miércoles, 9 de abril de 2014

BEAUDELEER


 [Charles Baudelaire, La Fanfarlo, El Desvelo Ediciones, 2014, págs. 120] 
 
Y aquel materialismo absoluto no estaba lejos del más puro idealismo.
Ch. B.

Es Cabrera Infante, refinado lector de Baudelaire, quien propone en La Habana para un infante difunto esta cómica homofonía del nombre del poeta moderno por excelencia. En su búsqueda frenética del amor de las mujeres, el narrador conoce a una lectora adicta a las fragancias tóxicas y los perfumes venenosos de Las flores del mal de la que se enamora inútilmente. Ella no encuentra su alma tan fascinante como la de Baudelaire. Este episodio paródico sirve al cubano para burlarse, con ironía, del vínculo perverso que unía al poeta francés con el sexo femenino.
Al releer a Baudelaire hay que prestar especial atención: la paradoja y la ironía de sus postulados conducen al malentendido fundamental de toda relación humana y de toda creación. En el caso de las mujeres, los incisivos aforismos y sentencias misóginas que las convierten en fetiches adorables e ídolos cosméticos, declarando su belleza y atractivo inversamente proporcionales a su inteligencia y hondura anímica, escandalizan a muchas lectoras sin comprender la sutileza del juego mundano que les propone Baudelaire con un guiño satírico hacia sus congéneres.
No está claro si “La Fanfarlo” (1846) es un relato sumario o el esmerado esbozo de una novela. En cualquier caso es la constatación de que la licencia filosófica del libertinaje se abría paso de nuevo en la literatura a través del raído corsé del romanticismo. Como en un enredo erótico concebido por el ingenio malicioso de Crébillon, Vivant Denon o Laclos, Baudelaire orquesta un cuarteto de relaciones amorosas como caricatura ilustrativa de uno de sus aforismos infames: “Lo que hay de intolerable en el amor es que se trata de un crimen que uno no puede cometer sin un cómplice”. En toda su obra Baudelaire pondría al desnudo con lucidez las imposturas y supercherías de la sentimentalidad humana, pero nunca con tanta mordacidad como en esta historia del rapsoda romántico (Samuel Cramer) que, para resucitar un desvaído amorío de juventud (la señora de Cosmelly), acepta seducir a una bailarina fogosa y sensual (la Fanfarlo) que tiraniza con su hechizo y exuberancia venérea al señor de Cosmelly.
Baudelaire reproduce así una estrategia calumniosa que había empleado para seducir a una actriz por la que sentía una pasión indigna, motivo recurrente de su ideario esteticista. Para el dandy Baudelaire, la mujer es la divinidad carnal, objeto de veneración y desprecio al mismo tiempo, de deseo y repulsión visceral, encarnación pulposa de la vulgaridad natural en que sucumbe el anhelo lírico del infinito. Con cuánta ironía se enfrenta Baudelaire a su fantasma mórbido al hacer que el poeta idealista que ve con clarividencia la abyección del amor personificada en el cuerpo erógeno de la bailarina, cuyos sicalípticos movimientos en el escenario o en el dormitorio dotan a su carne de un fulgor irresistible, claudique ante ella y la multiplicidad de máscaras teatrales con que se entrega al placer y el delirio de los sentidos. La Fanfarlo no es una fémina fatal cualquiera sino la imagen suprema de la fatalidad de lo femenino, el signo atávico del fracaso masculino, confirmando la confusión mental de idealismo y materialismo que genera las fantasías y equívocos del amor entre sexos antagónicos.
 En el novelesco desenlace, impropio de un relato patológico escrito a la manera impecable de Poe, la eternidad ambicionada por el poeta se trueca en maternidad de la amante y los placeres prohibidos de la pareja acaban en caída irremediable en un concubinato prosaico. Es la venganza de Baudelaire contra el aburguesamiento romántico. Una purga estética que le permitirá emprender, en el futuro, empresas artísticas mucho más exigentes.

1 comentario:

Kenit Folio dijo...

Buen escrito.

La Habana para un infante difunto, quizás sea lo mejor de Cabrera Infante.
Un saludo.