domingo, 7 de noviembre de 2010

UNA LITERATURA CON CUERPO DE MATRIOSKA


Entrevista en Revista DOSSIER

Montevideo (Uruguay), Julio-Agosto 2010

DANIEL VIGLIONE[i]


Qué relación puede existir entre una novela de más de 500 páginas y las tradicionales muñecas rusas: ninguna o muchas. En el caso de Providence, la nueva obra de Juan Francisco Ferré, la respuesta es la segunda, dado que el malagueño construyó un texto en el que convive la literatura, el cine, el videojuego, internet, el reverso del american way of life y el terrorismo post 11-S. De todo esto Ferré habló con Dossier desde Estados Unidos, donde el Finalista del Premio Herralde de Novela 2009 tiene su morada para ver y criticar el mundo.

En enero de este año, en la página 9 de Babelia, el suplemento cultural del diario El País de Madrid, el escritor e intelectual catalán Juan Goytisolo definió a Providence como una novela ideal para quienes conciben la lectura como una incursión en lo desconocido, señalando que lo escrito por Juan Francisco Ferré es “todo a la vez real e inverosímil”, constituyendo para el lector un viaje que lo llevará “imperceptiblemente a un alucinante universo virtual”. Tratar de resumir la novela de Ferré sería –como bien escribió Goytisolo-traicionarla, porque en ella hay un sinnúmero de novelas, cada una más sorprende y original que la otra. Es decir, a lo largo de más de 500 páginas, el escritor malagueño se despacha con todo tipo de situaciones y personajes, pero fundamentalmente con un tópico común que no es otro que el de una conspiración global para imponer el mundo virtual al mundo real. Para entender este complejo universo creado por el finalista del Premio Herralde de Novela 2009, Dossier dialogó telefónicamente con Ferré, quien en plena noche, en su despacho de Rochambeau House, la sede del Departamento de Estudios Hispánicos de Brown -un antiguo palacete afrancesado situado en las colinas de Providence, Rhode Island-, contestó cada una de las preguntas con suma calma, como si en ese sitio se moviera con placer y sobre todo con discreción, para no despertar a los caprichosos fantasmas que lo pueblan desde hace siglos, no todos de profesores ni de alumnos. “Te pedí que fuera a esta hora porque ya no se oyen cuervos, como durante toda la tarde, aunque el frío intenso que comienza a filtrarse por las paredes parece tener la intención de expulsarme de aquí, como si otras presencias estuvieran preparándose en el silencio erudito para cuando yo abandone el edificio”.

La crítica lo señala a usted como el autor más destacado de la generación Nocilla. ¿Cómo se siente con esa etiqueta? ¿Está de acuerdo en ser parte de una lista de escritores cuyas características son la fragmentación, la interdisciplinaridad y el inconformismo?

Tendría que preguntarle a mi abogado antes de responder a esta pregunta, puede que implique asuntos legales imperceptibles a primera vista. Como te puedes imaginar, las clasificaciones de la crítica me suelen preocupar poco. La generación de la que hablas es un grupo de escritores que lo único que ha pretendido es hacer las cosas de otro modo a como en general se venían haciendo en la narrativa española reciente.

Pero eso tiene algo de inconformista.

Desde luego, pero no creo que eso pueda limitarse a las características que señalas, ni mucho menos a establecer supuestos liderazgos dentro de ella.

¿Cuál fue el punto de partida de Providence, qué imagen da las muchas que tiene la novela, que se traslada de espacios reales a espacios virtuales, fue el disparador del texto? ¿La obra surgió de alguna experiencia autobiográfica?

Ahora mismo, como te he dicho, estoy en Brown, investigando y dando clases. Lo autobiográfico se entremezcla en la novela con lo virtual de tal modo que es imposible para mí, hoy por hoy, saber qué es real y qué no en lo que cuento en ella. A veces tengo la sensación de haberlo vivido todo, otras de haberlo soñado y otras aún de habérselo oído contar a alguien de cuyo nombre no quiero o no puedo acordarme por más que lo intente. En este sentido, es complejo responder a cuánto hay de vivido y cuánto de imaginado en una novela como ésta donde las fantasías de los personajes son determinantes en sus experiencias reales y éstas para serlo con más intensidad adoptan la máscara de la fantasía. En este sentido, no sabría decirte quién ha escrito de verdad esta novela.

