Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
Hombre
Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo
sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción
planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las
elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla
español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como
un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así
suena a blasfemia, pero no lo es.
De la
visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho
ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica
Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes,
sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su
fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que
cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa
Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento
vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos.
De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor,
frente a la barbarie musical de un cantamañanas.
Gracias a
la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos
descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La
identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a
ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es
omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el
párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación
tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de
la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no
necesitan creer.
La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus.
[Publicado en medios de Vocento el martes 12 de mayo]
Visto
y revisto para sentencia queda el juicio contra Ábalos y Koldo, qué pena,
chivos expiatorios de una trama que no se atreve a decir todos sus nombres.
Todos los nombres de la trama criminal conducen a donde conducen, no cabe duda,
aunque el fiscal Luzón se ofusque y pretenda disimular, qué pena. Mientras la
actitud de los reos recuerda a Beckett y no al gurú Saramago, precisamente.
Esperando el indulto, así se titula el bodrio teatral escenificado para salvar
la cara del partido y del líder. Archivos expiatorios, eso también, de un
proyecto político más que amortizado a cuenta del erario público. Pena de país,
con o sin la visita del hantavirus, quién te ha visto y quién te ve en las
tertulias de TV. Mucha pena.
Pena,
penita, pena da Ábalos mintiendo ante los jueces del Tribunal con descaro supremo.
Nunca un personaje, creo, desde los tiempos del tenor Juan Tenorio, ha dado
tanta pena al enfrentarse desnudo a la verdad pornográfica de su vida. Ya sé que
penal viene de pena, no de pene. Qué pena. Pero el caso, señoría, se las trae
en tal sentido. Dígalo Koldo, el escudero procaz. Pero con este hombre, nada
menos que todo un hombre, un macho socialista y feminista hasta las trancas, enamorado
hasta el tuétano, como su jefe, y con la nariz más larga que este de tanto
mentir en público y en privado; con este hombre, digo, se confunden todas las
categorías, humanas y divinas. Qué pena.
El
horizonte penal del semental de marras es inversamente proporcional a sus
éxitos sexuales. Koldo lo sabe mejor que nadie. Su amo y señor no tiene igual.
Pagaba por estar enamorado y el corazón partido le funcionaba como un fondo de
inversiones a corto, medio y largo plazo. Dónde estará el fruto de tanta
mordida, tanto bocado suculento y tanta caricia sensual. Cuatrocientos euros
por una tarde de pasión o cuatro millones por un amaño inmobiliario saben a
poco. La memoria se licúa, los datos y metadatos bailan un tango, una rumba o
un chotis. Basta con mirar la facha de Koldo respondiendo al fiscal, o la de
Ábalos escuchando las profecías del abogado de Aldama, para entender lo incurable
que puede llegar a ser la amnesia histórica. Qué pena.
Así vamos, camino de la perdición y el reproche. Hay canallas y canallas. La clase y el talento no se compran con una moción de censura y un puñado de votos podridos. A ver si se acaban pronto el culebrón y el culebreo. Visto para sentencia y escarnio de la mayoría que paga impuestos y ve para qué sirven. Nada está a salvo de la propaganda. El machismo es socialismo, o viceversa, en la boca viciosa de Ábalos, y las feministas del PSOE le pagan los servicios prestados con un silencio escandaloso. Que el cielo las juzgue. Espero que, en adelante, no vuelvan a empinar el dedo acusador con tanta prepotencia. Pena, penita, pene. Pena.
Hoy
se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Me acuerdo de dónde estaba
aquel 14 de junio de 1986. Me acuerdo de un bar mugriento en un barrio de
pescadores. Tomaba una copa con una pelirroja escultural (Elena) que era
entonces para mí todo lo que podía desear en el mundo (v. Todas
las hijas de la casa de mi padre).
Una combinación explosiva de inglesa y andaluza que me parecía irresistible
(hoy ya no tanto). Era una de las tres o cuatro "bellezas" con las
que he estado en toda mi vida. Nuestra historia había empezado cinco años antes
y terminado del todo hacía por lo menos dos y ahora se prolongaba
esporádicamente entre la desidia amistosa de ella y mi insistencia inútil.
