
[Ha comenzado el Festival de Cannes, con bellísimo cartel en esta edición, por cierto (un atinado homenaje a Antonioni y a Monica Vitti y a
La aventura que protagonizaron, cada uno a un lado distinto de la cámara, de tanta validez en nuestro tiempo). La selección oficial a concurso está repleta de películas atractivas. Por desgracia, muchas no podremos verlas por las vías regulares y otras tendremos que esperar meses o años para poder verlas en salas, siguiendo los constipados métodos de exhibición y distribución a los que el público parece resignarse como a tantas otras cosas, mientras el Ministerio de Cultura parece poco preocupado por esta cuestión (no al menos tanto como por otras, siendo la difusión cultural mucho más importante que su rentabilidad o sus beneficios). Hay tantas películas de directores admirables que no sabría por dónde empezar: Haneke, Von Trier, Tarantino, Tsai Ming Liang, Johnnie To, Elia Suleiman, Gaspar Noé, Alain Resnais… De todos modos, me atrevo a apostar que será el año Almodóvar. No me ha gustado
Los abrazos rotos, lo digo de entrada, pero tengo la firme intuición de que ganará la Palma de Oro. Si me equivoco, apelaré a las mismas razones que todos los que no supieron prever la recesión a tiempo. El método ha sido patentado y está al alcance de todos. En cualquier caso, este es EL FESTIVAL, no hay otro como él, y si alguien quiere hacerse una idea de por dónde va el mundo y no sólo el cine no tiene más que informarse sobre las películas a concurso o las impresionantes secciones paralelas. Es una buena ocasión, aprovechando la flamante edición española del libro
La pantalla global de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, de abordar todas estas cuestiones.]
“La era hipermoderna ha transformado en profundidad la relevancia, el sentido, la superficie social y económica de la cultura. Ésta no puede ya ser considerada como una superestructura de signos, como el aroma y la decoración del mundo real: se ha convertido en un mundo, una cultura-mundo, la del tecnocapitalismo planetario, las industrias culturales, el consumismo total, los medios y las redes digitales. A través de la proliferación de los productos, las imágenes y la información, ha nacido una especie de hipercultura universal, la cual, trascendiendo las fronteras y borrando las antiguas dicotomías (economía/imaginario, real/virtual, producción/representación, marca/arte, cultura comercial/alta cultura), reconfigura el mundo en que vivimos y la civilización que viene”[1].
Ser expertos en medios de comunicación, esto recomendaba Susan Sontag hace años a los artistas y, en especial, a los escritores. Esta recomendación cabría extenderla hoy a todos los ciudadanos de las sociedades democráticas más desarrolladas. Parecería inadecuado vivir en un siglo tan mediático como éste y desconocer no ya el funcionamiento sino las secuelas de ese dominio determinante: “Con la era de la pantalla global, lo que está en proceso es una tremenda mutación cultural que afecta a crecientes aspectos de la creación e incluso de la propia existencia”, apuntan el sociólogo Lipovetsky y el crítico Serroy en este espléndido estudio[2] escrito a cuatro manos.
La alianza intelectual de estos acreditados autores[3] redunda en beneficio, precisamente, de dos de las cualidades más destacadas del mismo: una abundante y actualizada información sobre el régimen contemporáneo de lo visual y una intelección perspicaz de los contextos y los procesos sociales, tecnológicos y culturales en curso. El subtítulo, desde luego, lo dice todo: “Cultura mediática y cine en la era hipermoderna”[4].
El desarrollo ideológico del libro surge así de una constatación inapelable: el cine clásico o el moderno no tienen ya nada que decirnos sobre una era que se ha vuelto hipermoderna. En su lugar, desde los setenta y ochenta, aparece el hipercine, es decir, un modelo de narración espectacular en sintonía con la aceleración tecnológica, el exceso informativo y la hipertrofia de emociones y sensaciones, la complejidad vital y la agudizada conciencia del individuo en la sociedad del hiperconsumo. Las sugestivas tesis de La pantalla global logran iluminar al sesgo un mundo donde el cine, más que un arte o una forma de entretenimiento y evasión, se ha constituido en modo de configuración de la realidad (“en los tiempos hipermodernos, la vida acaba por imitar al cine”).
