sábado, 3 de septiembre de 2011

EL MÉTODO HOUELLEBECQ


Ya está en librerías la nueva novela de Michel Houellebecq, El mapa y el territorio, brillante premio Goncourt del año pasado, sobre la que escribiré pronto. Para abordarla como merece, todo lector exigente de este singular novelista debería conocer los principales argumentos que sostiene en este otro libro (Intervenciones, Anagrama, 2011), una excelente serie de artículos y entrevistas donde va desgranando un ideario sistemático que supera las lindes del género y se adentra sin complejos en la reflexión más acerada sobre el mundo terminal en que vivimos. Desgranaré a continuación algunas de estas ideas potentes que articulan el programa intelectual e ideológico de Houellebecq sin olvidar que en todo verdadero novelista, como es el caso, las ideas y teorías son sólo un punto de partida, un detonante creativo que el discurso de la novela no hará sino contradecir, relativizar o amplificar. Vayamos, pues, con los fundamentos del método Houellebecq.
En primer lugar, la importancia del arte en su diálogo con los procesos del mundo contemporáneo. Que un novelista de esta categoría reconozca no sólo su gusto por visitar exposiciones, o sus relaciones más o menos temperamentales con artistas de su tiempo, sino la profunda huella dejada por el arte y la sintonía o afinidad de sus experiencias estéticas es algo que debería obligarnos a la reflexión inmediata sobre los límites espurios que se imponen hoy, por razones comerciales, a la literatura. Con esta actitud, además, marca una diferencia con muchos colegas cuyo mundo de referencias se limita al dominio literario o, a lo sumo, al audiovisual. Dice Houellebecq: “el arte contemporáneo me deprime; pero me doy cuenta de que representa, con mucho, el mejor comentario reciente sobre el estado de cosas”. No se olvide que el protagonista de El mapa y el territorio es un artista, un creador excepcional, Jed Martin, que sostiene una relación crítica con el presente.
En segundo lugar, la importancia de la teoría, la atención preferente a los discursos extraliterarios.  En especial la ciencia y la tecnología y su proyección en la vida cotidiana y en la mentalidad de los habitantes del siglo veintiuno, como se evidencia en dos de sus grandes novelas, Las partículas elementales y La posibilidad de una isla. Dice Houellebecq, respondiendo a los detractores de la injerencia de la teoría en la narrativa: “No hay que vacilar en ser teórico, hay que atacar en todos los frentes. La sobredosis de teoría produce un extraño dinamismo”. Y una extraña excitación, podría añadirse, que opera en la mente del lector con efecto estupefaciente. En ese sentido, Houellebecq adopta una posición híbrida, de contaminación del lenguaje de la ciencia y los motivos derivados de ésta y, al mismo tiempo, de absoluta inmersión de estos materiales impuros, por así decir, en un contexto de ficción apenas condescendiente con los límites señalados por la razón o la lógica convencionales.
En tercer lugar, su comprensión activa de la literatura, sosteniendo una concepción de sus posibilidades creativas nada ensimismada sino muy atenta a los desafíos culturales, vitales e intelectuales de su época. Dice Houellebecq: “La idea de una historia literaria separada de la historia humana general me parece muy poco operativa”. De hecho, uno de los rasgos más acusados que hacen de Houellebecq desde sus comienzos un novelista aparte, a quien sería deshonesto juzgar sólo por el sesgo reaccionario de algunos de sus juicios, es su alejamiento de la fetichización del lenguaje. Como antiguo poeta sabe que la mitificación o sacralización de éste es uno de los males a combatir para arribar a lo que denomina la “escritura” novelística por oposición a las ideas restringidas de “estilo” o “trama”, aún dominantes en el académico medio literario.
En cuarto lugar, una genuina visión pesimista del mundo. Nada puede agradecer más un buen lector que encontrarse con un novelista iconoclasta e intempestivo como éste que sabe juzgar su tiempo con ironía provocativa, negatividad autocrítica, agudeza empírica y contundencia cáustica, y no con el lote de banalidades, lugares comunes y ramplonería moral e intelectual tan frecuente entre los figurones mediáticos de la literatura. Dice Houellebecq, comentando los programas de erradicación del mal que rigen las decisiones políticas del poder en la actualidad: “Es un proyecto que se sostiene. Una humanidad indiferenciada, plana. Sólo que intentan crearla mediante la castración, mediante la obligación, y así no puede funcionar”. Y añade, con el fin de justificar la objeción de conciencia a las múltiples prohibiciones y actitudes puritanas vigentes en nuestras sociedades: “No sé lo que puede ser la humanidad, pero en el momento presente han impuesto normas excesivas sin aportar a cambio satisfacciones reales”. No se puede decir mejor.
En suma, como muestra este elocuente compendio, Houellebecq es un novelista muy bien formado e informado, un novelista que ha hecho de la sobredosis de información y la inteligencia del mundo contemporáneo sus principales fuentes de inspiración creativa.

1 comentario:

marichuy dijo...

Gracias por este ran texto sobre Michel Houellebecq, un escritor (y pensador) de lo más interesante, más allá de su islamofobia.

Saludos.