lunes, 16 de abril de 2012

CAÍN HACE CINE (EN BLANCO Y NEGRO)


Alguna vez él tuvo la pretensión de que sus comentarios, su ideología, sus principios estéticos hubieran hecho alguna mella en el lector, en otros críticos que parecen tener algún apego a lo que alguien ha llamado el «estilo cainita» (la mala fe, el doble sentido, están limados por el humor). No ha sido así.
GCI, “Estrenos a granel”, El cronista de cine, Galaxia Gutenberg, 2012, p. 1267.

No se puede negar que es una magnífica iniciativa la de publicar las obras completas de Guillermo Cabrera Infante comenzando por una colección exhaustiva de sus críticas y crónicas cinematográficas, editada y prologada por Antoni Munné. Todos los lectores del maestro cubano saben que su caso, como el de Jekyll y Hyde, es muy especial: el primer crítico de cine que ha pasado a la historia de la literatura por su extraordinaria innovación narrativa y estilística. En este sentido, la pertinencia de comenzar esta publicación masiva a partir de sus escritos relacionados con el cine es más pertinente de lo que parece a simple vista.
Cabrera Infante ya había escrito relatos con anterioridad al momento en que comenzó a ejercer de crítico de cine en la revista cubana Carteles en 1954 con el seudónimo G. Caín, ingenioso nombre de guerra inventado para burlarse del poder que pretendía silenciarlo o censurarlo. Pero no fue hasta comienzos de 1962, al publicar como libro una diezmada selección de sus críticas escritas hasta 1960 bajo el título Un oficio del siglo XX, cuando aparece en escena el genio excepcional y festivo de Cabrera Infante. La singularidad del libro no reside tanto en la inteligencia crítica de su visión de las distintas películas y, por tanto, del cine como arte paradigmático del siglo XX, sino en la transformación del crítico en cínico personaje de ficción, un ente imaginario que muestra así su carácter de ficción institucional, política y cultural. Este memorable compendio que recopila sus críticas y retrata con humor la carismática figura de G. Caín (reverso tenebroso y simétrico de Abel G., nombre sintético del director francés Abel Gance, “quien cuando se olvida de sus pretensiones trascendentales sabe crear movimiento y acción: hacer cine”, p. 601) puso las bases de su concepción cómica de la narrativa y supuso una primera tentativa de desestabilización de la lengua y la cultura canónicas, seguida enseguida por “Ella cantaba boleros”, germen expansivo de la revolucionaria novela Tres tristes tigres.
Las sorpresas que reserva para el lector este primer volumen de escritos cinematográficos son múltiples. Ahora es posible releer Un oficio del siglo XX en el contexto del magno magma de críticas semanales y seminales que Cabrera Infante descartó por diversas razones, no todas arbitrarias, de su elección definitiva. Los descubrimientos que le aguardan en otras secciones del voluminoso libraco no son menos estimulantes, comenzando por la sorprendente actualidad de sus recurrentes reflexiones sobre las mutaciones tecnológicas del cine (en especial el 3-D, de tanta actualidad en los cincuenta, era analógica de temprana competencia con la televisión, como ahora, en plena era digital de competencia con todos los medios electrónicos). Ver a un crítico contradecirse en sus juicios es siempre un placer, no cabe duda, en cine o en literatura, pero ver a una mente privilegiada como la de Caín afirmar en una crítica que el cine es solo entretenimiento, industria y comercio, para luego sorprenderlo unas páginas más allá afirmando, en un lúcido comentario sobre El gabinete del Dr. Caligari, precisamente, que gracias a esta película muda de 1920 el cine dejó de ser solo diversión para pasar a considerarse arte, es no solo una prueba de su evolución intelectual o estética sino una garantía de coherencia en la diversidad. Y es que el cine según Caín, en contra de los puritanos como de los mercachifles, de los ortodoxos de la cinefilia como de los amos del negocio, es un híbrido artístico, el divertimento de la inteligencia más espectacular y costoso de la historia, el arte más dependiente de sus condiciones de producción y recepción.
No pueden faltar los rasgos de humor desternillante en el libro de un autor que los prodigó en toda su literatura. Me quedo, en esta ocasión, con dos muestras hilarantes. En el obituario del director Cecil B. DeMille (“Las DeMille y una noches, o de cómo un hombre termina una era”) Caín señala cómo el entierro del aparatoso director fue de una sobriedad bressoniana impropia de su estética monumental y se atreve a señalar cómo las decenas de miles de figurantes y accesorios que abarrotan sus películas más famosas (Los diez mandamientos, Cleopatra, El signo de la cruz, Las cruzadas, Sansón y Dalila, etc.) debían haber acudido a llenar el vacío espectacular creado por la muerte súbita de DeMille (tras ascender a ritmo mosaico, en pos de las tablas de la ley de la gravedad, una empinada pirámide egipcia). El segundo ejemplo es más provocativo aún. En “Mamie en La Habana”, la especiada entrevista a Mamie Van Doren, una de las más paródicas imitadoras de la exuberancia carnal de Marilyn Monroe (clasificada justo después de Jayne Mansfield en la explotación pública de la abundancia mamaria), Caín se atreve a decirle a la estrella caricaturesca al concluir el encuentro furtivo: “Mucho busto”. A lo que Mamie, con exquisita educación, replica una ostensible obviedad: “El busto es mío”.
Cabrera Infante, como su (primer) alter ego G. Caín, era un gran cinéfago o film-buff, esto es, alguien para quien ver cine a diario era condición indispensable para vivir. Le gustaba el cine y lo consumía en exceso (o en excelso, como diría su otro yo Walter Ego). Lo aprendió todo (técnicas, referencias, diálogos, humor, etc.) de este medio artístico y le devolvió todo lo que había aprendido escribiendo críticas, guiones, artículos y ensayos. Pero nunca dirigió una película. Como muestra hasta la saciedad este tomo inagotable, de más de mil quinientas páginas, Cabrera Infante hizo cine por otros medios.

2 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Cabrera Infante me enseñó mucho de cine.Tengo sus libros como referente a la hora de escribir mis reseñas cinematográficas y respecto a su monumental Tres tristes tigres no es más que un homenaje a esa otra novela que yo considero como una de las grandes del siglo XVIII;Tristran Shandy,de Sterne.

Un abrazo después de un tiempo,amigo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Sí a Sterne y a Carroll, sobre todo, y no solo a Joyce, como creen algunos. Aventuras al otro lado del espejo satírico de Habanaland...

Un gusto tenerte de nuevo por aquí. Abrazos.