sábado, 24 de mayo de 2014

EL PARTIDO IMAGINARIO: UNA REFLEXIÓN POLÍTICA EN LA JORNADA DE REFLEXIÓN

 
[Tiqqun, Esto no es un programa, Errata Naturae, trad.: Javier Palacio Tauste, 2014, págs. 134] 

El juego político está viciado. El reparto de las prebendas del poder, el parasitismo institucional, la corrupción generalizada y demás lacras del sistema así llamado democrático hace tiempo que se hicieron causas de su decadencia. El problema es que sin esa picaresca endémica tampoco funcionaría la maquinaria democrática. En los países occidentales, la democracia funciona porque está corrupta en sus fundamentos y en sus procesos esenciales. Pero esa corrupción manifiesta no niega las virtudes de fondo del sistema ni impide la persecución de sus fines con el respaldo tácito de los ciudadanos.
Tiqqun es un colectivo político francés de influencia internacional que intenta revitalizar los análisis biopolíticos de Foucault y Deleuze, Guattari y Debord, los situacionistas, los movimientos italianos de los setenta, el “comunismo” de Badiou y, sobre todo, el pensamiento de Giorgio Agamben, traspasando los límites teóricos y los fracasos fácticos de otras décadas insurgentes, con el fin de constituir líneas de fuga respecto de un sistema (el imperio capitalista globalizado) que es mucho más complejo y perverso en el ejercicio del poder de lo que la izquierda oficial suele reconocer. De hecho, como denuncia Tiqqun, una parte importante de esta izquierda parecería trabajar, con su antagonismo escolar, para que aquel alcance sus fines. Más allá de la complicidad socialdemócrata con la situación, el planteamiento no programático de este “partido imaginario” pretende desacreditar los ejercicios retóricos y las piruetas espectaculares que, a día de hoy, sectores enteros de la izquierda militante, desde sindicatos y partidos parlamentarios a los movimientos alternativos, realizan para encubrir su ineficacia frente a las estrategias avasalladoras del capital.
El libro fue escrito a comienzos de la crisis financiera, pero todo lo ocurrido entre 2009 y 2014, los comportamientos de las diversas facciones en liza, la claudicación masiva de la ciudadanía, el desinflado gradual de cualquier conato de resistencia o insumisión, la bancarrota de los discursos críticos, la aceptación de políticas laborales y presupuestarias de un cinismo intolerable, etc., no han hecho sino dar la razón a los postulados más negativos contenidos en sus páginas. Esa intransigente crítica de la razón política contemporánea confirma la insoportable verdad de que el capitalismo es hoy más revolucionario y desestabilizador para la vida de los ciudadanos que ninguno de los blandos programas partidistas con que se pretende frenar su impacto. Este tratado de insurgencia política, más allá de sus polémicas tesis ideológicas y sus ambiguas estrategias de acción, al menos tiene la virtud de poner en cuestión el modelo ideal de ciudadano servil que el sistema se encarga por todos los medios de fomentar entre la población: “El voluntarismo más bobalicón y la más devastadora mala conciencia son elementos característicos del ciudadano”.
Si aún tuviera sentido votar a algún partido político, o si votar a este partido en particular no desvirtuara en el fondo, al volverlo cómplice de una democracia degradada, la misma acción de votarlo, me atrevería a decir que el “partido imaginario”, con su programa indefinido, su cúmulo de especulaciones infinitas y su elocución implacable, es el único partido político al que merecería la pena votar para salvar la democracia. O para superarla de una vez e implantar, si aún fuera posible, un régimen de libertad e igualdad nunca antes alcanzado en la historia. Quizá la existencia de un partido así, tan inaprensible como efectivo, apostado como una brecha carnavalesca o un agujero negro en las entrañas del sistema, sea un signo de que la democracia tal y como la conocemos puede tener sentido aún, aunque votar o participar en ella de un modo programado y rutinario lo tenga cada vez menos.