destruirlos…


-Si yo estuviera en Irak haría lo mismo que ellas. Me exhibiría públicamente desnuda, sola o en compañía de mis novias o mis amigas, y aguardaría la muerte viviendo al límite. Es tan romántico…


-No hay nada romántico en que te violen, ya sea con una o varias pollas uniformadas, o con un maldito detonador de explosivos. Es un desastre en toda regla…


-Renuncio desde ahora mismo a tratar de comprender los verdaderos mecanismos del deseo femenino…


-Con los falsos no te va nada mal, de todos modos…


-Qué graciosa. Por lo visto a ti tampoco, bonita…


-Los tíos, qué haríamos sin ellos, ¿os imagináis?…


-El problema no es ése. El problema es lo que hacen ellos con nosotras…


-O, todavía peor, sin nosotras…


-Un buen motivo de risa, desde luego, cuando llega la hora de quitarse mutuamente los calcetines, sobre todo ese momento tan especial…


-Creo en un sistema económico que no sancione la igualdad de renta ni la colectivización de los medios de producción, sino que redistribuya todos los beneficios y multiplique las inversiones y la circulación de capitales…


-En todo caso, el efecto en mí de la predicación de la Fausto-Sterling, como oyente no concernida, ha sido corrosivo, lo reconozco. Sus puntos de vista han terminado afectando a mi vida sexual. Ahora no puedo irme con nadie a la cama…


-¿Otra vez con la cama?...


-Vale, vale, lo retiro ahora mismo. No puedo tener sexo con nadie sin el suspense de no saber con qué me voy a encontrar cuando se quite el slip o el tanga, si es que lo llevan, o cuando meto la mano, si la situación lo requiere, para comprobar el estado de la mercancía…


-¿Y eso no te excita?


-Depende de lo que me encuentre, por supuesto. Esa emoción nueva, ya la he vivido varias veces desde entonces, es casi más intensa y perturbadora que la anticipación del orgasmo…


-Eres una verdadera libertina, ya lo decía yo…


-No me gusta la gente que va por ahí sin ropa interior. No me parece higiénico, no sé, lo encuentro demasiado natural y anticuado al mismo tiempo…


-A veces no es fácil distinguir, parece que la moda ha empezado a imitar los planteamientos de la doctora Sterling…


-Me pregunto seriamente si es posible ser judía y libertina sin contradicciones…


-¿Tú qué crees, guapa?...


-No sé, no consigo encontrar la conexión cultural adecuada para hacerlo con un mínimo de garantía. Sin correr tantos riesgos, ya sabes a lo que me refiero...


-Calamity Jane…


-No sabía que fuera judía…


-No lo era, ahí esta la gracia, ¿o es que necesitas un gráfico con variables complejas para entenderlo?...


-Hacedme caso. El año pasado estuve en Jerusalén y, sé que no os lo vais a creer, pero allí conocí a un tipo que decía ser amigo íntimo del nuevo Papa…

viernes, 28 de agosto de 2009

PROTECT ME FROM WHAT I WANT

Como programa de placer estético no puedo imaginar, en este momento, nada más excitante que la perspectiva de leer la última novela de Thomas Pynchon (Inherent Vice) antes o después de haber visto en una sala de cine bien equipada la última creación de Quentin Tarantino (Inglourious Basterds, que para colmo está arrasando en taquilla en contra de las predicciones de muchos idiotas). En comparación, el resto de la oferta así llamada cultural, a estas alturas, no puede sino parecerme anodina. Sea como sea, esta es una prueba más de la posición de superioridad de la cultura norteamericana en el hipermercado globalizado. (Lo siento por todos aquellos que se hagan ilusiones defendiendo lo contrario, en vez de tomar nota y cambiar de actitud, fomentar otras ideas y propuestas más exigentes, menos provincianas. Una cultura amenazada como nunca antes por la esterilidad y la insignificancia no debería complacerse tanto de sus (triviales) logros.)

La ilustración de Mondino (NY Times Magazine) lo dice todo: el mundo violento y homófobo de Reservoir Dogs (el bestial QT) abducido/seducido por el ambiguo y fascinante mundo (a todo color satinado) de Helmut Newton (la bella modelo y actriz Diane Kruger).

