viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ESPEJO Y LA MÁSCARA


Tiene razón Manuel Alberca cuando dice en este valioso estudio (El pacto ambiguo, Biblioteca Nueva) que la autoficción es un “experimento genético” surgido de la combinación de rasgos genéricos de la novela y la autobiografía. Tiene razón en la medida en que la aparición de la autoficción en el panorama literario de las últimas décadas responde tanto al agotamiento de modelos narrativos como a la modificación de los modos de vida en las sociedades occidentales. Por así decir, muchos autores han sentido que la debilidad de los formatos de ficción sumada a la demanda comercial de obras donde se afirmen realidades tangibles con las que estabilizar las coordenadas culturales en que se mueve la incierta vida del lector contemporáneo, favorecían esta intersección literaria de lo ficcional (débil) y lo biográfico (fuerte).
Por tanto, el interés reciente por lo autobiográfico debería entenderse no como una corriente intelectual más, enmarcada en el descrédito postmoderno de los grandes relatos, sino como un subproducto del nominalismo cultural, y también de un cierto filisteísmo artístico, todo sea dicho, por el que desde hace años se reivindica la superioridad de los hechos y los referentes empíricos sobre las grandes construcciones simbólicas surgidas de la inteligencia, el conocimiento o la imaginación. Hasta el punto de que Bolaño sintió la necesidad de ridiculizar los excesos autobiográficos en boga con esta sentencia provocativa: “no tengo nada en contra de las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros”.
La novela española que confirmaría esta sugestiva idea es El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura, cuyo protagonista posee una envidiable vida erótica que justificaría de sobra el cotilleo compulsivo y la chismografía en que suelen degradarse algunas lecturas autobiográficas al uso. Lástima que Alberca no dedique más atención a esta paradigmática novela y prefiera analizar en profundidad modelos mayoritarios (Cercas, Vila-Matas, Marías, etc.) que corroboran de antemano todas y cada una de sus tesis críticas. Tampoco habría estado mal, para sacarnos de dudas, que hubiera decidido aplicar su rigurosa metodología a otras literaturas.  

En otro sentido, quizá las ciencias cognitivas, y la relectura polémica que hace de ellas un pensador de tanto carácter como Slavoj Zizek, podrían aportar una luz nueva a este debate interminable sobre la problemática presencia del yo del autor en sus obras. Según Antonio Damasio, reconocido especialista en el funcionamiento del cerebro humano, existe una pugna permanente en nuestra conciencia subjetiva entre el “yo singular” (lo que realmente somos, queremos y deseamos) y el “yo autobiográfico” (el relato organizado conforme a categorías normativas de lo que creemos ser). Estas dos modalidades padecen una confrontación dialéctica en cada individuo, como dice Zizek, de modo que la primera “identidad” pone siempre en cuestión las componendas y amaños racionales de la segunda. Si extrapolamos estas consideraciones cognitivas al ámbito de la literatura, lo mismo en la lírica que en la narrativa, observaremos que el “yo singular” estaría abocado al ejercicio rebelde de la ficción, es decir, al campo de expansión del deseo y la fantasía, desbaratando las pretensiones miméticas de su contrincante; mientras el “yo autobiográfico”, su rival encarnizado, se vería circunscrito, por su alianza con los poderes externos, al territorio de lo veraz, lo íntimo y necesario como triunfo del principio de realidad sobre el principio de placer.
Para Zizek, en consecuencia, no hay duda de que el yo es una impostura conflictiva, una invención que causa efectos, positivos y negativos, sobre la realidad en la que se inscribe. El auge reciente de la autoficción, diseccionado por Alberca con precisión clínica, podría entenderse así como una tentativa ambigua tanto de limitar el poder liberador de la ficción como de liberar la narración del corsé o la mordaza de lo (auto)biográfico. En definitiva, será el lector quien decida qué prefiere: una narrativa narcisista apegada a las realidades definidas por el código civil, la partida de nacimiento, el libro de familia o el carné de identidad; o narrativas, como las de Pynchon, el escritor sin biografía ni imagen pública, que son pura celebración del potencial subversivo de la ficción sobre el orden de la realidad.

5 comentarios:

Sico Pérez dijo...

Hace poco empecé la tarea de intentar traducir el ensayo que Franzen hace sobre la obra de Gaddis: El Señor Dificultad. Allí habla de dos modelos, el del Estatus y el Contractual. No sé, pienso que fácilmente uno podría suscribir ambos modelos, por lo menos yo lo hago. Y lo mismo pasa con respecto a ese conflicto del yo del que habla Zizek. En ese aspecto, la auto-ficción podría ser un buen punto de equilibrio para la contemporización de las posturas más radicales.

Merce dijo...

Una aportación al debate que propones. Dijo un día Fellini: "Mi memoria no está hecha de recuerdos. En verdad, encuentro mucho más natural inventarme los recuerdos."

Saludos muy cordiales.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Es una forma de verlo, Sico. Yo me inclino más por pensar, de un modo quizá intransigente, que la autoficción y todas las narrativas del yo que se han impuesto en los últimos decenios, con independencia del interés parcial de algunas de ellas, son la última estratagema para atenazar el poder de la literatura de la invención y la imaginación. Por eso, como dice muy bien Mercè, son preferibles los artistas que asumen que la memoria es una forma de la fantasía y, por tanto, participa de sus mecanismos de irrealidad, que aquellos que, por falta de talento, limitan la literatura a lo más pedestre y ramplón, el territorio circunscrito por los diversos códigos vigentes que dan realidad a entelequias como la familia, la paternidad y la maternidad, la moral social, el matrimonio, la profesión, el nacimiento o la nación...

malvisto dijo...

La verdad, lo dices muy bien: que sea lo que el lector decida. Pero quizás habría que preguntarse si hay lectores; a veces pienso que hay lectores especialmente de realidades: muy poccos de irrealidades.

Anónimo dijo...

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