domingo, 28 de junio de 2009

MILAN KUNDERA (1): El país de la inteligencia


Después de publicar este espléndido ensayo (Un encuentro, Tusquets, 2009), Milan Kundera cumplía ochenta años. No es casual que algo antes se viera envuelto en un estúpido escándalo con el que los calumniadores de siempre intentaban desprestigiarle una vez más. Todo esto parecería una conspiración del azar para imponer al escritor octogenario la necesidad de hacer balance. Un pretexto para saldar cuentas con la vida, como testigo excepcional de la fallida experiencia comunista en la que participó con el corazón y la cabeza, como atestiguan muchas de estas páginas, antes de desengañarse de la utopía y su poder de transformación falaz de la realidad. Y celebrar, en contraposición, el potencial de la literatura y el arte como medios supremos con que cuentan los individuos y las sociedades para comprender su incierto devenir o su traumática historia.

El epígrafe del libro ya avisa del programa con que fue concebido: recuerdos y reflexiones, sí, pero también viejos temas y, sobre todo, viejos amores. Que nadie se llame a engaño: los “amores” a que se refiere Kundera en esta ocasión no son aquellos que dominan su narrativa desde La broma o El libro de los amores ridículos, y que hacen de él un maestro de la lucidez sexual (como lo calificó el crítico y escritor Guy Scarpetta en sus magníficas Variations sur l´erotisme), sino artistas y escritores amados y admirados. La lista es tan selectiva como sorprendente: Francis Bacon, Hermann Broch, Louis Ferdinand Céline, Federico Fellini, Anatole France, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Gustav Janacek, Danilo Kis, Curzio Malaparte, François Rabelais, Arnold Schönberg, Josef Skvorecky, Iannis Xenakis, entre muchos otros.

Kundera había probado ya que para componer una novela el modelo de organización musical era el idóneo. Aquí, más que en ninguno de sus ensayos anteriores, vuelve a demostrar que un novelista es, antes que nada, un compositor: un arquitecto de la forma, un diseñador meticuloso y eficaz que persigue la armonía y la disonancia de los motivos, con independencia de que éstos se expresen a través de personajes y situaciones o sólo conceptos y reflexiones. Así, los nueve apartados del libro van declinando las obsesiones de Kundera (el devastador paso del tiempo, la aceleración de la historia, la descomposición de un mundo, las tergiversaciones de la memoria, el ocaso de la cultura, la dimensión estética de la novela, la indiferencia al arte como síntoma de nuestro tiempo tecnocrático, el cuerpo humano reducido a su desnudez existencial) y combinándolas entre sí con extrema precisión hasta producir un cuadro desolador del mundo contemporáneo observado por un octogenario desengañado y escéptico.

Ya desde el lacónico título, la metáfora del encuentro preside esta constelación de temas y variaciones: un encuentro virtual de artistas, de escritores, de músicos, y también de espectadores, oyentes y lectores. Una comunidad transnacional organizada en torno de la inteligencia y la sensibilidad, y enfrentada al mal cultural de las sociedades más avanzadas: el creciente desprecio por la forma estética (como revela la entrevista con Scarpetta a propósito de Rabelais). Hay dos “encuentros” en el libro que sintetizan este espíritu de complicidad artística y lo transforman en una fiesta multicultural. El encuentro, en primer lugar, con la cultura francófona antillana a través de la evocación vivaz de los escritores Aimé Cesaire, René Depestre y Patrick Chamoiseau así como del pintor Ernest Breleur. Y, en segundo lugar, aún más significativo, el encuentro con la literatura hispanoamericana a través de la memoria compartida del barroco “que vuelve a un escritor hipersensible a la seducción de la imaginación fantástica, feérica, onírica”.

