lunes, 28 de septiembre de 2009

EL ENIGMA FREUD (volumen 1)


[Se acaban de cumplir setenta años de la muerte de Sigmund Freud, el 23 de septiembre de 1939, en Londres, donde vivía exiliado desde que Hitler se anexionó Austria con el refrendado consentimiento de los austriacos (¿es ésta la herida infectada por donde supura toda la literatura de Thomas Bernhard?). En estos últimos meses se están cumpliendo diversos aniversarios relacionados con el mismo acontecimiento, el más terrible, con toda seguridad, que los humanos han producido y padecido: la Segunda Guerra Mundial. Cuando Freud murió, el mundo parecía que iba a morir con él de manera grandilocuente y estrepitosa. Se llevó de este mundo una imagen acorde con su visión de una mente humana asaltada por las peores tendencias, las derivas tanáticas en pulsión destructiva permanente contra su deseo de libertad y felicidad. No obstante, no cabe engañarse sobre esto: Freud es uno de los defensores más paradójicos del yo y los beneficios del yo. No hizo otra cosa a lo largo de su vida que explorar a fondo, sin ningún temor, todo lo que lo amenazaba o ponía en cuestión, desde dentro y desde fuera, por así decir, desde arriba y desde abajo (el superyó castrador y la identidad pulsional de la libido). Hasta descubrir que su fundamento era una ficción tan eficaz como las leyes de la realidad. Una ficción efectiva y afectiva que causaba secuelas constructivas en la realidad: la realidad del cuerpo, la realidad de la mente, la realidad del mundo. Todo fundado en una instancia de ficción. Las religiones tradicionales y las ideologías totalitarias, colectivistas o no, la opinión común (la doxa) y la ideología mayoritaria, lo deniegan con todas sus fuerzas; le niegan realidad, consistencia, satisfacción, intensidad. Una entelequia, una fantasía, un fantasma. No deja de ser paradójico que los mayores propagadores de entelequias, fantasías y fantasmas, con o sin credos dogmáticos, sean los mayores denegadores de la fuerza transformadora y germinal del yo. Y es que les va el ser, como diría Gracián, en que la ficción del yo no sea la dominante en un mundo dominado por ficciones del poder. A la mente ingenua habría que recordarle que el mundo lo mueven y han movido siempre las ficciones (lingüísticas, afectivas, sentimentales, mentales, simbólicas, de clase, de raza, de género, nacionales, regionales, locales, universales, etc.). Y si no, mire un poco a su alrededor. Aunque hubiera realidades traumáticas e intereses en liza (esto sí que lo entiende enseguida la mente ingenua, lo de las realidades traumáticas y los intereses creados se lo tiene bien aprendido desde la escuela primaria), la Segunda Guerra Mundial fue también un choque de ficciones, un conflicto de fantasmas, una guerra de mentes y poderes ilusorios. ¿Qué otra cosa le muestra al historiador positivista la gloriosa Inglourious Basterds, estrenada este año por una de esas casualidades que sólo el azar es capaz de tramar con tanta eficacia, sino la guerra entre representaciones o versiones de la realidad, en este caso cinematográficas? Unos tenían una idea del mundo más espantosa que los otros, no cabe duda, pero no es eso lo que los derrotó, diga lo que diga Borges (con todo, los refinados nazis de Tarantino me recuerdan al nazi borgiano de Deutsches Requiem: esos rasgos de inteligencia y sensibilidad, por así decir, ya escandalizaron a George Steiner, como atestigua El castillo de Barbazul, sobre todo cuando Steiner se dio cuenta de que el concepto de arte y cultura que él propugnaba coincidía con las preferencias no degeneradas de su enemigo acérrimo; y es que era la gran cultura alemana, sospechosa de complicidad, la que se hundía en la catástrofe histórica sin remisión, como supo ver con lucidez extrema Thomas Mann en su tan poco leído como imprescindible Doktor Faustus). La voluntad de poder del bárbaro ideológico (el nazi), por aberrante que pueda parecer desde este lado de la razón, no tiende por una oscura necesidad, o una lógica abismal, a auto-infligirse la derrota. Las ficciones que la alimentan son a veces muy poderosas, ya que proceden del fondo oscuro, de la irracionalidad primigenia, y aliadas con la técnica más avanzada podrían llegar a ser invencibles y avasalladoras. Así que sólo un poder superior aún pudo vencerlas y acabar con su expansión ilimitada. La cultura de masas americana de la posguerra no fue sino exhibición universal de ese nuevo poder y de su triunfo mundial, y un poder en sí mismo fundado en nuevas ficciones sociales que se expandieron por todo el mundo como una moda de temporada, una mitología asociada a un modo de vida exportable, sin la cual dicho estilo no habría tenido tanto éxito nacional e internacional (éste, destilado en la mejor retorta de estilos y subgéneros, es el genuino espíritu democrático de la película de QT). Mientras las (malas) ficciones manden en el mundo, seguiremos necesitando los sortilegios de la ficción para combatirlas como los simpáticos "bastardos", americanos paródicos, combaten al enemigo epónimo. Como gran aliada irónica y paradójica del yo, por supuesto. La ficción y el yo, no hay nada en esta asociación que hubiera podido sorprender a Freud. Para pensar bien es necesario haberlo leído, sin duda. Para entender tanto el mundo como el yo, con sus espejismos de la voluntad y sus espectaculares puestas en escena, en privado o en público, hay que conocer el poder y el funcionamiento de la ficción. No es a través de la autobiografía o el documento cómo se accede a la maquinaria profunda y los mecanismos íntimos de ambas instancias. La puerta privilegiada, de múltiples accesos y tamaños, es la de la ficción. La realidad ha sido siempre virtual en la medida en que nuestras percepciones no son infalibles ni definitivas. Una vez más, éste es el increíble poder de lo simbólico sobre lo fáctico (de la estética singular de un artista sobre el rigor mortecino de la historiografía oficial) que festeja con audacia y desparpajo la maravillosa película de Tarantino: cambiar las historias de la historia, las variadas versiones de la misma, para conferir todo el poder a los que no lo tenían, expresando al mismo tiempo el más contemporáneo malestar de la cultura de masas. ¿Otra ficción quizá? Sin duda, pero ejemplar esta vez. Otro triunfo del yo sobre los diversos poderes que buscan atenazarlo o destruirlo. Ética y, sobre todo, estética del yo. O, lo que es lo mismo: principio de placer vs. principio de realidad. No se hable más…]

«Freud ha muerto», proclama Charlotte Gainsbourg en Anticristo, la impresionante película de Lars von Trier, para explicar por qué desdeña los sueños premonitorios de su marido, un psiquiatra inquisidor (Willem Dafoe) intrigado por el enigma femenino en la vieja tradición inquisitorial inaugurada por Freud como intérprete de sueños y traumas individuales y colectivos. Detrás de ese gesto despectivo de la mujer se oculta, sin embargo, una investigación desgarradora sobre el crimen histórico del patriarcado: ese crimen comunitario (el "ginocidio") en que, según Freud, se funda el orden represivo de la realidad. Como atestigua el escalofriante epílogo, la multitud de mujeres sin rostro que ascienden por la ladera boscosa por la que desciende el psiquiatra asesino (acaba de claudicar ante el caos y la irracionalidad, como tantos otros antes de él, estrangulando a su mujer) no son sino víctimas de la violencia masculina que ahora podemos ver con la lucidez visionaria (y culpable) con que nunca pudo hacerlo el maestro fundador.

