viernes, 27 de agosto de 2010

EL ORIGEN DEL MAL

El desprecio de lo femenino sostiene todavía el edificio conceptual de los paladines del ideal ascético. De manera que la elaboración de una teoría del libertinaje supone la superación de la misoginia y su aniquilamiento. Pues este aborrecimiento procede del miedo y de los fantasmas de una masculinidad mal resuelta, vivida al estilo arrogante de la violencia y la agresividad. Toda virilidad digna de este nombre debe proceder de la fuerza –lo contrario de la violencia-, y del deseo de que la misma fuerza excite al cuerpo, a la carne y al alma de las mujeres.

Michel Onfray

Como todo el mundo sabe, este blog ha sido tachado por fundamentalistas de inmoral, ofensivo o dudoso. No nos engañemos. El problema no ha sido la imagen, ni su obscenidad, ni su carácter pornográfico. O no sólo. El problema ha estado más bien en la asociación de imagen y texto. En la concatenación de ideas entre el célebre icono de Courbet, de una impudicia y una indecencia intolerables aún hoy para los sectarios y los obtusos de siempre, una profanación del foco sacramental de la visión fanática de la realidad, y esta reflexión pertinente sobre la caída de todos los velos, la elisión de la feminidad con que se construye toda versión religiosa, sublime o sagrada del mundo:

Hoy que tanto se discute sobre velos y burkas, y se asiste impotente a través de la televisión e internet a espantosas lapidaciones de mujeres y ablaciones de clítoris, convendría recordar por decencia intelectual las lúcidas palabras de Savatier acerca de este cuadro subversivo que “representa al mismo tiempo el blasón universal de la heráldica femenina y un himno a la libertad, la de crear y pensar liberándose de los tabúes engendrados por el odio al cuerpo que las religiones y filosofías nacidas en la cuenca mediterránea habían intentado dictar al mundo”.

Por una vez, la palabra más que la imagen. O la palabra potenciada por la imagen. La denuncia doblemente gráfica del “punto ciego de la especie”. En este sentido, no creamos que la mentalidad medieval o victoriana sea cosa del pasado. Un atavismo superado. Una ideología trasnochada. El control de las imágenes y el control de las palabras gravitan sobre nosotros tanto como antes, si no más, aunque por astucia se disfracen con otros nombres, se disimulen bajo otros signos, apelen a supuestos valores fundamentales, su discreción pase por una más refinada variante de la educación y el respeto. Lo sucedido no invita, por tanto, a la claudicación o el silencio sino a la exacerbación del discurso. La promulgación del exceso verbal, el libertinaje de las palabras y las imágenes, como medio de una expresión libre de trabas y corsés intelectuales. La así llamada incorrección política no es una actitud más en este contexto. Una voz más en la controversia. Es el gesto de afiliación imprescindible para indicar que uno no se alinea con los fanáticos, los comisarios, los censores, los cínicos, los puritanos, los asesinos o los hipócritas. Mucho menos con la diplomacia cultural, otra máscara cínica. Contra esas formas conformistas de renuncia, sólo cabe ostentar políticas libertarias del discurso, el gusto, la acción y la inteligencia.

Todo mi agradecimiento, pues, a las amigas y amigos que en estas circunstancias manifestaron públicamente su apoyo a este blog y su rechazo a cualquier censura del mismo. Activa o pasiva.

martes, 10 de agosto de 2010

ESTO NO ES UN CUADRO

Hay muchas formas de contar la historia de un cuadro, pero en pocos casos se podría decir que el cuadro obligue al historiador a adentrarse en los territorios de la ficción como lo hace esta obra singular de Courbet. Son tantos los misterios que rodean El origen del mundo (1866), sin referirme siquiera al misterio vital e iconográfico que el propio cuadro encarna, que habría que empezar por diferenciar, como hace Savatier en este espléndido estudio[i], lo que pertenece al régimen de lo ignorado y al de lo ocultado.