Llevábamos meses sin vernos, cada uno encerrado en sus aventuras y vivencias
íntimas, y habíamos estado paseando por la playa al atardecer como tantas otras
veces. Durante el paseo, me había atrevido a besarla en la boca sin demasiado
éxito; su pasividad e indiferencia me exasperaban tanto como su aceptación del
hecho de que podía besarla sin consecuencias negativas ni tampoco positivas. Y
ahora, ya de noche, descansábamos en un tugurio sucio y ruidoso cercano a la
playa reponiéndonos de las emociones contrariadas del final de la tarde más que
del esfuerzo físico del largo paseo por la arena. Fue entonces cuando la
noticia de la muerte de Borges apareció en un pequeño monitor en blanco y negro
al que echaba miradas de reojo para distraerme del silencio preñado que era la
única forma de comunicación entre nosotros. La contundencia de los titulares
que acompañaban a las imágenes me dejó sobrecogido. En efecto, había muerto el
famoso autor del verso que mejor definía mi estado de ánimo esa noche y muchas
anteriores: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. No había otra forma de
decirlo y la inesperada muerte de Borges, a la que nadie prestaba atención en
todo el local más que yo, venía en cierto modo a sancionarlo. Traté de
explicarle a ella la importancia de Borges, primero, y su importancia para mí,
después, como aprendiz de escritor, con toda la ignorancia y la ingenuidad, y
también el deseo de seducir o impresionar, de mis veintitrés años. Apenas si me
escuchaba, insensible al destino aciago de Borges, a quien desconocía, y a mi
vano proyecto de asociarlo al mío. Hablarle de Borges, no obstante, era una
buena excusa para poder mirarla a la cara sin avergonzarme. Mirarle la cara
inexpresiva (los ojos, la boca, los pómulos, la nariz, la barbilla, etc.) con
el deseo progresivo con que habría mirado también, de haber podido, otras
partes de su cuerpo menos accesibles, reservadas desde hacía un tiempo a otros
más afortunados. No era amor, es cierto, lo que sentía por ella aquella noche
de final de primavera. No era el amor “con sus mitologías, con sus pequeñas
magias inútiles”. Era puro deseo, no lo niego, desorbitada pasión carnal. En
tal grado que no habría sabido diferenciarlos (“estar contigo o no estar
contigo es la medida de mi tiempo”). Hoy ya, escarmentado, ni me molesto en
intentarlo. Pasaron las horas y nada cambió. Borges estaba muerto, según la
televisión, y yo comprendí que siempre recordaría el momento de tristeza en que
lo supe como aquel en que también supe para siempre que ella (“El nombre de una
mujer me delata”) no volvería a amarme ni a desearme como había hecho cinco,
cuatro, tres, dos años atrás.
Abolidas estas diferencias ridículas entre nosotros, un mes después, cuando tenía ya un novio nuevo y yo amigas nuevas y ella lo sabía, se presentó en mi casa sin avisar. Al saberme solo, organizó, con una excusa ingeniosa, un número exhibicionista que traía preparado y me tenía como espectador privilegiado. Como la conocía bien e intuía sus intenciones, me contuve más de lo necesario ante cada una de sus provocaciones erógenas. Nada le insinué con mis gestos, para no alarmarla, sobre mi creciente estado de excitación. Era una recompensa inmerecida y tardía, y ya no podía significar lo mismo para mí, aunque quería disfrutarla sin cortes. Me consolaba, durante el ritual abusivo, pensando que había otro hombre en alguna parte que sufriría más que yo si hubiera podido verlo todo, sin entender nada, ni el designio del acto ni sus secuelas privadas. Sabía que no era el primero ni sería el último agraciado con esa clase de maliciosos premios de consolación. Era su forma de declararme, a plena luz, lo superior que la hacía sentirse el deseo de los otros. No fue la última vez que la tuve tan cerca, desde luego, hubo otras ocasiones equívocas en nuestra relación posterior, pero prefiero olvidarlas por discreción y delicadeza. No vienen a cuento. Yo no amaba ni quería amar para nada a aquella pelirroja exuberante y caprichosa, quería abrazarla de nuevo, con todo mi cuerpo, darle placer y recibirlo al mismo tiempo, sin coartadas sentimentales ni trucos mentales. Como Borges a sus mujeres, reales o imaginarias. Lo siento por los idealistas y aún más por los frígidos y los tibios de este mundo (no hay otro). Ningún cuerpo puede descansar de verdad en paz si antes no ha agotado el caudal de experiencias y deseos que le ha sido dado experimentar como carne. Así Borges, ahora, cuarenta años después de entregar su cuerpo gastado a la infinitud, algo menos del doble de los que yo tenía por entonces, cuando vivía enfangado en los dilemas vulgares de la finitud…
BORGES TOTAL
La
presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato
tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura,
incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo,
impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo
que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra
cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de
una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo
simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o
imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que
su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la
broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario
nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un
poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de
Cervantes.
Borges
era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba
burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el
ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza
las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los
fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala
judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el
experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la
estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa
mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el
saludable modelo del iconoclasta ilustrado.
La
cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la
teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía
un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la
cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el
desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los
errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el
imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no
radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más
epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el
papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia
y la vida humanas. La función trascendental de
las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la
condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de
ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que
constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.