Y es que Freud metió el dedo en la llaga de la especie, por así decir, aunque muchos de sus discípulos acabarían creyendo que la llaga era la equivocada, y muchos de sus adversarios que el dedo más bien parecía otra cosa. En todo caso, lo verdaderamente asombroso de sus descubrimientos psiquiátricos, como piensa Philippe Sollers, reside en toda esa alucinante historia humana en torno de unos cuantos orificios orgánicos.

El acoso freudiano

Detrás de todo caso clínico, latía la palpitante desnudez de la cosa, lo que Freud más temía descubrir o conocer y no cesaba de acosar con metódica impertinencia, el continente oscuro del deseo femenino. «¿Qué quieren las mujeres?», se preguntaba con falsa ingenuidad y genuina preocupación en uno de sus ensayos. Su impaciencia ante sus pacientes menos dóciles, normalmente afectadas de derivas lésbicas y errancias histéricas, delata muchas de sus contradicciones doctrinales. La visión del cuerpo desnudo de su madre, Amalia, durante un viaje en tren, precisamente, desde Leipzig a Viena cuando contaba cuatro años constituye uno de sus encuentros más traumáticos con el enigma de la mujer, como lo denominara Sarah Kofman. Freud parecía hablar desde la experiencia cuando declaró: “Para ser en la vida amorosa verdaderamente libre y feliz sería necesario…haberse familiarizado con la representación del incesto con la madre o la hermana”. Su gran discípulo francés, Jacques Lacan, corroboró esta visión anticonvencional de lo humano acuñando un imperativo incontestable: « ¡Goza tu síntoma!».

En una carta a Wilhelm Fliess, su colega y confidente íntimo, Freud confesará haber preferido siempre la compañía cómplice del amigo a la de la mujer, incluida la de la suya, Marta Bernays, o la de su cuñada, Minna, con la que se rumoreaba que había tenido un affaire sexual (para irritación de Carl Gustav Jung, celoso rival y brillante discípulo). Y eso que Freud se vio rodeado de mujeres desde el principio en una familia judía de dominante femenina. Y luego lo acompañaron, en distintos momentos de su vida, discípulas y colegas hacia las que mostraba una actitud ambivalente y a veces admirativa: Helen Deutsch, Marie Bonaparte, Melanie Klein, Joan Riviére, o su propia hija, Anne Freud, a la que enviaba en su nombre a dar conferencias por el mundo. Por no hablar de Lou Andreas-Salomé, la personalidad femenina más fascinante de su tiempo, seducida también por el diván del psicoanálisis. Fue la confidente intelectual de Freud, comprendió sus tesis mejor que otros y, por si fuera poco, dirigió críticas certeras a sus argumentos más débiles. Lou representaba un tipo singular: la mujer libre que puede codearse con la más alta inteligencia masculina y medirse con ella, al mismo tiempo que seduce al hombre que la encarna o se entrega carnalmente a él.

Según Peter Gay, su biógrafo más riguroso, no consta, sin embargo, que Freud mantuviera ninguna clase de relación sexual después de los 37 años, ni dentro ni fuera del matrimonio. Así que Freud asumió la máscara de un buen burgués que consideraba la monogamia, no sin ironía, un precio demasiado alto que la vida psíquica de los sujetos debía pagar al grupo social, conforme a un extraño principio de economía libidinal, a cambio de su funcionalidad reguladora y normativa.

Una parte del conflicto de Freud con el género femenino, aparte de los prejuicios sexistas de su época, se reducía a cuestiones fisiológicas. «La anatomía es un destino», declaraba sin complejos, mientras consideraba por error que el clítoris era un émulo diminuto del pene y, por tanto, un actor insignificante en la escena mental (así, el terrible gesto de la mujer en Anticristo, al practicarse la ablación de clítoris tras atacar a golpes el pene del marido, ¿no supone otra afrenta (pos)freudiana?). No obstante, en un contexto social y moral de denegación hipócrita de la sexualidad femenina, Freud, con todos sus desaciertos y cegueras, errores instintivos y espejismos intelectuales, sabía más de mujeres, mucho más, que el puritano psiquiatra suizo (Jung), desde luego, o que el gran Leonardo (de cuya sublime (homo)sexualidad, por cierto, ofrecería un análisis tan imaginativo como sintomático de sus propios dilemas), el celebérrimo creador de la enigmática Gioconda, una efigie virilizada que parece sugerir la frigidez como forma suprema del goce femenino. Con todo, Freud actuaría como un libertador paradójico de las mujeres al haber expuesto sin tabúes su problemático papel en la comedia humana y la guerra (traumática) de los sexos.

La novela familiar

Durante la infancia, que el adulto tiende a olvidar por razones obvias, la niña vería humilladas sus pretensiones de poder primero ante el hermano más o menos real y después ante la madre, dotada de un falo simbólico que la hija no tardará en descubrir como falso y rechazará enseguida mientras el hijo, consciente de su falta, lo ubicará en otras zonas del cuerpo de la madre, ahora deseada como mujer mutilada a la que el infante bien armado se ofrecería a poseer y proteger en detrimento del padre, ignorante del melodrama inconsciente que se estaría librando en casa mientras él se consagra a la búsqueda del sustento o la gestión de sus negocios. Pero la hija ya tendría previsto un recurso de guión infalible para salvar el honor sexual del padre, desplazar su esfera de interés hacia él como único poseedor del poder representado por el falo en contra de la madre y, por qué no, del mermado hermanito.

Con esta historieta doméstica, más propia de una película de Todd Solondz, una ficción de Robert Coover o un cómic de Robert Crumb que de una teoría científica seria, Freud creía, como Edipo, haber descifrado parcialmente el secreto de la Esfinge (“Vita est femina”). Cuando amigos y colegas le regalaron en su quincuagésimo cumpleaños un medallón que en una cara mostraba esa terrible figura mitológica, encarnación del misterio insoluble de lo real, y en la otra el perfil del primer psicoanalista de la historia no estaban cometiendo, precisamente, un lapsus freudiano como los que el maestro había dilucidado en su Psicopatología de la vida cotidiana. En su despacho, desde hacía años, colgaba una reproducción del cuadro de Ingres, descubierto en el Louvre durante un viaje a París, donde un apuesto varón académico se encaraba a una esfinge feminizada y seductora. No es difícil imaginar a “Herr Profesor”, como lo llamaba Jung con resentimiento visceral, poniendo palabras a la escena muda que alegorizaba el secreto motivo de su vocación. Entre espesas bocanadas de humo, su adicción al tabaco acabaría causándole un tumor oral incurable, concebiría Freud el acertijo vital con que la portentosa criatura no dejaría de torturar la inteligencia del detective edípico: “¿Cuál es el único animal enfermo sobre la tierra que posee todos los sexos por la mañana, se vuelve monosexual por la tarde y cuando llega la noche apenas si le queda energía para responder a las solicitaciones del deseo?”.