Savatier reconoce que le tentó recurrir a los procedimientos novelescos para desentrañar la verdad de este cuadro polémico. Y se nota en el fascinante modo en que esta historia verdadera logra escenificar, como una suculenta cadena de chismes y cotilleos mundanos, los elementos de alta comedia que generarían una de las obras menos sublimes y, por ello, más carnales de la historia del arte. Un pintor seminal y exuberante cuyo prestigio artístico le preocupaba tanto como para idear enredos comerciales con que hacer subir su cotización. Un refinado erotómano, el diplomático turco Khalil Bey, obsesionado por los misterios del cuerpo femenino y, en particular, por las revelaciones que el instrumental de la pintura produce sobre ellos cuando lo manipula una sensibilidad incisiva como la de Courbet, no en vano amigo y admirador de Baudelaire. Y, por último, una modelo sin identificar. Savatier descarta a la pelirroja Joanna Hiffernan, por razones obvias, y propone en su lugar varias hipótesis: Jeanne de Tourbey, la promiscua amante de Bey, una fotografía erótica de Belloc o la modelo morena que aparece en El sueño, provocadora escena lésbica pintada el mismo año por Courbet y adquirida también por el cliente otomano.


Este inteligente y sugestivo libro de Savatier acaba con toda especulación estéril, como corresponde a un cuadro cuyo motivo es una perspectiva frontal del sexo femenino, y propone al mismo tiempo una cronología lo más completa posible del turbio asunto y una exégesis plural de los designios de una obra pictórica que, desde su creación, fue concebida, nunca mejor dicho, como una intrigante indagación en el orden de la realidad. O, más bien, como un cuestionamiento de las apariencias y las convenciones enunciado en el lenguaje idóneo (la pintura) para afrontar el punto ciego de la especie. Ese vórtice visual donde se diluyen todos los mitos, prejuicios, fantasías, creencias y tabúes en que se funda el poder del inconsciente sobre el individuo. Este insólito cuadro representa, pues, un desafío a los límites de lo visible: el “objeto” paradójico que, al ofrecerse desnudo a la visión, ciega al sujeto que lo mira. El origen del mundo es, en suma, una plasmación parcial de los enigmas y secretos de la sexualidad femenina (Savatier sugiere, incluso, que la modelo anónima podría estar embarazada) y de la mirada masculina que tiende a objetualizarla y controlarla.


La historia de la transmisión de este cuadro escandaloso es tan excitante como su contenido, desde que Courbet se lo traspasa a Bey hasta el momento, hacia 1995, en que se exhibe en una sala apartada del Museo de Orsay, como si un comisario malicioso hubiera decidido gastarle una broma obscena a la retina del visitante incauto. En todo ese tiempo, el cuadro circuló de manera clandestina entre aficionados y coleccionistas. Grandes artistas de la virilidad como Picasso, Matisse, Duchamp o Rodin fueron inseminados por ese votivo fetiche femenino y crearon sus propias réplicas, multiplicando el infeccioso impacto del original. Hasta René Magritte habría creado su propia (per)versión del cuadro, jugando con espejos para neutralizar sus perturbadores efectos. Pero la parte más jugosa de esta peregrinación fueron, sin duda, los años en que perteneció a Jacques Lacan. El pícaro psicoanalista lo mantenía oculto tras un ingenioso dispositivo pictórico que se deslizaba para revelar, como una reliquia indecente, ese torso descabezado, esos muslos mutilados y esa ojiva velluda por la que pasan los humanos, como un rito visceral, al llegar a este mundo.


Hoy que tanto se discute sobre velos y burkas, y se asiste impotente a través de la televisión e internet a espantosas lapidaciones de mujeres y ablaciones de clítoris, convendría recordar por decencia intelectual las lúcidas palabras de Savatier acerca de este cuadro subversivo que “representa al mismo tiempo el blasón universal de la heráldica femenina y un himno a la libertad, la de crear y pensar liberándose de los tabúes engendrados por el odio al cuerpo que las religiones y filosofías nacidas en la cuenca mediterránea habían intentado dictar al mundo”.



[i] Thierry Savatier, El origen del mundo. Historia de un cuadro de Gustave Courbet, Ediciones Trea, Gijón, 2010.

jueves, 29 de julio de 2010

GPS4/ DEVENIR (ES) MUJER


“That´s the choice? Light or pussy? What kind of a choice is that?”.