En cualquier caso, dos de los motivos más recurrentes del libro mantendrían una conexión paradójica: de una parte, un mundo donde se ríe y sonríe todo el tiempo, como por obligación, pero donde nadie parece mostrar el más mínimo sentido del humor. Y, de otra, la importancia cognitiva de la novela o la “archi-novela”, como dice Kundera: el dispositivo inteligente capaz de alterar desde la ficción las representaciones de la realidad y explorar sin prejuicios las potencialidades de la vida individual. Frente al envarado estado de cosas del presente, la ficción narrativa supone la expresión más provocativa de la falta de seriedad y trascendencia de la experiencia humana, con “la omnipresencia del humor” como factor de neutralización de los valores corrientes y las visiones convencionales del mundo. Esta sería, en suma, la cualidad novelística por excelencia para Kundera: “la inoportuna libertad de la mirada, la inoportuna libertad de la ironía”.

En este sentido, la reflexión de Kundera sobre el humor de las novelas de su compatriota Skvorecky es de una pertinencia absoluta respecto al uso del humor en la literatura de cualquier época: “es el humor de los que están lejos del poder, no pretenden el poder y conciben la Historia como una vieja bruja ciega cuyos veredictos morales les hacen reír”.

MILAN KUNDERA (2): El arte de no-velar

A los que no creemos en otras entelequias distintas de las que pueblan las páginas de las novelas, bien poco puede importarnos qué líder vaticano ha muerto y qué otro le ha sucedido al frente de la corporación ecuménica. Felizmente, nuestro pontífice más aguerrido sigue vivo y dando guerra. Se llama Milan Kundera y este libro (El telón. Ensayo en siete partes; Tusquets, 2005), tras El arte de la novela (Tusquets, 1987) y Los testamentos traicionados (Tusquets, 1994), es su tercera encíclica doctrinal: un contundente alegato contra las perversiones intelectuales y estéticas de nuestro descerebrado tiempo. Pese a las apariencias, este pontífice lúcido y exigente no promete a sus “fieles” otro cielo que el de la inteligencia del mundo y la vida terrestre y otro infierno que el de la estupidez, la rutina y la vulgaridad, aunque para afirmar esta verdad radical no necesite ningún tribunal eclesiástico ni congregación inquisitorial alguna. La prosa suprema de la novela, remacha Kundera, invita a distanciarse de la prosopopeya religiosa, moral o política que tergiversa, con su dogmático discurso, la complejidad y el sentido tragicómico de la existencia humana.

En efecto, la novela es el “evangelio” agnóstico por excelencia y la novela del siglo XX, en particular, su forma consumada y definitiva, con Joyce, Kafka, Broch, Proust, Musil o Gombrowicz como apóstoles de su poder de subversión y ridiculización de las ideas preconcebidas y los valores caducos y su arte de no velar el desgarrado telón de la realidad. Con el dominio del mercado, no obstante, el mal gusto generalizado ha pervertido esa función saludable del género e inventado anodinas formas de evasión y distracción que pretenden aturdir y consolar a sus consumidores insatisfechos o desorientados.

Ahora bien, la paradoja que Kundera formula como tesis central de su libro radica en su vinculación del valor estético de la novela con la conciencia histórica del género. Irónicamente, el arte de la novela postula su intemporalidad artística arraigándose fuertemente en la temporalidad de su función narrativa. Sólo así es pensable que Joyce sea contemporáneo de Cervantes y, al mismo tiempo, cada uno de ellos enuncie en su obra la “insignificancia” existencial de sus épocas respectivas. La segunda paradoja de Kundera, la más escandalosa para muchos, es geopolítica y consiste en extraer a cada novelista valioso de la tradición nacional en la que se le encierra, como en una jaula erudita, a fin de esterilizarlo de cara a la posteridad. Únicamente en el “gran contexto” o “territorio supranacional del arte”, razona Kundera, es posible calibrar con exactitud el valor estético y el alcance cognitivo de una obra novelística.

[Es lástima, en este sentido, que Kundera se empeñe en ignorar de nuevo las prodigiosas creaciones de la novela norteamericana (a excepción de Philip Roth) de los últimos treinta o cuarenta años, tan afines a sus postulados, tan embebidas de Cervantes, Rabelais y sus incontables discípulos europeos y latinoamericanos.]

