lunes, 9 de marzo de 2015

OTRA VUELTA AL MUNDO



A partir de hoy en librerías la nueva edición de La vuelta al mundo (Pálido Fuego ed.). He aquí un extracto provocativo.

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Lo imaginas desnudo y complaciente, tumbado en la cama sabiendo lo que ocurrirá dentro de poco, cómo empieza todo esto para ti, te abandonas a sus caricias preparatorias, a su lenta aproximación al momento en que engullirá tu miembro despacio, muy despacio, lo dejará resbalar lentamente por sus labios, tu glande totalmente hundido en su boca ahora, hundiéndose más todavía allí, la intimidad constante de la lengua, la indescriptible sensación del roce intermitente de la punta de sus pezones sobre tus muslos entreabiertos, la humedad general, la humedad invasora, la molicie o la suavidad inconcebible de todos estos roces y contactos sutiles incrementada por el placer de volver a verla, de volver a encontrarte con ella cada vez que cierras los ojos, en otra parte, sólo verla o imaginarla, eso te basta, mientras los labios se cierran sobre tu glande ahora hinchado y a punto de eyacular en uno dos o tres espasmos llenando la boca humedeciendo los labios mancillando la lengua, ella desaparece otra vez, tu acompañante de este lado regurgita o escupe con asco en el lavabo el residuo de vuestro encuentro, se acabó, hasta la próxima vez. Esto ha ocurrido antes, muchas veces, después sueles negarte a verlas de nuevo, has conseguido de ellas lo que querías y necesitas otra que la sustituya enseguida, así de voluble es tu deseo. Tu procedimiento es invariable, premeditado, la aparición de ella no. Te aprovechas de tu trabajo como pinchadiscos en una multitudinaria discoteca de la ciudad para tener siempre a tu alcance chicas disponibles y fáciles, embobadas contigo, abiertas a tus propuestas. Las atrae tu talento para las combinaciones musicales, las embelesan tus mezclas explosivas de ritmos imposibles, tu virtuosa dosificación de sonidos estupefacientes. Encerrado en tu cabina te dejas cortejar primero y luego pasas decidido a la acción. Tu vestuario y tus maneras te hacen parecerles un poco marciano y ese increíble ingrediente las excita más todavía. No te cuesta mucho llevarlas a la cama esa misma noche, normalmente prefieres ir a su casa, o hacerlo en el coche, en alguna playa solitaria. Las sorprendes al principio con tu técnico desdén de cualquier muestra de afecto o sentimiento, pero en cuanto empiezas a acariciarlas y les presentas a tu entumecido compinche cambian de cara y de actitud, y al despedirse de ti cada uno de sus pegajosos besos sólo reclama una cosa, un nuevo encuentro. Las ves volver a la discoteca en busca de su ración de falsa felicidad, incluso finges interesarte en sus maneras más o menos extáticas de bailar, en sus estilos o sus temas preferidos, etcétera. Consumado comediante, haces promesas que sabes que no cumplirás pero ellas sólo te piden oírlas, no que las cumplas, les interesa la música inédita y no la letra consabida, prosaica. Cuando las dejas no te lo reprochan, les has proporcionado una intensa vivencia del presente que no podrán olvidar en mucho tiempo, tal vez nunca, te encanta exagerar. Así, paso a paso, te acercas a tu verdadera meta que no es sólo meterla, ni mucho menos, la grosería inevitable, uno de los polos de tu experiencia cotidiana. Has propiciado la amistad entre ellas y tu desvergonzado cómplice, les has enseñado a manejarlo tanto como a amar sus posibilidades amatorias, les insinúas tu aprecio por cierta intimidad extrema entre ellas y él, y una noche de pronto serán ellas las que te pidan como favor que les dejes hacerlo, que renuncies a tu deseo de penetrarlas por una vez y te prestes y les prestes tu compinchado miembro para embocárselo y devorar así la crema de su amistad, mala metáfora. La cursilería de palabra, el otro polo trivial, no te abruma cuando la oyes en la intimidad porque estás harto de pincharla diariamente, de oírla a todas horas saliendo de la alucinante estereofonía que circunda las tres pistas circenses de la flamante discoteca, y además te resulta excitante y hasta afrodisiaca cuando los inocentes labios que la pronuncian se ciernen sobre el casquete de tu órgano desatado y obtienen esa insólita conjugación de elementos. Empieza entonces la función discontinua, empiezas entonces a verla, primero una sombra tenue, un velo de opacidad parece envolverla mientras vas definiendo el sentido preciso de sus actos, siempre inconvenientes o poco recomendables. No has decidido con quién estará en esta ocasión, pero no parece estar sola, nunca estará sola, tú no la dejas abandonada a su peligrosa soledad, no te parece que le convenga, así que le buscas rápidamente un acompañante, sí, un tipo sórdido hacia el que le haces sentir una atracción extraña, una combinación de deseo y rechazo cifrada en la rareza de su piel, el tacto escamoso, los has situado ya a los dos abrazados junto a una cama y semidesnudos o desnudándose el uno al otro, ella quitándose el sujetador ante las insistencias del acompañante que le has designado esta vez, el acompañante ya desnudo empujándola hacia la cama y echándose encima, conduces sus primeras maniobras con tiento, le haces entretenerse lo necesario en los pezones erguidos, en el volumen de los pechos, bajar por el vientre, decides que ella se retuerza más, se agite como resistiéndose mientras su acompañante pretende que aparte los muslos y le deje explorar a sus anchas ese sexo expuesto que no le has dado tiempo para que se lave convenientemente, la noche debió de ser larga antes de llegar aquí, no tienes tiempo de recapacitar, te precipitas, se precipita, ya has decidido que él no sienta ninguna aversión sino irresistible placer en pasear su lengua intencionadamente por esa olorosa orografía, localiza deprisa la clave del clítoris y te concentras en la fricción, el ápice aplicado ahí, te concentras y la haces enloquecer y gemir mientras tú la imitas derramándote en la boca de tu amiga sin tiempo de ver qué pasó después, cómo acabó su improvisado encuentro…