martes, 11 de septiembre de 2012

MICROPOLÍTICAS (5): EL COLAPSO DEL COLOSO


Ya dije todo lo que tenía que decir sobre el 11-S (infame efemérides del día) en este post publicado en conmemoración del décimo aniversario de los atentados. No tengo nada nuevo que añadir a ese tema, aquí se habla de otra cosa, complementaria o tangencial, pero igualmente intempestiva. Es hora de que los escritores demuestren que se puede hablar del estado de cosas en un lenguaje que no sea el de los tecnócratas...

Para cualquier espectador de teleseries contemporáneas como The Wire o Breaking Bad, el concepto “fracaso americano” o “declive del imperio” no es una abstracción fabricada como propaganda por los enemigos del capitalismo sino una realidad bien definida. Una realidad miserable explotada hasta el hartazgo y construida con despojos humanos y vidas despojadas de lo esencial. Hace unos años, el éxito masivo de La carretera, de Cormac McCarthy, constataba los vaticinios de los analistas más atentos a las derivas fundamentalistas de la sociedad americana. Un número significativo de ciudadanos se dio cuenta por primera vez en su historia de que para escapar del asfixiante sistema no había otra salida que el apocalipsis. La salvación anhelada nacería de la carestía material extrema y la lucha más cruel por la supervivencia. De ese modo, sin pretenderlo quizá, el consumista modo de vida americano encontraba una respuesta categórica y bastante puritana a sus dilemas más oscuros. En lugar de postular la prolongación agónica de un estado de cosas que solo beneficia a los ricos, o soñar con alguna comunidad utópica de sesgo igualitario, lo mejor era acabar con todo de una vez y volver a empezar desde cero. Es difícil compartir esa narrativa, desde luego, pero viendo el éxito de la propuesta y el sesgo de las corrientes ocultas que proliferan en la sociedad americana, es fácil darse cuenta de que para la mentalidad programada del americano medio no es posible imaginar otra utopía que la del fracaso y la catástrofe. Al menos ese día, están empezando a pensar muchos, cuando no haya agua corriente ni teléfono ni electricidad ni, sobre todo, televisión, móviles e internet, la gente volverá a comunicarse para negociar lo básico, la supervivencia y los afectos.
En la América crepuscular descrita por el sociólogo y crítico cultural Morris Berman en esta entrega terminal de su trilogía (Las raíces del fracaso americano, Sexto Piso, 2012) tampoco puede haber futuro si este se funda, como hasta ahora, en el progreso tecnológico incontrolado y la economía más inicua y desaprensiva. Esta imposibilidad del futuro estaba inscrita desde su nacimiento en el genoma nacional por un ideario mercantil y comercial que, según Berman, no solo ha consumido sus recursos sino que ha comenzado a devorarse a sí mismo y se encamina ya hacia su autodestrucción, como escenifica el final de Moby Dick (“una estremecedora descripción metafórica”, opina Berman, “de la historia americana”). Con precisión clínica, Berman habla de un país donde los poderes públicos no se ponen de acuerdo para reconstruir los diques de Nueva Orleans tras la devastación del huracán Katrina por temor a incurrir en cooperativismo socialista, donde la guerra es otra forma de hacer negocio, como ha pasado en Irak, donde el cien por cien de los americanos ve vigiladas a diario por agencias estatales sus comunicaciones electrónicas o telefónicas, donde los mismos (la banca y las corporaciones financieras) que en nombre del neoliberalismo hundieron la economía del país y, de paso, de todos sus socios internacionales mantienen sus puestos o son encumbrados a consejeros del presidente, donde una mafia política de profesionales del derecho y la economía somete la maquinaria estatal a sus intereses, con la ayuda del ejército y la policía, donde cualquier ciudadano puede perder en cuestión de horas todos sus derechos civiles, etc. Esta América en bancarrota parecería extraída de una distopía de ciencia ficción y, sin embargo, es tan real como el dominio mundial de la cultura de masas estadounidense y la mitología banal con que fascina la imaginación de sus súbditos inconscientes.
Por desgracia, en Europa son muchos los que han convertido al imperio americano en el mito ideológico que alimenta sus fantasías conservadoras. En este contexto, la lectura de un libro tan lúcido y devastador como este resulta más que necesaria para entender por qué los que toman decisiones, aquí como allí, solo buscan preservar el sistema económico de la amenaza del colapso, destruyendo el sector público y dejando intactos los bancos y las corporaciones financieras causantes de la crisis más grave de la historia moderna. Las polémicas lecciones de Berman trascienden los límites nacionales y nos enfrentan a las mentiras de un sistema de organización de la realidad interesado en convencernos de que la única elección posible es entre el capitalismo neoliberal o la catástrofe planetaria.
Por otra parte, el verdadero problema de la decadencia del coloso americano es que esta ha acabado convertida en un producto de explotación de gran rentabilidad, configurando un bucle intelectual irresoluble, de modo que el éxito de libros como este de Berman pueda considerarse tanto una secuela del estado de descomposición cultural como una respuesta seria, política y moral, a dicha situación crítica. Como siempre en este tipo de obras, el diagnóstico de los males es más convincente y acertado que la terapia de curación sugerida por Berman, bastante ingenua en líneas generales. Pasarán muchas décadas antes de que el fantasma del declive imperial yanqui y los residuos del cadáver exquisito de la vida americana deserten los sueños y pesadillas de los aburridos espectadores de la metrópoli global.