Una alegría enigmática

La frontera entre lo normal y lo aberrante, según Freud, era lábil y debía ser explorada de manera rigurosa, sin duda, pero también a través de la fantasía y la vida imaginativa. Tal vez por esto algunas de las críticas “científicas” que se le dirigen hoy, desde las neurociencias y las ciencias cognitivas, lo tachen de autor de ficciones teóricas y hasta de vulgar “novelista de la psique”. En todo caso, Freud consideraba, al revés de muchos de sus continuadores, que entre las obligaciones del psicoanalista nunca se debía contar la de emitir juicios morales. Freud construyó así un corpus teórico de una libertad intelectual y expresiva sin precedentes sobre las cuestiones más escabrosas y confidenciales de la experiencia humana. Su lectura, en este sentido, sigue constituyendo una taxonomía insuperable de conductas inapropiadas, anomalías eróticas, obsesiones psicopatológicas, o desviaciones vitales, que funciona como complemento analítico perfecto de la reprimida novelística decimonónica. Ya que con la excepción del naturalista Émile Zola, que era por eso uno de sus contemporáneos preferidos, casi todos los novelistas de su tiempo se atuvieron a un pudoroso código de representación de la vida que excluía el acto turbador o la tendencia perturbadora.

No consta, sin embargo, que Freud, al contrario que Jung, leyera a Joyce (“el escritor por excelencia del enigma”, según Lacan), pero su influencia en el diseño psicosomático de los protagonistas y la obscena verborrea de Ulises y de Finnegans Wake (publicada en 1939, el mismo año de su muerte) es el mayor homenaje que le ha brindado la literatura moderna. No en vano, cuando le preguntaban con malicia por el doctor vienés, Joyce respondía que ambos, en sus respectivas lenguas, significaban la misma alegría.

La alegría del enigma velado o desvelado, según la perspectiva.

EL ENIGMA FREUD (volumen 2)



Freud, el Anticristo

Las versiones sobre Freud difieren tanto entre sí que a veces uno no puede sino creer que los que opinan sobre él hayan caído en alguna trampa retórica tendida por el astuto maestro. En ciertos círculos se le tiene por un reaccionario conservador y misógino, defensor a ultranza de la racionalidad burguesa y la familia nuclear, mientras en otros se le toma por un revolucionario sexual, un pionero provocativo, un transgresor moral que abrió una brecha de luz irrestañable en la noche oscura de la mente humana.

Entre los valedores de la “teoría marica” se considera a Freud un homófobo irredimible, mientras el entendido Leo Bersani, profesor en Berkeley y partidario del modelo de vida promiscua frente a la estricta monogamia, lo habilita como el primer teórico serio de esta causa contemporánea, con sede en numerosas universidades británicas y norteamericanas, por haber sostenido en su tiempo «una noción esencialmente construccionista de la homosexualidad». Así mismo, los cinco sexos fisiológicamente constatados por la Dra. Anne Fausto-Sterling, el neodarwinismo de Richard Dawkins y sus colegas evolucionistas, la transexualidad y la intersexualidad rampantes, la neurociencia de Antonio Damasio y el cognitivismo de Daniel Dennett, o los tratamientos a base de testosterona y estrógenos, exigirían en la actualidad una revisión radical de las tesis más ortodoxas sobre la sexualidad humana y el funcionamiento del cerebro sostenidas aún por psiquiatras y psicoanalistas de la vieja guardia.

Por otra parte, sus aseveraciones sobre la sexualidad infantil convierten a Freud en un pensador difícil en una época neovictoriana como la nuestra de sacralización de la infancia conforme a los hábitos sublimados del consumo publicitario y la mercadotecnia. Para Freud la vida sexual comienza con el nacimiento y, con un poco de suerte, concluye con la muerte, así que el niño, a su manera, se muestra tan sexualizado como el adulto aunque éste se pase la vida negándolo. Con la muerte, en cualquier caso, el sujeto se ve obligado a dialogar siempre, según estableció como principio de su teoría psíquica, pues sus pulsiones puramente destructivas amenazarían todo el tiempo las construcciones libidinales del deseo.

Frente a otras posiciones ideológicas más regresivas, el pensamiento de Freud insistiría todavía en alcanzar, aunque sus objetivos no gusten a la mayoría, el máximo grado de lucidez respecto de la vida humana y su enmarañada red de símbolos, atavismos y creencias. No por casualidad, algunas de sus obras tardías denuncian la represión inscrita en el seno de la cultura y la civilización desde los orígenes (El malestar en la cultura), atacan el fenómeno religioso como residuo psíquico primitivo (El porvenir de una ilusión), o postulan la superioridad paradójica del judaísmo sobre las demás religiones reveladas (Moisés y el monoteísmo, su último libro, publicado el mismo año en que Hitler se anexionaba Austria y Freud se exiliaba a Londres).

A pesar de las apariencias, la tentación luciferina de Freud no sería, por tanto, de orden sexual sino intelectual. Sentirse, cual Moisés, un Profeta o Mesías libidinal: el legislador y líder de la horda humana a través del desierto de la inconsciencia hacia la promesa utópica del auto-conocimiento. Sea como sea, nuestra especie necesitaría un cambio urgente de ídolos y cultos, una “transvaloración” o inversión de todos los valores convencionales, empezando por nuestras anticuadas concepciones de la sexualidad. Mientras esto no se produzca, para bien y para mal, para la ciencia del bien y del mal que rige a este lado del paraíso, seguiremos necesitando a Freud durante mucho tiempo aún.

jueves, 17 de septiembre de 2009

EL SIGNO DE DUCHAMP


Juan Antonio Ramírez in memoriam

Bueno, si usted quiere, mi arte sería el de vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no se inscribe en ninguna categoría, que no es ni visual ni cerebral. Es una especie de euforia constante.

Oh! Do shit again…Oh! Douche it again!

MD

Estocolmo (marzo, 2009). Estoy en Estocolmo, la ciudad invernal donde vivió Ingmar Bergman la mayor parte de su vida, donde murió Strindberg, viajando (sin apenas equipaje) de un infierno a otro infierno. He estado preguntando por la escalera mecánica en cuya cúspide murió Stieg Larsson, el hombre que amaba, como una variante desviada del personaje de Truffaut, a todos los lectores-hembra de todos los países del mundo globalizado en este nuevo milenio. He estado, en realidad, preguntando por el sexo de la escalera mecánica donde a Larsson se le paró el corazón de pronto. Nadie responde. Está visto. Cuarenta años después de su muerte y del descubrimiento de la obra secreta a la que el alquimista consagró su último esfuerzo, Marcel Duchamp, como un perverso de otro tiempo, deserta de la calle helada, donde nadie parece conocerlo ya, y se recluye en el museo. Es un destino moderno. Así que estoy en el Museo Moderno de Estocolmo, ubicado en un emplazamiento idóneo para un gigantesco contenedor de arte del siglo veinte: una isla (Skeppsholmen) flotando a la deriva del tiempo en las gélidas aguas del Báltico. La nieve, como se ve a través de la cristalera de una de las salas, amenaza con cubrirlo todo con su mortaja como en un emotivo poema de Lorca. Estoy en una sala dedicada a Duchamp, parado frente a dos obras que sólo conocía en reproducción (con todo lo que esto implica tratándose de un artista que hizo del celibato y la infertilidad, más que de la apropiación o la copia, todo un programa de vida y de creación). Dos aparentes (todo en Duchamp, no nos engañemos, es aparente: un juego de apariencias y (des)apariciones) curiosidades:

UNO. Pharmacie (Phare-massif/Phale massif). Un paisaje de traza convencional en el que Duchamp inscribe dos puntos cromáticos que aspiran a conferir relieve y perspectiva perversa al espacio pictórico. Dos puntos ópticos (los “simpáticos” o, más bien, los precursores formales de los “Testigos Oculistas” del “desnudo” de La Mariée) suspendidos en el aire familiar de la escena. Vertical and horizontal (bad) features, como para marcar la masculinidad o feminidad de los componentes del plano espacial: el curso de un arroyo, troncos de árboles, juncos, cañas, matojos, etc. Las dos manchas de color (como en Blow Up) invitan al voyeur/voyant a ahondar con la mirada en el bucólico escenario hasta hallar el cuerpo del delito (corpus delicti o corps délit/délice/délire: cuerpo desleído que se transfigura, delirio del deseo, en cuerpo delicioso). El punto de vista y el punto de fuga, como escribiera Lyotard, son simétricos en la medida en que son, sí, métricos. Decimales. Subproductos del cálculo racional. Crítica de la razón metódica.

DOS. “Étant donnés”. Estudio preparatorio en bajorrelieve de la obra del mismo nombre: el maniquí acéfalo, de brazos y piernas amputadas, el sexo depilado o descarnado, la vulva hendida (como el cadáver despedazado de Elizabeth Short, alias “La dalia negra”). Homenaje al (turbador) “origen del mundo” de Courbet, corps-délice de Pharmacie: el torso desfigurado y expuesto a la mirada de la escultora brasileña Maria Martins, amante de Duchamp durante cinco años y amada por él hasta el onanismo, como muestra el (masturbador) Paysage fautif (manchurrón de esperma con figura de torso impregnado en la tela como huella indeleble de una pasión culpable). La contigüidad entre los signos cromáticos de la mirada penetrante (Pharmacie) y el desnudo femenino reconfigurado a la medida métrico decimal de esa mirada cartesiana da la razón a Lyotard de nuevo: el coño es “la imagen especular de los ojos del voyeur”. Añádase el paisaje, sus insinuaciones horizontales y verticales, sus verduras y cañizos, su follaje, la espesura fragante, y se tendrá la imagen exacta de una fornicación mental aplazada sine die por imperativos estéticos. Rien n´aura lieu que le (bas) lieu, Duchamp enmendando a Mallarmé. Nada tendrá lugar excepto el lugar o, más bien, el lugar común, la bajeza instintiva. El lugar de la comunión y el holgar de los cuerpos.

Filadelfia (agosto, 1992). Estoy en Filadelfia, donde pasó su infancia Brian de Palma, el más duchampiano de los cineastas junto con Peter Greenaway. Estoy en el Museo de Arte Moderno de Filadelfia, donde De Palma rodó, por problemas técnicos, el memorable plano secuencia de la cacería sexual de Vestida para matar en lugar del Metropolitan de Nueva York, donde tenía lugar en la ficción. Estoy parado frente al ensamblaje Étant donnés. Con los ojos pegados a los orificios ópticos del portalón catalán que dan acceso a la visión trascendental. La visión con que los ojos se enfrentan al objeto de su deseo (la mujer desnuda, el paisaje insinuante, la cascada, la vegetación, el muro de ladrillos violentado, el farol, etc.) y al mismo tiempo descubren el precio a pagar por ejercer la mirada sin restricciones. Pienso en Body Double de Brian de Palma, de quien acabo de ver en un cine de Times Square, unos días atrás, su nueva película, Raising Cain, recién estrenada. Pienso en los mecanismos (tan festivos como afectivos) de la liberación a través del voyeurismo y en los mecanismos (aún más efectivos) de la castración por el voyeurismo. En la ambigüedad (punible) de cualquier mirada indecente sobre la realidad de un cuerpo. En la impunidad imposible: la mirada es culpable de desvelar con su gesto las zonas erógenas del cuerpo elegido e impedir la sublimación que lo protegería del asalto. Pienso en Buñuel, en Un perro andaluz, y en El ojo tachado, que reseñé en el momento de su aparición. Pienso en la frase con que cerraba mi reflexión sobre la octogenaria película de Buñuel y el brillante análisis de Talens: “No hay ojo intachable”. Viendo el comienzo revulsivo del cortometraje de Buñuel lo supe enseguida. Viendo Etant donnés de Duchamp en directo por primera vez, con los ojos sobrecargados con todas las otras obras de Duchamp (L. H. O. O. Q. y La mariée mise à nu par ses célibataires, même, sobre todo) que la rodean, envuelven o asedian en estas salas con sus enigmas y adivinanzas eróticas, lo sé aún más. ¿Lo supo Duchamp gracias a Buñuel? Es difícil saberlo. La impresión en la retina y más allá de esa imagen de una desnudez extrema: una desnudez que desnuda al que la mira sin pudor. La mujer sin cabeza se desnuda para desnudar al que se atreve a mirarla y pierde la cabeza al mismo tiempo (quizá por esto, comentando la tendencia contemplativa encerrada en la obra de Duchamp, Octavio Paz concluyera: “la inacción es la condición de la actividad interior”). La imagen cruda del deseo. Un deseo puesto al desnudo sin contemplaciones. El soltero desnudado por la novia, incluso. Nunca el arte ha ofrecido con tanta contundencia una imagen de la pusilanimidad o fragilidad masculina ante la potencia (en apariencia pasiva o inerte) femenina. Mentira y verdad de la noche de bodas (el bodrio del bodorrio). Mentira y verdad de la violación (no viola el novio). Mentira y verdad del crimen sexual (no viola/no violóla). “O lo que es igual: cuando estos ojos creen ver la vulva, se están viendo a sí mismos. Un coño/gilipollas es el que ve (un con c´est celui qui voit)” (Lyotard).
La insistencia en la “vulva” (labia majora) por parte de algunos de sus más conspicuos analistas parecería excluir la “vagina” del imaginario sexual de Duchamp, aunque la Cheminée Anaglyphe (o, más bien, los póstumos dibujos del “Marchand du Sel” que la diseñaban) podría desmentir esta obcecación de eyaculador precoz o masturbador compulsivo en no adentrarse más allá del palpitante umbral de la cosa (tal vez por esto la idea de incorporar a su observación unas gafas tridimensionales, para conferir relieve, como en Pharmacie, a los planos del objeto de deseo). Habría que verlo, sin duda, habría que verlo. Abrir para ver la apariencia inaccesible: la aparición alegórica de eso mismo que la Enciclopedia Británica, con su impagable mezcla de erudición y gazmoñería, denomina “un destello del enigma de Duchamp” (“a glimpse of Duchamp´s enigma”). O lo que es igual, como señalan las instrucciones del producto: para no perder la cordura, quizá el soltero mirón deba abrir la puerta de par en par y correr por el campo a toda velocidad al encuentro de su amada, que le estaría esperando (viva o muerta) tendida en el prado del deseo reconvertido en decorado nupcial. Hollywood Ending. Pienso en Jeff Koons, artista duchampiano de segunda o tercera generación, follando escandalosamente con la muñeca hinchable “Cicciolina” en todos los formatos, soportes y tamaños artísticos, como en un sex-shop de fantasía, en la Bienal de Venecia del 89 (Made in Heaven). Pienso en Pierre Klossowski y su pasión monomaníaca por la fisonomía de Denise-Roberte: el monoteísmo del deseo masculino expresado a través de un fantasma adulterino que suplanta el misterio carnal de la eucaristía. Pienso en Picasso crucificando al rojo la entrepierna velluda de todas sus modelos. Qué astuto Duchamp, en cambio, al prolongar el gesto original de Courbet: borrando el rostro de la modelo yacente, proyectando la perspectiva única sobre el fetiche peludo o depilado (da igual: el peluche hendido y sonriente), favorece por irrisión paradójica la multiplicación de los fantasmas y los simulacros. Cada espectador se proyecta en ese espacio ausente y el rostro deseable ocupa el vacío creativo generado por Duchamp.

