miércoles, 1 de octubre de 2014

ŽIŽEK EN EL METRO


 [Slavoj Žižek, Acontecimiento, Sexto Piso, trad.: Raquel Vicedo, 2014, págs. 181]

Una teleserie como Hannibal le ha puesto el listón muy alto a un pensador lacaniano como Slavoj Žižek. Este tiene que demostrar que el psicoanálisis no es, como sostienen sus adversarios, el discurso del yo superior que censura la pequeñez de las conductas y pasiones humanas, o que escucha sus quejas con indiferencia profesional mientras se embolsa cantidades abusivas de dinero como puro equivalente del dolor y la culpa del sujeto psicoanalizado.
Es más, el fin de Žižek en este espléndido libro, como en otros anteriores, consiste en reconciliar los postulados filosóficos de la tradición occidental (por resumir: Platón, Descartes y Hegel) con los planteamientos profundos de sus maestros psicoanalistas (por simplificar: Freud y Lacan) para ofrecer una visión de lo humano tan íntegra como compleja a fin de neutralizar el impacto devastador de la neurociencia, la biotecnología, el budismo naturalizado y demás sucedáneos religiosos o intelectuales que pretenden imponer una interpretación de lo humano afín a las necesidades del capitalismo neoliberal.
Por mucho que el yo, como defienden los cognitivistas y los budistas, sea una ilusión o una ficción figurativa, esa ficción no deja de tener efectos concretos sobre la realidad. Efectos positivos sobre el cerebro individual, permitiéndole procesar los datos procedentes de la realidad, y efectos sobre esta misma, ya que el cerebro establece una relación con ella que solo puede estar mediada por símbolos eficaces e ideas activas. De ahí la relevancia que Žižek le atribuye al arte y a la cultura junto a la filosofía: el arte es el poder de atrapar con símbolos o imágenes la idea que hay detrás de la realidad sin renunciar a esta, es decir, sin sumirlo todo en la abstracción estéril de la teoría. 
La gran paradoja de la vida humana es que el acceso directo a lo real de la experiencia es imposible sin el cortocircuito de las ficciones que nos constituyen. En este sentido, cualquier tentativa de abolición de estas ficciones en nombre de la autenticidad o la pureza, como siempre han pretendido los fanáticos religiosos y los comisarios políticos, solo puede conducir a la catástrofe y la destrucción.
Por esta razón el concepto de revolución sostenido por Žižek es de suma actualidad y agudeza. No la tabla rasa sino la redefinición del marco de vida, no el grado cero de los sujetos o los modos de vida sino la modificación sustancial del marco de comprensión de la vida y los acontecimientos de la misma. De ahí que cualquier revolución pretérita nos parezca equivocada, un error categórico, ya que solo mediante la violencia de la toma del poder no se pueden alcanzar fines decisivos como el cese de la injusticia, las miserias sociales o las diferencias y desigualdades subjetivas. La revolución será filosófica o no será, parecería sugerir Žižek.


Con estrategia pedagógica, Žižek plantea al lector un sugestivo viaje en metro con paradas y transbordos en la historia de la filosofía, la literatura, el cine, la ópera, etc., con el fin de declinar la idea del Acontecimiento en todas sus dimensiones. Las conclusiones son, en gran parte, pesimistas. 
El capitalismo se presenta como el no Acontecimiento por excelencia, es decir, el Acontecimiento negativo cuyo único fin es bloquear la emergencia de otros Acontecimientos que puedan poner en cuestión su orden inamovible (“en una sociedad civil estructurada por el mercado, la abstracción gobierna más que nunca en la historia de la humanidad”).
Al final del viaje, Žižek ha envejecido, como la Zazie de Raymond Queneau, y tampoco puede escatimar críticas incisivas hacia la división inoperante de la izquierda que debía propiciar el Acontecimiento capaz de invertir el designio de la situación actual.
En suma, empoderar al sujeto contemporáneo reforzando su capacidad de pensar y actuar es uno de los propósitos más valiosos de su tonificante discurso. Pero me quedo, sobre todo, con su definición filosófica del Acontecimiento, válida también para la creación artística: “una intrusión traumática de algo Nuevo que sigue siendo inaceptable para la perspectiva predominante”.