lunes, 10 de noviembre de 2008

LITERATURA DE CHOQUE

Basta con ver a Chuck Palahniuk en una de sus intervenciones públicas (ya sea en directo o en diferido a través de YouTube) para comprender que se trata de un gran humorista “negro”. Un humorista terminal, como Swift. A diferencia de Houellebecq, su equivalente europeo, Palahniuk exhibe un humor truculento y transgresor, inscribiéndose en la macabra tradición americana del horror cómico y la crueldad moral. Lo más curioso es que Palahniuk no sería quien es si no estuviera reinventando, sin saberlo, a Rabelais y a Sade, maestros del sarcasmo filosófico disfrazado de vulgaridad novelesca.
Lo más asombroso de todo, sin embargo, es que en Rant. La vida de un asesino Palahniuk se ha superado a sí mismo, rebasando los límites que sus novelas anteriores ya establecían (estamos hablando, nada menos, del autor de El club de la lucha, Asfixia y Fantasmas). Digamos que Palahniuk ha sabido reciclarse para ofrecer una hipérbole de su método, una extrapolación radical de sus temas y la quintaesencia de su estilo. Para lograr todo esto, no obstante, ha tenido que alterar sustancialmente el formato tanto como el género de la novela.
La historia de Buster Casey (alias Rant) se reconstruye con fingida técnica documental y una multitudinaria galería de narradores que componen un dispositivo oral fragmentario. Un mosaico de testimonios póstumos que configuran el retrato parcial de un ángel exterminador guiado por un proyecto patológico. Uno de sus mayores aciertos reside, precisamente, en la creación de este antihéroe pantagruélico que mantiene relaciones privilegiadas desde la infancia con toda clase de alimañas venenosas (especialmente las arañas, como muestra de ironía postfreudiana: las “viudas negras” que Rant colecciona en botes de cristal y siempre lleva consigo son las que le garantizan sus potentes erecciones) y es portador de una variedad virulenta de la rabia que pretende extender por todo el país como medio de exaltar la animalidad sensorial anestesiada por el consumo. La secta de freaks que rodea a Rant tampoco tiene desperdicio: desde la familia palurda hasta los lunáticos monstruosos, conductores marginales y experimentadores mentales con que traba contacto en sus múltiples aventuras, incluida la ex prostituta tullida Echo, con la que vive una esperpéntica historia de amor (oliendo y palpando su piel o lamiendo su sexo, con el sentido ávido de una bestia desbocada, Rant consigue adivinar su dieta alimenticia y sus costumbres higiénicas).
Por si fuera poco, con esta biografía grotesca de un héroe trash Palahniuk se adentra por primera vez en el territorio estético de la ciencia-ficción, la distopía urbana y la fantasía apocalíptica, por no hablar del sorprendente bucle temporal que clausura la fantástica trama. En este sentido, la América descrita representa el paroxismo caricaturesco de la sociedad capitalista o de consumo: un mundo represivo donde todo cambia continuamente sin que cambie lo esencial, donde la simulación, la seguridad y el control se han apropiado hasta tal punto de los modos de vida que sus habitantes necesitan inventar ceremonias violentas para sentirse vivos en un entorno anodino.
No es casual que Palahniuk rinda homenaje al maestro Ballard (y a los rituales tanáticos de su novela más famosa, Crash) al colocar las choquejuergas (“Party Crashing”, en el original) en el núcleo traumático de la acción de Rant: una diversión sadomasoquista que aúna perversamente el festejo nupcial, con todos los participantes vestidos como corresponde para la ocasión y los coches engalanados y decorados con mensajes alusivos, y el choque automovilístico de la mayor violencia. En un país donde la tasa anual de mortalidad al volante asciende a cuarenta y tres mil víctimas, este peligroso deporte colectivo supone para sus practicantes una oportunidad catártica de intensificar las relaciones con la realidad, destruir coches como emblemas de un modo de vida espurio y conjurar el miedo a la muerte enfrentándose a ella. Como dice uno de los personajes: “los accidentes pasan. La gente a la que quieres se muere. Nada de lo que aprecias de verdad dura siempre. Y yo necesito aceptar esa idea y asimilarla”.
Otra de las grandes invenciones de Palahniuk en esta inventiva novela son las “cúspides alucinadas”. En el mundo de la ficción, una dimensión paralela al mundo real, o una versión distorsionada de la información sobre ese mundo tomado por real, todos sus habitantes portan desde muy pronto unos puertos acoplados a la nuca por los que pueden cargar o descargar vivencias propias y ajenas. Este consumo adictivo de imágenes mentales adulteradas ha superado el consumo del cine y la televisión, tan censurados y normalizados que los más inquietos los encuentran un espectáculo tedioso, e incluso a las drogas, ya que la experiencia virtual que proporcionan al usuario es de un realismo tan extremo que sustituye a la realidad convencional y a sus estereotipadas imitaciones. En cierto modo, se podría decir que la vívida prosa de Rant, sobrecargada de sensaciones y vivencias insólitas, trata de remedar los efectos alucinógenos producidos por esa tecnología de última generación aplicada a los estándares de la realidad individual.
Todo esto sólo sirve para confirmar que si a Hollywood se le ocurriera la delirante idea de adaptar esta novela bestial tendría que encargarle una primera versión a David Cronenberg en plena fase de depresión viral. Alucinar después el resultado pasándolo a través del cerebro de David Lynch en estado de embriaguez catatónica tras una larga serie de meditaciones infructuosas sobre el vacío interior. Dejárselo en préstamo un fin de semana a Tim Burton, quien después de Sweeney Todd parece haber recuperado la truculencia gótica necesaria para no dejarse llevar por la cursilería pueril, y quizá cederle finalmente algunos segmentos a Tarantino quien, después de una juerga en Las Vegas con un par de veinteañeras afroamericanas, estaría en las condiciones idóneas para rematar el proyecto con alguna salvajada fetichista. Pero desde luego sería mucho más fácil contratar a Palahniuk, que en su nueva novela los ha superado a todos en violencia, imaginación, payasadas metafísicas y comicidad sicalíptica. Rant demuestra así que Palahniuk, como visionario paródico de nuestro tiempo y nuestra cultura en franca bancarrota, va a más en cada nueva novela. Y es que sólo un visionario que asume sin complejos la condición de impostor puede ser en la actualidad un verdadero visionario.
En mayo salió, en dosis muy concentrada, Snuff. Sobre animadas fantasías pornográficas de ayer y hoy, mesalinas mediáticas y mercantiles y demás folclores carnales de la sociedad del espectáculo. Decir que es explosiva sonaría redundante.