Otro ejemplo audiovisual: el Director´s Cut del vídeo-clip Womanizer de Britney Spears (It´s Britney Bitch!), una sincopada comedia musical, deliciosa y pícara, sobre la culpabilidad masculina y la complicidad femenina que expresa más, con toda su levedad estética, que cualquier zafia comedieta juvenil o teleserie a la española. (¿Entonces por qué el Ministerio de Igualdad no se decide a adoptarla de una vez como propaganda más eficaz de su "causa"?)

Una excepción europea (odiada por muchos por razones espurias): Anticristo de Lars Von Trier. Un cóctel cinematográfico original: Cromosoma 3 (Cronenberg) + El resplandor (Kubrick) + Persona y La hora del lobo (Bergman) + The Village (Shyamalan), entre otras. Un remix irresistible, poderoso y provocativo como pocos, un artefacto tan complejo y visualmente fascinante como lo fueron en su día El elemento del crimen y Europa. Anticristo posee, por voluntad artística de su creador, los atributos a los que debería aspirar cualquier creación cultural contemporánea si no quiere dar la razón, una vez más, a todos los que la desprecian por intrascendente, decorativa, banal o menor.

Como canta Placebo: Protect me from what I want.

lunes, 24 de agosto de 2009

GHOST IN THE SHELF: UN INSERTO CIBERPUNK


[A finales de julio, el NY Times publicaba un reportaje sobre una extraña reunión científica que había tenido lugar en Monterrey (California). En ella, destacados investigadores del área de la robótica y la inteligencia artificial advertían sobre la aceleración experimental producida en este campo durante la última década y alertaban con preocupación sobre la necesidad de tomar medidas para evitar los problemas derivados de contar con máquinas superinteligentes capaces de hacerse con el control y gestión del sistema en detrimento de los humanos. No es ficción, es ciencia. Esa amalgama de ciencia especulativa y ficción realizada a través de la tecnología a que nos va acostumbrando la realidad en mutación del siglo XXI. El horizonte de la “singularidad”, como denomina a ese evento cibernético irreversible su máximo instigador Ray Kurzweil, ya se encuentra ante nuestros ojos (naturales o artificiales), aunque muchos se resistan a verlo. En este contexto, las audaces propuestas de la estética ciberpunk (en cine sus tres logros supremos serían, sin duda, Blade Runner, Ghost in the Shell y New Rose Hotel, la primera basada en el gran precursor Philip K. Dick, la segunda en un manga y la tercera, no por casualidad, en Gibson) van infiltrándose en la realidad cotidiana, sin mayor escándalo, como procedentes de un mundo paralelo, una dimensión bifurcada. Es éste un buen momento histórico, por tanto, para revisar algunas de esas propuestas desde la convicción de que cualquier narrativa que pretenda dar cuenta de la experiencia contemporánea tendría que incorporar, de un modo u otro, componentes ciberpunk en sus estrategias, referentes o dispositivos. Soy consciente del riesgo de declarar algo así en un país y una cultura donde la ciencia ficción, por razones culturales e históricas fáciles de explicar pero no de entender, es considerada con desprecio. No (me) importa. Esta afirmación comporta también, de manera inevitable, un cierto desprecio hacia las formas trasnochadas del pensamiento, la cultura y, en especial, la literatura, que constituyen el lote mayoritario que se exhibe en todos los escaparates del hipermercado nacional a finales de la primera década del último siglo en que los humanos mantendrán el control sobre su mundo. Q. E. D.]


Tout livre est une machine, c’est-à-dire un être vivant. Tout livre est un codex cérébral, un long virus qui s’imprime durablement dans la mémoire neurologique, c’est-à-dire dans le corps humain tout entier. Juger la qualité d’un roman sur le strict plan de son "harmonie interne", sur la qualité intrinsèque de sa phrase, de son style, ou de son récit consiste à ne pas prendre en compte ce pour quoi toute littérature, me semble-t-il, est produite : pour détruire, pour corrompre. Pour transgresser. Pour contaminer. Tout roman est une machine de guerre. Une machine de guerre nomade, mentale et biochimique, que chaque auteur détruit avec la suivante.

