domingo, 28 de febrero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (12)



PECADO ORIGINAL


JUAN ÁNGEL JURISTO


ABCD

El aparente aspecto caótico de la trama de este libro esconde una de las respuestas más inteligentes que se han dado últimamente en nuestra narrativa al hecho de cómo ajustar las exigencias de la novela a una realidad que se nos muestra cada vez más como una obra de ficción de mediocre calidad y de previsto desenlace. El resultado, espléndido, revela algo más que el azaroso destino de varias historias que convergen, finalmente, en la ciudad de Providence, localidad natal de Lovecraft y asentamiento legendario de las comunidades puritanas que alumbraron el nacimiento de Estados Unidos, y se muestra como un proceso a nuestra civilización y la constatación de que la barbarie, aliada a la tecnología, sólo puede desembocar en el desmoronamiento de una cultura. Pero no teman, lo del discurso apocalíptico es cosa mía; el autor sólo es responsable de una novela de dimensiones respetables y de proporcionar una lectura gozosa.

Fragilidad moral. Creo, en realidad, que es una de las narraciones de claro débito postmoderno donde se aprecia lo mejor que puede dar de sí esta manera de concebir la obra de arte cuando sus planteamientos son rigurosos y no consecuencia de juegos inanes. En Providence, Juan Francisco Ferré, profesor en Brown, le ha añadido a un lugar tan romo cierta fragilidad moral y le ha sumado, además, rasgos legendarios muy enraizados en el imaginario fundacional de Norteamérica como nación.

Consecuencia de ello es una trama un tanto frenética y onírica donde un cineasta, Álex Franco, fracasado en Cannes, termina recalando en esa ciudad, con ánimo de hacer una película y, mientras tanto, ganarse la vida dando clases en la Universidad, y se encuentra inmerso en una realidad que deja chicos sus fantasmas más temidos. De los padres fundadores a Lovecraft; del dinero fácil y el gesto glamouroso a los horrores de los mitos de Cthulhu, hechos ahora corporación y videojuego; de los campus universitarios a su consecuencia sexual más fantasmagórica, la de secuencias sin fin donde el sexo no contiene un ápice de erotismo -escenas que se cuentan entre lo mejor del libro-, esta novela, que se muestra en sus tramas tan cambiante como la realidad que intenta describir, es una de las muestras más cabales, se entiende que literariamente, del retrato de un mundo, el de nuestra Modernidad, en descomposición.

En este sentido, creo que Juan Francisco Ferré atiende más al eco del J. G. Ballard de Crash o Milenio negro que al de otros contempladores de lo apocalíptico, inmersos en una visión un tanto de comiquería de la existencia por venir. Desde luego que la metáfora que recorre el libro es evidente, pero lo que conviene destacar de estas páginas es su profunda ironía: la destrucción está enquistada en la fundación misma de lo utópico.

El lado tenebroso. No es baladí que la trama suceda en Providence, lugar antiguo, fundacional, de algunas de esas nuevas jerusalenes que el democrático puritanismo diseminaba con el Libro en la mano y el voto ciudadano en la otra. No es baladí, tampoco, que la trama se extienda al significado del nombre mismo de la localidad, la Providencia divina, y que todo ello esté asociado al horror, a la sensación, quizá un tanto infantiloide pero llena de esa tendencia a la publicidad tan de aquella tierra, con que un escritor de dudosa excelencia como Lovecraft supo reflejar el lado tenebroso del que estaba construida esa Nueva Jerusalén.

Contraste brutal. Es mérito de Juan Francisco Ferré haber sabido aunar el espanto naif que sostiene los mitos de Cthulhu con el horror tan verdadero que surge de los mundos atisbados por Ballard. Podría haber recurrido a otras deudas, por ejemplo a Nathaniel Hawthorne -incluso podría haberle venido de perilla-, pero el brutal contraste que recorre el libro, esa mezcla de horror, banalidad, inanidad, sexo y estupidez, se hubiera visto lastrado al haber entrado en otros ámbitos. Providence es un libro escrito con inteligencia, además de ser una buena narración cuya brillante estructura no se adueña de lo mejor del libro, el modo en que está contado.