20 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Cuando leí esta novela pensé de inmediato que tal vez la experiencia de Palahniuk en hospicios y albergues, le había servido mucho para esta historia que me pareció buena, aunque no me fascinó. El tema es fuerte y triste, desencantante. Muestra una sociedad violenta que desvela una realidad preocupante.

J. A. Montano dijo...

Por lo que cuentas, ese Rant es una especie de Pascual Duarte excesivamente tecnologizado. Y Palahniuk, por lo tanto, un Camilo José Cela norteamericano y actual. O sea: que se le atisba un negro futuro, junto a una Marina Castaño mutante! (O ya post-mutante, para entonces :-)

Anónimo dijo...

Hola J F, me ha interesado mucho tu análisis. He leído mucho a Chuck P. Me confieso subyugado (pero mucho) por este orden por Supervivientes, Asfixia, (me dejo una muy buena...¿cuál era?) y Diario. No me enganchó El Club. Fantasmas me cansó, y aunque el planteamiento de Rant me volvió a parecer un reto audaz, también me llegó a cansar. No hay duda de que P. sigue dando vueltas de tuerca, pero mi impresión es que empieza a fallarle la llave inglesa. Leer las novelas primeras era una fiesta sin desfallecimiento. Las dos últimas se me desinflaron, no me mostraron los giros que yo esperaba. Y mal que me sabe, porque tenía a Ch P por lo mejor de la novela actual.
Un saludo. Román Piña.

Anónimo dijo...

Hola Juan Francisco,
me pasa Vilas el contacto de tu blog. Soy Octavio, el barbas de Zeta, un cordial saludo
o.
zaragota.blogia.com

Anónimo dijo...

La novela que se me olvidaba es Nana, me encantó.
Román.

pepe montero dijo...

De oca a oca, de Vilas a J.F.Ferre.
Buen blog. Vendremos de vez en cuando.
Un saludo de asno.

Juan Francisco dijo...

Bienvenidos a todos. Os contesto por orden:

Apostillas: en efecto, comprendo que la novela pueda no fascinar, valga la expresión, pero es que Palahniuk, como los autores más potentes de la ficción transnacional, está más allá del gusto personal. Se le lee como a Ballard por necesidades de supervivencia...

Montano: Cela viene de Zola, entre otros, ni siquiera de Céline, mientras Palahniuk, en esta novela, viene de Ballard y de Burgess (la naranja mecánica). Así que el pobre Pascualín está sociológicamente datado e ideológicamente connotado, mientras que Rant es sociología brutal y antropología hipercapitalista del siglo XXI. El problema español es que se suele usar el filtro nacional para leer literatura extranjera, y no funciona siempre...

Román: sí, pasa con Palahniuk como con Wallace y Saunders, el peso de la sociedad de consumo adquiere tal masa crítica que a veces dificulta la lectura, pero ésa es su apuesta de traspasar la postmodernidad... Naná es una novela favorita también...

Octavio: saludos, visitaré tu blog...
pepe: Gracias por todo, lástima que no pudiéramos conocernos en Zeta. Otra vez será...

J. A. Montano dijo...

Pero hombre, si esos secarrales castellanos son lo más parecido al paisaje de devastación que se avecina! Pascual Duarte era un auténtico homúnculo digno de Kubrick y Ballard! Háganme caso, amigos nocillas: ¡todo está en España! ¡No hace falta salir fuera! ¡La mutación ya se ha producido! ¡Llevamos siglos con el Alien dentro!

Juan Francisco dijo...

