lunes, 30 de septiembre de 2013

EL PENSAMIENTO DE LA NOVELA


 

Algunos buenos lectores me han preguntado por qué no incluí ninguna referencia en mi post anterior (Muerte y resurrección de la novela) a la magna historia novelística de Steven Moore (The Novel: An Alternative History, de la que solo se han publicado hasta ahora los dos primeros volúmenes: el primero (en 2010) abarca desde los comienzos de la narrativa hasta el siglo XVI y el segundo, recién publicado, los siglos XVII y XVIII). A pesar de su inteligencia y ambición, me parece más una obra historiográfica que teórica, un censo analítico y cronológico más que un tratado o una interpretación conceptual. De todos modos, es sin duda la perspectiva más exhaustiva y sorprendente sobre las posibilidades de un género en constante mutación desde sus inicios. Basta con leer las brillantes páginas que dedica Moore en el primer volumen de la summa al Momus de Leon Battista Alberti, esa sátira humanista de una causticidad y un pesimismo insuperables, o a esa especie de Finnegan´s Wake veneciano del siglo XV que es la Hypnerotomachia Poliphili, de Francesco Colonna, para comprender la originalidad estética y la riqueza histórica de la novela que otros intérpretes tratan de minimizar o estrechar. Reviso en este post las ideas, estrecheces y limitaciones de la teoría de Thomas Pavel sobre la novela. 

Coincidiendo con la salida de la tercera entrega sobre la novela de Milan Kundera (El telón) se publicó en 2005 este interesante libro de Thomas Pavel (Representar la existencia: el pensamiento de la novela, trad.: David Roas, Editorial Crítica, 2005) cuya edición original (La pensée du roman, Gallimard, 2003), escrita por el rumano Pavel directamente en francés, fue la que leí en el momento de su aparición, y no esta traducción española.
El punto de vista de ambas obras difiere tanto como se puede imaginar a partir de las posiciones respectivas de Kundera y Pavel: uno, un novelista de prestigio y talento incuestionable, y el otro, un reconocido profesor de Princeton y teórico de talla internacional, situado en la avanzadilla de la renovación de la teoría literaria de las dos últimas décadas desde la publicación de “Universos de la ficción”, su innovador estudio sobre los mecanismos singulares de la ficción literaria en su diálogo artístico con el mundo.
En esta obra capital, Pavel da un paso más en la dirección apuntada y concreta todos sus hallazgos anteriores en el género novelístico, modo privilegiado de la ficción de cuya historia y variantes culturales da cuenta con erudición y solvencia. A pesar de no compartir la integridad de sus juicios y argumentos, considero este riguroso tratado una aportación fundamental y, sobre todo, una significativa vuelta de tuerca a todo lo que se nos había dicho hasta ahora sobre el género. Y es que Pavel ha hecho sus deberes académicos y maneja a la perfección las teorías de maestros como Lukács, Auerbach, Bajtin, Watt o Moretti, que se habían ocupado de la narrativa desde perspectivas también reveladoras si bien restringidas a aspectos parciales o ideológicamente condicionados.
Desde el principio, Pavel establece la tesis que va a guiar su investigación histórica del género: “el logro de una obra narrativa proviene de la convergencia del universo ficticio escenificado con los procedimientos formales que lo evocan”. Hasta aquí, sólo estaría repitiendo lo expuesto en la obra citada. El avance decisivo sobre su posición previa lo consigue cuando formula una aproximación a la novela tan alejada de las trampas del formalismo a ultranza como del sociologismo empobrecedor: “Para captar y apreciar el sentido de una novela, no basta con considerar la técnica literaria utilizada por su autor; el interés de cada obra proviene de que propone…una «hipótesis sustancial» sobre la naturaleza y la organización del mundo humano”.
A pesar de que esta reflexión impecable es puesta a prueba remontándose hasta los primeros balbuceos del género (la novela helenística o bizantina y la grecorromana) y devolviendo su prestigio a episodios marginales de la narrativa occidental como la novela francesa del diecisiete, no cabe duda de que los pilares del género para Pavel siguen encontrándose, contradictoriamente, en el “Quijote” y en las grandes novelas del diecinueve. Este lugar común, la supuesta superioridad del género decimonónico sobre otras líneas narrativas más heterodoxas, es el gran pecado intelectual del exhaustivo inventario de Pavel y lo conduce erróneamente a considerar la modernidad y postmodernidad novelescas con suspicaz distancia crítica. Esta postura más que cuestionable por su conservadurismo estético cristaliza en una de las tesis menos felices del libro, enunciada con la intención de desacreditar una obra fundacional de tanta envergadura y peso artístico como la de Rabelais: “un papel mucho más importante en la historia de los géneros narrativos en prosa ha sido cumplido por las obras que, despojándose de la vocación cómica, enfocaron la imperfección de la vida humana con la seriedad deliberada que se reserva de ordinario a la representación de objetos dignos de admiración”.
Es posible no estar de acuerdo con Pavel cuando aborda obras individuales y les atribuye una u otra relevancia en la historia y evolución del género. Pero es imposible no compartir la lúcida perspectiva del conjunto cuando Pavel califica la novela como “el primer género que alcanza a concebir el mundo en tanto unidad que trasciende la multiplicidad de las comunidades humanas”.
No obstante, al concluir el libro, el lector adicto sentirá el “mono” de releer a Kundera. El espíritu de la novela se expresa en él con igual inteligencia, pero con mayor ironía y desenfado. Y, sobre todo, con el humor del novelista practicante: “el rayo divino que descubre el mundo en su ambigüedad moral y al hombre en su profunda incompetencia para juzgar a los demás…la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza”.