
En principio, Cervantes es para mí una herencia inconsciente. Todos contamos anécdotas personales sobre nuestra filiación cervantina. La mía, desde la infancia, contiene a un abuelo manchego (trasplantado a Madrid) que recitaba de memoria capítulos enteros del Quijote como si fuera su “Biblia” regional. Con todo, cuando leí la novela completa por primera vez, no estaba preparado para la conmoción mental que iba a causarme. Sin exagerar, considero que esa lectura adolescente constituyó una experiencia fundamental en mi vida (las relecturas posteriores, totales o parciales, no hicieron sino confirmarme esa perturbadora impresión inicial).
Se nos olvida con facilidad, un hábito de la “mala educación” recibida, que Cervantes es, además del cronista cómico de un tiempo histórico extenuado, el primer escritor plenamente consciente de la singularidad específica de las formas narrativas y que el Quijote (especialmente su portentosa "segunda parte", de 1615) es el gran experimento novelístico de la literatura universal, un sofisticado artefacto de ficción tan innovador como la imprenta misma (artilugio del que este libro capital, por cierto, supo extraer un inmenso beneficio creativo). Por traducirlo a la jerga de moda: Cervantes, siendo un artista tecnológicamente al día, se comporta en las dos partes del Quijote como el máximo DJ narrativo de su tiempo, un hacker de ideas, formatos y estilos y un remezclador genial de muestrarios literarios descatalogados o sin inventariar todavía.
Por tanto, para empezar a celebrarlo como se merece, al margen de los fastos inútiles a que se nos tiene acostumbrados en cada centenario o conmemoración, convendría plantearse seriamente, desde una perspectiva actual exigente, la vigencia de la empresa novelesca cervantina: ¿Cómo leer el Quijote en la era del mercado y los medios? ¿Son creativamente compatibles el Quijote y el sistema editorial contemporáneo, basado en el más puro marketing y la repercusión mediática del producto? ¿Cuán activas o generadoras de novedad estética son las lecturas respectivas del Quijote que hacen la mayoría de los escritores y lectores actuales? ¿Es posible para un narrador español de hoy ser tan ambicioso como lo fuera Cervantes en su tiempo?
Tampoco debemos olvidar, en plena celebración desmemoriada, que todo lo que hay de excesivo o indómito en una obra de esta envergadura y trascendencia suele ser raspado de su monumento público a fin de favorecer la normalización cultural. El Quijote es víctima nacional, desde hace dos siglos, de tal maniobra empobrecedora. Predicar una versión anodina o domesticada de esta obra heterodoxa y exuberante hace el juego a los moralistas y puritanos de cepa castellana (como Unamuno en su tiempo y tantos otros dómines en éste) que celebran al Quijote por su rancia tristeza judeocristiana y constipación humanista y desprecian deliberadamente sus cualidades estéticas más sobresalientes: la hiperbólica comicidad barroca y el truculento sentido de la realidad. Precisamente en estos atributos más populares (la risa y la exageración) radica la intempestiva actualidad de Cervantes: el Quijote ofrecería tanto una respuesta jocosa y corrosiva al discurso sentimental y edulcorado de la corrección política como una propuesta intelectual altamente liberadora en estos tiempos de regresiones comunitarias, fanatismos religiosos, globalización colonial y nacionalismos redivivos.
El Quijote es, además, una hilarante reivindicación del juego literario, pero no es un juego en absoluto. Invita a sus lectores a mantenerse activos y lúcidos y participar con humor en su aventura ficticia para enseñarles a burlarse de los códigos de conducta a los que se someten constantemente en sus vidas, sin poder librarse de ellos, por más que intenten descodificarlos todo el tiempo, en el matrimonio y en el trabajo, en el amor y en la amistad, en la familia y en las relaciones, en la cama y en la calle, en las aulas y en los despachos, en la política y en la religión, etc. Es por esto por lo que se podría considerar a esta novela de novelas, o meganovela, como el más completo y complejo juego de rol imaginable sobre las vertiginosas mutaciones y transmutaciones de la identidad de un individuo y la realidad de su entorno.
El parentesco cognitivo entre la grandiosa farsa cervantina y los juegos o videojuegos cibernéticos es revelador. El territorio de La Mancha, como la vida cotidiana capitalista, representa en el Quijote el grado cero de la “aventura” entendida como expansión afectiva de las posibilidades vitales. Es ahí, por tanto, en ese territorio desertizado de lo real en el que se desenvuelve el caótico personaje cervantino o la catódica subjetividad posmoderna, donde se origina necesariamente el ruido de fondo de lo virtual y lo espectacular que amenaza con totalizar la esfera social contemporánea.
Pues la gran propuesta filosófico-narrativa del Quijote consiste en mostrar cómo los sistemas de creencias y valores que los seres humanos producen constantemente se sitúan en ese margen borroso, al borde de la nada, esa zona ambigua existente entre el último resplandor de la conciencia y la contundente materialidad de objetos y cuerpos. En el futuro, el Quijote no se enfrentará a versiones contradictorias o conflictivas de la realidad puesto que podrá acomodar ésta a sus deseos del modo más solipsista imaginable. Igualmente, Sancho Panza, además de ser el candidato idóneo para presentar cualquier programa de telerrealidad, podrá pasar su ocio en clínicas tecnológicas donde su fantasía de gobierno democrático pueda satisfacerse, sin riesgo, conforme a sus deseos de poder más arraigados.
De hecho, cuando se celebre el quinto centenario, el Quijote gozará de una segunda existencia tecnológica que habrá vuelto gratuitas y desfasadas estas observaciones propias de una era de transición como la nuestra. Mientras tanto, deberíamos esforzarnos en renovar la lectura del texto cervantino, como exigía Borges, desplazándolo de contexto. ¿Por qué no leerlo, entonces, como una novela de ciencia-ficción protagonizada por organismos mutantes y entes cibernéticos y ambientada en un “lugar” desertizado y apocalíptico de cuyo nombre ya nadie querrá acordarse?