En
este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores
convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre
Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el
designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de
simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso
más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con
que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de
la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no
sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los
discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por
tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.
Sin
embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan
nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón,
Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las
influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en
Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo
narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente
elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de
su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y
procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de
algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento
para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o
la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].
[i] “La secta del Fénix”, en este
sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos
ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los
límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su
ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de
Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos
laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de
la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la
vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la
racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la
ingeniería, la cultura, etc.).
[ii] Basta leer “Examen de la obra de
Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la
excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e
intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto
literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías
narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el
monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en
lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo
contiene y refrena.
[iii] Borges no sería así un humanista
tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un poshumanista
en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y
Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.
[iv] Así, en “El jardín de senderos que
se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de
mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo
existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea
estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la
traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología
expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de
finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El
Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos
primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que
en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y
la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”,
haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica
de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los
fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al
criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico,
Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la
detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más
feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del
concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden
social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se
disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento
aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores-pensadores
del siglo XX, como Broch, Abellio o Musil, que pensaban que el mundo existente era una
construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de
los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de
los diversos poderes).
[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro, cinco o seis decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros).
[Samantha Harvey, Orbital, Anagrama, trad.: Albert Fuentes, 2025, págs. 194]
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, brillante escritor británico de ciencia ficción, es ahora una cultura global. Grandes autores contemporáneos, desde Margaret Atwood a Alasdair Gray, pasando, entre otros, por Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Vladimir Sorokin, Viktor Pelevin, David Mitchell, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, Thomas Pynchon, Ian McEwan, Richard Powers, Jeanette Winterson o David Foster Wallace, de un modo u otro, han incurrido en los recursos, los motivos, las formas y el estilo narrativo de la literatura de ciencia ficción con el fin de ser fidedignos a lo que les exigían como respuesta artística las nuevas versiones de la realidad, los avances de la tecnología y las ideas culturales dominantes.
Tiene razón James Wood, crítico
discutible pero riguroso, cuando establece las bases de comprensión de este
libro de Samantha Harvey (1975) sobre una paradoja que afecta al género
literario con que identificarlo y a la lectura del mismo, o al papel del lector en el juego
planteado por la autora. Sea o no una novela convencional, es evidente que Orbital participa de diferentes modos de
discurso, diversos estilos o formas de dicción con los que sobrevuela la
limitada peripecia de su trama y la convierte en un ejercicio de estilo o de
estilos.
Podría definirse este libro de Harvey como un
artefacto si el lector acepta ciertas verdades sobre el mismo que tienen
consecuencias para su definitiva comprensión. Orbital representa a seis personajes en busca de autor: un sexteto
de astronautas, cuatro hombres, dos rusos, un americano y un italiano, y dos
mujeres, una japonesa y una británica, encerrados en una estación espacial que
orbita en torno a la Tierra como una interrogación incesante sobre sus medios
técnicos y sus fines científicos. Como Las
Meninas, uno de los referentes inesperados citados por Harvey, este retrato
de un colectivo humano desubicado en el espacio, un grupo deslocalizado o fuera de contexto, admite
múltiples interpretaciones y, sobre todo, obliga a preguntarse sobre el
verdadero propósito del relato.
La metáfora novelesca permite establecer una
similitud entre la estación espacial, la nave que gira de manera vertiginosa
alrededor del mundo, y el artefacto literario que traduce el contenido de esas
órbitas circulares a través de las vivencias de los astronautas en la estación
espacial y su observación excéntrica de las diferentes zonas del planeta desde
una perspectiva global (naciones y regiones, fronteras y límites, la geopolítica
conformando la identidad terrestre). Harvey ha construido su artefacto textual conforme
a unas coordenadas espaciotemporales (24 horas y 16 órbitas terrestres) que
intensifican las ondulaciones del discurso y confieren al libro una estructura
formal tan rigurosa como mimética.
Es en este aspecto concreto donde las cuestiones
en torno al género de esta obra se plantean con pertinencia. Orbital no es ciencia ficción
exactamente ya que la ficción no sirve aquí para extrapolar, especular o
fabular, tres funciones características del género, a partir de una premisa
científica que el libro conduce hasta sus últimas consecuencias sin apenas
alterar el curso literal del relato. Sería novela, sin embargo, en el sentido
narrativo tradicional, al incluir seis personajes de ficción, los astronautas imaginarios
que ocupan con sus cuerpos individuales el espacio ingrávido de la nave, sobre
cuyas vidas pasadas y presentes se construyen o reconstruyen recuerdos,
experiencias y pensamientos que les proporcionan cierta entidad o identidad.