La ironía devastadora, el humor corrosivo, la prosa atenta al devenir de lo real, la invención de formas innovadoras, una mirada penetrante y profana sobre la vida humana, la alta inteligencia de las situaciones y los sentimientos, una aguda sensibilidad sexual, la impertinencia moral y la incorrección hacia los valores sacralizados, son el cúmulo de cualidades que cualquier lector ha aprendido a apreciar en las novelas de Kundera y que distinguen, en suma, a la novela genuina del producto editorial más o menos adulterado. El arte de la novela, como expone Kundera admirablemente, “es la esfera privilegiada del análisis, de la lucidez, de la ironía”.

En este sentido, sigue siendo incomprensible (y una prueba de la degradación cultural vigente) que pueda haber todavía quienes, creyéndose inteligentes, desdeñen el género novelístico. Quizá se piense que esos tres atributos destacados (el análisis, la ironía, la lucidez, además del humor) son los enemigos principales del “alma” contemporánea, según el necio credo sostenido por los grandes enemigos actuales del “espíritu” de la novela (la corrección política, la regresión religiosa, la candidez biempensante, el tedio generalizado y el consumo ciego).

Por fortuna, Kundera no está solo en esta guerra cultural contra el desprestigio estético de la novela, lo acompañan numerosos novelistas que siguen dando testimonio elocuente de las inagotables posibilidades de un género cada vez más amenazado por la inercia editorial del mercado, la pereza estética e intelectual de los lectores y la crítica especializada y, sobre todo, el amordazamiento de los discursos y la conversión de la libertad de expresión en un valor formal por entero carente de sustancia.

lunes, 22 de junio de 2009

DAR EN LA DIANA


Muchos de los que conocen la obra anterior de Julián Ríos se habrán sorprendido al oírle presentar su nueva novela[i] señalando, como motivación de su escritura, a la Princesa de Gales, la popular estrella Diana del imaginario mediático, muerta en compañía de su amante Dodi Al-Fayed tras estrellarse en el túnel del Pont de l´Alma en París el 31 de agosto de 1997. [La sorpresa se atempera cuando uno recuerda el modo en que en Amores que atan se entremezclaba la jugosa reescritura de los grandes clásicos de la modernidad novelística con la búsqueda de la amada ausente en medio de un diluvio mediático de sucesos y anécdotas coetáneas. O el relato "Crucigrama" (Álbum de Babel), donde las experiencias eróticas del protagonista implicaban una búsqueda de sentido en la prosa efímera de los periódicos y la resolución irónica de un crucigrama sobre el tetragrámaton monoteísta.]

En Puente de Alma, el cuerpo y el alma de Diana, la princesa malograda del cuento de hadas, se hacen “carne de novela”, conforme a las concepciones de Ríos: el verbo literario como “resurrección de la carne”. No obstante, Ríos ha preferido esta vez ceder el control de la narración a su instinto fabulador y se muestra tan ingenioso en el manejo de esta red de historias (apócrifas o reales) que va urdiendo alrededor de la figura mitificada de Diana como antes con los juegos de palabras. Los retruécanos amplían aquí la retranca de su alcance humorístico y se transforman en larvados procedimientos narrativos, al estilo de sus maestros Lewis Carroll o Raymond Roussel.

De ese modo, el crucigrama estético de Ríos, ese modo exigente de ir ajustando en distintos niveles y planos de intersección las teselas del mosaico verbal a fin de crear una trama cruzada de sentidos, se consuma en la construcción en octaedro de esta sorprendente novela. El número cabalístico de capítulos, fundándose en la polisemia del verbo “contar”, es esencial a su propósito: en vertical, el ocho indica un entrelazado gráfico, reproduciendo el nudo traumático de la ficción; mientras en horizontal repite el bucle originario y lo amplifica al expresar su proyección al infinito. Esta reversibilidad novelística favorece la constitución de un dispositivo enciclopédico: una red capaz de contener toda la información necesaria, y, al mismo tiempo, funcionar como un mecanismo de relojería narrativa de altísima precisión.

