miércoles, 10 de junio de 2015

HOUELLEBECQ ES UN SÍNTOMA



[Michel Houellebecq, Sumisión, Anagrama, trad.: Joan Riambau, 2015, págs. 281]


Solo la literatura puede daros esa sensación de contacto con otro espíritu humano, con la integridad de ese espíritu, sus debilidades y grandezas, sus limitaciones, sus pequeñeces, sus obsesiones, sus creencias; con todo lo que lo conmueve, interesa, excita o repugna. Solo la literatura puede permitiros entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, completa y profunda que la conversación con un amigo –por más profunda y duradera que sea una amistad, nunca nos entregamos, en una conversación, tan completamente como lo hacemos ante una página vacía, dirigida a un destinatario desconocido…un autor es antes de nada un ser humano, presente en sus libros, que escriba muy bien o muy mal en definitiva importa poco, lo esencial es que escriba y que esté, efectivamente, presente en sus textos…De la misma manera un libro que amamos, es un libro del que amamos a su autor, a quien queremos conocer, con el que queremos pasar los días.

-M. H., Sumisión-

Il me semble clair que la plupart des questions- celle de l'école, de l'État, de l'environnement, mais tout aussi bien celle de la sexualité, de la culture, etc. - sont entièrement stérilisées si on les ramène au face à face figé de l'ancien et du nouveau, du ringard et du branché. Ce qu'il faut se demander plutôt, à chaque fois, c'est ce qui va dans le sens de la liberté, de la vitalité, de l'imagination, et ce qui va, à l'inverse, dans le sens de la soumission.

-Guy Scarpetta-

Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.

-M. H.,“Golpear donde más duela”-


En mi novela Karnaval (Anagrama, 2012) ya supe intuir las inclinaciones religiosas latentes de Michel Houellebecq mostrándolo como alguien que acude día tras día a la catedral parisina de Notre-Dame en busca de una conversión que nunca se produce. A pesar de los atractivos que la profesión religiosa posee a sus ojos, su inteligencia analítica se resiste a claudicar y someterse a los imperativos de la razón teológica y abrazar sus consuelos metafísicos.
Tiene gracia, en este sentido, que Houellebecq haya salido ahora del armario del laicismo con esta novela protagonizada por un experto universitario en el gran escritor decimonónico Joris-Karl Huysmans, el esteta literario que acabó disipando la desolación moral causada en él por el triunfo del positivismo burgués y sus secuelas sociales y culturales mediante su conversión fulminante al catolicismo. Huysmans es para François, narrador protagonista de esta novela confesional, mucho más que una simple especialidad académica. Es un modelo ideológico y un identificador subjetivo, pese a la imposibilidad de convertirse, o de hallar alguna esperanza en la vida monástica, porque el momento histórico en que esto era aún pensable en la cultura occidental habría pasado fatalmente. De ahí el gran acierto de elegir ese punto de vista anímico para narrar, con neutralidad proverbial e indiferencia ética, la islamización virtual de una Francia del futuro inmediato.
Es obvio para cualquiera que, desde los tiempos burgueses e industriales de Huysmans, la decadencia europea no ha hecho sino agravarse, década tras década, guerra tras guerra. Enarbolando el fantasma islámico, el espectro siniestro que recorre el mundo real y sus aledaños mediáticos en el imaginario colectivo como un azote de fanatismo, violencia y sumisión creyente, el forense Houellebecq se limita a rubricar la muerte postergada de una Europa en pleno declive de valores religiosos y familiares y la derrota definitiva del humanismo ilustrado y sus ramificaciones socialdemócratas. Si el islam es en la novela un fermento de vida, una solución inesperada a la parálisis social, un simple flagelo antioccidental, o una pirueta dialéctica para restituir a la denostada sociedad patriarcal, contra feministas recalcitrantes y demás defensores de la indiferencia sexual, toda su fuerza comunitaria y su poder apaciguador de las tensiones íntimas, es una cuestión que me interesa menos que dilucidar el fondo libidinal de la cuestión palpitante que Houellebecq ataca con tanta pericia técnica para la provocación como inteligencia estratégica para el escamoteo de sus verdaderas motivaciones.