Y, por último, dado que muchos de los pasajes más
fascinantes del libro se atribuyen a la voz de una narradora impersonal, que
los enuncia con vehemencia retórica, sutileza conceptual y sensibilidad lírica,
también sería destacable la parte ensayística y filosófica del texto y sus
frecuentes deslizamientos en el terreno de la poesía o la prosa poética.
Gracias a estas digresiones elocuentes y necesarias, el texto del libro alcanza
un vuelo aún más elevado que el proporcionado por las órbitas ascendentes o
descendentes que lo conforman. La celebración de la fuerza (constructiva y
destructiva) del afecto humano primordial y la pretensión tecnológica de
comunicación extraterrestre, integrada en la Órbita 9, sería la pieza más
intensa y bella, así como la evocación del calendario cósmico de Carl Sagan en
la Órbita 13, mientras la nave desciende por el continente americano y asciende
por el paisaje insular del Pacífico, sería uno de los segmentos más brillantes y
lúcidos.
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, es
ahora una cultura global, en efecto, y, por tanto, ya no es necesario que un
libro muestre los signos de su pertenencia genérica para que el lector los
pueda reconocer. Harvey ha escrito una obra de ficción narrativa basada en las
posibilidades de la ciencia y, en consecuencia, la poesía y el pensamiento que
trasmite con su prosa trascienden todos los géneros conocidos.
El metaposcash: pynchonada en Madrid con Juan
Francisco Ferré
El día de la
salida en España de A oscuras, la última novela de Thomas Pynchon, nos
encontramos a Juan Francisco Ferré en la librería Dodó de Madrid. Y,
coincidiendo con la presentación en Madrid de su última novela, Todas las hijas
de la casa de su padre, hacemos el primer metaposcash de la Historia. De la
mano de Juan Francisco Ferré y de nuestro amigo Joaquín Rodríguez,
profundizamos en la obra de uno de los autores más misteriosos de todos los
tiempos: Thomas Pynchon. Pynchon es, antes que el narrador de la entropía, como
suele decirse, el escritor de la tecnociencia y de los procesos de desarrollo
que han llevado a esta fase avanzada de la Modernidad postindustrial. Su obra
es una cartografía del impacto de la industrialización y sus derivados sobre lo
humano. Desde V a Al límite, pasando por La subasta del lote 49, El arcoíris de
la gravedad, Vineland, Mason y Dixon, Vicio Propio y Contraluz. Analizamos su
obra a partir de otros autores fundamentales de la posmodernidad (William
Gaddis, John Barth, Robert Coover, David Foster Wallace, Bret Easton Ellis o
Don DeLillo, entre otros) y de un concepto clave en la filosofía contemporánea:
el rizoma, tal y como lo entendían Deleuze y Guattari.
La Historia hay que equilibrarla con la ciencia ficción. Es la única forma de conservar la salud mental.
-Don DeLillo, Fin de campo-
La
ciencia ficción no es un género definido. Tampoco es un género cualquiera. En
realidad, ni siquiera es un género. Es una mirada, un observatorio, un
dispositivo de lectura, un viaje mental, una visión especulativa. La ciencia y
la ficción del observador y lo observado cristalizan en la visión del escritor
y el artista. La fusión de ciencia y ficción, desde los orígenes, está mediada
por la imaginación. Por las imágenes y no solo por la invención o la
fabulación. Las imágenes de la ciencia ficción aparecen en películas y series,
acaso su formato más popular, y también en cuadros y novelas, relatos y
esculturas, fotografías e instalaciones.
En todas
esas formas y soportes, la idea del futuro es un componente esencial. El futuro
o, más bien, la proyección del futuro en el presente, la sombra del futuro en
los signos de la realidad. El arte y la literatura comparten la tarea de desciframiento
de esa presencia enigmática. La quimera del futuro o la utopía del porvenir:
ese lugar paradójico, ese lugar sin lugar más allá de la imaginación y el deseo.
La literatura, el arte, modos milenarios del imaginario, revolucionan las
visiones del futuro sin renunciar a las imágenes del pasado y aprenden a
dialogar por su poder de trascender los límites de la imaginación para crear
mundos nunca vistos. Los mundos posibles o imposibles, la otredad de los seres
que los habitan y deshabitan, las criaturas fantásticas que los pueblan con
exuberancia o terror.
La ciencia ficción funciona, como decía Fredric Jameson, generando arqueologías del futuro, es decir: imágenes del presente interpretadas con claves del futuro y perfiles del futuro, como los de Arthur C. Clarke, leídos en la actualidad de la experiencia. Pinturas, relatos, esculturas, novelas, ontologías del presente propulsadas, en la retina de la mente, hacia un futuro ficticio desde un presente reinventado a su imagen y semejanza. La ciencia ficción es un espejo que se anticipa y adelanta al tiempo racional de los relojes. Una máquina especulativa que viaja por el espacio-tiempo del cerebro hacia lo desconocido y lo nuevo. Una cartografía imaginaria de la visión prospectiva.