La trama simétrica permitiría así calificarla de novela “redonda” y no sólo cíclica o periódica, por más que su composición musical vaya integrando elementos relacionados de manera tan recurrente como ocurrente. Y es que la novela comienza con el narrador de mil nombres recién instalado en una mansión sita en la Plaza de Alma, justo enfrente del puente homónimo sobre el Sena, la fatídica noche en que asiste por azar al accidente mortal de la princesa, y concluye un año después, con su mudanza a una casa en las afueras, río abajo, en la ribera de los impresionistas donde vive Ríos.

Hay dos capítulos, en especial que me parecen sintetizar las cualidades literarias más sobresalientes del libro. En primer lugar, “Operación Dent”: un jeroglífico, tan brillante como enrevesado, donde se narra el encuentro con un americano de apodo indio (“Tipi”) intrigado por las circunstancias del sospechoso accidente. El desconocido de siglas alusivas se adivina que es Thomas Pynchon, cuyos poderes chamánicos como novelista creador de grandes redes conspirativas transnacionales son invocados por Ríos con el fin de enunciar la arriesgada tesis novelesca de que Diana enamorada y su amante egipcio fueron víctimas de una trama criminal ejecutada por pilotos profesionales (uno de ellos, “Nicky”, con su figura de jockey, su gorra sempiterna y su cara quemada, podría ser o no el corredor retirado Nicky Lauda). El capítulo es un homenaje a Pynchon, sin duda, por quien fue su primer editor español, pero el acierto al incorporarlo a esta novela urbana de misterios, epifanías y transmigraciones redunda en el doble guiño irónico con que Ríos presenta una versión “conspiranoica” del suceso sin necesidad de suscribirla. En segundo lugar, “Bonzo”, lograda variación temática sobre vidas paralelas y metempsicosis paradójicas, arranca con la conjetura fantástica de que Diana, nacida el mismo día de su muerte, era la reencarnación del Dr. Destouches, el escritor y médico más conocido como Louis Ferdinand Céline, uno de los mayores novelistas franceses del siglo XX.

Todo esto ya daría una idea de la audacia y libertad supremas con que Ríos ha escrito esta narración fabulosa que tiene como destinataria privilegiada a otra “Princesa” díscola, que sólo al final revelará su auténtica naturaleza, tan fugitiva y libre como la Diana Spencer que le presta el título y quizá el espíritu. Como se ve, en esta novela excepcional Ríos se las arregla para perpetrar, con materiales insólitos, un elogio transversal del cosmopolitismo, el arte y la cultura. Único medio de remediar la barbarie que late en el corazón delator de la ficción: la muerte de esta Diana deificada del mundo globalizado.


[i] Julián Ríos, Puente de Alma, Galaxia Gutenberg, 2009, pág. 373.

viernes, 19 de junio de 2009

HISTORIA NACIONAL DE LA INFAMIA



[Entresaco este fragmento de mi novela La fiesta del asno como respuesta al odio y al horror que hoy han vuelto a perpetrar su obra maestra en nombre de la infamia. La rabia y la indignación me hacen suscribir, a pesar de todo lo que no comparto en ellas, las intransigentes palabras pronunciadas por el “escritorzuelo” en el último párrafo, quizá porque empiezo a estar muy harto del cinismo, la ignorancia y la hipocresía que envuelven el así llamado "problema vasco". Este país se merece algo mejor.]


Ya era tarde, no obstante. Para cuando Gorka quiso interrumpir la frenética manipulación al oír entumecido los últimos argumentos del escritorzuelo, ya era demasiado tarde en realidad. Había derramado en vano su vivaz savia patriótica en el incómodo sofá de fabricación extranjera creyendo que el escritorzuelo abogaba por la independencia de su noble pueblo y de su pobre patria porque la amaba sin condiciones, con un profundo amor no correspondido, como el otro, el dramaturgo exiliado y repudiado, que se comprometía con la causa histórica de este pueblo sacrificado y este hermoso país de verdor imperecedero porque los amaba, por amor, por admiración, por respeto, por ese sentimiento de inferioridad saludable y creativa que debería tener todo no vasco ante uno que sí lo es, todo país que no lo es verdaderamente por el que sí tiene la más alta bendición de serlo completamente, inalterablemente. Por las siglas de los siglos y los siglos de las siglas…