M. G. Dantec


El programa ontológico de esta vertiente high-tech de la narrativa postmoderna, centrada en la sobreabundancia de imágenes, dispositivos y simulacros en el espacio social, lo formuló de modo precursor William Burroughs en su fundamental trilogía Nova Express y, en particular, en la primera novela de la serie, La máquina blanda (1961-66), donde escribió, a modo de eslogan político delirante: “Asaltar los Estudios de la Realidad y volver a filmar el universo… El film de la realidad cediendo y combándose como un tabique bajo presión”. Las consecuencias de este programa literario de asalto a los fundamentos mentales y tecnológicos de la realidad, consumado por Burroughs en su trilogía terminal Ciudades de la noche roja (1981-1987), las adaptó a las realidades corporativas del mundo contemporáneo la corriente coetánea de ciencia-ficción denominada ciberpunk, que el crítico cultural Fredric Jameson consideró “la expresión literaria suprema si no del postmodernismo, sí del capitalismo tardío”.


Neuromante (1984), la novela emblemática del movimiento, escrita por William Gibson, comienza con un enunciado que se ha hecho paradigmático de los presupuestos de esta nueva estética que no debe reducirse exclusivamente al ámbito de la narrativa de género, antes bien debe servir como constatación de las mutaciones referenciales a que ha de enfrentarse la narrativa mundial de las últimas décadas: “EL CIELO SOBRE EL PUERTO tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”. Es en esta novela fundacional donde se menciona por primera vez la noción de ciberespacio como “alucinación consensual”, un mundo virtual enteramente compuesto de información: “Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información”. En las conexiones de la conciencia del protagonista (“un vaquero del ciberespacio”) a la matriz de datos encriptados, y en la toma de contacto con la inteligencia artificial que da título al libro, es donde se configura la primera descripción literariamente verosímil de la realidad virtual como pleno espacio de ficción narrativa. Luz virtual (1993) es precisamente el título de la cuarta novela de William Gibson, cuya enrevesada trama gira alrededor de un simulacro virtual y cuya concepción del tiempo y la historia son también registradas en cintas de uso indeterminado. Pero “Luz Virtual”, según Gibson, es un término tecnológico que acuñó el científico Stephen Beck para referirse a “una forma de instrumentación que produce sensaciones ópticas directamente en el ojo sin utilizar fotones”. Una luz inexistente para simulaciones visuales de contundente realidad.


Un avatar más reciente de la narrativa ciberpunk, una suerte de vuelta de tuerca a su estética rabiosamente contemporánea de lo virtual, lo representa Noir (1998), de K. W. Jeter. Esta novela extrema algunos de estos planteamientos conceptuales hasta el punto de que su protagonista, McNihil, se implanta quirúrgicamente unas prótesis ópticas a fin de percibir conforme a los códigos del cine negro la rechazada realidad circundante, cibernética y corporativa, e incorporarse a esa ficción meramente visual y subjetiva en tanto detective prototípico de un mundo de valores trasnochado, pero altamente preferible para el personaje a la realidad existente, degradada o envilecida por la acción negativa de los agentes tecno-económicos del sistema. Las resonancias cervantinas inscritas en la perversa trama no acaban aquí, pues la invención de una femme fatale virtual (Verrity) que contribuya con su peligroso atractivo y su capacidad de traición a completar el cuadro simulado de una realidad modificada tecnológicamente para acomodarse al deseo del consumidor prosigue casi literalmente los procedimientos y los motivos de generación fantástica de la ideal Dulcinea del Toboso a partir de los materiales vulgares y perecederos de Aldonza Lorenzo que se dan en la canónica novela de Cervantes.


En esta misma línea ontológica se inscriben los desarrollos más avanzados de la ciencia ficción, como la novelística hacker de Neal Stephenson, irónica respecto de la condición posthumana y muy crítica con la ecuación de identidad humano-ordenador del cognitivismo, tanto en Snow Crash (1992), ambientada en un mundo dominado por la realidad virtual y los virus informáticos, como en La era del diamante (1996), donde la nanotecnología suplanta a la realidad virtual en su reconfiguración descriptiva de los espacios privados y públicos donde transcurre la novela y da origen a un modelo simulado de libro que encierra, como en El hombre en el castillo de Dick, el código revolucionario que va a trastornar el opresivo orden virtual dominante, identificado en la ficción con un avatar tecnocrático de la ideología victoriana. Es el mundo contemporáneo en su integridad, por tanto, y no solo la literatura de ficción que trata de dar cuenta de los procesos de descomposición de la realidad en innumerables espectáculos virtuales, el que está punto de transformarse “en un juego de realidad virtual”, absorbido sin remedio en “el juego de las novelas y las películas de ciencia ficción” (Shaviro).