Ágil y lleno de escenas admirables, gamberro y cultísimo, cargado de erotismo y provisto de una apabullante densidad de significados, Todas las hijas de la casa de mi padre es un artefacto literario tan ambicioso como potente sobre el descubrimiento de uno mismo —que requiere buscar fuera: en los demás, en el arte— y sobre la búsqueda de la libertad.
(«Sexo, aprendizaje, Málaga y Shakespeare», Daniel Gascón, Babelia, El País)
Juan Francisco Ferré es uno de los narradores más
peculiares, únicos e inimitables de las letras actuales. Imprescindible.
(Publishers
Weekly)
En fin, esa
predilección por la discrepancia es lo que empuja la novela de Ferré, que
ofrece una revisión crítica —y gamberra, y lúcida, y despelotada— de ese momentum
vibrante que cambió un país a finales de los 70. A diferencia de otras
novelas, en esta, por obra y gracia del lenguaje, es posible incluso la
invención de un mundo, el que pudo haber sido también la Transición.
(«Un evangelio apócrifo de la Transición», Santiago García Tirado, Quimera)
Son necesarios escritores como Juan Francisco Ferré, que
arriesgan, que ponen su fértil imaginación al servicio de una narrativa muy
necesaria que rompe cánones y abre nuevas perspectivas al quehacer novelístico.
(«Todas las hijas de la casa de
mi padre, de Juan Francisco
Ferré: el lenguaje osado y rico», Francisco Recio, Abril, El Periódico de Cataluña)
Leí con
mucho gusto, jaleo, locura y admiración tu última novela. Menos mal que dios no
quiso tantas cosas y que aquí están, a su pesar, tantas historias tremendas.
Gracias por hacerme llegar el libro y por regalarme unas horas
felices con él.
(Luna Miguel, comunicación privada)
Su osadía literaria (formal y temática) es única
en nuestros lares. Haces lo que Goytisolo pretendió en su narrativa, yendo aún
más lejos, puesto que adoptas el punto de vista femenino y sitúas la acción en
un país cutre como el nuestro y en un contexto en el que pensábamos que todo
estaba permitido. Al final del libro dejas comprender que "tan solo fue un
sueño". Quelle
chute!...Es una lástima que no pueda
traducirlo en sentido inverso, merece una difusión internacional. Esperemos que
haya una editorial que sepa ver la audacia del libro.
(Emilio
Blasco, comunicación privada)
Una voz femenina gnóstica, andrógina y carnal,
quien, a modo de Sherezade, narra sus turbulentas peripecias en una
urbanización de Málaga durante la Transición.
(Manuel
Sollo, La Biblioteca de Manuel Sollo)
Quizá esta sea la descripción más cercana a la sensación
subyacente que emana de leer novelas como Todas las hijas de la casa de mi padre. La misma en la que, tras cúspides muy
altas como Karnaval y Providence, vuelve a asomar la genialidad del escritor
en cuestión, a través de quien, una vez más, el caleidoscopio estilístico
hilvanado transita los códigos del misterio, coming of age y la
novela erótica, entre otras incursiones genéricas.
(Marcos Gendre, El Enano Rabioso)
Gran literatura y una de las novelas más brillantes del año.
(Héctor Márquez, El Tercer Piso)
Al igual que en novelas anteriores, como Karnaval (2012) o Revolución (2019), Juan Francisco Ferré despliega su arrolladora potencia verbal
y su capacidad de fabulación en Todas las hijas de la casa de mi padre. Tan irreverente como cervantino, el autor
ha sabido crear una novela de novelas, escrita en primera persona desde una voz
femenina.
(«Una Sherezade turbulenta, carnal y sexual», Diego Vaya, Diario de Sevilla, Málaga Hoy, Europa Sur)
En el panorama
de la narrativa española reciente, el nombre de Juan Francisco Ferré es tan insoslayable
como difícil de clasificar. Aunque alguna vez quisieron encasillarlo en la llamada
Generación Nocilla, el desarrollo de su obra, con
títulos como Providence,
Karnaval, La vuelta al mundo, El rey del juego o Revolución, habla de
una literatura personalísima y en permanente huida de las etiquetas fáciles. Algo
que vuelve a suceder con su última novela, Todas las hijas de la casa de mi
padre, publicada por Anagrama.