El cine es ahora mundial, según los autores, porque “construye una percepción del mundo”: “hoy más que nunca, el cine observa y expresa, según la perspectiva que le es propia, la marcha del mundo”[5]. Pero si “el mundo del siglo XXI es más cinematográfico que nunca” se debería a que ese mundo hipermoderno conoce una nueva cartografía de las relaciones, los acontecimientos, las experiencias, las modas y los intercambios que el aparato cinematográfico, por su avanzada tecnología y sus medios de producción cada vez más internacionalizados, está en mejores condiciones que ningún otro arte para mostrar en sincronía con su irrupción en la realidad[6]. En este sentido, dados los nuevos hábitos de consumo globalizado, un blockbuster de Hollywood como El caballero oscuro, Watchmen o Star Trek puede encerrar tanta verdad y tanta mentira sobre el presente como una película china, mejicana o tailandesa financiada con capital francés, americano, belga o japonés[7].
Pero el cine no está solo, ni es ya el medio dominante. Sus rivales más poderosos serían la televisión, como difusora de la publicidad[8] y productora de series innovadoras de éxito como Nip/Tuck o Perdidos y programas de telerrealidad; y, sobre todo, los videojuegos, con su manejo de espacios de ficción cada vez más complejos y atractivos donde el jugador se sumerge como personaje y no sólo como espectador. Y es que vivimos en un período cultural donde la necesidad de historias consumidas de manera pasiva está siendo superada por experiencias intensas de interacción y participación.
Así mismo, los modos de vida están mutando en profundidad. Cada individuo se vuelve protagonista hiperactivo de su experiencia y la de otros al grabar con cámaras de variable resolución momentos íntimos o episodios cotidianos que se incorporan después a la percepción colectiva a través de canales cada vez más universalizados como Internet. De modo que el hipercine, en opinión de estos autores, pasaría a ser también esta renovada dimensión mediática en que ingresarían las vidas individuales como consecuencia del narcisismo, el exhibicionismo o el voyeurismo generalizados y la expansión de la alta tecnología de (re)producción de imágenes[9]. Partiendo, además, de la idea de que en la era hipermoderna “la relación con el mundo es crecientemente estética”[10].
En suma: la proliferación de pantallas a medida que avance el siglo será tan asombrosa y multiforme como su contenido audiovisual. Guste o no a ciertos gurús de la opinión tradicional, lo que está cada vez más claro es que la realidad futura, virtual o no, será como el cine del futuro. La predicción final de Lipovetsky y Serroy nos condena, sin embargo, a la incertidumbre sobre el género cinematográfico al que se adscribirá esa realidad inconcebible: “se acabó la película de catástrofes, se acabó el happy end”.
[1] Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La Culture-monde. Réponse à une société désorientée, Odile Jacob, París, 2008 (la traducción es mía). [Este es el punto de partida de cualquier reflexión contemporánea sobre la cultura que quiera decir algo sobre lo que (nos) está pasando y no consolarse con los tópicos de un humanismo ya más que decrépito. Por esto pongo esta cita en exergo, a pesar de proceder de un libro posterior de los mismos autores, para enmarcar la reflexión.]
[2] Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La pantalla global (trad. Antonio Prometeo-Moya), Anagrama, 2009.