-Thomas Pynchon, Against the Day-


Devenir Jabulani

Nos pongamos como nos pongamos, el proceso de feminización emprendido por muchas de nuestras instituciones e instancias públicas no es sólo un fenómeno irreversible sino deseable. Literalmente, un fenómeno en donde el deseo no sólo está implicado sino que es solicitado y hasta movilizado de modo preferente. Hace poco oíamos hablar sin escándalo de la feminización de los socialistas catalanes y de la misma Cataluña. En cualquier momento, se nos anunciará la feminización definitiva del empresariado, la judicatura, el ejército o la banca. La desvirilización de la Iglesia católica es fundacional, de ahí quizá la abusiva pederastia y también la “efeminofobia” galopante de la institución. La monarquía, en cambio, no debería tener devenir, ni masculino ni femenino.


Es probable que tardemos mucho más tiempo en ver una cierta feminización del fútbol. Feminizar el deporte rey, no obstante, no debería limitarse a multiplicar el número de espectadoras pasionales, mucho menos, como sucede con frecuencia en los verdes campos de medio mundo, a sembrar de reporteras atractivas los aledaños de la zona erógena del vestuario, controlando micrófono en mano el acceso de los jugadores.


En el cerebro del aficionado a cualquiera de los deportes donde las pelotas están en juego se vive un conflicto paralizante. Atender al deseo más poderoso o a la disciplina elemental. A su peculiar manera, la introducción del Jabulani en este último Mundial futbolístico podría equipararse, sin exagerar, a una conspiración de mujeres para hacerse con el dominio real del partido incrementando la peligrosidad de cada jugada. En este sentido, a pesar de la disminución de las costuras, cabría hablar de un cierto “devenir mujer” del balón, transfigurado ahora, en detrimento de la estrategia viril de los equipos, en un arma de ataque imprevisible, de trayectoria esquiva y engañosa, de trato inseguro, cualidades tipificadas como femeninas por la misoginia más militante.


Devenir chica

Sin embargo, si hay un dominio donde lo femenino no tiene que irrumpir con artimañas ni zalamerías, es el de la música y, en particular, la música pop y sus ramificaciones en formato videoclip. Aquí triunfan en todo su esplendor las coreografías, los gestos y las voces de lo femenino, y el aficionado de cualquier género se vuelve un esteta, como Tarantino en Death Proof, capaz de llegar al fondo de sus deseos al menos con la mirada y el oído. Un programa de feminización intensiva estaría de más en un mundo poblado de tantas divas de garganta fácil como Madonna, Britney Spears, Christina Aguilera, Pink, Rihanna, Katy Perry, Anna Nalick, Grace Jones, The Pierces, Beyoncé o Lady Gaga, entre muchas otras.


En los últimos años, el efímero femenino se ha expresado como nunca en canciones y videoclips, poniendo sobre la mesa de la renegociación su problemática más acuciante. Que ésta sea casi siempre sentimental, afectiva o directamente sexual no obsta para que esta feminización de los discursos masivos, mediada por el aparato mediático capitalista, sea un acontecimiento cultural tan definitivo como estimulante…

Leer el artículo completo en salonKritik.

martes, 20 de julio de 2010

PYNCHON JOKES


(Como uno de los mayores encantos de Pynchon, y una de las cualidades que más nerviosa y atacada pone a cierta crítica, me refiero a los inquisidores y dómines dogmáticos tipo James Wood e imitadores, reverenciados por pereza y escasez de ideas propias en una situación literaria de bastante desorientación general, es su abuso programático de lo no serio, de lo cómico y trivial, la dimensión "descerebrada" e inmadura de su visión del mundo y los seres humanos, cuelgo aquí estas "colaboraciones especiales" de dos amigos, Ramón Buenaventura en el texto (discrepo de su crítica a su última novela, podrá no ser la mejor de Pynchon pero no es, desde luego, una novela aburrida sino divertidísima) y José Luis Amores (Bolmangani) en la ilustración, como homenajes lúdicos al gran novelista norteamericano. Enjoy!)