La estructura de Providence da cuenta de que estamos ante una obra del siglo XXI, porque en la misma se muestra a Internet como una herramienta que modifica la percepción de lo real y lo virtual. ¿Coincide con esta idea? ¿La red de redes altera la comprensión de nuestro entorno cotidiano? ¿Cree que un escritor contemporáneo tiene que estar atento a la tecnología o no?

No es que un escritor contemporáneo tenga que estar atento, vive rodeado e inmerso en la tecnología, de lo contrario no podría ser escritor. La idea de que el escritor pueda vivir al margen de lo que acontece en el contexto social me es perfectamente extraña. El escritor, como cualquier otro artista, se encuentra plenamente implicado en los mismos procesos que sus congéneres, le gusten o no las nuevas tecnologías. La única diferencia es que puede hacer con ello algo distinto. Puede, si quiere, apropiarse de los mecanismos y los recursos que le rodean y jugar con ellos con objeto de mostrar su contingencia, su insignificancia o su influencia nefasta en los modos de vida o de pensamiento de los otros y de él mismo. El siglo XXI, por si fuera poco, obliga al escritor a estar atento a otros formatos y soportes aparte del literario, a tenerlos en cuenta también como creador y no sólo como usuario. Pienso en internet, pero también en el cine o los videojuegos, fundamentales en la trama de esta novela hecha de pantallas más que de páginas…

A propósito de esto, todo en Providence parece estar enmarcado en una idea dominante: el escepticismo sobre la realidad. Sin embargo, los puntos más fuertes de la novela son justamente cuando la realidad no es interpelada sino que es analizada en directo, podríamos decir que en estado puro, sin velos ni lentes tridimensionales. ¿Qué metáfora hay de fondo en estas dos miradas tan disímiles?

En efecto, la presencia de lo real en la novela es un recurso para evitar caer en lo que más detesto: la vaguedad, la abstracción…la indefinición incluso. La trama ocurre en un mundo determinado, concreto, y ese mundo debe trasladarse con todas las consecuencias al interior de la ficción con el fin de dar credibilidad física, material, a la inverosimilitud constante en que se mueve el narrador y protagonista durante toda la novela. Como recordarás, en la ficción interviene una droga sintética, el Blue Moon, cuyo efecto es potenciar hasta extremos insospechados la percepción de la realidad y no diluirla en alucinaciones inanes. Sumir a su consumidor en una realidad aún más viva y absorbente y no sacarlo de ella. Esto, en cierto modo, es lo que me gustaría que mi literatura causara en el lector.

Pero la novela se presta para varias lecturas políticas: por un lado está el 11-S, por otro el destape de viejos racismos y por último la crítica hacia lo que es el american way of life. ¿Cómo encaja todo esto en una historia que, según usted, lo que ha intentado es acabar con los límites en los que se ha movido la novela española en los últimos años? ¿Tiene algo que ver que usted actualmente viva en Estados Unidos y pose su mirada crítica hacia ambos lados, España y Estados Unidos?

Lo que llamas lectura política está indesligablemente unido a la ficción, con lo que no me gustaría arruinar ésta incidiendo en exceso en los detalles de aquélla. Es decir, en cualquier caso, la novela se ambienta en una América posterior al acontecimiento traumático más importante de lo que va de siglo y esto me interesaba ya desde hace años. Si quieres hay una coherencia en haber tratado ciertas cuestiones relativas a la violencia terrorista y su papel en los medios a un nivel más local y polémico, como en mi novela anterior La fiesta del asno, y hacerlo ahora a nivel más internacional, con una novela que se postula inserta sin complejos en la cultura de la globalización, que es, sobre todo, la de la cultura de masas. En este sentido, aunque la trama suceda entre Europa y América, el mundo de la novela es el de referencias de cualquier ciudadano de la megalópolis del siglo XXI, de cualquier ciudadano inmerso en esta sociedad de consumo.

¿Cómo se para usted, dentro de esta crítica a la sociedad de consumo, sabiendo que su nombre y su obra son también parte de esa mercadería que deglute la sociedad?

