domingo, 18 de septiembre de 2016

LA GUERRA DE LAS MUJERES



[Laird Hunt, Neverhome, Blackie Books, trad.: Isabel Ferrer y Carlos Milla, 2015, págs. 188]

Las buenas lectoras saben que la historia la escribieron los hombres. Las buenas lectoras saben que la historia, como Herodoto asentó desde sus remotos orígenes, no es más que un montón de chismes disfrazados de teoría abstrusa y hasta de ciencia exacta. Un académico serio como Hayden White, dándole la razón al frívolo francés Roland Barthes, demostró hace décadas que la historiografía oficial es una ficción similar en artificios a la novela decimonónica, aunque menos sugestiva al imponerse como método el rigor mortal de la objetividad y la escritura deshumanizada.
Esta magnífica novela de Laird Hunt, una auténtica sorpresa literaria, se atreve a presentar una descarnada visión de la Guerra de Secesión, aquella que enfrentó al norte con el sur estadounidenses entre 1861 y 1865 por un quítame allá esos esclavos, desde una perspectiva antiheroica y femenina. Enfoque antiheroico, sí, ya que tras leer la fascinante narración, un cuerpo a cuerpo estremecedor con las experiencias contadas en primera persona por una mujer (Constance Thompson) durante las cruentas batallas y escaramuzas donde participó vestida para matar con el uniforme de la Unión, se confirman las sospechas de que la bibliografía histórica no solo falseó los hechos, sublimándolos con fines patrióticos y viriles, sino que excluyó a todos los protagonistas que no correspondían a los clichés ideológicos con que se suele construir el imaginario mítico de las naciones y los imperios.
Y visión femenina e incluso feminista, también, puesto que el gran acierto de la novela de Hunt reside en prestarle una prodigiosa voz narrativa, teñida por momentos de un lirismo sobrecogedor, a esta mujer singular que abandona la casa conyugal para ocupar en el ejército el puesto vacante del marido pusilánime, evidenciando uno de los imperdonables olvidos de la historiografía yanqui: la activa intervención de numerosas mujeres (blancas o negras) en la Guerra Civil.


La sutileza literaria de Hunt le permite discutir la veracidad de las versiones de esa guerra, las primeras versiones orales, recubriendo de heroísmo grotesco el horror de la carnicería, como las tendenciosas racionalizaciones de los historiadores militares, sin incurrir en lo programático. La guerra vivida en primera persona, como sabemos desde que el romántico Fabrizio del Dongo asistió de refilón a Waterloo, según el irónico Stendhal, guarda más parecido con sumergir la conciencia en la confusión cognitiva y el caos incontrolable de las sensaciones animales que con vivir una jornada gloriosa o una ocasión memorable.
En este aspecto, la poderosa dicción de la narradora y protagonista conduce al lector de principio a fin, obligándole a compartir la inusual intensidad de sus vivencias y emociones, percepciones y peripecias, desde el fragor de la lucha y el contacto carnal con los cadáveres diseminados en el campo de batalla hasta los instantes más íntimos y delicados.
Como la heroína travestida de una comedia equívoca de Shakespeare (pienso, sobre todo, en la Viola de Noche de Reyes), Constance pasa a llamarse “Ash” o “Galante Ash” en la canción legendaria compuesta, al recio estilo de John Ford, en memoria del gesto caballeresco con que socorrió a una muchacha imprudente que, en su entusiasmo marcial, había desnudado el torso al paso de la soldadesca.
En el melancólico final de la aventura, Hunt reescribe la “Odisea” de Homero trastocando el sexo del héroe que emprende el imposible regreso a casa. La valiente Constance vuelve a un hogar tiranizado por los rufianes. Vistiendo ropas masculinas de nuevo y enarbolando un fúsil, se vengará de sus enemigos, pero no recuperará la vida que abandonó para combatir en lugar de un marido apocado que, francamente, nunca estuvo a su altura.