VICIO INNATO


Ramón Buenaventura


No, que no: Inherent Vice no es el mejor libro de Pynchon, sino seguramente el menos pynchoso y el más aburrido y disuasorio (no logré interesarme en lo que me contaba) (aunque también comprendo que lo haya escrito) (le apetecía, qué caramba) (quiénes somos sus lectores, tan caprichosos como él, para negarle el gusto). Pero una camarera del restaurante Belaying Pin que frecuenta el protagonista de la novela, Doc Sportello, siempre recomienda a sus clientes que antes del entrarle al plato estrella de la casa se trasieguen una o más unidades de un cóctel llamado Tequila Zombie «porque más le vale a usted estar bien cocido y bien hecho la puñeta cuando le pongan delante el plato» (traducción libérrima, que conste; pero mía, eso sí : no se acuse a nadie ).


La receta del Tequila Zombie, por si alguien quiere seguir a Pynchon también en los devaneos alcohólicos:


En coctelera: 2 buenos chorros de tequila, 1 de licor de albaricoque, 1 de ron especiado, 1 de vodka.

Agitar.

Añadir 2 chorros de zumo de pomelo y otros 2 de zumo de naranja.

Agitar de nuevo y servir sobre cubitos de hielo en vaso alto.

Bebérselo todo de un trago.

lunes, 28 de junio de 2010

RÜCKGRAT VON WIRKLICHKEIT (Episodio 2)

Este relato apócrifo de Thomas Pynchon es producto de una conspiración de amigos y admiradores para imponer la "marca Pynchon" en un ecosistema literario saturado por otras marcas extranjeras menos excitantes o más trilladas. Por otra parte, no tengo nada personal en contra de estas marcas (cuyos nombres no desvelaré, entre otras razones porque son obvios, basta con ojear catálogos o frecuentar librerías para descubrirlos sin esfuerzo), pero sí me molesta, en cambio, su sobrevaloración por una multitud de lectores perezosos y desinformados.

Como denunciaba Andrés Ibáñez hace ya unos años, con motivo de la publicación de Against the Day en Estados Unidos, el diagnóstico de todo lo que pasa a nuestro alrededor en este terreno no admite discusión: “La precaria situación de Thomas Pynchon en España es síntoma de un fenómeno, desde mi punto de vista, altamente preocupante. El hecho de que las fuerzas vivas de la cultura no han comprendido la posmodernidad, no la han aceptado, le han negado el pan y la sal, no han sabido verla, no han querido verla. Lo más trágico es que la etapa posmoderna ha terminado ya. Toda una etapa cultural se ha desarrollado ante nuestros ojos, ha crecido, ha brillado, ha desplegado y plegado sus alas, se ha perdido en el horizonte, y nuestro establishment cultural de profesores universitarios, historiadores de la literatura, críticos, directores de revistas y suplementos, se han obstinado en considerarla un fenómeno insignificante, una especie de juego “frívolo” y “metaliterario”, una etapa “autocomplaciente” y “hedonista”, una literatura “reaccionaria” cuando no espuria o “falsa” o “de segunda clase”. Es una tragedia. Es normal que las nuevas tendencias, que van a contracorriente o que cuestionan la poética dominante, se encuentren con incomprensión y con resistencia. Es normal, y es incluso saludable. Pero, repito de nuevo, Thomas Pynchon nació en 1937 y su primera novela es de 1963. Una resistencia tan larga y tan contumaz ya no es saludable en absoluto, sino más bien agotadora y desesperante. La situación actual de la literatura en España es la de una cultura oficial que va con cincuenta años de atraso con respecto a la realidad de la creación” (“Against the Day”, ABCD, 18 de noviembre de 2006).

Los miembros de la Hermandad del Tristero (o del W.A.S.T.E., como algunos prefieren denominarse en alusión al sistema postal alternativo ideado por Pynchon en su novela La subasta del lote 49) son, por riguroso orden de llegada a la meta de mi correo electrónico: Ricardo Menéndez Salmón, Jesús Andrés, Antonio Orejudo, Agustín Fernández Mallo, Carmen Velasco, José Eduardo Tornay, Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora, Alberto Santamaría, Ángel Cerviño, José Luis Amores, Pablo Muñoz/Alvy Singer, Mercedes Cebrián, Germán Sierra, Javier Moreno, María Teresa Lezcano, Francisco Javier Torres, Álex Franco, François Monti, Román Piña, Antonio J. Rodríguez/Ibrahim Berlin, Jesús Jiménez Domínguez, Óscar Gual, Robert Juan-Cantavella y Juan Francisco Ferré.

