martes, 4 de marzo de 2014

MAESTRO BARTHELME

  
[Donald Barthelme, Las enseñanzas de Don B., Automática Editorial, trad.: Enrique Maldonado Roldán, 2013, págs. 288] 

Donald Barthelme (1931-1989) es un autor fundamental de la narrativa norteamericana del siglo veinte, uno de los nombres primordiales de la narrativa breve en cualquier lengua, con siete libros de relatos que lo convierten en uno de los grandes renovadores históricos del género. Y, además, un novelista innovador, con cuatro novelas extraordinarias: desde la original Snow White (1967), traslación del célebre cuento de hadas a la turbulenta América contracultural, hasta El rey (1990), reescritura cómica del mito artúrico destinada a una sensibilidad formada en la lectura de novelistas imaginativos como Italo Calvino o Raymond Queneau más que en los estilemas de la novela histórica o fantástica al uso, pasando por El padre muerto (1975), comentario cáustico a la desautorización patriarcal en curso con un impagable “Manual para hijos” huérfanos convertido en un texto autónomo con el paso de los años, y Paraíso (1986), una penetrante ficción sobre el fin del contrato sexual entre hombres y mujeres y las nuevas relaciones entre los sexos en una situación vital tan excitante como carente de reglas.
Esta espléndida antología de relatos combina una amplia selección de lo que Thomas Pynchon, adicto a los efectos cerebrales de esta asombrosa droga literaria, denominaba “Barthelmismo”: ficciones excéntricas, sátiras inteligentes, fragmentación narrativa, delirios verbales, bromas hilarantes, grotescos retratos de la vida cotidiana, malicia sexual, metáforas expandidas, sarcasmos culturales,  ácidas glosas políticas, etc. Sus componentes se extraen de tres fuentes principales. Una póstuma colección de textos raros o inéditos (de cuya edición americana toma el título) y, sobre todo, las dos grandes recopilaciones que Barthelme concibió en vida para preservar del olvido o del descrédito sus mejores relatos (Sixty Stories, 1981, y Forty Stories, 1987). Las diferencias entre los textos expresan la evolución creativa de Barthelme hacia formas lingüísticas más legibles y formatos de ficción más pura. Todo lo que parecería perderse de experimentación, riesgo y dificultad en unos se ganaría en placer de lectura, desenvoltura formal y vuelo imaginativo en los otros. Esta instancia, en particular, la de la imaginación filtrada o infiltrada por los estímulos seductores y nocivos a un tiempo de la sociedad de consumo, quizá sea, junto con el desbordante humor y la corrosiva ironía, uno de los ingredientes más atractivos de Barthelme, un bromista genial al estilo de S. J. Perelman, su precursor en el New Yorker, o de Cabrera Infante, su contemporáneo de lengua bífida e ingenio igualmente versátil.
En el fondo Barthelme, como buen postmoderno, planteaba desde la ficción no solo críticas inventivas e ingeniosas, exentas de moralismo, a la sociedad postmoderna, replicando con procedimientos narrativos intachables sus atributos y vicios más notorios, sino también una redefinición pletórica del papel y el sentido de la práctica literaria en un contexto sociocultural saturado por formas masivas de ficción como el cine, la televisión, la música popular, la política o la publicidad omnipresente. En este sentido, para el lector español ahíto de los exiguos placeres del minimalismo carveriano y sus incontables imitadores de medio pelo, la aportación cultural y estética de la narrativa de Barthelme es ahora, paradójicamente, mucho más significativa que hace unas décadas.
La cuestión esencial radicaría, por tanto, en que los modos de ficción practicados por Barthelme son ahora más que nunca una experiencia formativa imprescindible para cualquier escritor inteligente del siglo veintiuno que se plantee seriamente su posición problemática en el mundo contemporáneo sin atenerse a los dictados del mercado o la moda ni perder el sentido del humor. Sobre todo porque el centenar largo de relatos escritos por Barthelme en toda su carrera (y no solo los incluidos en esta antología) ilustra a la perfección esta humorada intemporal de Mark Twain: “Cuando recordamos que estamos todos locos, los misterios desaparecen y la vida queda explicada”.