[3] Jean Serroy, el menos conocido de los dos, es profesor de literatura y especialista en novela y teatro del barroco francés, además de crítico de cine en varios medios. Su obra de referencia sobre cine es su voluminoso libro Entre deux siécles. 20 ans de cinéma contemporain, publicado en 2006 por Editions de La Martinière. Por fortuna lo tengo en mi biblioteca y lo consulto a diario por la inmensa cantidad de información que contiene, pues además de una introducción sobre la evolución del cine en los últimos dos decenios, incluye un diccionario onomástico de más de setecientas páginas de directores de cine significativos de ese período y análisis de algunas de sus cintas representativas. J. J. Abrams, que debutó en 2006, precisamente, no aparece, como tampoco Takashi Miike o Ulrich Seidl, pero sí la mayoría de los cineastas relevantes de cualquier país o continente, desde Haneke, Kiyoshi Kurosawa y Ozon a Weerasethakul o Tsai Ming Liang, desde Snyder, Jonze y Nolan a Denis, Assayas y Sokurov, etc. Entre los españoles, si no me equivoco, aparecen sólo Almodóvar, De La Iglesia, Medem y Bollaín, y entre los latinoamericanos, sin embargo, con la excepción de Cuarón, la representación de los más renovadores es bastante exhaustiva, sobre todo de argentinos y mejicanos: Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Lisandro Alonso, Carlos Reygadas, González Iñarritu, etc.
[4] El concepto de era hipermoderna usado por los autores en lugar de “postmoderna” queda perfectamente encuadrado con el enunciado de los cuatro factores o “principios organizadores” que la determinarían: “la tecnociencia, el mercado, la democracia, el individuo”. Hipermoderna en vez de postmoderna puede ser discutible como categoría cronológica, es cierto, excepto cuando se lee una explicación como ésta: “De la era del vacío hemos pasado a la era de la saturación, de la demasía, de lo superlativo en todo”. La convicción de los autores es que esta sociedad o civilización no habría superado la modernidad sino que, ya instalada de pleno en ella, estaría expandiendo su experiencia, ensanchando ámbitos sociales, geográficos y personales de aplicación de sus conquistas y logros.
[5] En este sentido, no hay película que dé una percepción global del mundo contemporáneo, o produzca una imagen de la globalización mundial, como The World (2004), de Jia Zhang-ke, una cima de lo que con Jameson podría denominarse, complementando a Lipovetsky y Serroy, una estética geopolítica del cine (todo el fascinante cine de este director chino participa de este ensanchamiento de las fronteras genéricas, en Still Life, por ejemplo, recurría a todos los registros del realismo, desde el neorrealismo y el hiperrealismo al surrealismo, para dar cuenta de la experiencia de transformación total que atraviesa su país, con todos los problemas con las autoridades chinas que cabe imaginar). La pregunta consiguiente sería saber si se podría pensar en una estética similar aplicada a la novela. Quizá este género, por derivaciones debidas al mercado nacional, a los diversos mercados nacionales, y a otros factores culturales de ámbito local, haya terminado encerrándose, con las excepciones de rigor, en narrativas demasiado apegadas al país o región de origen de cada autor. En este sentido, Infinite Jest, de David Foster Wallace, representaría una vez más el paradigma para este nuevo siglo de una (hiper)novela concebida con una estética geopolítica, aunque sea paródica.
[6] “Lo que nos pone delante el cine no es sólo otro mundo, el mundo de los sueños y de la irrealidad, sino nuestro propio mundo, que se ha vuelto una mezcla de imagen-cine, una realidad extracinematográfica vertida en el molde de lo imaginario cinematográfico”.
