domingo, 3 de octubre de 2010

UNA TEMPORADA EN EL “INFIERNO”: Siete razones para (no) leer a Bret Easton Ellis


1. El “infierno” de Bret Easton Ellis se llama literatura. No tiene otro nombre. Me explicaré. El escritor con apellido de isla de acogida de inmigrantes es una maldición o una pesadilla hasta para sí mismo. La prueba de que un exceso de conciencia, o un defecto de ella, según se mire, es la garantía de un talento capaz de penetrar en los entresijos infernales y paradisíacos al mismo tiempo de un modo de vida y una clase social y un estado de civilización y un interminable y ruidoso fin de fiesta para toda una cultura y una mentalidad.

2. Ellis puede ser muchas cosas, no todas malas. Si hacemos caso a sus novelas y a la leyenda urbana alimentada por su exhibicionismo narcisista, es un perfecto espécimen de hijo de papá y de mamá nacido en uno de los medios más privilegiados de la privilegiada América protestante y blanca: Los Ángeles, la metrópoli del cine y la música y los negocios multimillonarios. Como cuenta en «Lunar Park», su padre se hizo millonario vendiendo propiedades inmobiliarias y perdió el equilibrio mental y con él a su familia. A tal punto llegaron sus abusos que Ellis lo escogió como modelo para el ejecutivo psicópata de «American Psycho». La figura del padre freudiano, despótico, demente, alcohólico y derrochador, puso en contacto a la familia con un mundo oscuro y peligroso cuya lección más amarga la supo explotar Ellis al hacerse novelista: “el mundo carece de coherencia, y dentro de ese caos la gente está condenada al fracaso”.

3. Como evidencia el título de su cuarto libro, Ellis es un delator o un confidente, un esquizofrénico infiltrado en una clase social de cuyos increíbles privilegios aprendió a disfrutar en su infancia para verlos amenazados en la adolescencia y la primera juventud y consolidarlos sólo gracias al éxito inesperado de su primera novela, esa «Menos que cero» que multiplicó, con ironía capitalista, el número de ceros a colocar a la derecha de su saldo en distintas cuentas corrientes y tarjetas de crédito. Con sólo veintiún años logró poner orden literario en el caos de su vida afectiva y mental y extraer de ahí una novela generacional que acababa de golpe con todos los mitos y la propaganda generada por la revolución conservadora de Reagan.

4. Unos pensaron que era una fiesta de la ironía y el sarcasmo, un ceremonial de crítica social corrosiva, tan efectivo como un litro de ácido arrojado a la cara de la clase dominante. Otros, frotándose las manos con impaciencia, que sólo era una prueba flagrante de la degeneración cultural americana. En realidad, como la madurez artística de Ellis demuestra, el éxito era el modo más coherente y certero, para un sujeto privilegiado como él, de conquistar aún más espacios de lujo y fama y riqueza fustigando de cara a la galería la falta de valores y la mediocridad de ese mundo adinerado. A juzgar por el caso Ellis, desnudar vicios privados en público, exhibiendo a la par una fotogenia impecable en la promoción de los libros, se revelaría, desde luego, como una estrategia publicitaria infalible para incrementar el patrimonio y las relaciones exclusivas.

5. En esa perversa relación con su clase de origen, esa “doblez” de Ellis, éste se mostraría como un heredero singular de Sade. Sí, Sade. No la cantante, no, sino el infame aristócrata que pintó los vicios más acreditados del estamento nobiliario con los colores más chillones del infierno. Y es que Ellis, como un Sade sonriente y malicioso de la “Generación X”, destaca también por su estilizada e ingeniosa manera de abordar la violencia y la crueldad como lógica corrupta de las relaciones de poder en el interior de un determinado medio social. Pero Ellis, como no podía ser menos, es un avanzado hijo de su tiempo y sabe que los colores del “infierno” deben adaptarse a las modas de temporada y adquirirse en lujosas tiendas de Melrose o Westwood o Wilshire y, si se prefiere “customizarlos” para que nadie más pueda presumir ni disfrutar de sus texturas y tonos, contratar a un decorador artístico que los diseñe e instale mientras uno toma el sol en la playa de Malibu o al borde de la piscina en una villa de Beverly Hills o Palm Springs, o participa en la enésima fiesta de estreno cinematográfico con estrellas o la inauguración de una sonada exposición en una galería selecta o una discoteca VIP en Nueva York. Si Ellis, en suma, no estuviera enamorado, a la manera distante y cínica del precursor Andy Warhol, de ese “infierno” estupefaciente y decorativo en el que vive, no podría comunicarnos con tanta persuasión como insolencia las razones más entrañables para odiarlo.

6. La grandeza de la literatura de Ellis, por tanto, es inversamente proporcional a la simpatía que pueda suscitar la personalidad de su autor. Así que la ambigüedad de su gesto, esa frialdad mundana o esa negatividad aséptica con que los narradores de Ellis seducen y asquean al lector arrastrándolo a su mundo de obsesiones y fascinaciones banales, belleza y abyección, glamour y horror, paranoia y estupor, constituye uno de los indudables encantos de sus novelas. Sería imposible escribir sobre la celebridad y la fama y las apoteósicas imágenes que las difunden por todos los medios con la artificiosa naturalidad y el desbordante realismo de síntesis con que Ellis lo hace en todas sus novelas sin conocer íntimamente cómo se urden a diario sus orgías publicitarias y cuál es el código maestro con que ese mundo suele regular el juego promocional de sus rutinas, negocios y placeres. En «Lunar Park» se expresa esto con una lucidez devastadora: “La celebridad era una vida vivida en clave –un lugar donde tienes que descifrar constantemente lo que la gente quería de ti, donde el terreno era resbaladizo y un mundo donde finalmente siempre has tomado la decisión equivocada”.