Sobre estos mismos cimientos ciberpunk, precisamente, construye Maurice G. Dantec la novela Babylon Babies (1999), una extrapolación narrativa de todos los dilemas contemporáneos sobre devenires tecnológicos, realidades residuales y futuros posthumanos. Esta es la explosiva fórmula del cóctel de Babylon Babies: unas estimulantes dosis de sensibilidad ciberpunk para las nuevas tecnologías, tramas y mundos a lo Philip K. Dick, teorías punteras sobre la Inteligencia artificial, el ADN y los ciborg, más la filosofía esquizofrénica de Deleuze, una geopolítica mundial de caos global y guerras locales, mutaciones genéticas, drogas psicodélicas, experimentos terminales y sectas milenaristas, formas extremas de vida posturbana, etc. La extraordinaria ficción de esta novela se genera a partir de la conexión de una prodigiosa “biomáquina” cibernética, una “neuromatriz” llamada Joe-Jane (“programa y programador a la vez….una especie de cosmos micrónico en expansión, un proceso-procesador integral”), con el cerebro de una psicótica esquizofrénica (Marie Zorn). Este encuentro milagroso de la inteligencia artificial y la “esquizo” de poliédrica personalidad da lugar a la constitución fortuita de un “cerebro-cosmos” que es el doble tecnológico y especulativo de la novela, un simulacro de sus procedimientos de escritura, esto es, de producción, selección y procesado de información. Este segundo narrador de conciencia cósmica conduce la narración de un modo no lineal y caótico hasta el final más conveniente para sus intereses y el más inesperado para las expectativas del lector: la culminación del proceso evolutivo y la generación de una nueva especie posthumana, fusión de organismo y máquina (“Homo sapiens neuromatrix”). Como también lo hace, en cierto modo, Boris Dantzik, el escritor que interviene en la ficción, una réplica apenas simulada de Dantec, autor de una novela voluminosa, una suerte de “Liber Mundi” (“Santa María del Cosmódromo”) que prefigura los rudimentos esenciales de la delirante trama de la novela original: “Había imaginado la historia de una esquizofrénica de personalidades múltiples que se convertía en la apuesta de la economía del futuro…podría decirse que yo había inventado a Marie Zorn”. Todas estas tautologías y redundancias solo sirven para expresar con recursos metanarrativos la verdadera complejidad del referente novelístico de un mundo emergente y lingüísticamente indescriptible: “la extraña sensación de estar frente a un libro nuevo, que solo espera ser escrito”. Una hiperficción genuinamente apocalíptica que anticipa a su vez, con todos sus excesos científicos y su amalgama estético-filosófica, el futuro más cercano y las tecnologías radicales que disiparán aún más la difusa frontera entre ficción y realidad. El bucle metaficcional de Babylon Babies se enlaza así con el tropo neurobiológico y la inteligencia artificial para sellar la definitiva incorporación del género narrativo a las redes (post)cognitivas que están reconfigurando los modos de relación del cerebro biológico con un entorno cada vez más artificial y complejo.

lunes, 17 de agosto de 2009

DON DELILLO 1: EL LIBRO DE LAS DUDAS


[Dos magníficas noticias sobre Don DeLillo devuelven a este autor italo-americano a la actualidad más acuciante. Una, David Cronenberg prepara una película basada en su novela Cosmópolis, lo que es una excitante noticia para los amantes del cineasta y los del escritor (y, en especial, para quienes como yo admiramos desde hace años a ambos creadores por su originalidad narrativa y potencia figurativa así como por su productiva relación con las mutaciones de la vida contemporánea). La intersección del mundo mental de Cronenberg con el mundo mental de DeLillo, a través de una de sus novelas más ballardianas, promete ser (como lo fue Crash hace más de una década) uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del próximo año. Dos, se anuncia para febrero la edición americana de la nueva novela de DeLillo, Point Omega. Una vez más la abstracción espacial del desierto y la conspiración mental de la política y la historia americana de las últimas décadas se entrecruzan en la trama de la novela para producir uno de esos fulgores de inteligencia extrema a que nos tiene acostumbrados el maestro del Bronx.

