
[La primera proyección de cine sobre una pantalla la realizaron los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895. 89 años después, el 28 de diciembre de 1984, moría Sam Peckinpah. No es casualidad. El cine nació para corromper la inocencia del espectador y hacerle creer, hasta la siguiente proyección, que permanece intacta.]
Porque ya no hay en absoluto acción grandiosa, aun si el héroe ha conservado extraordinarias cualidades técnicas. En ultima instancia, forma parte de esos losers que Peckinpah presenta: «No tienen ninguna fachada, no les queda ya una sola ilusión, representan la aventura desinteresada, aquella de la que no se saca ningún provecho salvo la pura satisfacción de seguir viviendo». Nada conservan del sueño americano, sólo han conservado la vida pero, en cada instante crítico, la situación que su acción suscita puede volverse contra ellos y hacerles perder esto único que les quedaba…En Peckinpah ya no hay un medio, un Oeste, sino Oestes, incluidos Oestes con camellos, Oestes con chinos, es decir conjuntos de lugares, hombres y costumbres que «cambian y se eliminan» en el mismo film.
Gilles Deleuze
His preoccupation with the omnipresence of violence and the ambivalence of morality made for complex characters, never sure of their identity or their moral standing. But there was nothing ambiguous about Peckinpah’s own view of man as an ignoble beast, though many questioned his insistence that the gratuitous gore in his films was in truth an expression of the director’s quest for a better world.
Ephraim Katz
La “huida” empezó en Fresno (California) el 21 de febrero de 1925 y acabó bruscamente en Los Ángeles el 28 de diciembre de 1984, hace hoy 25 años. David Samuel Peckinpah, uno de los imprescindibles del cine americano, murió como vivió, a punto de correrse otra juerga descomunal en México mientras esperaba o, más bien, desesperaba de volver a rodar una última película que le devolviera el esplendor y la celebridad de antaño. El “maldito Sam” (Bloody Sam), como se le conocía en la industria por su temperamento etílico, adictivo, problemático e intransigente, fue junto con Orson Welles el gran director americano de montaje, un heredero de la técnica prodigiosa del cine soviético para desmontar la tediosa inercia de la realidad y transmutarla en arte en movimiento.
El western era el género idóneo para llevar a cabo la experimentación narrativa y visual que fascinaba al talento carismático de Peckinpah. Con la turbulencia revolucionaria de Eisenstein, Peckinpah organizó sus mejores películas en torno a dos principios básicos: el cine es la violencia hecha a la realidad veinticuatro veces por segundo y la homonimia inglesa entre “filmar” y “disparar” transforma toda cámara en una máquina ambivalente de creación y destrucción. El plano postrero de Quiero la cabeza de Alfredo García (el cañón del arma acribillando en primer plano al espectador desprevenido) es antológico como réplica destructiva al trabajo constructivo de la cámara o el proyector y hace de este film híbrido uno de los experimentos más radicales de la historia y un paradigma del disolvente ideario cinematográfico de su autor.
Los westerns terminales de Peckinpah expresaron mediante el exceso figurativo la decadencia del sueño americano, la clausura de la frontera del Oeste como imposibilidad de huida de un mundo asfixiante y el fin de la creencia en el destino manifiesto, la supremacía blanca y la expansión imperialista ilimitada. Sus aportaciones al género eran poderosas, según Paul Schrader, porque procedían de “las entrañas de América y de un hombre que trataba de sacar a América de sus entrañas”. Pero no eran películas entrañables, precisamente, sino retratos viscerales de la virulenta descomposición de un mundo, tanto el Oeste histórico como el Hollywood clásico o la conflictiva América de su tiempo. De ahí que su agenda política, siendo inequívocamente demócrata, pareciera a menudo nihilista o cínica. En su cine, la entrevista imposibilidad de la utopía se resolvía, conforme a las leyes de la dialéctica, con la mutua anulación de los bandos contendientes, como muestra el desenlace desolador de Grupo salvaje, su obra maestra indiscutible y una de las grandes películas americanas de todos los tiempos.
Peckinpah abordó en cada una de estas películas la tarea creativa de fijar fugazmente el negativo genérico del western, su liquidación o deconstrucción inapelable (también de otros géneros canónicos y su puñado de valores asociados, como muestran los desmontajes espectaculares de la política y la ética del thriller, el heroísmo del film bélico o el romanticismo nostálgico de la road-movie cifrados en Perros de paja, La huida, La cruz de hierro y Convoy, entre otras obras irrepetibles). Su arte narrativo consistía en un sistema de préstamos e inversiones que le permitía rodar Duelo en la Alta Sierra, Major Dundee o Grupo Salvaje como parodias corrosivas y estilizadas de los valores y maneras de los westerns de Hawks, Walsh, Ford, Boeticher o Mann, y La balada de Cable Hogue y Pat Garrett & Billy el Niño como una subversión paródica de la parodia, una refinada venganza del descendiente más disidente de estos maestros americanos contra la caricatura estética del “spaghetti-western” de Leone e famiglia. Ningún western posterior a éstos podría ser, por tanto, otra cosa que un sucedáneo, un simulacro sin sustrato ni sustancia (con la excepción de La puerta del cielo de Michael Cimino, el mayor western post-Peckinpah).
Y es que el Oeste de Peckinpah, a pesar de las apariencias, no provenía de los estereotipos de la novela barata. El aliento tragicómico de sus “neowesterns” (Deleuze) venía de la gran literatura de Poe, Melville, Bierce, Faulkner o Hemingway, autores con quienes compartía la predilección por una narrativa viril concebida de modo extremo como aventura transgresora y autodestructiva en los límites de lo representable. O Cormac McCarthy, su homólogo absoluto, que en Meridiano de sangre, publicada el año siguiente a su muerte, rindió a Peckinpah el mejor homenaje póstumo imaginable: restituirle a la crónica verbal de la conquista del espacio americano la violencia bíblica y shakesperiana que correspondía desde siempre a esa gesta sanguinaria.

