
1. “La sociedad posmoderna se caracteriza por la disolución de los cuerpos sociales tradicionales. Los dos bandos del debate entre “modernistas” y “posmodernistas”, que hasta no hace mucho animó las polémicas académicas y culturales, reconocen esa disolución. Pero el verdadero motivo que los separa es que los modernistas quieren proteger o resucitar los cuerpos sociales tradicionales, mientras que los posmodernistas aceptan o incluso celebran su disolución”.
2. "Spinoza nos enseña cómo hoy, en la posmodernidad, podemos hallar en esas metamorfosis monstruosas de la carne no sólo un peligro, sino también una posibilidad: la posibilidad de crear una sociedad alternativa".
3. “Los monstruos empiezan a formar nuevas redes alternativas de afecto y de organización social. El efecto monstruo se ha multiplicado...Necesitamos utilizar las expresiones monstruosas de la multitud para desafiar las mutaciones de la vida artificial transformadas en mercancías, el poder capitalista que pone en venta las metamorfosis de la naturaleza, la nueva eugenesia que contribuye a sustentar el poder dominante. Es en el nuevo mundo de los monstruos donde la humanidad ha de aprender su futuro”.
Dedicado a todos los que (en la cultura, en la política, en los negocios, en la cama, en las aulas, en los debates televisados, etc.) se toman por Batman.
En la corriente revisionista del cómic de superhéroes de los ochenta, de hecho, el más afectado por las estratagemas de redefinición moral fue el turbio Batman. En El regreso del Caballero Oscuro, Frank Miller lo reviste de la aureola violenta del vengador republicano en lucha contra el caos callejero y la maldad social, oscureciendo aún más su figura de defensor patológico del orden establecido. En Asilo Arkham, Grant Morrison, un artista con mayor agudeza para la parodia cultural, encierra a Batman con otros villanos carismáticos entre los muros de un manicomio. Ahí lo enfrenta, guiado por el sanguinario Joker, al laberinto de espejos de su tormentosa identidad, reviviendo incluso el episodio traumático de su infancia (el asesinato de sus padres) como una ocasión de sondear a fondo su reverso más tenebroso. Al final, el Joker se niega a desenmascarar a Batman, como si la revelación de su identidad real supusiera una amenaza seria a su sentido ludópata de la realidad.
[2].
Fue Frank Miller, por cierto, quien abordó con más perspicacia la debatida homosexualidad de Batman al definir sus relaciones con el Joker como “una pesadilla homófoba”. Y recordar, de paso, que su pulsión autoritaria podía ser un modo de exorcizar sus tensiones libidinales menos confesables (como se insinúa también en las grotescas perversiones fílmicas de Joel Schumacher, no tan despreciables como pretende la crítica más ortodoxa). De este deseo velado se ocupa con mayor descaro el pintor Mark Chamberlain al encuadrar al superhéroe como icono gay en una serie de acuarelas coloristas donde Batman y Robin, para escándalo de la puritana DC Comics, estrechan algo más que una hermosa y conmovedora amistad masculina. En otras viñetas de la misma serie pornográfica, exacerbando su imagen narcisista, un musculoso Batman se exhibe desnudo en poses provocativas y recurre a la capa, los guantes y la máscara como accesorios para intensificar su morboso atractivo viril.
Batman vuelve, la carnavalesca obra maestra de Tim Burton, contiene otro episodio representativo de la duplicidad anímica del vengador social de capa negra y orejas puntiagudas. Supone la culminación de uno de los segmentos más animados de la película, aquél en que se encuentran los tres freaks protagonistas, cada uno enfrentado a las trampas de su propio devenir animal: el Hombre Murciélago, la Mujer Gato y el Hombre Pingüino (estos últimos asociados con el mismo fin: humillar al reprimido Batman y obligarle a asumir de una vez su monstruosa condición). En la secuencia previa a la aparición de Michelle Pfeiffer vestida de reluciente cuero como una dominatriz felina, el Hombre Murciélago, que ha acudido a esa encerrona en plena ciudad de Gotham atraído por los fuegos artificiales de una traca de atentados terroristas, se topa con el Hombre Pingüino y se atreve a preguntarle por sus intenciones al desencadenar tales explosiones. A lo que el Hombre Pingüino, haciendo gala de una gran astucia performativa, replica con una de las respuestas más lúcidas que se podría dar en un encuentro semejante, manifestando su sorpresa ante el hecho de que sea un hombre que se oculta quien le inquiera sobre sus deseos [3]. El estilo directo del murciélago le resulta irónico al pingüino por proceder, precisamente, de un emisor enmascarado[4].