El paisaje, puede, pero el paisanaje, la sociología y la antropología (y hasta la paleontología) no coinciden. El homúnculo, como lo llamas con gracia, es un suproducto inquisitorial del analfabestialismo celtibérico. El héroe pantagruelico de Palahniuk es un frankenstein hiperestésico de la sociedad de la hipertrofia del consumo corporativo, un monstruo de los cinco sentidos en una sociedad regida por la anhedonia vital y la apatía pornográfica, una criatura expansiva y hasta cierto punto liberadora...
De verdad que no, Montano, nada que ver con el pazguato Duarte: un aborto de humanidad hispana, un fin de raza mesetaria, el bastardo de todos los bastardos del "nazional-castolicismo". La España con la que uno puede identificarse no es ésa, sino la del asno apaleado hasta la muerte, como haría Nietzsche...

J. A. Montano dijo...

Jajaja, tú deja, Juan Francisco, que el héroe pantagruélico de Palahniuk siga *evolucionando*: terminará convertido en Pascual Duarte (¡un genuino mono de la Odisea del espacio! ¡o cowboy loco de Lynch!). Y deja que la sociedad de la hipertrofia del consumo corporativo siga también su curso: ¡terminará convertida en secarral castellano! La tecnología no es más que un adorno. Y el barroco paisaje de la era postindustrial no son más que volutas. Por debajo permanece, antropológicamente, el Cabronazo: nuestro semejante, nuestro hermano!

Juan Francisco dijo...

Montano, lo nuestro se va pareciendo al diálogo onírico de las lavanderas dublinesas del "Finnegan´s Wake", todo se adormece a nuestro alrededor, el río de la vida pasa de largo (ah, Anna Livia Plurabelle) y nosotros a debatir sobre el origen de las especies, cual evolucionistas cognitivos sin oficio ni beneficio. Además de pedantes, seamos algo hegelianos, hombre de Dios: la historia existe para algo y, por consiguiente, el posthombre no se parece en nada al infrahombre, aunque los dos compren en el mismo hipermercado y paguen con la misma Visa Oro. El superhombre kubrickiano, en plenitud estelar, ya no necesita oír la melodía pomposa de Strauss para crecer, como sí la necesita el monigote celiano. Créeme, la posthumanidad descrita por Palahniuk, por tremenda que pueda ser, no se parecerá en absoluto a un escenario tremendista de Cela. Aunque sea sólo por eso, ya el futuro me parece prometedor...
En cualquier caso, harías bien en leerte la novela de P antes de seguir opinando...

J. A. Montano dijo...

No, no me leeré la novela de Palahniuk. ¿Y sabes por qué? ¡Porque no me gusta Cela! :-)

franciscojaviertorres dijo...

Yo sí la leere, queridos amigos,de hecho, me está esperando en mi escritorio desde hace tiempo, junto con Nana y Asfixia, precisamente. De todas formas yo quiero reconocer el valor de ambos, Cela y Palianuk, no veo contradicción entre lo pascualino y lo rantiano, ¿por qué habría de haberla? ambos son un dechado virtuoso y leves como la nieve en el fondo. Ah, lo churrianesco, Montano, Ah lo Manhattanesco, mi querido Eleata. Yo no quiero perderme ninguna de esos dos territorios.
Juan, ¿visitaste ya mi blog? A mi también me gustaría verte por ahí:
http://franciscojaviertorres.blogspot.com

franciscojaviertorres dijo...

digo vien, Palianuk, no puede resultar más celiano (je, je.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No se pierda usted nada por culpa de estos dos Bouvard y Pecuchet. Cela, Céline, Celan y hasta Peleniak si se atreve. Nana (que no Naná) no es de lo mejor de P, sí Asfixia, de la que acaban de hacer una película bastante floja. P es inadaptable, a pesar de El club de la lucha, que es maravillosa por todas las licencias que Uhls y Fincher se tomaron con el original...

Francisco Javier Torres dijo...

No la haré, descuide, al menos eso es lo que pretendo. A Manhattan voy, parando en Churriana para tomar unos vinos. De todas formas, ayer precisamente estuvimos hablando unos amigos sobre las posibles consecuencias en nuestro background de esa (estimulante, qué duda cabe) sordidez y escabrosidad de la "mejor" literatura actual, que leo con sumo gusto, para qué voy a negarlo. El mundo, sí, es complejo y no pueden obviarse esas visiones si queremos aproximarnos a su comprensión, o eso creo. Pero ¿no provocará esta sobredosis de perversión que pudieramos considerar dentro de poco a Basho, pongo por caso, un cursi?

J. A. Montano dijo...

Bueno, haré una concesión: leeré a Palahniuk. Pero para irme aproximando fonéticamente leeré primero a Pasternak...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No seas antiguo, hombre. Empieza mejor por Pamuk...

Anónimo dijo...

Me encanta cuando el vendedor de coches toma la palabra. El capítulo "Marcar el Ritmo" me parece la sensación del primer tercio de la novela a medias con la parte en la que se alude a la condición morbosa, y dios, llena de misterio de Rant como yonki de jugos animales venenosos. Genial. Debo dar las gracias al regente de este blog por la recomendación.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias a ti, Anónimo (?), por dejarte recomendar, y a los demás por todas vuestras visitas y declaraciones...