La traducción de RÜCKGRAT VON WIRKLICHKEIT sería EL ESPINAZO DE LA REALIDAD, y procede también, como todos los demás textos, de la ingente obra de Pynchon, en este caso de Against the Day (The Penguin Press, p. 604, 2006; Contraluz, Tusquets, p. 754, 2010, donde “spine of reality”, su versión inglesa, es traducida como “columna de realidad”; “espinazo” me parece una acepción, no sé por qué, léxicamente más pynchoniana y por eso la prefiero en mi traducción del complejo concepto, asociado a ciertos problemas matemáticos y a ecuaciones incompletas (con factores y vectores algo “patafísicos”) sobre una hipotética ontología numérica de la realidad).

El título Contraluz, a pesar de la magnífica traducción de Vicente Campos, imita el de la traducción francesa de Claro, muy anterior, y no termina de convencerme, con toda su referencia fotográfica a una luz que no ilumina sino que ciega; de hecho, el propio traductor se contradice y titula “Contra el día”, como en el original americano, la decisiva cuarta parte de la novela, de donde toma el título.

De todos modos, aunque incluya una referencia apocalíptica (según Tom LeClair se trataría de una alusión al Día del Juicio Final contenida verbatim en la Segunda Epístola de Pedro), Pynchon despeja cualquier duda sobre el sentido del título elegido para su meganovela cuando, describiendo los efectos de la cegadora irradiación del Evento de Tunguska, dice: “As nights went on and nothing happened and the phenomenon slowly faded to the accustomed deeper violets again, most had difficulty remembering the earlier rise of heart, the sense of overture and possibility, and went back once again to seeking only orgasm, hallucination, stupor, sleep, TO FETCH THEM THROUGH THE NIGHT AND PREPARE THEM AGAINST THE DAY” (The Penguin Press, p. 805). En este ensalmo virgiliano que subrayo con mayúsculas a causa de su importancia (“para conducirlos a través de la noche y prepararlos contra el día”, esta sería mi versión, más literal quizá, mientras Campos prefiere esta otra: “para que los ayudaran a pasar la noche y a prepararse contra el día”, Tusquets, p. 997) se cifra el sentido global de este gigantesco libro que, a su vez, cifra en su fabulosa recreación del Tiempo y la Historia, esa “patología del Tiempo”, el designio final de la obra de Pynchon.

Quizá el mundo de las novelas de Pynchon no sea una traducción fiel sino una parodia sarcástica del mundo conocido de las estadísticas y las mayorías, los diarios y las cronologías convencionales, pero (como declara la solapa de Against the Day, atribuida también a Pynchon) “con uno o dos ajustes menores, es lo que el mundo podría ser”.

AVISO: Este improvisado festival Pynchon proseguirá en unos días con más textos y más exégesis, incluidas algunas colaboraciones especiales que sorprenderán a los visitantes habituales. Advierto que Yashmeen, por desgracia, no se encuentra entre éstos…

miércoles, 23 de junio de 2010

RÜCKGRAT VON WIRKLICHKEIT (Un relato de Thomas PYNCHON)

¿Qué es esta máquina que nos lleva adelante de un modo tan implacable? Pasamos traqueteando un día más, un año más, como si cruzáramos a medianoche una innominada ciudad desierta. No tenemos más que los recuerdos de alguna pausa en los lugares en que nos divertíamos en nuestra juventud, de las doncellas, los naipes, el clarete. Nosotros tratamos de prolongar nuestra estancia, pero ahora un silencioso funcionario vestido con oscura librea nos indica que es hora de volver a subir al coche y reanudar el viaje. Por otra parte, mucho antes de llegar a destino, esta máquina se detendrá bruscamente. Llenos de temor, abriremos la portezuela para hablar con el cochero, y entonces descubriremos que no hay cochero ni caballos, tan sólo estará la máquina, que se desvanecerá mientras permanecemos ahí en pie, y una pradera cuya inmensidad nos desespera.

