viernes, 17 de enero de 2014

GRAFITIS EN LAS MAQUINARIAS SECRETAS DE LA HISTORIA


 
En el último número de la revista Letra Internacional se publica mi ensayo Grafitis en las maquinarias secretas de la historia sobre la “Trilogía de Bigend” de William Gibson. Publico aquí un extenso extracto sobre la tercera novela del ciclo (Historia Cero, Ediciones Plata, trad.: Rafael Marín, 2012, págs. 474). 

“Era un artefacto producido en masa por una cultura que imitaba vagamente lo que en su tiempo fue la cultura de otra”.
 
-W. Gibson, País de espías- 

“Y mientras pintaba grafitis en las maquinarias secretas de la historia.” 

-W. Gibson, Historia Cero- 

A pesar de las pistas narrativas, es difícil saber si con Historia cero, la tercera entrega de la serie, William Gibson da o no por cerrado el ciclo novelesco iniciado con Mundo espejo (2003) y expandido tiempo después en una segunda entrega con País de espías (2007). De ser así, estaríamos ante una fascinante trilogía donde un autor que había destacado en los ochenta y noventa por su alucinante inteligencia para fabular los futuros posibles de la sociedad tecnológica habría dado una vuelta de tuerca a su propio instrumental literario para proyectarlo sobre un presente cada vez más instalado en lo virtual. En el fondo Gibson ha entendido con lucidez los límites de la ciencia ficción como género en un mundo como el del capitalismo tardío donde la ciencia y la ficción se reparten o comparten, según los momentos, el dominio fehaciente del mercado. La ciencia en tanto poder de ir más allá de lo imaginable a la hora de comprender los complejos procesos de la materia y la energía, o como invención de nuevos materiales y una nueva naturaleza artificial, o como explotación de todo ello con miras a la puesta a disposición del público masivo, en un entorno cotidiano, de una tecnología rentable y lucrativa. Y la ficción, entendida en su sentido más expansivo, en tanto poder mental inducido por la ubicuidad imaginaria de los medios, la cultura de masas y la publicidad.
En esta trilogía de título alternativo (“Trilogía de Bigend” para unos o “Trilogía de la Hormiga Azul” para otros), el mundo contemporáneo es enfocado a través de la figura en la sombra de un magnate omnímodo y ubicuo del marketing global (Hubertus Bigend) y su agencia de publicidad y diagnóstico de modas y tendencias (Hormiga Azul). En las tres novelas su papel dominante se rubrica encargando enigmáticas investigaciones a las mujeres protagonistas de cada una de ellas. Si en Mundo espejo, el peso de las pesquisas recaía sobre Cayce Pollard, una hipersensible cazadora de tendencias (cool hunter) en busca del origen de un intrigante metraje difundido por internet, tanto en País de espías como en Historia cero es Hollis Henry, ex cantante de un grupo de culto y experta en arte locativo, la guía narrativa que se desliza por las alambicadas superficies del mundo de la creatividad tecnológica y el diseño textil.
Desde el título original (“Historial Cero”), Gibson avisa sobre el designio de su brillante artefacto. Como concepto, la historia ya no existe, se ha interrumpido o ha quedado olvidada, como un desecho más, en el contenedor del pasado. Hemos ingresado en una visión neutra del tiempo presente, una cronología sin antecedentes ni historial reconocible, marcada solo por las pautas innovadoras de la tecnología y los acontecimientos instantáneos de la moda y el diseño. Como ocurre en la novela con la conciencia cristalina de Milgrim, que percibe el mundo, una vez liberado de su dependencia de ciertas drogas de diseño, en toda su novedad y pureza. Por esto mismo, la desconcertante trama de la novela gira en torno a la fabricación y circulación clandestina de modelos de ropa alternativos, tan ajenos a las corrientes de la masificada industria convencional como adecuados a los gustos de los consumidores más exigentes. De hecho, el codiciado objeto de deseo perseguido en la ficción por diversas agencias, grupos y organizaciones, legales o ilegales, es un revolucionario modelo de pantalones vaqueros, cuyo diseño y textura original promete, de una parte, el éxito comercial entre una clientela selecta pero numerosa y, de otra, un suculento contrato con el ejército norteamericano para fabricar uniformes usándolo como patrón formal.
La ironía se manifiesta, en especial, cuando las enredadas investigaciones de Hollis revelan al lector, destinatario final de sus descubrimientos, la verdad oculta tras esa voluntad transnacional de apropiación, piratearía o explotación de las virtudes lucrativas y estéticas de tan insólita mercancía. Una verdad compleja que, como siempre en Gibson, se describe con una imaginería deslumbrante y acaba explicando así, mucho mejor que un abstracto tratado de sociología, las claves reales de las maquinaciones financieras del mercado y las derivas inconscientes del consumo. En primer lugar, la influencia fetichista de la ropa militar, como fantasía juvenil de poder, en el diseño y confección del vestuario masculino; en segundo lugar, la relevancia de la producción marginal en la renovación de tendencias y la oferta constante de novedades, con productos de mayor calidad o atractivo. Y, quizá la más asombrosa, ya apuntada en novelas anteriores, la imperiosa necesidad del secreto, la invisibilidad, la diferencia y la exclusividad para ciertas elites económicas en un mundo cotidiano que simula adoptar la transparencia y la uniformidad como atributos democráticos.