[7] En gran parte, el cine asiático más aplaudido en Europa se financia con capital europeo (francés, sobre todo). Ejemplo relevante de esta situación lo constituye la selección oficial de este año en el festival de Cannes: la mayoría de las películas a concurso corresponden a directores reconocidos y han sido rodadas en condiciones de co-producción entre distintos países de Europa y Asia y, en ocasiones, Estados Unidos. Casos especialmente significativos: de una parte, Vengeance, la nueva película del hongkonés Johnnie To, nuevo fetiche de la cinefilia europea, producida con un importante apoyo francés y norteamericano y protagonizada, en un malicioso guiño nacional, por Johnny Hallyday; de otra, la nueva película del taiwanés de origen malayo Tsai Ming-Liang, Visage (Face) producida a cuatro bandas por Francia, Bélgica, Holanda y Taiwan con un reparto encabezado por Fanny Ardant, Laetitia Casta y Jean-Pierre Leaud. Más de la mitad de las películas participan de este régimen de coproducción globalizado, con la excepción, curiosamente, de las películas españolas (Almodóvar y Coixet) y francesas (Resnais, Audiard y Giannoli), una italiana (Bellochio), una americana (Ang Lee), una inglesa (Andrea Arnold) y otra coreana (Park Chan-Wook). Ni el americano Tarantino, que comparte financiación con Alemania, ni el palestino Suleiman, que dirige una coproducción francesa, belga, italiana y británica, ni siquiera la representante filipina, Kinatay, de Brillante Mendoza, autor el año pasado de la impresionante Serbis (2008), pueden librarse de la financiación internacional (en este último caso, francesa). De hecho el cine filipino es, actualmente, uno de los más creativos de toda Asia y, al mismo tiempo, uno de los más incisivos en la realidad política y la complicada historia colonial de su país, como demuestra el líder de su renovación, Raya Martin, con películas espléndidas como Autohystoria (2003), A Short Film About The Indio Nacional (2005) y Now Showing (2008), pero no podría sobrevivir sin el régimen de coproducción que le aporta la financiación y la distribución mundial que necesita.
[8] Para entrar en la polémica sobre la financiación de la televisión pública por una puerta lateral: ¿estamos seguros de que queremos una televisión sin publicidad? ¿Somos masoquistas? No sólo parecemos dispuestos a privarnos de uno de los grandes placeres audiovisuales que proporcionan las televisiones generalistas, sino que permitimos con ello que se abra la puerta a formas de financiación comercial que escapan a nuestro control y, de un modo u otro, acabarán repercutiendo en nuestros bolsillos. Sinceramente, no entiendo qué problemas tiene la gente con la publicidad, si muchas veces es lo único que merece la pena ver en televisión, lo que se inserta entre segmento de programa y segmento de programa. Vale la pena, para comprender la poesía de la publicidad, además de revisar a Baudrillard, leer el flamante libro de Agustín Fernández Mallo, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma (Anagrama, 2009; Finalista del Premio Anagrama de Ensayo), cuya única pega, si cabe ponerle alguna, es su centramiento exclusivo en el mundo de la poesía y su exclusión de lo novelístico como categoría quizá antagónica. ¿Y si, finalmente, lo "postpoético" no estuviera en la poesía sino en la narración en prosa, relato o novela? Tal vez habría que entender así la creación del ciclo “Nocilla”, como una superación estética de los límites de la poesía, medio quizá inadecuado para afrontar la complejidad del mundo contemporáneo.
[9] Con reflexiones de este calado foucaultiano: “Nueva relación con las imágenes que expresa, en el dominio cultural, el paso de un individualismo disciplinario a un individualismo de tipo expresivo”.
[10] Es en esto donde algunas tesis del libro, dando una idea expandida de lo contemporáneo, coinciden con planteamientos culturales y estéticos afterpop como los de Eloy Fernández Porta en Homo Sampler: “la alusión, el guiño, la cita, todo lo que destaca a modo de metalenguaje o de metarrepresentación se alzan como tendencia fundamental del hipercine”; “la comicidad…viene de la desviación cool de los signos mediático-culturales; de la yuxtaposición disparatada de series de sentido heterogéneas”; “el principio de placer exaltado por la sociedad de hiperconsumo es responsable del júbilo del segundo nivel, de los recuerdos indirectos, de la mezcla irónica de diferentes elementos de la cultura mediática”; “con la hipermodernidad individualista triunfan la libertad de mezcla en todos los sentidos”; etc. Es evidente que Tarantino y los Coen serían los máximos exponentes de este tipo de procedimiento creativo en el cine.