En definitiva, el Hombre Pingüino y la callejera Mujer Gato, al fin asociados (él no tiene ya nada que perder; ella, con su voracidad característica, se ha propuesto devorar a todos los “pájaros”, pajaritos y pajarracos de Gotham, la ciudad de todos los mutantes y monstruos), podrían haberse puesto de acuerdo en recitarle a dúo al envarado Hombre Murciélago, miembro victoriano de la clase dominante cautivo entre los entresijos de su poderoso deseo de ser dominado, estas acertadas palabras del paradójico erudito Eugenio d´Ors, más cerca de los heterodoxos postulados del arqueólogo de la cultura Michel Foucault de lo que nadie (ni siquiera Tim Burton, que ha convertido estas cuestiones en la médula imaginaria de su concepción del cine) hubiera podido imaginar: “Gran error el considerar frívolamente a quien no atrae el imán que nos atrae a nosotros. Gran impiedad poner fuera de la ley a quien obedece a una ley distinta a la nuestra”.
En cualquier caso, el avatar de Batman que prefiero aparece en un relato de Donald Barthelme incluido en su fundacional colección de ficciones Vuelve, Dr. Caligari. Barthelme retrata a Bruce Wayne como un dandy hedonista y algo alcohólico que habla francés y vive la alegre vida de Gotham con tanta intensidad como elegancia mundana acompañado de su infalible Robin. La genial ironía de Barthelme reside, no obstante, en su conversión de una anécdota de tebeo en una parábola estética sobre el realismo y la cultura pop. “El gran triunfo del Joker” (título del relato) consiste en apresar a Batman y, teniéndolo en su poder, desnudar su rostro con el fin de averiguar “quién es realmente”. No conoceremos, sin embargo, de qué naturaleza equívoca son los signos que el zafio Joker rastrea como un demente en las facciones de Batman, quizá porque el gran secreto del Hombre Murciélago, burlando las ingenuas expectativas realistas del Joker, no se esconda palpitante bajo el disfraz, sino en su brillante superficie. Ya liberado, el caballeresco Bruce Wayne caracteriza al más peligroso de sus enemigos con despectiva superioridad moral: “este hombre es un desastre”[5].
Un cúmulo de contradicciones y paradojas, más bien, como la cultura de masas que tanto Batman como el Joker personifican, con sus máscaras antagónicas, en toda su complejidad.
[1] En el siglo dieciocho, el célebre naturalista Linneo relegó al microquiróptero (nombre técnico del murciélago) en su Systema Naturae al apartado taxonómico de las Paradoxa, en la alegre compañía de la ballena y el ornitorrinco. O, como dice el filósofo Thomas Nagel: “Even without the benefit of philosophical reflection, anyone who has spent some time in an enclosed space with an excited bat knows what it is to encounter a fundamentally alien form of life”. [La cita procede de su conocida disquisición ¿Cómo ser un murciélago? (What is it like to be a bat?), esto es, cómo representarse desde una perspectiva humana la existencia y el ser de un murciélago, como prueba de que ese proceso mental sólo es posible entre seres vivos dotados de conciencia en tanto acto de reconocimiento y no sólo de puro conocimiento.]
[2] Como ya escribí en una ocasión anterior, el juego de esta película es ambiguo: La esquizofrenia estética de su discurso estriba en la posibilidad de difundir los valores morales de Batman (el bien institucionalizado) usando los turbios manejos, piruetas retóricas y tretas criminales del Joker. El caballeresco Bruce Wayne representa la imagen competitiva del ejecutivo capitalista de día y concienzudo vigilante nocturno. Un ciborg corporativo tan avezado en navegar los flujos financieros como en explorar las potencialidades de la tecnología de última generación para sus propios fines. La alianza de este superhéroe tecnócrata con las instituciones locales es paradigmática del funcionamiento del poder americano actual: legitimación de la tortura, manipulación legal, corrupción policial y otras actividades inconfesables, realizadas al margen de la ley, con las que los agentes del bien deben cargar, como una maldición, a fin de no turbar el sueño democrático de los contribuyentes. En este escenario, el Joker pasa a ser el terrorista vaciado de cualquier ideología que explique sus malignas acciones. Un malo en estado puro, travieso y anarquista, enamorado del caos y el crimen, un gamberro psicópata infiltrado en el sistema para perturbar su eficiencia y conquistar protagonismo mediático, pero sin un proyecto alternativo de transformación social. Este nihilista del terror es sólo el reverso tenebroso de la sociedad del espectáculo: el que se toma al pie de la letra la invitación a la idiotez, el descerebramiento lúdico y la destrucción implícita en el funcionamiento de la máquina del capitalismo. Y ésta es la jugada ideológica más alambicada de la película: el terrorista concebido como gran artista de la diversión patológica, contorsionista de la mueca y la risa demoníaca, es la figura que el sistema necesita fingir que reprime para poder funcionar sin trabas, el manipulador cuyo discurso de gratuidad y gratificación infinitas ha de ser refutado por los modélicos héroes con sus acciones, aunque sea pasando al lado oscuro de la ley y el orden, mientras la película, como el capitalismo, le debe todo su poder de seducción.
