Hombre
Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo
sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción
planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las
elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla
español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como
un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así
suena a blasfemia, pero no lo es.
De la
visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho
ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica
Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes,
sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su
fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que
cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa
Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento
vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos.
De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor,
frente a la barbarie musical de un cantamañanas.
Gracias a
la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos
descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La
identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a
ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es
omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el
párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación
tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de
la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no
necesitan creer.
La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus.

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