Es inevitable. La única diferencia es que mi trabajo creativo no va en las líneas dictadas por el mercado, se incorpora a él ofreciendo toda clase de resistencias y dificultades, contraviniendo los valores dominantes en la industria cultural y subvirtiendo los modelos narrativos propugnados por el sistema. Es en este sentido en que aunque parezco ceder a los imperativos del mercado, al aceptar la comercialización de mi nombre y de mi obra, también puedo invertir la narrativa y decir que mi novela se impone al mercado y éste cede a su presión y la acepta sin demasiados reparos. El que sale ganando es el lector inteligente, que ahora junto a tanto producto anodino podrá encontrar en las librerías una novela que no insulta su inteligencia. ¿Qué más se puede pedir, tal y como están las cosas?

Todas las manifestaciones artísticas contemporáneas, como el cine, la televisión, internet e incluso la utopía cultural estadounidense tienen su lugar en la novela. ¿Por qué tuvo la necesidad de meter todo esto en la misma novela? ¿No pensó en que podía haber una saturación o ésa es la idea: saturar?

La idea es ser tan excesivo como el mundo que me rodea. Por otra parte, como temperamento barroco, siempre me he sentido atraído por el exceso, la profusión y la saturación en todos los ámbitos y no sólo en el de la creación. Soy un maximalista refinado que prefiere mucho bueno antes que poco de lo mismo, por bueno que sea. Recuerda que el autor que dijo aquello que tantos repiten como un eslogan sin entenderlo del todo, “lo bueno si breve, dos veces bueno”, no se intimidó a la hora de escribir una novela tan voluminosa como El Criticón. Paradojas del conceptismo, cuanto más quieres meter en el menor espacio, más acabas dilatando éste sin darte cuenta para evitar la confusión, la apretura y la asfixia. Dar espacio es también una cuestión de economía: mi novela como película costaría una millonada, mientras que como ficción literaria sale muy barata. Así que entiendo la literatura como un lujo al alcance de todos.

¿Por qué Álex Franco, el protagonista de Providence, tiene una visión tan perversa de Hollywood?

Porque lo entiende como un gigantesco artificio puesto al servicio de nuestra intrascendencia como especie animal. Una celebración genial de nuestra frivolidad e inanidad y una exhibición desmedida del insaciable instinto humano por el espectáculo, la mitología y la seducción. Por otra parte, mi personaje es un sofista intelectual y se niega a aceptar las versiones convencionales sobre la historia del cine. La idea misma de historia le produce alergia tratándose de un arte como el cine que vive con y de las modas y su tiempo ha de ser, por tanto, el presente más intempestivo.

¿Qué es para usted la pornografía, más allá del género cinematográfico?

Es la dimensión más vulgar de la existencia, trasladada a un formato tecnológico que permite transformarlo en industria y consumirlo por millones de espectadores en todo el mundo como sucedáneo de sus múltiples insatisfacciones y traumas en la materia. Es el grado cero de las relaciones humanas, si lo prefieres, reducidas a la genitalidad pura y el enunciado de groserías banales como coartada. La eclosión del porno en Internet es una prueba de que nuestra maravillosa inmadurez sexual, sin pontificar lo más mínimo, pervivirá incluso cuando las máquinas inteligentes dominen la tierra con sus políticas asexuadas de racionalidad y eficiencia. El postporno, que me interesa mucho más, incorpora la dimensión política, la conciencia cultural y de género, a unos escenarios donde los cuerpos son los protagonistas absolutos en un escenario diseñado para potenciar al máximo sus posibilidades. Escenarios espectaculares que yo he denominado el “auto sacramental” de nuestro tiempo, tal es el grado de revelación palpable de la carne y la dimensión corporal que encierran.

¿La presencia de Lovecraft significa algún guiño en particular? Es decir, ¿por qué Lovecraft y no otro autor y por qué Providence y no otra ciudad?

La ecuación es simple. Lovecraft describe el horror como nadie. En esta novela el horror adquiere rostro contemporáneo y era bueno relacionarlo con el pasado de un país y de una cultura, ejemplo del puritanismo, el capitalismo, etcétera. Ahí está Lovecraft otra vez. Y la Providencia, esa deidad que algunos asocian hoy con el mercado, vio alzarse templos en su nombre en estas colinas de la ciudad a la que dio nombre. Providence se transforma en la novela en una “hiperciudad”, una ciudad de ciudades americanas, y de ese modo lo que sucede en sus calles y edificios adquiere una resonancia mucho más vasta. Durante mucho tiempo, se ha creído que la Providencia era una garantía de una narrativa lineal, causal, teleológica, para la vida, para el arte, para la religión, para la política. Ese mesianismo ideológico se deconstruye en este laberinto narrativo jugando con bifurcaciones borgianas, tecnología de última generación y versiones alternativas de la realidad. Lo que habría que preguntarse, en suma, como hago indirectamente en la novela, es por qué los sueños de trascendencia de la materia del puritano están a punto de realizarse gracias a la tecnología más avanzada.