El poste estaba ahora erecto, la música, a cuatro compases del final. Un terrible silencio se hizo en el auditorio; gendarmes y combatientes se volvieron todos como magnetizados para mirar al escenario. Los movimientos de la Jarretière se tornaron más espasmódicos, agónicos: la expresión del rostro, de ordinario muerta, era tal que perturbaría durante años los sueños de quienes ocupaban las primeras filas. La música de Porcépic era ahora casi ensordecedora: se había perdido toda estructura tonal, las notas chillaban simultáneamente y eran lanzadas al azar como fragmentos de bomba: viento, cuerda, metal y percusión resultaban indistinguibles mientras la sangre corría por el poste, la muchacha empalada quedaba fláccida, estallaba el último acorde, llenaba el teatro, resonaba, se alargaba, cedía. Alguien apagó todas las luces de la escena, y alguien más corrió a bajar el telón.

Anoche soñé que me metían, dentro de

un narguile altísimo y burbujeante,

momento en que, de pronto, un genio árabe

saltó guiñando un ojo.

"He venido a obedecer todos tus deseos", me dijo,

mientras yo trataba de encontrar palabras.

"Buen chico", grité, "¡Me harías un enorme favor

consiguiéndome un poco de droga!"

Me tomó la mano con una gran sonrisa,

y en un instante volamos por el cielo,

y lo primero que vi en la tierra a que me llevó

¡fue una maciza montaña de hachís!

Florecían en todos los árboles purpúreas y amarillas píldoras

junto al lugar donde corría el río, Romilar,

crecían los hongos mágicos libres como el arco iris,

tan bonitos que tuve ganas de llorar.

Todas las muchachas, dulces y de lentos movimientos

venían a saludarnos, glorias matinales

entretejidas en sus lindas cabelleras,

trayendo grandes puñados de nívea cocaína,

deseosas de hacerme compartir su droga.

Retozamos allí durante días,

sin parar de revolcarnos y fumar

en el rojo y florecido Panamá,

tomando peyote y té de nuez moscada

con aquellos duendes tan amables en mi cabeza.

Aquel buen momento podría haber durado eternamente,

en realidad había decidido quedarme,

pero, ¿sabes qué?

Aquel genio pertenecía a la brigada de estupefacientes,

y me prendió allí mismo donde estaba.

Y me trajo de nuevo a este frío, frío mundo,

y ahora estoy en prisión doquiera que me halle...

y sueño con los días pasados en Droguilandia,

y me pregunto: ¿libre voy a quedar alguna vez?

Enfilaron a toda marcha hacia Los Ángeles, de vuelta a casa, casi invisibles y muy probablemente inobservados, pues Manuel y su equipo de alquimia automovilista de Carrocerías y Pinturas Zero de Santa Rosa habían desarrollado una laca especial de microestructura cristalina capaz de modificar su índice de refracción, de modo que aunque hubiera habido vigilancia de, el Trans-Am, con excepción de unas pocas franjas irisadas, se habría confundido con un pedazo de carretera vacía.

Por entonces, ella era demasiado joven para entender lo que él creía estarle ofreciendo, un secreto sobre el poder en el mundo. Eso pensaba él que era. También porque era joven entonces. Frenesí lo tomó sólo por una parábola sobre lo que sentía por ella, una parábola que, aun sin comprender exactamente, asimiló en la vasta e invencible mirada habitual en muchos hijos de los sesenta, prácticamente sin significado alguno, útil en muchas situaciones, incluida la ignorancia.

A todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es sólo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato.