Y era exactamente al contrario. Era en nombre del odio, en nombre del desprecio, en nombre del rechazo, en nombre del ridículo, en nombre del absurdo, en nombre de la hipocresía, en nombre de los intereses creados. Era entonces en nombre de todos estos odiosos conceptos, fácilmente traducibles a calificativos aún más odiosos u ofensivos, que según él definían a la perfección lo que allí estaba sucediendo, lo que allí se estaba consintiendo y alentando, la situación actual en ese país por el que sólo decía sentir repugnancia o vergüenza y asco, por lo que defendía la necesidad urgente de concederle la independencia total y la soberanía absoluta, no la libertad, afirmaba, esa no la tendrán nunca con esta gentuza criminal y sus métodos genocidas de forzar la convicción. Para librarnos de una vez de ellos y de sus necias tradiciones y arcaicas mentalidades. Nos sobran, francamente, con sus fantasiosas historietas de abuelete carlista y abuelita carolingia nos devuelven a todos a los conflictos y las historias del siglo pasado y de otros muy anteriores. Bastante hemos soportado ya de oscurantismo frailuno y nacionalista, bastante culto a la sangre, a la tierra y a la raza hemos padecido en todo el continente, y no sólo en esta miserable fracción, como para seguir padeciéndolos en nuestras carnes por culpa de estos descerebrados. La mayor parte una banda de niñatos impresentables, por otra parte, a los que sus cobardes y mediocres padres bien harían, en vez de mimarlos tanto, como a todos los jóvenes de este maldito mundo analfabeto y fanático, en zurrarles de vez en cuando en vez de aplaudirles tanto como subnormales cada vez que se cargan a un concejal o a un policía o ponen una bomba en un coche y aterrorizan a la población de cualquier ciudad. Que les den ya la independencia y nos dejen en paz, de una vez. Que se las arreglen ellos con su desastrosa historia y su desgraciada subcultura forestal. Nosotros no queremos volver a saber nada de vascos, vascones, vascuences o vascongados. Estoy harto de los pueblos elegidos, prefiero los de libre elección, como usted comprenderá. Allá se las compongan estos cavernícolas con sus monolitos reaccionarios…

lunes, 8 de junio de 2009

EL MONO GRÁFICO



1. Félix Romeo me pidió hace un par de semanas una relación de obras no traducidas pero imprescindibles y se publicó la semana pasada en ABCD (31-5), con motivo de la inauguración de la Feria del Libro de Madrid. Le envié esta lista de novelas extranjeras, que ahora presento completa, precedida del siguiente comentario:

La ausencia de todas estas novelas de primer nivel empobrece considerablemente nuestra oferta editorial y, lo que es peor, nuestra comprensión de las posibilidades estéticas de la ficción narrativa.

-House of Leaves (Mark Z. Danielewski)

-The Public Burning, The Adventures of Lucky Pierre, Pinochio in Venice (Robert Coover)
-JR (William Gaddis)
-The Tunnel (William Gass)
-Giles Goat-Boy (John Barth)
-The Broom of the System (David Foster Wallace)
-Toda la obra de William Vollman, pero en especial The Royal Family y You Brighten and Risen Angels.
-The Gold Bug Variations (Richard Powers)
-Une vie divine (Philippe Sollers)
-My Cousin, My Gastroenterologist (Mark Leyner)
-Manji (Svástika) (Junichiro Tanizaki)
-Toda la obra de Vladimir Sorokin, pero en especial Lëd (Ice).
-Cities of the Red Night (William Burroughs)
-Kaff auch Mare Crisium (Arno Schmidt)
-Snow White (Donald Barthelme)
-Ratner´s Star (Don DeLillo)
-Empire of the Senseless y Pussy, King of Pirates (Kathy Acker)
-Le Souffleur y Le Baphomet (Pierre Klossowski)
-Nuovo comento (Giorgio Manganelli)
-Les derniers jours de Corinthe (Alain Robbe-Grillet)
-Noir (K. W. Jeter)
-Zeroville y Arc D´X (Steve Erickson)