Roma (agosto, 1991). Estoy en Roma, donde vivieron e hicieron cine muchos cineastas admirables (Fellini, Antonioni, Pasolini). Estoy en la Galleria Borghese, parado frente a una escultura de Bernini, una obra maestra demasiado desconocida: La Veritá (revelata dal tempo). Una muchacha sonriente aposenta su torneado pie sobre el globo terráqueo, como en un escenario fetichista, mientras se ofrece, desnuda, jubilosa, triunfante, a la contemplación del Tiempo. Como una victoria de la materia en movimiento. El esplendor voluptuoso de la carne y la belleza. No obstante, el Tiempo, ese viejo verde de todos los cuentos folclóricos, no desvela ni revela ningún enigma ya que un lienzo decorativo viene a velar (o promete re-velar algún día) la entrepierna de la impúdica joven. La comedia del arte era conocida, al menos, desde el barroco. Si Courbet o Picasso trataron de reciclar este impulso venéreo, como si nada hubiera pasado en la historia excepto una enésima mutación estilística en torno a lo mismo, Duchamp lo tradujo sin malearlo en exceso al código mecánico y frío de la sociedad industrial y comercial. Nada más y nada menos. La risa automática de Duchamp lo delata ipso facto como un gran maquinador o estratega estético de su época. Sobre todo cuando le pinta finos mostachos y perilla de mosquetero al adusto travestido de Leonardo (L. H. O. O. Q.: un guiño postfreudiano) o se traviste él mismo de dama en pose burguesa, flâneuse proustiana de las galerías parisinas. Rrose Sélavy: una Madame de Guermantes, una Gilberte de Swan, una Odette de Crécy, o una Albertine de rostro afilado y varonil, lanzada en busca del tiempo perdido de las compras y las modas. La casada es ahora viuda (Fresh Widow) y los solteros pueden cortejarla de nuevo a cambio de que no le pidan lo imposible, que les entregue su corazón de esteta más o menos plástico. “C´est la vie”, el eslogan de la temporada en todos los escaparates y boutiques a la moda. La vida es rosa, en efecto, o tiende al rosa. O puede serlo, si nos empeñamos. Un esfuerzo más. Pienso en el gesto queer de Andy Warhol (leo la jugosa anécdota en sus fascinantes Diarios) olisqueando o fingiendo que olisquea las perfumadas bragas de Bianca Jagger en un restaurante de lujo de Nueva York. Ella, después de quitárselas con picardía, la muy traviesa, ha tenido el pudor o la delicadeza de pasárselas por debajo de la mesa para someterlas en vano a su escrutinio nasal. Estoy convencido de que, durante el acto, Warhol, el sujeto estético por excelencia, repetiría mentalmente, como un ensalmo, esta relectura de Kant por Derrida: “no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de nada que sea por nada que sea. Y sin embargo me gusta: no, todavía es demasiado, todavía implica interesarse por la existencia, sin duda. No me gusta sino que obtengo placer de lo que no me interesa, de aquello que resulta por lo menos indiferente que me guste o no me guste”, etc. El juicio de gusto, por una vez, restituido en su universalidad comunicable al grado cero de la experiencia estética: fino olfato + inteligencia aguda.


“A rose is a rose is a rose”, escribía la gran Gertrude Stein, amiga y admiradora de Picasso y amante ferviente de los tender buttons y el lifting belly de, entre otras fellow travellers, Alice B. Toklas (Q. E. D.). “Arrose la rose” (“riega la rosa”), contraatacaba Duchamp con obscenas paronomasias, erradicando cualquier lirismo o cursilería sentimental de su propuesta vital y artística. La verdad en pintura (Cézanne) era esto, entonces, y nada más que esto. En apariencia, en imagen, en figura. El “devenir-mujer de la idea como presencia o puesta en escena de la verdad” (Derrida, ventrílocuo de Nietzsche con "espolones", canalizando a Duchamp sin pensar dos veces en las consecuencias).

De un museo a otro museo o galería, de un continente a otro continente, de Estocolmo a Nueva York, Philadelphia o Roma, cepillando la historia personal a contrapelo, como recomendaba el esteta Walter Benjamin, construyendo un mapa cognitivo de lo que es imposible conocer por definición. Todos los nombres de la historia. De la “Pharmacie” de Duchamp a la “Pharmacie” de Platón (Derrida otra vez), sólo un trecho, estrecho (des(h)echo). Pharmakon: remedio y enfermedad, antídoto y veneno. La visión y la ceguera. La infección y la cura (qué locura). Una estética del deseo o del placer. ¿Estamos seguros de haber salido de ahí? O lo que es igual: ¿Qué es el arte para nosotros? ¿Estamos seguros de haber entendido la peligrosa relación entre las dos preguntas? La verdad, en el fondo, según Nietzsche, una vulgaridad obscena: “un atentado contra todos nuestros pudores”.

Pongamos otro escenario posible, fotográfico esta vez: una distendida partida de ajedrez (no de damas) en una galería de arte californiana repleta de obras de Duchamp. A la izquierda, jugando con las negras, Eve Babitz, desnuda, exuberante, deseable; a la derecha, jugando con las blancas, Marcel Duchamp, viejo, vestido y con gafas de mirón (accesorio duchampiano par excellence: prótesis ocular, para ver mejor, de cerca y de lejos, por dentro y por fuera, a la pulposa adversaria en esta partida infinita). El gesto malicioso de Duchamp delata que le toca mover a él: ya ha decidido su jugada maestra y dispone los dedos como pinzas para apoderarse de la figura pensada (una presa de carne: el clítoris de la jugadora tal vez). Esta figura en disputa no puede ser otra que la Reina blanca, a la que el avance anterior del peón ha liberado de ataduras protocolarias y le permite soñar con expandir su dominio a todo el tablero. Al fondo de la imagen, por si quedara alguna duda, la presencia imponente del “Gran Vidrio”, con todas sus rajaduras, insinuaciones infrafinas y orificios oculares, controla la evolución de la partida más enigmática de la historia. Como en la ficción de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, la trama retorcida ha sido concebida para apoderar al humilde peón (niña) y transformarlo en Reina (mujer). Pienso en Cindy Sherman, sus falsos fotogramas de película y sus muñecas maltratadas, maniquíes doblados o desdoblados en imágenes y reflejos de una feminidad escénica o escenificada como fetiche del deseo del otro (Cindy, the Doll is mine). Pienso en Eric Fischl y sus imágenes pictóricas de un erotismo furtivo: un panorama pornográfico de vulvas visionarias. Pienso en Baudelaire, sobre todo, inscribiendo en verso la verdad escandalosa de la pintura de Manet sobre la bailarina Lola de Valencia: Le charme inattendu d´un bijou rose et noir. Pienso en las lecciones y erecciones de Tom Wesselmann y en sus escenarios de un morboso erotismo, donde los desnudos femeninos y los accesorios domésticos ocupan la más turbadora y chillona de las superficies estéticas. Pienso en Britney Spears, una de las reinas (púbicas) de la cultura de masas (It´s Britney Bitch). ¿Qué diría Lacan, sabiendo todo lo que supuestamente sabía sobre las mujeres, del vídeoclip y la letra de su canción Gimme More? La femme n´est pas toute? Encore?...