7. El designio principal de su paradójico proyecto literario consiste, de ese modo, en sostener una estética narrativa próxima al realismo en un período histórico donde la vida y la cultura, como ilustra «Glamourama», se han vuelto enteramente mediáticas y espectaculares. En este contexto, la narrativa de Ellis funciona como fármaco de doble acción. Podrá intoxicar, sin duda, a las víctimas compulsivas de la moda y el famoseo, o a los que sueñan con convertirse en protagonistas de la sociedad del espectáculo, deseosos de perseverar en sus carreras hacia el estrellato definitivo. A todos los demás, parias que padecen las secuelas de vivir esta vida mediagénica sin escapatoria aparente, les aportará la dosis mínima de venganza y desengaño con que consolarse por un tiempo de no ser ni tan ricos ni tan guapos en un mundo que idolatra a los que sí lo son. Es la ley del medio mayoritario. La que tiene enganchada a la clase media a falta de mitologías más creíbles.

7 comentarios:

Ar Lor dijo...

¡Buen artículo!

Explorador dijo...

Personalmente, "American Psycho" me parece muy aburrida, un catálogo de escándalos muy bien estructurado para poder vender mucho. Por ese lado le aplaudo. Pero creo que esa novela no va más allá de...nada, ni refleja nada. O al menos, yo no supe verlo.

Un saludo.

Francisco Machuca dijo...

Suelo leer de todo.Desde los clásicos (todos los géneros)a mi admirado George Simenon,etc.Pero también necesito leer a una serie de autores que me dicen en un par de páginas lo que realmente quiero leer.Ellis,Houellebecq,Beigbeder,Bukowski,Baltherme,Palahniuk,Vonnegut,Brautigan,George Saunders,Baudrillard,E.M.Cioran.Y debo reconoce,a riesgo de que me cuelguen,que también he disfrutado de la lectura del libro Diós los cria...de Boadella y Sánchez Dragó.Puedes o no estar de acuerdo,puede que no te guste estos autores,pero su lectura no deja indiferente.Hay que estar abierto a todo y razonar fuera de toda ideología,creencia y tribu.
Por cierto,me olvidé de citar a Celine y su Viaje al fin de la noche.
Creo que usted me entenderá a lo que me refiero.
Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

¡Cómo de cerca y de reales
están y son los días que vendrán!
¡De qué manera tan teatral se dan
en la penumbra que sí vive,
y sí se muestra, y sí es, siempre, fiel!
¡Cómo calla lo indecible ante
la firme convicción del rumbo
atado entre los centros claros
que formula el tiempo, experto,
agotando el presente ya disperso!...

Hay momentos que no pertenecen a
nadie,
que juegan extraviados en los parques que fueron o serán
pero que nunca son por un instante;
que nunca serán capaces
de acogerse al ritmo impuesto
por el tajante deseo
de las brumas de algún cielo;
que nunca serán dueños de sus juegos,
ni de aquellos que los bañan con su estar...

Hay una brecha en cada tiempo,
una caverna honda y hueca
donde respiran las cansadas voces
que retumban, que retumban;
y que son, siempre, las que funden,
con el calor de los infiernos,
la distancia entre lo que fue,
es y nunca jamás será.

Eduardo dijo...

Al contrario que a Explorador, me resulta imposible leer American Psycho como un simple catálogo de escabrosidades. Opino que si el único propósito de BEE hubiese sido el de ofrecer carnaza al personal se hubiera ahorrado buena parte del catálogo de moda (tedioso en su exhaustividad) y hubiera ofrecido sangre desde el principio (si mal no recuerdo, la primera muerte no llega hasta aproximadamente la mitad de la novela). Imagino que un lector ávido de morbo debería sentirse decepcionado ante las incoherencias de una trama que nos invitan pensar que el narrador no es totalmente fiable. Y me sorprende lo desapercibido que suele pasar el mucho humor (el concierto de U2, Tom Cruise en el ascensor, las críticas musicales) que rezuma el texto.

Jesus Andres dijo...

Estupenda serie de artículos.
Al nombrar la movida de los ochenta me he imaginado a Bret como Fabio, taladrado de placer. Y con esos desdobles, veo también a Bret con el taladro en la mano y a Bret dirigiendo la escena.
Una conexión que no había imaginado.
Sin embargo ese phsyco-momento de "¿lo llevas puesto?" es totalmente ochentero-español. No había caído.

Saludos

René López Villamar dijo...

Me tomó un tiempo hacerme a la idea de Bret Easton Ellis como literatura. Leí American Psycho muy joven, en una edición baratísima de bolsillo y nunca se me ocurrió considerarlo nada más que "un catálogo de escándalos" como dice Explorador.

No fue sino hasta Lunar Park (que no recibe suficiente amor en la votación) que me di cuenta de lo que Ellis estaba haciendo. Como muchas de las mejores novelas, las de Ellis tienen ese extraño efecto de co-locación, en las que es posible mirar sólo la superficie o moverse un poco y ver una realidad subyacente.

Ha sido excelente esta serie de notas.