martes, 4 de noviembre de 2014

PARÁBOLA PÁRVULA


[Mark Z. Danielewski, La espada de los cincuenta años, Alpha Decay & Pálido Fuego, trad.: Javier Calvo, 2014, págs. 288]

“Una bobada descomunal”, así califica Belinda Kite, presunta malvada del cuento, a la espada que el siniestro cuentacuentos esgrime ante los cinco niños huérfanos y la costurera Chintana para recordarles con metáforas oscuras la herida invisible del tiempo. Una “bobada descomunal”, así podría entenderse también este cuento de terror fantástico concebido para ser contado durante la mascarada infantil de la noche de Halloween. En medio de esa orgía de disfraces triviales, calaveras plastificadas y calabazas bobaliconas su lectura atenta tendría mucho más sentido que en cualquier otro contexto.
El escenario del cuento: un rancho texano. El narrador polifónico: cinco voces apenas distinguibles pero identificadas por un juego de comillas cromáticas. La situación: una fiesta nocturna donde se celebra el cincuenta cumpleaños de Belinda. Los personajes centrales: el fantasmagórico cuentacuentos, los cinco niños doctrinos (Tarff, Ezade, Iniedia, Sithis y Micit) y la costurera hispana (Chintana). La historia encastrada: el viaje místico del cuentacuentos a través del Valle de la Sal y el Bosque de los sonidos que caen hasta escalar la Montaña de múltiples senderos, donde encuentra al lynchiano Hombre sin Brazos, misterioso artífice de espadas maravillosas.
El narrador espectral cuenta al quinteto de huérfanos que la espada singular que trajo consigo tras la aventura y guarda en una extraña caja posee un mango precioso y una hoja invisible. Al acabar el cuento extracorto, los cinco niños son invitados a abrir cada uno de los cinco pestillos de la caja para descubrir la espada de marras. Una vez levantada la tapa, el cuentacuentos amenaza la vida de los niños fascinados con la espada de filo imperceptible. Belinda acude entonces al rescate de la patrulla párvula y conjura el peligro proclamando que las historias del cuentacuentos son solo “chorradas” y “memeces” y la espada un infundio neblinoso.
Sin embargo, para probar sus arriesgadas tesis comete el error de emplear la espada contra su cuerpo, infligiéndose cortes e incisiones que no le causan en principio ninguna herida manifiesta. Con su heroica acción, se gana la simpatía de la divorciada Chintana, a la que había herido en el alma liándose con su marido. Y en cuanto los relojes anuncian la medianoche y cumple los cincuenta, el cuerpo de Belinda se deshace en pedazos, de la cabeza a los pies, se transforma en un montón de trozos cercenados que la generosa costurera, apiadada por el cruel destino de Belinda, trata de reparar con pequeñas puntadas. [Y la siniestra noche de todos los muertos y los santos de Halloween se transfigura entonces en la noche nefasta de todos los halos y los hados.]
El cuento de la espada mágica presenta una parábola sobre las heridas del tiempo y también sobre el poder de la sutura narrativa para curarlas, o sobre cómo la trama de la vida y los hilos de la narración crean un tapiz de figuras y colores de terrible significado. Cada hilo narrativo es una herida y una costura al mismo tiempo. La muerte, el destino, la cronología vital, la caducidad y la compasión final por la criatura condenada a la destrucción con la suma fatídica de los años. La ingenuidad del cuento actúa sobre su lector como la espada cincuentenaria sobre los oyentes, infligiendo heridas cruentas pero intangibles, cortes proféticos en la carne que solo el devenir del tiempo y la edad harán visibles.
¿Es Danielewski un escritor entontecido por el amor a una costurera curvilínea de historias asombrosas? No me atrevería a decir tanto, aunque esta no es la obra que uno esperaría del ambicioso autor de Casa de Hojas y Only Revolutions. Es un divertimento menor, un relato pueril sin demasiada novedad literaria, excepto por su correlato textil de hermosos bordados ilustrando cada página como un mapa mental (o sentimental) del cuento de la espada exterminadora y la costurera benéfica.