lunes, 1 de septiembre de 2014

LA CONFABULACIÓN DEL HUMOR


[John Kennedy Toole, La conjura de los necios, Anagrama, trad.: J. M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez, 2014, págs. 389]

            Al principio la historia no tiene ninguna gracia. Un joven escritor neurótico del Sur de los Estados Unidos se suicida a finales de los sesenta como consecuencia del reiterado rechazo editorial que padece la novela que revelaría al mundo su genialidad. El desprecio literario le parece al escritor tan intolerable como respuesta a su manifiesta exhibición de talento que acaba cometiendo el acto fatal que más demuestra la falta de sentido del humor de un individuo.
Y, no obstante, por el empeño de la madre, con quien Toole mantenía las mismas relaciones tortuosas de su personaje, y la generosidad del novelista Walker Percy, primer lector que supo apreciar el valor de esta sátira sarcástica, La conjura de los necios se publica en 1980, convirtiéndose enseguida, ironías de la vida, en un libro de culto, un clásico instantáneo y un superventas duradero. No obstante, las tentativas de adaptación cinematográfica, de una inepcia proverbial, solo a la altura de los postulados cómicos del libro, se suceden sin éxito, como si la figura descomunal que llena de vitalidad y humor las páginas de la novela no pudiera adquirir otra realidad que la que le confirió su autor y completaron con su imaginación millones de lectores en todo el mundo.
A comienzos de los ochenta, dos selectos clubes se disputaban la inteligencia de los lectores: los que veían el mundo según Garp, inspirándose en la ficción homónima de John Irving, y los que lo interpretaban a la manera excéntrica de Ignatius J. Reilly, obeso y obsesivo protagonista de esta novela desternillante, como un cúmulo de disparates y sinsentidos.
Tanto el título original como el de la traducción hacen justicia a la idea de una realidad que se organiza, dentro y fuera del libro, como una gigantesca conspiración, un complot urdido por las mentes más necias y los agentes más incompetentes para convertir la vida humana en una comedia irrisoria. Como Toole, Ignatius lucha con todas sus fuerzas contra el designio de esa confabulación al tiempo que toma conciencia de que sus actividades, observadas con agudeza y comicidad cervantinas, solo contribuyen a amplificar el expansivo radio de acción de la conjura infinita de la estupidez. 
Pese a la multiplicación de tramas y personajes, el estrambótico cerebro de Ignatius y la masa corporal con que impone su cómica autoridad sobre el mundo ocupan el lugar central en una narración concebida como una truculenta sucesión de episodios carnavalescos e hipérboles rabelesianas. El modelo novelesco más influyente es, obviamente, El Quijote. Y el idealismo atolondrado de su héroe, ya sea liderando una “revolución negra” en una fábrica de pantalones o una “revolución rosa” para disolver el poder del ejército, es sinrazón suficiente de todos los fracasos patéticos, situaciones descacharrantes y acciones destinadas al ridículo que la novela describe como un panorama grotesco de la época, esa realidad americana que traducía la modernidad al código capitalista del consumo.
Reilly, uno de esos entrañables personajes de rasgos dickensianos que exceden el retrato naturalista, vive en guerra ideológica con la América coetánea, los valores dominantes y las ilusiones de confort material y entretenimiento banal de la clase media. Las paradojas morales de su esquizofrénica posición le permiten confundir a los necios (personajes o lectores) haciéndose pasar ante ellos tanto por un escritor reaccionario con veleidades de católico integrista (a la manera de Barbey o Bloy) como por un peligroso agitador comunista o un subversivo contracultural.
Como todo “Quijote” que se precie, Ignatius tiene su “Dulcinea”: Myrna Minkoff, la extravagante compañera de universidad con la que sostiene hasta el final un pulso político sucedáneo de la relación sexual que no consuman y que lo estimula en la necesidad de un compromiso real contra la iniquidad del mundo. Es ella quien viene a salvarlo del bucle en que vive atrapado (cuando todos los personajes que lo rodean, incluida su madre, se conjuran para recluirlo en un manicomio) y la fuga final de ambos de la realidad provinciana de Nueva Orleans contiene, con todo, una ambigua promesa de felicidad denegada, por desgracia, al autor.