Al parecer se refiere al conjunto de las vías y medios por los que en aquella época los americanos podían transmitirse mensajes, y las personas que cosntituían esa red anunciaban y transmitían los mensajes verbalmente, mensajes que se mezclaban de vez en cuando en un plasma (como la suprema realidad anímica del hindú), y surgían aquí y allá, en senderos, laderas y riscos, por medio de destellos de farol, ruido de cascos en la noche, botes con pantoque y bergantines de esnón, criptogramas enrollados entre pelucas de currutaco, canciones, sermones, campanadas en las torres, alas de sombrero, cartas pubicadas en los periódicos, hojas impresas por una sola cara repartidas en las esquinas, gritos en los límites de la ciudad orientados a lo desconocido y en pleno invierno, en medio de la noche, y se gritaba la información, siempre con la confianza de que alguien escucha en alguna parte y transmite el mensaje, por vía martíma o terrestre, a eso se dedica La Fougueuse, junto con transbordadores que van y vienen las veinticuatro horas del día, uniendo de este modo las poblaciones costeras de Connecticut, Nueva York, los Jerseys, el norte y el sur de Chesapeake, convertidos en una sola y gran criatura ramificada, y sus impulsos viajan por arroyos y calas a la velocidad del pensamiento, Virginia, las Carolinas, y llegan hasta lo más profundo de las montañas y más allá, hasta la húmeda pradera de Ohio, y desde allí...

Como residente del mundo cotidiano, Weed Atman tenía tal vez sus virtudes, pero como tanatoide se situaba sin excepción en los niveles más bajos de la mayoría de las escalas, incluidas las que medían la dedicación y el espíritu comunitario. La primera de sus muchas entrevistas con Takeshi y LD, que prosiguieron con interrupciones a lo largo de los años, había bastado para establecer una actitud de desapego, una serie de obstáculos que ninguno de ellos pudo nunca atravesar. Nos dice el Bardo Thödol, o Libro tibetano de los muertos, que el alma, en los comienzos de su transición, a menudo no reconoce gustosamente, es más, llega a negar con vehemencia, que está realmente muerta, pues ha pasado tan fácilmente a su nuevo estado que no encuentra diferencia entre lo insólito de la vida y lo insólito de la muerte, circunstancia fomentada, en opinión de Takeshi, por la televisión, cuya tradicional costumbre de frivolizar el tema con programas médicos, programas de guerra, programas de policías y programas de asesinatos había logrado trivializar hasta la misma Gran M. Si hay vidas mediadas, se decía, ¿por qué no ha de haber muertes mediadas?

La verdad es que su salida se demora más de lo que habría sido lo normal. Todos los seres vivos que hay en la zona, incluso los vegetales, interrumpen lo que están haciendo y esperan. La lombriz parece muy hambrienta. Lentamente, la lombriz se traslada hasta uno de los islotes del río, donde establece su base de operaciones. Sus necesidades son sencillas: alimento, bebida y el placer que obtiene cuando mata. Come ovejas y cerdos, extrae la leche de nueve vacas a la vez… El número nueve aparece una y otra vez en el relato, aunque el motivo no está claro, y los perros, gatos y seres humanos imprudentes no son más que ligeros tentempiés para la lombriz. A su alrededor empieza a crecer un círculo de devastación, pálido y sucio, en el que nadie penetra y del que todo el mundo ha de alejarse, un poco cada vez, a medida que se ensancha. El animal se aventura cada día un poco más lejos, hasta que finalmente el círculo de terror avanza hasta que desde él se tiene una vista directa de las almenas del castillo de Lambton; es éste un refugio definitivo, sin duda inviolable, aunque los moradores del castillo no se atreven a organizar el éxodo, pues, cuando es necesario, la lombriz puede moverse a gran velocidad, incluso con más rapidez que un caballo al galope. Los del castillo han contemplado aterrados muchas persecuciones mortales por la llanura costera, allá abajo, porque, una vez sobre aviso, la lombriz, en terreno abierto, puede interceptar fácilmente a sus víctimas, que se hallan lejos de cualquier refugio o no tienen posibilidad de huida. Empieza así la obsesión por la lombriz.

–Si es que no entendéis –dijo Driblette exasperándose–. Sois como los puritanos con la Biblia. Fanáticos de la literalidad. Tú sabes dónde está la obra, ¿verdad? No está en el archivador, ni en el libro que buscas, sino –salió una mano del vaporoso sudario de la ducha y señaló la cabeza suspendida en el aire–aquí dentro. Para eso estoy yo. Para dar corporeidad al espíritu. ¿A quién le importan las palabras? Son ruidos mecánicos para apoyar el ritmo de los versos, para penetrar la barrera ósea de la memoria de un actor, ¿no? Pero la realidad está en esta cabeza. La mía. Yo soy el proyector del planetario, todo el cerrado microcosmos que se ve en el círculo del escenario sale de mi boca, de mis ojos y a veces también de otros orificios.

