jueves, 17 de abril de 2014

ATRACCIÓN FRACTAL


 [Pierre Bourgeade, Elogio del fetichismo, Editorial Siberia, trad.: David Cauquil, págs. 225] 

Quizá alguien se acuerde aún de El desprecio, la memorable película de Godard. Y, en especial, de la fascinante secuencia de obertura en que una bellísima Brigitte Bardot yace desnuda boca abajo en una cama matrimonial junto a su marido (Michel Piccoli). Intrigada por los sentimientos de este, comienza a interrogarlo, con voz insinuante, sobre su aprecio por las diferentes partes de su cuerpo, obteniendo una invariable respuesta afirmativa. La mujer entiende ese malentendido sexual como tragedia y ese amor total a su persona como desprecio. No es posible amar la totalidad sin menospreciar los fragmentos que la componen. Ese elocuente segmento fílmico no aparece mencionado en este voluptuoso catálogo de pulsiones parciales perpetrado por Pierre Bourgeade, uno de los erotómanos más sutiles de la literatura francesa reciente, pero encierra la clave del deseo humano, suscitado por fantasmas y fantasías de partes erógenas.
El deseo no pide mucho para despertar. Un gesto, un olor, un guiño, una porción de carne exhibida, una prenda asociada a zonas ocultas, un recoveco íntimo, unas manos generosas, un mechón de pelo, unos pies descalzos, unos guantes, unos pechos erguidos, unos tacones afilados o unos labios entreabiertos. El fetiche posee el don etimológico de hechizar. Es el ídolo que exige solo develamiento y adoración. El fundamento del fetichismo, como dice Bourgeade, es un principio retórico: “amar la parte por el todo”. Esa metonimia o sinécdoque de la realidad está en la génesis de todo deseo. Ya el solo hecho de amar a alguien, separándolo de los otros, es un gesto fetichista consecuente. Elegir un objeto amoroso entre la masa de cuerpos pixelados es un acto sustancial a la vida psíquica del sujeto. Quien dice amar a todos nada sabe del amor real. Por eso la filantropía como el cristiano amor al prójimo, en su neutra universalidad, ignoran el venero perverso del verdadero amor. 
 
 
Esto no es un ensayo especializado ni una monografía obsesiva ni un recuento exhaustivo. Se parece más a una sugestiva exposición en una galería prestigiosa de fotografías inacabadas y vídeo-proyecciones intermitentes. Un libro sobre el fetichismo debía ser tan fetichista como su inagotable objeto de estudio y tan caprichoso como los gustos eróticos del autor. Así, en el conjunto, domina el toque narrativo e imaginario, de innombrables resonancias y sensaciones, sobre la dimensión sesuda o analítica, apenas presente. Es un muestrario incompleto de las pasiones de la vida de la carne rememoradas con la lengua para actualizarlas y restituirlas a la existencia inmediata que apela a los sentidos y las emociones cómplices del lector. No hay deseo sin estremecimiento febril ni pasión sin convulsión visceral, como enseñaron a Bourgeade sus maestros libertinos (Sade, Bataille, Klossowski, Molinier).
Es imposible leer esta miscelánea con indiferencia. Cada uno preferirá unos casos, historias o episodios sobre otros, por motivos fetichistas, desde luego, pero también éticos y estéticos. No todo es válido para Bourgeade en un terreno donde la adultez y la anuencia son reglas imprescindibles. El voyeurismo, la necrofilia, la escatofagia, el sadomasoquismo, pero no tanto la zoofilia y nada la pedofilia. Altamente estimulantes resultan las partes dedicadas a los amigos y amigas artistas, pero mis predilecciones se precipitan sobre el sabroso anecdotario donde se bordea el surrealismo, se evocan las relaciones que implican connivencia y afecto en el placer orgiástico y, por supuesto, el refinado repertorio literario, como el bigote de Montaigne, impregnado de fragancias indelebles. La fiesta fetichista no tendrá fin, como la seducción de este opúsculo póstumo, mientras no se consume el devenir androide del humano.