Al final, si el narrador se somete sin escándalo al islam es más por razones de insatisfacción sexual y descontento social que por motivos de fe. Entre la tentación populista del neofascismo identitario, la abulia democrática experimentada hasta el hastío en cada período electoral, la marginalidad progresiva de la izquierda y la claudicación a un islam moderado, como respuesta efectiva a la peligrosa quiebra del contrato social, el narrador no tarda en decidirse, como la mayoría de los franceses, en pro de la menos mala de las opciones propuestas a una libido democrática en estado afásico. Con categorías sospechosas, pero sin negrura ni pesimismo, Houellebecq retrata esa sumisión como rendición resignada del miembro más debilitado y enfermo al más fuerte y sano. Sin derramamiento de sangre, sin violencia excesiva: una aceptación de la superioridad de una civilización (la islámica) sobre otra (la cristiana).
Al novelista Houellebecq le interesa, por tanto, para terminar de cuadrar su juego dialéctico, que su perplejo personaje, un pánfilo universitario que sanciona con sus ridículos complejos sexuales la degradación de la vida intelectual francesa y europea, revele las claves reaccionarias de la bancarrota del orden patriarcal a través de un proceso interior que lo guíe al convencimiento de que la concentración de las mujeres desde muy temprana edad en el mundo doméstico y conyugal, apartadas de cualquier otra actividad laboral, supone una vía segura hacia la felicidad masculina, primero, y femenina, después. Un estilo de vida anticuado pero eficaz para ambos sexos, como la poligamia coránica. Una utopía viable, realista, pragmática, fundada en una escala jerárquica de sumisión ascendente: la sumisión de la mujer al hombre y del hombre a Dios (Alá). No importa tanto el rasgo satírico de que esta teocracia islámica de signo más templado solo pueda realizar sus fines prescritos, al menos en las altas instancias de la administración donde aspira a integrarse el narrador, gracias a la financiación saudí.
“Los grandes espíritus son escépticos”, proclamaba Nietzsche. Suscriba o no la tesis central de esta novela de conversión, Houellebecq cree que su misión como novelista consiste en desnudar, con refinada ironía, las miserias morales de su tiempo sin comprometerse con ninguna causa militante. Los sociólogos de guardia deberían tomar buena nota. Una de dos. O bien Houellebecq tiene razón y este es el porvenir que nos aguarda, nos guste o no, estamos abocados a un retorno paneuropeo de lo reprimido religioso. O bien todo es producto de la pura especulación intelectual: la fantasía nihilista de un escritor sumido en la desesperación y plenamente consciente de la crisis profunda que atraviesa la vida europea.
No sé, finalmente, si Houellebecq es un profeta acreditado o un mero individuo atrapado como todos en los espejismos y trampantojos de la actualidad. Pero sí sé que Sumisión explota con ingenio e inventiva el poder novelesco de jugar al límite con las ficciones de la política y la geopolítica de un tiempo turbulento como este. En el fondo, la literatura también sirve para esto. Para dinamitar la representación convencional de un estado de cosas, poner el mundo del revés, examinarlo a la luz de la inteligencia y la imaginación, evitando el error de sostener cualquiera de las convicciones en juego.

[La versión extensa del texto se publica este mes en la revista El Cuaderno, junto con un extracto de la novela de Houellebecq, en un número monográfico dedicado a la narrativa francesa.]

2 comentarios:

S. dijo...

Cualquiera de los personajes que abraza la fe en la literatura de Houellebecq lo hace por motivos prácticos. La secta de "La posibilidad de una Isla" tiene ventajas científicas de vida eterna y claro, sexo. Houellebecq no rechaza a priori argumentos teológicos si estos le ayudan a la felicidad. No hay diferencia para él entre tomar un buen calmante para el dolor de muelas o apuntarse a una religión dónde encuentre mujeres disponibles. Efectivamente, práctico debería ser su verdadero apellido. Tal vez tenga razón. Desde luego es un escritor con una voz más personal de lo común. Cualquiera puede llamar la atención. Pero cualquiera no puede hacerlo con tanta inteligencia como él. Saludos.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Sí, estoy de acuerdo, pero siguiendo su lógica hasta el extremo, el amigo Houellebecq me temo que acabe escribiendo un manual de autoayuda sembrado de sexo senil y consejos saludables para el cuerpo (o su desecho visible) y el espíritu (o su parte más rentable)...

Vuelva cuando quiera.
Saludos.