Homo ludens. Femina vita.

L. H. O. O. Q. (“Elle a chaud au cul”). Lui aussi, quand même.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

TODO VA BIEN (De Rerum Natura)


Las ideas dominantes no son nunca directamente las ideas de la clase dominante.

Slavoj Žižek


A Anna K.

Su rostro era el rostro de la utopía.

Y así nos va.


Todo va según lo previsto, en efecto. Todo va bien. Incluso muy bien (para según qué intereses, es natural). Este es el lema elemental de la sociedad del espectáculo deportivo-mercantil. The Show must go on! No obstante, Guy Debord fue siempre muy injusto con Jean-Luc Godard, quizá porque el intelectual riguroso y conceptista (el barroco Gracián, como se sabe, era uno de los maestros fundamentales de su pensamiento situacionista y no sólo de su expresión) no podía sino detestar, de un modo u otro, la libertad y el inconformismo del artista respecto de cualquier dogma, credo o programa. Su capacidad de afirmar la vida en cualquier situación, contra todo lo que parecería negarla, contra todo lo que le opone su peso o su inercia.


Ahora, en plena crisis económica globalizada, con una renovada forma de miseria en el horizonte del nuevo siglo, se anuncia que la nueva película de Godard (Socialisme) sea probablemente la última de su magnífica filmografía. Me entristece este final anunciado, no puedo evitarlo, esta forma de coherencia radical que un artista impone a su talento creativo.


Vuelvo a ver todas sus películas una y otra vez con el mismo asombro, la misma fascinación que la primera vez, si no más. Así lo he hecho en los últimos meses, sin programarlo, con muchas de las mejores de su primera época (Una femme mariée, Vivre sa vie, Alphaville, Bande à part, Masculin, feminin, Pierrot le Fou, Week-End) y otras cuantas más de la tercera época, ese periodo estilístico prodigioso que comienza a finales de los setenta, construyendo una nueva articulación coreográfica de la imagen, la palabra, los cuerpos y la música, con la tremenda Sauve qui Peut (la vie) y está a punto de clausurarse junto con la primera década del futuro. Passion, Je vous salue Marie, Prénom Carmen, For ever Mozart. Su grandiosa Histoire(s) du Cinéma, donde Godard, revestido del don erudito de un archivista borgiano, reinventa la historia del cine (y la del siglo XX) a través de sus imágenes, mezclándolas y remezclándolas entre sí y confrontándolas con los documentos audiovisuales de la historia y la barbarie secular (este segmento, en particular, como homenaje al gran cine italiano, con el permiso de Scorsese, es de una belleza estremecedora). Y, hace tan sólo unos días, el impresionante autorretrato JLG/JLG


Recuerdo una de mis experiencias más estimulantes con Godard en un cine. Fue en Los Ángeles, California, en diciembre de 1994. La sala estaba a rebosar de fanáticos que asistían, como yo, a un programa doble de Godard que resumía toda su trayectoria en una síncopa vertiginosa: Le Mépris, como reposición, y Hélas pour moi!, como estreno (Godard más “God” que nunca en compañía del “dieu” Gérard Depardieu, según rezaba la publicidad americana). En el intermedio entre una y otra proyección y a la salida, en un vestíbulo colmado de gente de todo pelaje y de un humo cada vez más prohibitivo, se podía sentir el fervor, el desconcierto, el entusiasmo, el deslumbramiento, la pasión por un cine que liberaba a sus espectadores de toda clase de pereza, intelectual, sensorial o moral, sin dejar de provocar una emoción estética cercana a lo sublime en muchos momentos. (Otra experiencia memorable, bastante anterior: Madrid, julio de 1985, entro en los viejos Alphaville para ver Je vous salue Marie pasando, con una sonrisa mefistofélica en los labios, por delante del grupo de integristas católicos que se ha reunido a sus puertas para protestar contra la película rezando el rosario.)


Por si alguien duda todavía de que Godard (como Fellini, Antonioni, Pasolini y Buñuel) es uno de los grandes artistas del siglo XX (a pesar de que su obra no atraiga a la masa inerte que satura los museos en busca de una redención artística imposible para una vida confinada al dominio de lo banal) le propongo la revisión de este portentoso travelling de nueve minutos extraído, precisamente, de su película Tout va bien (sólo superado, no se olvide que para Godard cada movimiento de cámara se transforma en una cuestión moral, por el travelling automovilístico de Week-End). Si no me engaño, ahí está todo, ahí se muestra todo lo que un ciudadano actual (el nuevo paria democrático, el Homo Sacer u Homo Sucker del sistema: sin poder, sin trabajo, sin dinero, sin poder adquisitivo, sin nadie que lo represente ni ninguna otra seguridad a su alcance que la social) necesita saber sobre el mundo en el que vive (sobrevive, malvive) o se ve obligado a vivir (sobrevivir, malvivir) sin otra expectativa en apariencia que el subsidio, la carencia, la indignidad, el autodesprecio, la rabia o la desidia.


En un contexto de tan rastrera definición, resulta igualmente ridículo, ofensivo y obsceno cantar La Internacional puño en alto, tras pactar con la banca en las mejores condiciones para ésta, como acusar al que la canta de incitar a la insurrección civil en nombre de una entelequia. El bucle de la libertad, como lo llama Žižek, se agrava cada vez más y arrastra con sus antinomias y paradojas toda forma de inteligencia libre. Godard lo sabe bien desde hace décadas, por eso, entre otras cosas, titula su último film, con ironía suprema, Socialismo. A ver cómo lo venden (con qué título, con qué eslogan, con qué estrategia de mercado) en la España bipartidista, plurinacional y monosémica que todos conocemos cuando llegue la hora de estrenarlo, si es que llega alguna vez (ya se sabe que la distribución y, sobre todo, la exhibición actúan desde hace años como profilácticos impecables para proteger cualquier polución extranjera que pueda infectar el campo de sentido en que se mueve con preferencia la cultura española contemporánea, y, lo que es peor, no sólo ella).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

EL ESTADO DE LAS COSAS


[Voces captadas en una fiesta universitaria americana por una minicámara de vídeo digital Sony PD150. Una vez eliminadas las imágenes y la ruidosa banda sonora musical, esto es lo que queda. La traducción no es literal. La ilustración es del pintor Terry Rodgers.]