(Alejandro Luque, Revista Mercurio)
Y un día antes, en la Galería Max Estrella, LA MÁQUINA DE ESPEJOS 3:
ENCUENTRO EN LA TERCERA FASE
EUGENIO AMPUDIA (Artista)
&
JUAN FRANCISCO FERRÉ (Escritor)
[Edward Ashton, Mickey 7, Booket, trad.: Simón Salto
Navarro, págs. 350]
Después de la gran revolución en el proceso evolutivo (la llegada del sexo y de la muerte) aparece la gran involución: su objetivo es, a través de la clonación y de muchas otras técnicas, liberarnos del sexo y de la muerte…La inhumanidad de esta tarea es legible en la abolición de todo lo que es «humano, demasiado humano» en nosotros: nuestros deseos, nuestros defectos, nuestras neurosis, nuestros sueños, nuestras desventajas, nuestros virus, nuestras locuras, nuestro inconsciente e incluso nuestra sexualidad. Se están preparando recetas para todas las cualidades específicas que nos hacen ser seres vivos únicos. El espectro que ronda a la manipulación genética es el ideal genético, un modelo perfecto obtenido por la eliminación de todos los rasgos negativos.
-Baudrillard, “La solución final: La clonación, más allá de lo humano e inhumano”, en La ilusión vital, Siglo XXI, 2002, pp. 16 y 28-
En el principio de los tiempos, fue el reino de
los inmortales, los seres divinos que desafiaban la cronología. Con el avance
de la evolución, nacieron las diferencias, nació la reproducción sexual y con
ella el individuo y la muerte. Este relato evolutivo está inscrito en nuestras
células desde el comienzo de la andadura de la especie en el planeta Tierra, y
cada célula contiene, por tanto, los fundamentos de la vida y la muerte de
nuestros cuerpos, así como encierra la posibilidad genética de multiplicarlos
al infinito. En esto basó el teórico Baudrillard una serie de reflexiones críticas,
desde comienzos de los años ochenta (“Clone story”, artículo incluido en Simulacres et Simulation) hasta finales de los años noventa y principios del siglo XXI (ver epígrafe), sobre la complejidad de los procesos de lo
que denominaba “la ilusión vital”. La cuestión crucial concerniente a la
clonación es “la cuestión de la inmortalidad”, decía Baudrillard, un deseo humano
inalienable y una fantasía activa en los experimentos de la ciencia y la tecnología.
Ahora bien, ¿qué pensaría Baudrillard sobre una
novela donde un clon es el protagonista y narrador irónico de su propia
historia espacial? ¿Qué ideas debería revisar sobre la relación de lo humano
con la replicación de sus individuos por métodos tecnológicos? Es esta la vía
más iluminadora para acceder a los secretos filosóficos de una obra como esta,
tan entretenida como original, leve y divertida, que le ha servido a Bong
Joon-ho para proseguir su carrera después de “Parásitos” y que, sin embargo, no
le ha reportado el éxito global que se auguraba. Y la culpa, desde luego, no es
de la estupenda novela de Ashton, ni por supuesto del pensamiento de
Baudrillard, sobre el que la mayoría de los espectadores lo ignoran todo, ni
tampoco del talento indiscutible de su director.
Ashton demuestra conocer a fondo las bases del
género de la ciencia ficción, y los autores canónicos, así como las obras que
han marcado su evolución en el último siglo (Asimov, Heinlein, Aldiss, Clarke,
Dick, Robinson, etc.), y también la ciencia ficción dura (Gregory Benford), con la que se
maneja con destreza profesional. En toda ciencia ficción lograda el factor
ciencia tiene que funcionar, por supuesto, y la ficción debe sostenerse sobre
un andamiaje narrativo, de trama y personajes, lo bastante convincente como
para que el lector no abandone la lectura en el vacío del espacio galáctico. El
componente supremo, en este género tan contemporáneo, lo supone siempre la
reinvención de la ciencia y la tecnología a través de la imaginación de máquinas
insólitas. En este caso, Ashton concibe una bioimpresora capaz de generar
enésimas copias de un organismo cada vez que este desaparezca, recreando
primero su cuerpo, el soporte somático idéntico, al que luego se le acopla,
mediante un complejo procedimiento de transferencia, toda la información
neuronal almacenada de su encarnación anterior. Las escenas más brillantes de
la novela coinciden, por esto, con los episodios donde la condición paradójica
del clon, como trabajador prescindible y fetiche sexual de sus explotadores, es
puesta a prueba de manera radical, enfrentándose incluso a la insidiosa
presencia de un doble problemático.
