miércoles, 7 de diciembre de 2016

JUEGO DE TRONOS


Mi  columna de ayer en medios de Vocento.

Treinta y ocho años después la democracia española no sabe aún qué pensar de sí misma.

La democracia es el aire que necesitan los pueblos para respirar, dicen que le dijo Fidel Castro a Donald Trump en su última llamada telefónica desde el planeta tierra. Y ambos líderes prorrumpieron a dúo en sonoras carcajadas antes de despedirse para siempre. Trump aprecia las bromas pesadas de los tiranos como los cigarros tercermundistas y las mujeres exuberantes, sin pensar demasiado en las consecuencias.
No sorprende que sea el programa de humor televisivo Saturday Night Live quien haya emitido los comentarios más agudos sobre las recientes elecciones recurriendo a la sátira y la caricatura. Con su mandato, Trump inaugura la era de la risa democrática, conectando con la vena cómica del pueblo. El fundamento de la democracia es polifónico y carnavalesco pese al lustre serio de la fachada institucional. No sé si los americanos se morirán de risa o de vergüenza en el período presidencial. Pero cuando Trump haga el ridículo clamoroso que se le augura lo echarán a patadas de la Casa Blanca con la fuerza de sus votos. Algo que no han podido hacer los cubanos con la dinastía de los Castro en más de cincuenta años de tristeza y soledad revolucionarias. Entre tanto, el huracán Trump amenaza con desatar erecciones reaccionarias en todo el mundo. Los fascistas continentales se frotan las manos sudorosas calculando cuánto les queda para conquistar de nuevo el poder por vías democráticas.
La democracia española, en cambio, no sabe aún si reír o llorar. Cada vez que se mira en el espejo mediático se siente más joven y vigorosa. Pero cuando se sienta a meditar sobre su origen y destino se reconoce anciana y gruñona como la madrastra de Blancanieves. Es el síndrome melancólico de una democracia madura. Cuanto más perdura e impregna la vida del país, más inadvertidos pasan sus éxitos. Frente a las veteranas democracias europeas, la gran virtud de la democracia española es su estado de transición permanente. Cierta inmadurez política conviene a una España que ha padecido durante decenios, como Cuba, el peso de la tutela totalitaria. La extracción de las dictaduras del cerebro de los pueblos es más difícil y dolorosa que la de una muela podrida. Y curar esa herida endémica exige mucho tiempo y paciencia.
Treinta y ocho años después debemos perder el miedo. Lo mejor de una gran Constitución es que puede reformarse cuanto se quiera, como los viejos edificios, sin que se derrumben las estructuras esenciales. La democracia española es sentimental, como diría Arias Maldonado, desde el principio. Y libidinal, añado, recordando con júbilo los turbios años de la transición. España tiene el corazón republicano y la cabeza monárquica. Ahí radica su fuerza crítica y su equilibrio inestable. El españolito machadiano viene hoy a un mundo liberado al fin de dioses opresores e idearios criminales. Celebrémoslo mientras dure.