A Quentin Tarantino y a Beatriz Preciado



-No me parece justo.


-Ya que lo dices, a mí tampoco. En fin, no podemos hacer nada por evitarlo…


-Volviendo a otras cuestiones. El otro día estuve con un amigo gay en una conferencia de la profesora Fausto-Sterling, ¿sabéis quién es?...


-La leyenda del campus dice que nunca le darán el Premio Nobel de Medicina. Los miembros del jurado no le perdonan el daño moral que les ha hecho. Por culpa de ella, según dicen, ya no saben cuál es el miembro dominante en las deliberaciones…


-La bancarrota del humor universitario sí que es un hecho flagrante. Tu chiste apesta a noche de juerga en el dormitorio de la residencia Kinney…


-Sus estudios científicos, sin embargo, son impresionantes. Ha demostrado que hay más sexos en el mundo que razas humanas, ¿no es una maravilla? Cambia la perspectiva por completo…


-El caso es que la doctora Sterling se había traído desde San Francisco a un rabino que no tenía rabo, no es una broma, sólo un bulto diminuto con el que confesó satisfacer a su esposa desde hacía años. El rabino era un tipo auténtico. Un auténtico pedazo de intersexual. Y la sala del Solomon Hall estaba a rebosar de gente auténtica como él: transexuales, intersexuales, hermafroditas. En un momento dado me dio miedo pensar que toda aquella gente decidiera de repente quitarse la ropa para mostrarse unos a otros sus malformaciones genitales. En plan, yo soy esto ¿y tú, qué eres? No se hablaba de otra cosa que de orificios y de protuberancias. Fue alucinante…


-No soporto esa militancia radical. Yo soy una buena judía, liberal, respetuosa, abierta, pero tengo la sensación de que con eso ya no basta. Mi fe sincera no les parece suficiente compromiso. Me exigen que arroje mi cuerpo a la lucha para validar mi discurso y yo no puedo pasar por ahí, francamente. Me niego a ello, me da mucho asco…


-Mi amigo y yo habríamos quedado en evidencia como impostores o intrusos y nos habrían echado de inmediato, a pesar de todo. Él hubiera querido preguntarle alguna cosa a la doctora sobre su orientación particular y su problemática sexual. Pero no parecía posible que se interesara por ti si no quedaba claro que padecías alguna notoria deformidad en tus partes. Alguna disfunción tangible. Imaginaos él, que es un superdotado. Hubiera causado un escándalo entre los asistentes. Yo lo tenía más fácil, os podéis imaginar por qué, sin tener que repasar al maldito Freud…


-Siempre has sido una libertina, ¿es a eso a lo que te refieres?...


-No, como sabes muy bien, en realidad soy una multiorgásmica nata y tenía curiosidad por saber qué pensaba la doctora de ello, frente al modelo establecido de la frígida vocacional y demás, pero me quedé con las ganas de saberlo…


-Creo en una utopía comunitaria en la que los sexos dejen de soñar con ser iguales y empiecen a ser diferentes de una vez…


-El otro día empezamos a discutir una novela en clase que trataba sobre este rollo de las mutaciones sexuales. Tritón, de Samuel Delany. Una novela de ciencia-ficción. Me aburrió como hacía tiempo no me aburría un puto libro. En general, me aburre la ciencia ficción, pero ésta me mató de aburrimiento. Es una suerte que pueda contarlo. Estuve a punto, leyéndola, de quedarme catatónica, no exagero. Era tan fantástica, tan fantásticamente árida y al mismo tiempo predeciblemente teórica, o programática, que no pude leer más de cuarenta páginas sin que mi cerebro se apagara del todo…


-La vida cotidiana en las utopías es tan aburrida como los libros que las conciben, ¿quién dijo esto, tío listo?…


-¿Muhammad Alí?...


-El conformismo me parece aún más aburrido. Delany es un buen espécimen de inconformista tolerado. Un afromericano gay, con tendencias sexuales de marcado sadismo y odio cerval a la mujer, y un famoso autor de subgénero, ¿se puede aspirar a ser más marginal siéndolo menos?...


-¿Woody Allen?...


-Creo en una sociedad donde las razas hayan dejado de ser un pretexto para la uniformidad de las convicciones y las experiencias…


-¿Jodie Foster?...


-¿Alguien ha leído Hogg? Es una novela brutalmente machista. En ella Delany da salida a toda su rabia asocial contra las mujeres. Sin embargo la encuentro liberadora. Con una dosis de ternura y compasión trasladada al nivel básico de la carne que pasa desapercibida entre tanta violencia sexual desenfrenada…


-Que te follen…


-Desde luego, es mucho peor que Burroughs o, ya puestos, Bukowski, ese pobre canalla senil…


-Tú, tía, sí que eres un espécimen curioso. La fémina brutalmente masoquista, cómplice de todos los excesos y abusos del macho arquetípico. La perfecta novia de King Kong…


-No sé cómo te atreves a decir esto después de haber pasado la última noche conmigo…


-Por eso, precisamente. ¿No me dijiste que echaste de menos una polla gorda moviéndose dentro de tu vagina en el momento cumbre de tu segundo orgasmo?...


-Las lesbianas nunca seréis capaces de aceptar la bisexualidad. Me gustan las pollas y me gustan los coños, qué pasa, aunque las primeras se llevan mi preferencia en el ranking, ¿debo pedir perdón por ello?…


-Los gays tampoco, no presumas tanto. En ortodoxia vulgar no hay quien os gane…


-Venga ya, ¿es que no queda ningún hetero entre vosotros?...


-Todos lo son, en el fondo, sólo que les cuesta reconocerlo ante los demás. Es demasiado simple y, además, no es guay, no mola tanto, no hace derramar tanta tinta…


-No digas tonterías. A mí me encantan los tíos. No tengo nada en contra de ellos dentro de la cama, fuera ya es otra cosa. Me irritan. Sobre todo los deportistas, he tenido muy malas experiencias con esa gente…


-Y además su semen, lo tengo comprobado, huele fatal. Deben de ser los linimentos, las lociones y las putas pomadas del entrenador, todos esos productos metabolizados a través de la piel y los músculos hasta incorporarse a la composición molecular del esperma…


-No sabía que fueras tan buen catador, pareces un experto mirando la vida por un microscopio a todas horas. Ya puestos, ¿a qué sabe el de un profesor? Dínoslo, por favor...