Usted dijo que en el fondo lo que hizo fue escribir “una novela sobre la libertad del artista en el siglo XXI. De ahí la ironía y el pesimismo…”. ¿Podría ampliar un poco esta idea?

Álex Franco, el cineasta protagonista de la novela, es un paradigma de artista de nuestro tiempo. Dividido entre venderse a la industria o empeñarse en llevar a cabo un proyecto personal. En esta medida, su caso me parece sintomático de los problemas a los que se enfrenta un artista que se sienta condicionado por el mercado y al mismo tiempo no desista de crear en libertad. El pesimismo de la novela lo señala el hecho de que Franco pacta con demasiados poderes, incluido alguno que no parece de este mundo, que acaban usándolo en su provecho con tal de no abandonar la posibilidad de crear una obra que esté a la altura de sus expectativas. Todo esto debería concernir a todos los artistas y escritores que no profesan una visión hipócrita ni interesada respecto del estado de cosas.

Suele decirse que los payasos tapan su tristeza con su maquillaje bufón. En este sentido, en Providence parece estar diciéndose que Estados Unidos oculta el horror de idiosincrasia a través del glamour y el consumo. ¿Esto es así, buscó mostrar ese revés del espejo? Y en la misma línea, ¿para qué le sirvió a usted escribir la novela? ¿Qué fantasmas u obsesiones pudo exorcizar?

En parte sí. Este país es demasiado vasto y complejo, sin embargo, y ese juicio vale para sólo algunos aspectos fundamentales de esa realidad. No suelo entender el arte como terapia ni como catarsis, más bien al contrario. De modo que no se trataba de exorcizar mis demonios, si es que los tengo o me tienen ellos a mí cogido por alguna parte, sino de ofrecer al lector un modelo narrativo del mundo en el que vive mediatizado por el humor y la imaginación. En cierto modo, es una propuesta de relación con ese mundo con el fin de abandonar toda forma de pensamiento que se funde en la tristeza, la mediocridad o el abatimiento moral. A través del exceso y la broma, la desmesura y la ironía, quizá sea posible neutralizar el influjo de todo lo que nos disgusta en el mundo y en la vida. Y eso es lo que he tratado de mostrar, modestamente, en esta novela que hasta a mí se me escapa de las manos como una criatura resbaladiza, demasiado sutil como para ceñirla a unas ideas preconcebidas.


[i]Daniel Viglione. Escritor y periodista. Colabora en la Revista Ñ de Clarín (Argentina), revista Etcétera (México), revista Carátula (Nicaragua), El País Cultural de El País, semanario Brecha y diario El Observador. Publicó el libro Álbum de lluvias (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1995). Primer Premio Nacional de Poesía.

5 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Que sepa usted que yo le conocí en Providence,un excelente libro.Luego busqué y llegué a su brillante blog.
Un cordial saludo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Muchas gracias por el comentario y el aprecio. Es un placer tenerte de nuevo por aquí.

Un saludo.

luis dijo...

señor Ferré le comento que estoy muy
contento de haber encontrado su bloger, agradezca al que le dijo que
escribe para jovenes, yo tengo 86 años y feliz de estar conectado con usted.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Muchísimas gracias, amigo Luis, un placer tenerlo como lector y saber que viene usted desde Buenos Aires. Algunos pretenden que mi blog sea para mayores de 18 años. Yo encuentro muy baja la edad. Digan lo que digan los apóstoles de la florida juventud, es a partir de los cincuenta (que no he cumplido, todo sea dicho) cuando empiezan a comprenderse las cosas. Kundera es el ejemplo...

Mil gracias por sus comentarios y productivas visitas. Tómese el tiempo que necesite, no hay prisas...

Un abrazo,
JF

Maria de los reyes dijo...


para usted, ¿qué importancia tiene la técnica de la matrioska en la literatura? y ¿en qué consiste esta técnica?
Me sería de gran ayuda su aporte