martes, 15 de septiembre de 2015

TABERNÁCULO


 [William Faulkner, Santuario, Debolsillo, trad.: José Luis López Muñoz, 2015, págs. 352]

Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica.

-William Faulkner, Santuario-


Si confeccionáramos una lista exhaustiva de las transgresiones y violaciones de tabúes cometidas por esta obra maestra de Faulkner, veríamos que su perspectiva implacable sobre la naturaleza humana, su radiografía clínica del mal incurable, su carencia de empatía con los personajes y sus fatídicas existencias, ya sean burgueses o delincuentes, aristócratas arruinados o palurdos tarados, la ironía procaz, el humor negro y las múltiples truculencias de la historia hacen del autor, no solo uno de los grandes artistas de la ficción novelesca, sino uno de los bromistas literarios más peligrosos.
Todavía más dañinas e incisivas, sin embargo, son las ofensas de su escritura en la medida en que retratan la quiebra del patriarcado, la ley, la justicia y cualquier institución humana que trate de poner orden en la conducta de seres abocados a la maldad por la fatalidad social, o la desgracia y la degradación patológicas, y movidos por las pulsiones más destructivas, o por la mezquindad, la cobardía y el conformismo.
Para despistar a los críticos puritanos y los censores cejijuntos, Faulkner confesó haber escrito Santuario (1931) para ganar dinero y atraer la notoriedad que, pese a publicar dos obras maestras anteriores como El sonido y la furia (1929) y Mientras agonizo (1930), aún le era esquiva. Quizá para descargarse de responsabilidad creativa, Faulkner reconocería no haberse inventado el depravado escenario: se lo inspiró la experiencia real de una mujer de un club de Nueva Orleans que, según le contó, había sido secuestrada una vez por un gánster impotente. El gran narrador sureño se vio obligado a disimular sus verdaderas intenciones estéticas (escenificar un juego de masacre y extinción que concluía como un juicio inapelable sobre una sociedad en ruinas) bajo una estrategia de astucia y menosprecio hacia la escabrosa obra.
El editor retuvo la novela durante dos años, preocupado por las consecuencias legales de su publicación, sin saber qué hacer con una obra tan escandalosa: un atentado en toda regla contra la hipocresía del pacto comunitario y su reparto de papeles sexuales y familiares y una burla sardónica de los valores sublimes que sacralizan a las mujeres para mejor esclavizarlas a las leyes genéticas de la reproducción de la especie.


No obstante, leída sin prejuicios ideológicos, Santuario puede considerarse su narración más perfecta. Aquella donde el endiablado genio de Faulkner para la construcción sintáctica, el destilado verbal del estilo que aprendió en grandes artífices como Proust y Joyce, sabe acoplarse a la organización cronométrica de una trama despiadada que acompaña a los personajes principales en cada una de sus acciones, reacciones o devaneos mentales y sabe graduar el desencadenamiento de la tragedia y el desvelamiento del horror, renunciando al vanguardismo formal, mientras progresa hacia el antológico final con una maestría narrativa que ningún autor policial alcanzará jamás.
La perversión suprema de Santuario se realiza en el curso de la paródica escena del juicio cuando el fiscal del condado, poseído por una justiciera furia divina que se ceba en un falso culpable, enarbola la mazorca manchada de sangre coagulada con la que la frívola estudiante rica Temple Drake, sentada impávida en el estrado de los testigos, fue violada por el homúnculo Popeye, un sádico malhechor de exigua virilidad. Mientras blande con vehemencia la obscena arma del crimen, el fiscal enuncia el fundamento freudiano, antropológico y religioso (cifrado en el irónico título) y no solo sexual, de la profanación traumática de “las más sagradas manifestaciones del aspecto más sagrado de la vida: la feminidad”.
Como triunfo diabólico del caos, o de la sinrazón colectiva, o como grandilocuente derrota de los garantes del bien, la virtud y la ley, podría calificarse la exhibición de atrocidades que Faulkner reserva para el desenlace, desde el linchamiento de un inocente a quien la víctima violada no quiso salvar con su testimonio hasta el ahorcamiento del delincuente violador por otro crimen que no cometió.


Pero el destino más cruel es, sin duda, el menos cruento: la condena vital a la desolación y la esterilidad de Temple Drake, envejeciendo en soledad (con su viejo progenitor como única compañía) hasta la muerte, sin volver a conocer el amor, o el deseo, ni, por descontado, la alegría de la juventud.