lunes, 4 de abril de 2016

SIGNOS DE DUCHAMP


 [François Olislaeger, Marcel Duchamp, Turner, 2015, págs. 80]

El yo de Marcel Duchamp es el de un jugador. Jugador de ajedrez, jugador del arte, el lenguaje y la vida, jugador del erotismo, el sexo y las mujeres. Duchamp entendió la vida como una partida de ajedrez del yo contra el mundo: una estrategia lúdica para que el yo sobreviviera a la gravedad con que el mundo suele aplastar el deseo de los individuos. Esquivar las obligaciones del amor, el matrimonio, la familia, la guerra, el patriotismo, la economía y el trabajo, de la amistad incluso, fue el fin último de todos los juegos y jugadas que este grandioso artista desplegó sobre el tablero de la vida y del arte hasta su muerte en 1968.
La muerte, en efecto, podría parecer la única realidad frente a la que la disciplina del juego fracasaría fatalmente. Pero para Duchamp la jugada definitiva consistía en no tomarse nada en serio, oponiendo al insidioso principio de realidad una sonrisa o una burla para neutralizar su poder. Así, su epitafio reza con humor incomparable: “Por otra parte, son siempre los otros los que mueren”.
Este maravilloso libro del dibujante y novelista gráfico François Olislaeger (Lieja, 1978) es una inteligente respuesta a la figura de un artista como Duchamp que decía que vivir era su arte preferido. Duchamp defendía la idea de que, tanto en el arte como en la vida, no hay problema porque no hay solución. El arte no es una solución al problema de la vida porque la vida no es un problema. Y la vida no es un problema porque el arte no es una solución. Silogismo duchampiano de una lógica inapelable.
El anómalo dispositivo del libro se mueve dentro de esa lógica patafísica y su diseño en acordeón lo hace extensible y reversible al mismo tiempo. Podemos leerlo pasando las páginas de manera lineal o desplegarlo como una extensa superficie de papel y, al llegar a la última viñeta, darle la vuelta y proseguir la lectura del libro en el anverso hasta completar el círculo que nos devuelve al principio, permitiendo reiniciar la lectura, hacia adelante o hacia atrás, desde el final, estableciendo una contigüidad narrativa entre ambos extremos.
A Duchamp le fascinaba la visión del eterno retorno de Nietzsche, aunque sin la grandilocuencia profética y la metafísica del filósofo, y también el concepto científico de la repetición infinita. Y es muy hermosa y acertada la idea de encerrar la vida y el pensamiento del artista Duchamp en un círculo vicioso: un bucle enredado, un ciclo que gira tantas veces sobre sí mismo como quiera el lector, imitando la rueda de bicicleta sobre un taburete o los discos ópticos cuya rotación incesante obsesionaba a Duchamp, revelando en cada vuelta nuevas conexiones entre obra y vida, creación, pensamiento y anecdotario existencial.
El subtítulo aclara el designio singular de esta biografía gráfica: “un juego entre mí y yo”. Un juego mental y un diálogo esquizofrénico entre las dos máscaras del ego duchampiano: la del jugador y la del jugado, el Duchamp que habla y el que vive, el que piensa y opina y el que está más allá del lenguaje y los conceptos. Como todos los jugadores de palabras, Duchamp sentía aversión por los usos lingüísticos convencionales y buscaba en las combinaciones fonéticas otra huida de los determinismos del sentido. Mediante las manipulaciones de los objetos, las imágenes y las palabras Duchamp alcanzaba esa poesía que era la única verdad de la vida para él.
Marcel Duchamp es mucho más que una novela gráfica sobre Duchamp: un objeto de arte duchampiano.