[Samantha Harvey, Orbital, Anagrama, trad.: Albert Fuentes, 2025, págs. 194]
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, brillante escritor británico de ciencia ficción, es ahora una cultura global. Grandes autores contemporáneos, desde Margaret Atwood a Alasdair Gray, pasando, entre otros, por Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Vladimir Sorokin, Viktor Pelevin, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, Thomas Pynchon, Ian McEwan, Richard Powers, Jeannette Winterson o David Foster Wallace, de un modo u otro, han incurrido en los recursos, los motivos, las formas y el estilo narrativo de la literatura de ciencia ficción con el fin de ser fidedignos a lo que les exigían como respuesta artística las nuevas versiones de la realidad, los avances de la tecnología y las ideas culturales dominantes.
Tiene razón James Wood, crítico
discutible pero riguroso, cuando establece las bases de comprensión de este
libro de Samantha Harvey (1975) sobre una paradoja que afecta al género
literario con que identificarlo y a la lectura del mismo, o al papel del lector en el juego
planteado por la autora. Sea o no una novela convencional, es evidente que Orbital participa de diferentes modos de
discurso, diversos estilos o formas de dicción con los que sobrevuela la
limitada peripecia de su trama y la convierte en un ejercicio de estilo o de
estilos.
Podría definirse este libro de Harvey como un
artefacto si el lector acepta ciertas verdades sobre el mismo que tienen
consecuencias para su definitiva comprensión. Orbital representa a seis personajes en busca de autor: un sexteto
de astronautas, cuatro hombres, dos rusos, un americano y un italiano, y dos
mujeres, una japonesa y una británica, encerrados en una estación espacial que
orbita en torno a la Tierra como una interrogación incesante sobre sus medios
técnicos y sus fines científicos. Como Las
Meninas, uno de los referentes inesperados citados por Harvey, este retrato
de un colectivo humano desubicado en el espacio, un grupo deslocalizado o fuera de contexto, admite
múltiples interpretaciones y, sobre todo, obliga a preguntarse sobre el
verdadero propósito del relato.
La metáfora novelesca permite establecer una
similitud entre la estación espacial, la nave que gira de manera vertiginosa
alrededor del mundo, y el artefacto literario que traduce el contenido de esas
órbitas circulares a través de las vivencias de los astronautas en la estación
espacial y su observación excéntrica de las diferentes zonas del planeta desde
una perspectiva global (naciones y regiones, fronteras y límites, la geopolítica
conformando la identidad terrestre). Harvey ha construido su artefacto textual conforme
a unas coordenadas espaciotemporales (24 horas y 16 órbitas terrestres) que
intensifican las ondulaciones del discurso y confieren al libro una estructura
formal tan rigurosa como mimética.
Es en este aspecto concreto donde las cuestiones
en torno al género de esta obra se plantean con pertinencia. Orbital no es ciencia ficción
exactamente ya que la ficción no sirve aquí para extrapolar, especular o
fabular, tres funciones características del género, a partir de una premisa
científica que el libro conduce hasta sus últimas consecuencias sin apenas
alterar el curso literal del relato. Sería novela, sin embargo, en el sentido
narrativo tradicional, al incluir seis personajes de ficción, los astronautas imaginarios
que ocupan con sus cuerpos individuales el espacio ingrávido de la nave, sobre
cuyas vidas pasadas y presentes se construyen o reconstruyen recuerdos,
experiencias y pensamientos que les proporcionan cierta entidad o identidad.
Y, por último, dado que muchos de los pasajes más
fascinantes del libro se atribuyen a la voz de una narradora impersonal, que
los enuncia con vehemencia retórica, sutileza conceptual y sensibilidad lírica,
también sería destacable la parte ensayística y filosófica del texto y sus
frecuentes deslizamientos en el terreno de la poesía o la prosa poética.
Gracias a estas digresiones elocuentes y necesarias, el texto del libro alcanza
un vuelo aún más elevado que el proporcionado por las órbitas ascendentes o
descendentes que lo conforman. La celebración de la fuerza (constructiva y
destructiva) del afecto humano primordial y la pretensión tecnológica de
comunicación extraterrestre, integrada en la Órbita 9, sería la pieza más
intensa y bella, así como la evocación del calendario cósmico de Carl Sagan en
la Órbita 13, mientras la nave desciende por el continente americano y asciende
por el paisaje insular del Pacífico, sería uno de los segmentos más brillantes y
lúcidos.
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, es
ahora una cultura global, en efecto, y, por tanto, ya no es necesario que un
libro muestre los signos de su pertenencia genérica para que el lector los
pueda reconocer. Harvey ha escrito una obra de ficción narrativa basada en las
posibilidades de la ciencia y, en consecuencia, la poesía y el pensamiento que
trasmite con su prosa trascienden todos los géneros conocidos.

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