La historia de este séptimo clon alegoriza así la historia de la individuación al revés, como una cuenta atrás en la que a medida que los clones van siendo destruidos y creados, creados y destruidos sin inmutarse, se va generando una resistencia a la inmortalidad y una aceptación del peso de la singularidad ligada a la mortalidad, es decir, a la desaparición definitiva, que a su vez se asume como conciencia de ser y de perseverar en lo que se es hasta el fin. Ahí nace Mickey Barnes, el narrador regenerado de esta aventura interestelar, como último avatar de un individuo desesperado que dejó de serlo para multiplicarse hasta encontrar una réplica que se planteara volver a ser un hombre irrepetible y único, fortalecido por el amor de una mujer excepcional (Nasha) y la complicidad ecológica con una población de criaturas extraterrestres de inteligencia prodigiosa.
Con el ojo de la imaginación, desde el
romanticismo al menos, si no antes, levantar la mirada para contemplar las
estrellas en el cielo nocturno se convirtió en un acto poético, un gesto
visionario, una confrontación con el infinito. Desde el siglo XX, ese mismo
ojo, o su hermano gemelo, la pupila de la fantasía, aprendió a superponer naves
espaciales, astronaves de todos los tipos, tamaños y procedencias, a ese
paisaje oscuro poblado de planetas habitados o deshabitados, estrellas
luminosas y galaxias en expansión, siendo solo un instrumento de la voluntad de
poder tecno-científica de la humanidad, o un producto del impulso o el deseo
humano de ir más allá: más allá de los límites del planeta, más allá de los
límites de la especie, más allá del sistema solar, más allá del infinito…
Poscash desde la Moncloa: el círculo vicioso de la Hispanidad
Por un mecanismo reaccionario que acostumbra a movernos en todos los órdenes de la cultura…tendemos a inscribir la obra nueva dentro del círculo de las obras viejas. Es verdaderamente perverso el placer que siente un español cuando encuentra algo de hoy hecho enteramente con lo de ayer. Eso de que hoy no sea hoy, sino ayer, nos produce un frenesí de entusiasmo. En cambio, no podemos tolerar la petulancia que muestran algunas cosas al pretender ser nuevas, distintas y hasta ahora no sidas. La innovación, el gesto creador, ese ademán con que se suscita algo nuevo sobre el haz del mundo nos parece casi, casi un gesto indecente, incompatible con la dignidad nacional.
-Ortega y Gasset-
Pasó el
huracán “Torrente” y arrasó todas las expectativas políticas, dejando detrás una
estela de éxito y perplejidad. Los sociólogos y politólogos a sueldo del
gobierno y la oposición aún andan a ciegas, sin salir de su asombro, tirando de
calculadoras electorales que ya no funcionan. “Torrente, presidente” era un
espejismo millonario, un trampantojo proyectado en pantalla grande para
engañarnos con sus sortilegios irónicos, una caricatura tramposa diseñada por su
ingenioso creador para hacernos creer que la realidad es mejor que la película.
La realidad, por desgracia, es mucho más grosera y obscena.
No hay más
que ver a Ábalos, el apologeta del sanchismo, y a su fiel escudero Koldo
sentados en el banquillo de los acusados, como dos maleantes profesionales,
para comprender la cruda verdad de la situación. Estos grotescos personajes
representan a un país donde la picaresca y el esperpento mantienen una venenosa
vitalidad desde hace siglos. No hay comparación posible con Europa. Por menos,
en cualquier país de la UE, el único miembro de la trama que ha rehuido los
tribunales, de momento, se habría visto obligado a dimitir, aunque fuera por su
responsabilidad en los desmanes perpetrados.
La ambigua singularidad
del producto ibérico vale para la izquierda y la derecha, desde luego. Pero
cuando uno recuerda el ímpetu con que Ábalos trepó a la tribuna de oradores del
Congreso para lanzar un sermón contra la corrupción sistémica del PP de Rajoy y
una defensa ardiente de la ética progresista de su proyecto, y ahora lo ve enfrentándose
a los jueces del Supremo, soberbio y desafiante como un crápula siciliano, tras
pasar unos cuantos meses en la cárcel, no puede sino pensar que esto es una
tomadura de pelo, un simulacro insultante, una puesta en escena fraudulenta solo
destinada a la militancia más autista o sectaria. Que esta cutre banda de cuatreros
se haya lucrado con el sucio negocio de las mascarillas mientras nos
confinaban, aprovechando el pánico a la covid, es un crimen infame. Y todo
ello, señoras y señores del jurado, sin mencionar los agravantes de prostitución
y enchufismo.
Si en una democracia corresponde al Tribunal Supremo la corrección de los vicios y abusos del poder ejecutivo, es una prueba escandalosa de que la anomalía gobierna y la anormalidad usurpa el poder por decreto. En una democracia genuina, esa cosa rara, solo las urnas deciden. Ya va siendo hora. Salvo que vivamos de verdad, al final, en el mundo aberrante de la película de Segura.