2. Como dedico una parte importante de mi vida de lector a leer novelas, un género por el que siento la mayor admiración, piensen lo que piensen los filisteos y positivistas que lo consideran indigno de una inteligencia que funciona (cuando es el arte que, como insiste Kundera, más representa “la esfera privilegiada del análisis, de la lucidez, de la ironía”, quizá por esto mismo), ofrezco una lista suplementaria de novelas que he leído hace poco o estoy leyendo aún:

-El rosa Tiepolo, Roberto Calasso (Anagrama): una espléndida novela-ensayo sobre el pintor que consumó el arte veneciano de la pintura; un monumento de erudición e inteligencia que aborda además los aspectos más recónditos de este artista inimitable como son sus grabados y "caprichos" gráficos, que tanto influyeron en Goya. Calasso sabe punzar los secretos artísticos de un pintor sin apenas biografía indagando en la deslumbrante superficie de los cuadros y frescos: el código de los colores y las tonalidades y la potente figuración de personajes femeninos y masculinos, escenas de mitología grecorromana y bíblica, para ofrecer finalmente un cuadro universal tragicómico y un punto libertino de la historia humana. Una magnífica muestra del mejor humanismo en la era de su desmantelamiento social, cultural y educativo.

-Tierras de poniente, J. M. Coetzee (Mondadori): la primera novela de uno de los grandes narradores actuales, un curioso experimento con dos partes: una ambientada en la guerra de Vietnam y otra en la Sudáfrica colonial del siglo XVIII, con la curiosidad añadida de ver a Coetzee bailando de una a otra suspendido de un hilo delicado, el que lo convierte en un autor retirado y el que lo une a un antepasado genocida. Con Esperando a los bárbaros conformaría un díptico imprescindible sobre el horror y la ambigüedad de la conducta humana enfrentada al horror y el poder que lo produce.

-Puente de Alma, Julián Ríos (Galaxia Gutenberg): un exquisito mecanismo de relojería narrativa que funciona orbitando en torno de la muerte traumática de Diana de Gales; probablemente la mejor novela de su autor después de Larva. (En breve, escribiré sobre esta maravillosa y originalísima novela más en extenso.)

-Stradivarius Rex, Román Piña (Sloper): la primera novela picaresca de la sociedad del espectáculo y la opulencia, un divertido juego con los componentes tradicionales de la narración al servicio de una sátira mordaz de nuestro tiempo escrita por un narrador saltimbanqui y burlón. El primer capítulo (una parodia de un día decisivo en la vida de Bill Clinton, con Mónica Lewinsky y Al Gore como adláteres de lujo y lujuria de su desternillante voluntad de poder) ya merecería estar en cualquier antología, sea o no sobre el humor.

-Zona, Mathias Enard (La otra orilla): una aventura panorámica sobre la escritura como modo de vida para atravesar el tiempo y el espacio, la geografía y la historia, los dilemas de la identidad individual y colectiva en relación con todo ello. Una narración suntuosa e innovadora a la altura de lo mejor de Vollmann, uno de los maestros reconocidos de Enard. (Tuve el placer de descubrir y apostar por su primera novela, La perfección del tiro, hace ya cinco años; con lo que la deslumbrante lectura de esta tercera novela supone la confirmación de su estatura narrativa y hace esperar las próximas con grandes expectativas.)

-Intente usar otras palabras, Germán Sierra (Mondadori): una novela tan inteligente como sarcástica, con una lucidez cegadora a la hora de analizar los procesos de la identidad individual en el entorno de la sociedad de consumo y la fama mediática. La consumación del proyecto narrativo de su autor: junto con El espacio aparentemente perdido, La felicidad no da el dinero y Efectos secundarios, Sierra crea la tetralogía que marca para la novela española la transición del siglo XX al XXI.

-Manji (Svástika), Junichiro Tanizaki (Folio; inédita en español): una bellísima historia de amor entre dos mujeres que es, al mismo tiempo, una reflexión sobre el arte narrativo, una lección estética sobre el poder de la belleza, el erotismo y el arte y una desoladora visión de la existencia humana en sociedad por uno de los más grandes escritores del siglo XX y uno de los grandes exploradores literarios de la Psycopathia Sexualis del Japón de todas las épocas. (Yasuzo Masumura, el gran director japonés tan poco conocido, hizo una versión magistral en los años sesenta, de una fidelidad licenciosa y un erotismo de lo más refinado.)