Me doy cuenta de que DeLillo es uno de los novelistas americanos sobre los que más he escrito. He dedicado artículos y ensayos, además de menciones y citas, a casi todas sus novelas. Recupero ahora, para conjugar todas estas coincidencias y prometedoras anticipaciones, mi reseña de su anterior novela, El hombre del salto (Falling Man, 2007). No es una de sus mejores, por muchas razones que se discuten en el texto, pero es puro DeLillo enfrentado a los fantasmas del 11-S y eso basta para convertirlo en una experiencia de lectura fascinante. Como complemento, publico en otra entrada mi reseña de Cosmópolis (2002). Ambos textos fueron publicados, coincidiendo con las respectivas ediciones en castellano, en la revista Quimera en muy distintos períodos (2003 y 2007), lo que implica, con todo, una cierta coherencia estética.]


"I don't take it seriously, but being called a 'bad citizen' is a compliment to a novelist, at least to my mind. That's exactly what we ought to do. We ought to be bad citizens. We ought to, in the sense that we're writing against what power represents, and often what government represents, and what the corporation dictates, and what consumer consciousness has come to mean. In that sense, if we're bad citizens, we're doing our job."


D. D.


¿Qué puede hacer un escritor cuando se hacen realidad sus intuiciones más terribles? Ésta es posiblemente la pregunta que Don DeLillo se planteó a raíz del 11-S. En muchas de sus novelas se había prefigurado la catástrofe que haría tambalearse los cimientos del sistema sólo para ofrecerles la oportunidad de fortalecerse aún más, como se ha podido comprobar. Han pasado ya seis años y, quizá por esto, DeLillo se ha propuesto afrontar el hecho desde una perspectiva distinta y en el formato de una novela[i] aparentemente menor donde ha pretendido exteriorizar el aspecto más humano de la tragedia, reflejar paradójicamente el impacto consciente e inconsciente que tuvieron los atentados en la gente que los vivió. En este sentido, se podría considerar esta novela como un acto de expiación simbólica.


En el corazón de la novela está, por tanto, la imagen emblemática de un hombre que se arroja al vacío. Un artista callejero (David Janiak, que da título a la tercera parte de la novela, la de composición más arriesgada) que se dedica a remedar en espacios públicos la caída de los cuerpos desde las torres utilizando sólo un arnés de seguridad. Se lanza de cabeza desde elevados edificios pasmando a los transeúntes y obligándoles a recordar todo lo sucedido el día en que los aviones atacaron las torres. En cierto modo, esa peligrosa performance admitiría también una lectura existencial, ya que su evidente metáfora remite al comienzo y al final de la narración, enlazados de modo admirable por la narración, cuando el protagonista (Keith Neudecker) sobrevive al derrumbamiento de la torre en la que trabajaba. Las últimas líneas de la novela, que podrían ser también las primeras de la relectura, asumen su perspectiva de superviviente y le confieren una resonancia moral que trasciende el significado del acontecimiento: “Luego vio una camisa cayendo del cielo. Andaba y la veía caer, agitando los brazos como nada en esta vida”.


Tres niveles o partes articulan el dispositivo dialéctico de la novela. Cada uno posee un nombre propio como título, ahondando en las obsesiones borgianas del autor de Los nombres. El primero se titula “Bill Lawton”. Es así como el hijo del protagonista y sus amigos pronuncian el exótico nombre de Bin Laden. Los niños están convencidos de que las torres no han caído y que ese todopoderoso señor de la guerra, una suerte de genio maligno digno de una fantasía pueril a lo Harry Potter, volverá pronto a atacar la ciudad. Por eso los niños se pasan el día intercambiando misteriosas contraseñas que intrigan a los adultos y escrutando el cielo de Manhattan en busca de señales de su ominosa presencia.


El segundo nivel se titula “Ernst Hechinger”, que es el nombre clandestino de un personaje secundario, amante de Nina Bartos, la suegra del protagonista. Un antiguo miembro de la banda Bader Meinhoff reciclado con los años en tratante de arte internacional. Este personaje permite a DeLillo establecer un parentesco entre el terrorismo revolucionario europeo de los años sesenta y setenta y el terrorismo islámico de última generación: “Son parte del mismo patrón. Tienen sus teóricos. Tiene sus visiones de una hermandad mundial”. No por casualidad, es este sujeto rebautizado como Martin quien sostiene una de las opiniones más polémicas de la novela: “Para eso edificasteis las torres, ¿no? ¿No se levantaron las torres como fantasía de riqueza y poder para que algún día se convirtiesen en fantasías de destrucción? Una cosa así se construye para verla caer. La provocación es evidente”.