-No sé, no lo he probado aún, por fortuna…


-Yo sí que puedo deciros a qué sabe el sexo de una profesora…


-¿No me digas? Guau, menuda eres, en la cama y fuera de ella…


-No fue en la cama, precisamente, sino en su despacho, con la puerta entornada, una especie de arrebato mutuo…


-Ya sé quién pudo ser. Increíble. Tú también. ¿Y no te invitó a que te fueras a la cama con ella? Por lo que he oído no serías la primera…


-No digas el nombre, por favor…


-Echadle la culpa a Madonna de que la cultura popular haya mitificado la cama, ese mueble tan definitivamente pequeñoburgués, como campo de esparcimiento lúdico y comunicación fisiológica entre las personas…


-Creo en una comunidad donde las religiones hayan renunciado al culto terrorista a una abstracción castradora y favorezcan la diversidad real de las criaturas…


-Madonna es una católica italiana y como tal no puede pensar en otra cosa que en sexo pecaminoso, con hombres o con mujeres, ése no es el problema para ella. Sólo se excita con la transgresión y la inmundicia, sintiéndose culpable y sucia cada vez. Es un modelo desfasado, en este sentido. La liberación sexual sólo puede provenir de países protestantes como el nuestro. El modelo Paris Hilton, por ejemplo. Sexo rápido, en cadena, con total impunidad e indiferencia…


-Definitivamente, prefiero a Madonna…


-Odio hacerlo al aire libre y, todavía más, en el coche. Me parece humillante, servil, especialmente para nosotras…


-Yo prefiero absolutamente a Anna Nicole Smith, colma todas mis expectativas imaginarias volviéndolas reales, ya sabéis, y además no me obliga a ser inteligente o sutil cuando resulta innecesario, sólo elemental, instintivo, como un camionero…


-Anna Nicole, en efecto, es un buen modelo dialéctico para todos los republicanos con afecciones cardíacas o dolencias prostáticas. Es decir, todos o casi todos los líderes del partido. La negligencia como sistema de acción y el exceso como resultado catastrófico e imprevisible. Todo ello expresado en este tipo de declaraciones: “Creo que estamos en una tendencia irreversible hacia más libertad y democracia, pero las cosas pueden cambiar”, “Si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar”, “El futuro será mejor mañana”, etc. En fin, no sé si veis a lo que me refiero…


-Estaba pensando más bien en la industrialización del porno como gran contribución de nuestra cultura puritana a la destrucción por enfriamiento radical del erotismo y las concepciones más calientes de la vida sexual…


-Con Abu Ghraib como momento culminante, ¿no?...


-La gran orgía oriental. ¿Qué os parece? ¿Y si hubiéramos invadido Irak en plan Indiana Jones sólo para rastrear el origen arqueológico de la pornografía babilónica?...


-La última cruzada transformada en una gran cama redonda entre árabes, judíos y cristianos. Grandioso espectáculo intrarreligioso. Contemplado en todo el mundo a través del ojo muerto del control planetario…


-Hemos conseguido darle la vuelta a tantas cosas, que ya no sabemos dónde está la derecha y la izquierda, arriba y abajo, hemos perdido todas las coordenadas y todos los referentes. Pensad en El exorcista, por ejemplo. Ahora el padre Karras abusaría sexualmente de la niña Regan y le echaría la culpa de todos sus actos al maldito demonio que la posee por negarse a abandonar su cuerpo prostituido…


-¿Estás hablando de la guerra preventiva?...


-Hablo de las adicciones. De todas las adicciones y de todas sus formas, incluidas las más insidiosas, las intangibles…


-No te engañes. La niña Regan es una corruptora de mayores. La típica menor promiscua que fascina a los adultos con su astuta combinación de inocencia superficial y repelente corrupción interior…


-¿Dominique Swain?


-De todas formas, lo más llamativo de El exorcista ahora, tras este revival de la guerra, es el puente inesperado que establece entre Irak y Washington. Ya desde el prólogo iraquí de la película, donde el veterano exorcista y arqueólogo aficionado libera al demonio encerrado en el pozo antiquísimo, se produce un principio de comunicación maligna entre ese país milenario y el cuartel general de la política y el ejército del nuestro. Como una profecía histórica. Seguro que ninguno de los que la hicieron se había dado cuenta de esto, ni siquiera Friedkin, el director, ese viejo diablo…


-Creo en una cultura que sea la libre expresión de todos sus miembros, activos o pasivos, y no la prueba fehaciente de su domesticación por los valores dominantes de la tradición y los intereses del poder…


-¿Habéis visto en My Space esos vídeos y fotos de los soldados de Irak?...


-A mí me ponen a cien. Las tías sobre todo. Se nota que se toman muy en serio el uniforme, incluso cuando se lo quitan con total desparpajo ante una cámara para mostrar sus hermosos cuerpos antes de que una bomba los haga picadillo…


-Si no las violan antes sus compañeros, que es lo más probable, tal y como están las cosas allí, según he leído en alguna parte…


-Lo más excitante, sin embargo, es saber que esas tías se están desnudando también para el enemigo. Gracias a Internet los terroristas que ponen las bombas tienen ocasión de conocer la intimidad de esos cuerpos antes o después de pensar en destruirlos…


-Si yo estuviera en Irak haría lo mismo que ellas. Me exhibiría públicamente desnuda, sola o en compañía de mis novias o mis amigas, y aguardaría la muerte viviendo al límite. Es tan romántico…


-No hay nada romántico en que te violen, ya sea con una o varias pollas uniformadas, o con un maldito detonador de explosivos. Es un desastre en toda regla…


-Renuncio desde ahora mismo a tratar de comprender los verdaderos mecanismos del deseo femenino…


-Con los falsos no te va nada mal, de todos modos…


-Qué graciosa. Por lo visto a ti tampoco, bonita…


-Los tíos, qué haríamos sin ellos, ¿os imagináis?…


-El problema no es ése. El problema es lo que hacen ellos con nosotras…


-O, todavía peor, sin nosotras…


-Un buen motivo de risa, desde luego, cuando llega la hora de quitarse mutuamente los calcetines, sobre todo ese momento tan especial…


-Creo en un sistema económico que no sancione la igualdad de renta ni la colectivización de los medios de producción, sino que redistribuya todos los beneficios y multiplique las inversiones y la circulación de capitales…


-En todo caso, el efecto en mí de la predicación de la Fausto-Sterling, como oyente no concernida, ha sido corrosivo, lo reconozco. Sus puntos de vista han terminado afectando a mi vida sexual. Ahora no puedo irme con nadie a la cama…


-¿Otra vez con la cama?...


-Vale, vale, lo retiro ahora mismo. No puedo tener sexo con nadie sin el suspense de no saber con qué me voy a encontrar cuando se quite el slip o el tanga, si es que lo llevan, o cuando meto la mano, si la situación lo requiere, para comprobar el estado de la mercancía…


-¿Y eso no te excita?


-Depende de lo que me encuentre, por supuesto. Esa emoción nueva, ya la he vivido varias veces desde entonces, es casi más intensa y perturbadora que la anticipación del orgasmo…


-Eres una verdadera libertina, ya lo decía yo…


-No me gusta la gente que va por ahí sin ropa interior. No me parece higiénico, no sé, lo encuentro demasiado natural y anticuado al mismo tiempo…


-A veces no es fácil distinguir, parece que la moda ha empezado a imitar los planteamientos de la doctora Sterling…


-Me pregunto seriamente si es posible ser judía y libertina sin contradicciones…


-¿Tú qué crees, guapa?...


-No sé, no consigo encontrar la conexión cultural adecuada para hacerlo con un mínimo de garantía. Sin correr tantos riesgos, ya sabes a lo que me refiero...


-Calamity Jane…


-No sabía que fuera judía…


-No lo era, ahí esta la gracia, ¿o es que necesitas un gráfico con variables complejas para entenderlo?...


-Hacedme caso. El año pasado estuve en Jerusalén y, sé que no os lo vais a creer, pero allí conocí a un tipo que decía ser amigo íntimo del nuevo Papa…