-Bouvard y Pécuchet, Gustave Flaubert (Mondadori): quizá la novela decimonónica menos decimonónica y, por tanto, más influyente en el siglo XX. Sin esta novela sobre el único infinito del que no se ocupan los científicos (la estupidez o tontería humana) ni el Ulises de Joyce (como viera de modo pionero Ezra Pound) ni El hombre sin atributos de Musil ni Pálido fuego de Nabokov ni ninguna de las grandes enciclopedias postmodernas europeas y americanas habrían existido. Salvo que alguna mutación impredecible lo remedie, la estupidez humana proseguirá durante el siglo XXI, sin alteraciones significativas, su progresión milenaria hacia las estrellas y más allá, el transfinito del conocimiento y la técnica. Y la novela como género, digan lo que digan los agoreros, estará ahí para contarlo y esta memorable novela de Flaubert, en particular, seguirá siendo el precursor insuperable.

Y, para envolver el conjunto con la reflexión más adecuada: Un encuentro, Milan Kundera (Tusquets). El cuarto tratado o "encíclica" sobre el arte novelístico del pontífice checo. Una lectura imprescindible por su inteligencia y conocimiento de los fundamentos del género de géneros: “Sólo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve insustituible: hace de él el centro de todo”.

PD: Los filisteos y positivistas desacreditados más arriba por su relación negativa con el género novelístico admiten una objeción más: su desprecio a la práctica de la novela nace de su confusión entre la mayoría de libros que aparecen bajo esa etiqueta, y no son otra cosa que sucedáneos o engañabobos narrativos, y los happy few o minoría feliz que anualmente dignifica y multiplica el potencial cognitivo y estético de la novela (supremo género literario que alcanza a sondear zonas de realidad donde ni el ensayo ni la poesía ni la ciencia ni el periodismo ni la filosofía saben acceder). Que nadie tome esto por lo que no es (una declaración de signo nacionalista o patriotero), pero me doy cuenta con sorpresa de que en el último año he leído muchas novelas de escritores españoles (algo no habitual en mis preferencias). Esto no se debe a otra cosa sino al magnífico momento de creatividad y expansión en la diversidad (todo lo contrario que el cine) que atraviesa la narrativa española. Me lo confirman algunos amigos extranjeros con entusiasmo. Espero que no sea otro espejismo de la voluntad...

3. Jesús Andrés, inspirado por un post mío sobre Batman, concibe esta espléndida imagen: una amalgama de trazos y colores, texturas, borrones, signos, garabatos y caligrafías que crean una dimensión estética inspirada quizá en los gestos pictóricos de Cy Twombly, Basquiat y Schnabel, pintores predilectos. La idea partió de un monólogo (el "Monólogo del Mutante") y acabó plasmando, acaso sin proponérselo, una de las máscaras más afines a ese monólogo incesante: la del Mono Gramático (Hanuman), recuperada por Octavio Paz de manera tan admirable. Con su escritura móvil, inestable, en curso, Andrés produce una novela gráfica que es el retrato instantáneo de un mono que monologa (un “ex-simio”, como el de Kafka) para una audiencia de necios y orates también "ex-simios". La división en dos de la superficie marca el “sectarismo” fingido (felix culpa!) del panfleto simiesco y de la recepción simulada de sus adversarios. O conmigo o contra mí, proclaman con coquetería unos y otros. Un símbolo grafitero me inquieta más que todo lo demás: esos genitales masculinos de difuso dibujo fulminados por el rayo colérico del verbo (una imagen potente de la castración quirúrgica implícita en todo proceso (vociferante) de escritura) mientras un pubis nada angelical sella con su verija triangular el intersticio o la frontera permeable entre los supuestos bandos en litigio. Un carnaval de simulacros: otra novela en marcha. La commedia è infinita!