Presentamos, desde el convento, el
primer poscash jamás
realizado: una charla sin complejos ni reloj, más allá de lo divino y lo
humano, comentando los Premios Goya, la actualidad geopolítica mundial, la liaison de la "Nouvelle Vague" con Balzac, la obsesión de Dick con el imperio romano, el estreno de la nueva
película de Santiago Segura, etc. De Sirāt a Torrente
Presidente, pasando por Los Domingos y el libro Instrucción
de novicias…
DESPEGA LA MÁQUINA DE ESPEJOS CON LAIA ESTRUCH Y CARLOS
PARDO A LOS MANDOS
Un nuevo programa de la Feria Estampa comisariado por Jesús Alcaide y Juan Francisco Ferré
... el
futuro o, más bien, la proyección del futuro en el presente, la sombra del
futuro en los signos de la realidad. El arte y la literatura comparten la tarea
de desciframiento de esa presencia enigmática. La quimera del futuro o la
utopía del porvenir: ese lugar paradójico, ese lugar sin lugar más allá de la
imaginación y el deseo...
Juan Francisco Ferré, novelista y crítico cultural.
Es esta futuridad, este aún por-venir, lo que nos
lleva a buscar en la ficción especulativa, la escritura de anticipación y las
artes contemporáneas, rastros y huellas a partir de los cuales plantear paralajes
y conexiones que nos ayuden a comprender los procesos de transformación de
nuestro(s) tiempo(s).
Jesús Alcaide, comisario independiente.
SÁBADO 11 DE ABRIL DE 2026
El próximo sábado 11 de abril, pondremos en marcha
La máquina de espejos, nuevo
programa de la Feria Estampa: un
encuentro entre ficción especulativa, arte, literatura y ciencia ficción. Jesús Alcaide y Juan Francisco Ferré, comisarios del proyecto, nos guiarán en este
viaje comparativo a través del encuentro entre la obra de Laia Estruch (Barcelona, 1981) y la escritura de Carlos Pardo (Madrid, 1975).
La cita tendrá lugar en la Galería Ehrhardt Flórez (C. de San Lorenzo, 11, 28004, Madrid) a las 12:30h.
[Publicado ayer en medios de Vocento]
Amarga
nada, amarga nadería. No hay que ser un ateo redomado como Almodóvar para
entender que la Semana Santa es el anticlímax de la Navidad, o el clímax de sus
presagios más sombríos. Meses después, las luminosas esperanzas e ilusiones de
la Navidad se derrumban en un escenario trágico y sangriento. La belleza
escalofriante del cuerpo martirizado y el dolor de esa madre plantada al pie de
la cruz, padeciendo el tormento del hijo en sus carnes, no tienen igual en las
culturas del mundo.
Durante dos
mil años esa imagen poderosa funcionó en el inconsciente colectivo de creyentes
y no creyentes como un recordatorio de la tragedia de la vida. La tragedia,
como decía Unamuno, tan humano, de nacer para morir. La imagen desnuda de la
muerte sin redención moral. Una imagen aún más agónica y terrible, para los que
no creemos en los misterios de la trascendencia, de la pulsión ciega con que
venimos a este mundo. La eutanasia de Noelia Castillo, cuyo calvario vital hizo
rasgarse las vestiduras a toda España hace unos días, no es sino la
feminización del fenómeno. La mortificación, el sacrificio de vidas y cuerpos
en nombre del absurdo de la existencia.
El planeta
Tierra es el teatro ideal para escenificar la tragedia, alzando la cruz al
cielo para mostrarle al creador de la vida lo que esta significa para nosotros.
El proceso biológico de la vida es complejo, pero sus mitos y símbolos son
escasos y preciosos. Por eso, el signo de la cruz y la crucifixión del hijo del
hombre solo pueden ser terrestres. Visitando la semana pasada la colección de
arte de Manuel Expósito en Castelldefels, me asombré ante una fascinante
escultura de la maravillosa Marina Vargas: “La piedad invertida”, donde
Jesucristo sostiene en brazos el cadáver en éxtasis de su madre o su amante
muertas. La pieza fue intervenida por la artista para realzar su carnalidad
tras serle diagnosticado un cáncer y el efecto estético es aún más
impresionante.
Y ya que
estamos en faena religiosa, solo me cabe recomendar la lectura ferviente en
estos días de “Instrucción de novicias”, el libro de Ana Garriga y Carmen
Urbita, las hijas de Felipe, que revoluciona la visión de las esposas de
Cristo: las monjas de clausura y sus amistades particulares, sus amores
prohibidos y su pasión mística. Quizá sea cierto, como dicen las autoras, que
muchas mujeres sueñan con el convento para huir del patriarcado. Con la vida
beata en el convento, imagino, y con el cuerpo de Cristo crucificado. Jesús,
Jesús, cómo está el patio.