martes, 13 de diciembre de 2016

EL SIGNO DE CAÍN


Como sabía Dalí, uno de los grandes ilustradores de esta novela, el hombre moderno no es sádico sino masoquista. Profundamente masoquista. El masoquismo cristalizó en la obra y la vida de Sacher-Masoch para luego difundirse como un virus por toda una cultura donde la bancarrota del patriarcado y la insurgencia del feminismo encontraron en esa moral particular un fermento ideológico. Cualquiera que haya visto las películas de Josef Von Sternberg con Marlene Dietrich sabe que las irriga un genuino sentimiento masoquista, desde la relación del director con la fascinante actriz a su modo de inventarle personajes y escenarios de ficción para realzar sus encantos y atractivo, con los que subyugaba a los personajes masculinos y los conducía a la perdición como en El ángel azul,  La emperatriz escarlata, Agente especial o, la más masoquista de todas, El diablo es una mujer, basada en la novela de otro erotómano de signo masoquista como Pierre Louÿs, en la que también se inspiró Buñuel para torturar a Fernando Rey con dos diablesas de fuste como Angela Molina y Carole Bouquet en Ese oscuro objeto del deseo.

[Leopold Von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles, trad.: Elisa Martínez Salazar, ilustraciones: Manuel Marsol, Sexto Piso, 2016, págs. 167]

Todo el que ha amado alguna vez conoce la experiencia. Nietzsche decía que no sabe nada del amor quien no ha aprendido a despreciar el objeto de ese amor. A lo que se podría añadir, invirtiendo el planteamiento demasiado severo del filósofo alemán, que tampoco sabe nada del amor quien no ha aprendido a sentirse despreciado por la persona amada. Esa vivencia genuina, que hace de todos los amantes, de uno u otro sexo, masoquistas potenciales, encierra un coeficiente de goce tan intenso como el amor correspondido. Todo el que lo probó lo sabe. Como lo experimentó en carne propia Sacher-Masoch, ese gran escritor polaco que hoy es reconocido como ucraniano aunque su verdadera patria sea la de la literatura entendida en el sentido integral de desveladora de verdades humanas inaceptables por la cultura o la moral.
En la literatura, Sacher-Masoch encarna la figura de ese escritor que pretende trasladar al libro las pasiones que le hacen temblar de pies a cabeza y las ideas ardientes en las que cree y agitan su inteligencia. Sacher-Masoch proyectó una vasta colección de obras agrupadas bajo el título El legado de Caín, donde abordaría los seis temas más importantes de la historia humana: el amor, la propiedad, el dinero, el Estado, la guerra y la muerte. Nunca finalizó tal empresa pero en el primero de los temas propuestos (el amor) dejó valiosas ficciones, entre novelas y relatos, y una obra maestra, La Venus de las pieles. En esta se cuenta la historia de cómo el joven esteta Severin obliga a su amada Wanda, la bella viuda pelirroja y libertina de pro, mediante un contrato libremente suscrito, a convertirlo en su esclavo y adoptar, en privado y en público, el rol de dominatriz erótica hasta las últimas consecuencias. Esta historia singular se inspira en las turbias relaciones de Sacher-Masoch con su amada la baronesa Fanny Von Pistor.
El masoquismo como patología malsana es el invento de sexólogos mojigatos más obsesionados por las etiquetas que por los deseos reales del cuerpo y de la mente. El masoquismo, como el amor cortés, es la experiencia de signo romántico que subvierte las jerarquías patriarcales para que el hombre aprenda a gozar con la superioridad de la mujer y la devaluación de su virilidad. Todo el placer deriva para él de la sumisión, la humillación y la obediencia servil a los caprichos del ama y señora de sus deseos.


Hay dos aspectos innovadores en la novela. Uno de cariz estético y otro ético. Como ya advirtiera Gilles Deleuze en su magnífica Presentación de Sacher-Masoch, uno de los rasgos más notables de la literatura de Sacher-Masoch es su tendencia a incorporar simulacros artísticos, ya sean estatuas o cuadros, para intensificar la pasión voluptuosa con artificios, insuflándole la fuerza del fantasma y el fetiche (como acertó a prolongar, en la vida y en el arte, otro gran escritor y pintor masoquista como Pierre Klossowski). Muy influida por la pintura de Tiziano, La Venus de las pieles ofrece así una surtida galería de obras que evocan los intensos placeres y bellezas del acto masoquista y se recrea, además, en las poses corpóreas y los detalles sensuales del ropaje (pieles animales y tejidos suntuosos) con que Wanda recubre su exuberante carnalidad.
La dimensión ética, en cambio, contradice las tentativas de tildar a Sacher-Masoch de misógino. En este sentido, podría considerarse La Venus de las pieles un cuento amoral. Cuando Severin hace de Wanda una diosa para poder adorarla como esclavo, está subvirtiendo las relaciones de poder convencionales, aquellas que corresponden a un régimen donde la desigualdad de género es la norma. Pero cuando, hastiado de la crueldad y esterilidad de la experiencia, descubre que no se podrá acabar así con los males de la opresión patriarcal, se niega a seguir participando del juego viciado y enuncia una moraleja intempestiva: “Que la mujer, tal y como ha sido creada por la naturaleza y como la educa actualmente el hombre, es enemiga del varón y únicamente puede ser su esclava o su déspota, pero nunca su compañera. Esto sólo será posible cuando ella goce de los mismos derechos que él, cuando sea igual a él por medio de la formación y el trabajo”.
Esta verdad política, 146 años después de la primera edición del libro, debería resonar como un mantra contra el maltrato, la explotación y el abuso. Y hacer de este libro perturbador una lectura obligatoria en todas las escuelas.