No obstante, la trama principal de esta segunda parte la constituyen los intrincados modos de relación entre Keith y su mujer Lianne, también profundamente afectada por la catástrofe. Vivían separados pero él regresa a casa después de salir indemne del atentado. Cada cónyuge representa un sentido diverso de la búsqueda traumática. Lianne se decanta por las opciones más conservadoras: la familia, la religión, la comunidad. Mientras Keith, a pesar de todo, experimenta el sentimiento de pérdida en toda su radicalidad ontológica: no es posible creer en nada, ya sea la familia, Dios, la sociedad o el amor, en un mundo donde ocurren cosas tan terribles como éstas. Y acaba progresivamente absorbido en la fascinación de los juegos de azar, el póquer, el mundo artificial de los jugadores y los casinos, la circulación del dinero y los viajes constantes, totalmente alejado de un hogar que sólo existe en el falso deseo de armonía y felicidad de su mujer. Hay una epifanía memorable en la línea de fuga de Keith, uno de esos grandes momentos de lucidez delilliana, que es cuando descubre que el agua de una cascada decorativa en un casino de Las Vegas es un simulacro mucho más auténtico que cualquier otra realidad acreditada que haya podido conocer en su vida. Un efecto especial tan convincente como las secuelas del atentado. Y un indicio flagrante de la irrealidad del modo de vida mayoritario.


Una de las tramas secundarias más sugerentes de la novela gira en torno al maletín que Keith porta en la mano al abandonar la torre colapsada. Pertenece a alguien que trabajaba allí como él y a quien al principio da por muerto. Sin embargo, ese objeto banal, cargado de objetos que sólo incrementan su cotidiana banalidad, como en uno de esos cuadros de Morandi que tanto fascinan a su suegra y a su mujer, lo conduce a Florence, su propietaria, otra superviviente como él de la aniquilación. Entre ambos surge entonces una relación inusual, más allá de las palabras o los gestos pero también más allá de la carne y la atracción. Una de esas relaciones enigmáticas a las que sólo el arte narrativo de DeLillo, heredero en esto del gran Michelangelo Antonioni de La aventura, El eclipse, La noche, El desierto rojo, Blow Up, El pasajero o Identificación de una mujer, es capaz de conferir credibilidad y sentido.


Cada parte concluye, precisamente, con el relato segmentado de la preparación de los atentados. El lector penetra entonces en la mente de los terroristas (en particular de uno de ellos, Hammad, compañero de Mohamed Atta) y percibe el mundo a través de sus singulares concepciones sobre la vida y la muerte. Es en Afganistán, precisamente, donde Hammad “había empezado a comprender que la muerte es más fuerte que la vida”. La muerte es el camino hacia Dios y el nombre de Dios está en “todas las lenguas del paisaje”. El choque narrativo entre las vivencias de las víctimas (habitantes de la sociedad de consumo cuya ideología es la lógica capitalista del espectáculo) y las vivencias de los terroristas (o el absolutismo de sus postulados en todos los órdenes de la vida y el misticismo cruento de su sacrificio) escenifica el antagonismo moral de sus respectivas versiones de la realidad, como un duelo ideológico. El bucle final de la novela permite la transición de la perspectiva narrativa del terrorista, instalado en el avión antes de estrellarse contra la torre, a la de Keith, recluido en su oficina del World Trade Center en el momento del impacto. Esta focalización alterna del atentado supone el logro técnico más deslumbrante de la novela.


Sin embargo, DeLillo no se permite en su cartografía del presente una versión maniquea de la situación. En el fondo, esta novela persigue aprender la (im)posible verdad del acontecimiento como aporía que consume a todos los personajes por igual, terroristas y ciudadanos, y les obliga a formularse esta cuestión, enunciada en los términos provocativos de Slavoj Zizek: “¿Y si sólo estuviéramos realmente vivos si nos comprometemos con una intensidad excesiva que nos sitúa más allá de la mera vida?”. O, si se prefiere plantear la misma cuestión de un modo ligeramente distinto: “Lo que hace la vida realmente digna de ser vivida es el verdadero exceso de vida, la conciencia de que existe algo por lo que uno estaría dispuesto a arriesgar la vida”.


No hay una solución única, desde luego, pero esta novela de DeLillo se cuenta entre los documentos contemporáneos que se ocupan del problema con mayor sensibilidad e inteligencia.


[i] El hombre del salto, traducción Ramón Buenaventura, Seix-Barral, 2007.