lunes, 24 de febrero de 2014

TOM WOLFE EN EL CENTRO DEL MUNDO

 
En el capítulo cuarto de La hoguera de las vanidades, la primera y exitosa novela de TomWolfe, el protagonista atraviesa el puente Triborough montado en su flamante deportivo junto con su amante no menos flamante y tiene una epifanía de triunfador contemplando la escarpada silueta de los rascacielos de Nueva York: “Allí estaba la ciudad que en el siglo XX desempeñaba la función de la antigua Roma, de París, de Londres, la ciudad de la ambición, la densa roca magnética, el destino irresistible de todos cuantos estaban empeñados en vivir en el lugar donde ocurría todo”.
Al leer cuarenta y cinco años después estas espléndidas crónicas (La banda de la casa de la bomba, Anagrama, trad.: J. M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez, 2013) sobre la era americana del pop y sus aledaños británicos, uno tiene la sensación de que detrás de esas extáticas palabras se oculta el deseo largamente reprimido del novelista por la metrópolis que para él mejor representaría la experiencia de estar vivo a fines del siglo veinte. El lugar donde pasan las cosas importantes, la urbe donde todo ocurre, ese es el país de las maravillas donde Wolfe se encuentra a sus anchas como reportero impertinente y narrador mordaz. “¡El centro del mundo!”, como denomina con ironía a la gigantesca mansión y la imponente cama giratoria en que vive refugiado Hugh Hefner, fundador del emporio Play-Boy, monarca porno de la sociedad de consumo y figura carismática de la fauna americana de aquel excitante período sobre el que Wolfe se explaya con visible deleite.
Ataviado como un dandy estrafalario y armado con un insolente ingenio visual para los detalles reveladores, Wolfe se lanza a un safari informativo por ese territorio excéntrico en pos de todos los especímenes que han puesto su vida al servicio del placer, la libertad y la novedad generando una suerte de utopía instintiva, cultural o contracultural, según los casos, donde quedan abolidas las viejas jerarquías y los viejos prejuicios. El catálogo es ilustrativo: los surferos californianos y su mística marina, los moteros melenudos y su mitología desmelenada de la velocidad, los artilugios del donjuanesco millonario Hefner, la fabulosa fotogenia de Natalie Wood, las fascinantes teorías de McLuhan sobre los medios de comunicación y sus corrosivos efectos sobre la vida privada y la cultura libresca, los mundanos coleccionistas del arte Pop como signo de ascenso social, los trucados y hermosos pechos de la stripper Carol Doda, los espejismos sexuales del Swinging London, etc.
            La estrategia de Wolfe en la presentación de sus historias es inteligente. Si en primer plano se dedica a describir, con pirotécnico despliegue de recursos retóricos y juegos verbales, el carnaval de máscaras fellinianas de una América entregada a un radical cambio de imagen, en el trasfondo sabe deslizar una interpretación sociológica, histórica, mediática y antropológica de las mutaciones acaecidas. Así, tras el ilusorio festival dionisíaco de los sesenta, Wolfe percibe los peligros de la masificación y el espectro de la decadencia moral, la frivolidad elitista más vulgar y los consuelos domésticos y electrodomésticos de la “clase media lumpen” (sic), los subproductos artísticos del mal gusto comercial, el anhelo de experiencias primitivas y la liquidación de valores de una época de transición.
            Cualquier lector de Wolfe reconocerá aquí la médula paradójica de su actitud ante el mundo, tan deseosa de explotar la energía polémica de los cambios generacionales, sociales y culturales como hipersensible a todo lo que en ellos delata nuevas formas de servidumbre, idolatría o necedad. A diferencia de otros observadores más despegados o pesimistas, Wolfe tiene la honestidad de reconocer con su prosa exuberante los múltiples estímulos de un mundo que vive bajo el mandato de gozar al límite, ya sea de los privilegios de la edad, la tecnología o el dinero.