[3] Esta réplica demuestra una vez más, por si hiciera falta todavía, la agudeza e inteligencia que puede llegar a alcanzar la cultura de masas, o cultura multitudinaria o comercial, pues la respuesta del Hombre Pingüino, y la entera situación narrativa de la que nace esa respuesta, si no fuera también un gran momento poético de entretenimiento y diversión, apenas si tendría algo que envidiar al mejor Derrida (o a los momentos más aporéticos de la escuela deconstruccionista de Yale con Paul de Man a la cabeza) en su desmontaje del circuito cerrado de la comunicación, marcado en permanencia por la necesidad de la máscara y la simulación, así como por la apelación constante a la autenticidad o verificación de lo real que todo discurso o enunciado exige para ser bien recibido o entendido.
[4] La conclusión más evidente de esta “historia natural” contada en clave estética pop es que en este circuito cerrado de comunicación del que hablaba, en el que cada uno tiene su papel asignado de antemano, nadie debería aspirar a desenmascarar a nadie ni mucho menos exigirle que revele sus verdaderas intenciones, gustos, ideología o deseos. No hay nada que revelar detrás de la máscara en la misma medida en que la máscara, ya sea de pingüino, de gato, de murciélago o de espantapájaros (como en Batman Begins, también de Nolan), nada pretende ocultar ni encubrir (la inhumanidad y monstruosidad de todos es evidente y perfectamente indistinguible de nuestra distinguida humanidad). El juego funciona mejor, es más persuasivo, si nadie pierde el tiempo con estas disquisiciones sobre la autenticidad o inautenticidad del discurso o la responsabilidad de quien lo pronuncia o hace suyo, si uno no quiere caer en las trampas y paradojas envenenadas de la recepción. “Ese juego ambiguo del secreto y de la divulgación”, como lo calificaba el monstruoso mutante Michel Foucault. Todos los juegos, el juego.
[5] «"Consider him at any level of conduct," Bruce said slowly, "in the home, on the street, in interpersonal relations, in jail -- always there is an extraordinary contradiction. He is dirty and compulsively neat, aloof and desperately gregarious, enthusiastic and sullen, generous and stingy, a snappy dresser and a scarecrow, a gentleman and a boor, given to extremes of happiness and despair, singularly well able to apply himself and capable of frittering away a lifetime in trivial pursuits, decorous and unseemly, land and cruel, tolerant yet open to the most outrageous varieties of bigotry, a great friend and an implacable enemy, a lover and an abominator of women, sweet-spoken and foul-mouthed, a rake and a puritan, swelling with hubris and haunted by inferiority, outcast and social climber, felon and philanthropist, barbarian and patron of the arts, enamored of novelty and solidly conservative, philosopher and fool, Republican and Democrat, large of soul and unbearably petty, distant and brimming with friendly impulses, an inveterate liar and astonishingly strict with petty cash, adventurous and timid, imaginative and stolid, malignly destructive and a planter of trees on Arbor Day -- I tell you frankly, the man is a mess» (Come Back, Dr. Caligari, Anchor Books, Doubleday & Company, 1965, pp. 119-120; la edición que manejo es un año posterior a la original de Little, Brown). Los rasgos antitéticos empleados por Wayne para caracterizar a su archienemigo son una paráfrasis reconocida de la descripción de Sinclair Lewis, escritor realista americano, hecha por el crítico Mark Schorer en su biografía (Sinclair Lewis: An American Life, 1961). Con lo que la intención de Barthelme al escenificar este pequeño guiñol de máscaras populares y citas académicas (y enunciar este comentario crítico a las posiciones culturales como cuestión de clase y posición social), no sería otra que refrendar su idea de que la estética narrativa que él representaba con singular talento suponía una síntesis provisionalmente satisfactoria (realismo moderno + pop = postmodernismo) respecto de este dilema ideológico y no sólo artístico de la sociedad de consumo. No creo que este conflicto haya sido superado en la era del hipermercado y el hiperconsumo, como la llamaría Lipovetsky, sino que se ha exacerbado o agudizado hasta el punto de hacerse indistinguible de la cultura y el medio social en que vivimos.