—Éstas son Molly y Dolly, estudiosas de las artes eléctricas, a quienes me complazco en examinar de vez en cuando sobre el tema, sí… Por cierto, si les apetece, esta noche, caballeros, voy a dar un recital con la armónica en La Buena Ancla, que está en el muelle de los Carpinteros, más allá del Café de Londres. Es una especie de…, lo tengo en la punta de la lengua…

—Cantina —dice Molly.

—¡Fumadero de opio! —exclama Dolly.

—Señoras, señoras…

—¡Doctor, doctor!

Al parecer, los que regresan de China-Birmania-India se reúnen para jugar a las canicas con bolitas de opio. Se pueden recoger cientos de ellas si uno se espabila. El sanitario Krypton se mete el dinero en el bolsillo y deja a Bodine, que se queda pensando, retorciéndose un pulgar, en lo que acaba de oír; mientras se aleja, siente crecer en él un irreprimible impulso… Hace una pausa para beber alcohol etílico y jugo de pomelo de una vaina de proyectil, tras desmenuzar sobre ella con los dedos una de las extrañas pastillas de codeína. Es víctima de un breve episodio de paranoia cuando aparecen dos policías militares con sus gorras rojas y, acariciando sus porras, le dirigen —al menos él se lo imagina— amenazadoras miradas. Se escabulle en la noche al amparo de las paredes y del oscuro cielo. Está llegando a un estado especial muy suyo, que él podría patentar con el nombre de Superdoping Krypton.

- Por Dios, -dijo Saúl, levantando un brazo-. Deshumanizado. ¿Cuánto más humano puedo ser? Estoy preocupado, Albóndiga, de veras. Hoy en día hay europeos que deambulan por el norte de África con la lengua arrancada porque la emplearon en decir lo que no debían. Sin embargo los europeos creían que sus palabras eran correctas.

- Barrera de lenguaje -sugirió Albóndiga.

Saúl bajó de la estufa.

- Ese es un buen candidato al peor chiste del año -comentó irritado-. No, listo, no es una barrera. En todo caso es una especie de filtración. Dile a una chica: "Te quiero". Los dos elementos implicados, tú y ella, no presentan ningún problema, forman un circuito cerrado. Pero con el repugnante verbo "querer" has de tener cuidado, pues se presta a la ambigüedad, a la redundancia, incluso irrelevancia, a la filtración. Y eso es ruido. El ruido estropea tu señal, provoca la desorganización del circuito.

Está a punto de cumplirse. Para Friedrich Auguste Kekulé von Stradonitz, su sueño de 1865, el gran Sueño que revolucionó la química e hizo posible el surgimiento de la IG. Para que el material adecuado pueda encontrar su camino hacia el soñador adecuado, cada cual, cada cosa, debe estar exactamente en el lugar que ocupe en el patrón. Jung tuvo la amabilidad de darnos la idea de un mancomunidad ancestral en la que todos comparten el mismo material onírico. ¿Pero cómo es que todos somos visitados como individuos, cada uno únicamente por aquello que necesitaba? ¿Acaso esto no implica alguna maniobra o cambio de dirección en los cauces que nos traen estos sueños? ¿Algún tipo de burocracia? ¿Y si los de la IG asistieran a sesiones espiritistas? Sin duda se sentirían a sus anchas entre los burócratas del otro lado. El sueño de Kekulé se dirige ahora a lo largo de puntos que podrían arquearse a través del silencio, claramente renuentes a vivir dentro del movimiento móvil; es una luz humana, imperfecta, que interfiere aquí con las solemnes decisiones binarias de estos agentes que ahora permiten que pase la Serpiente Cósmica, con todo el esplendor violeta de sus escamas, brillando de un modo que es definitivamente no humano...

Una noche, al final del primer mandato de Roosevelt, bajó por el primer hueco de alcantarilla llevando consigo un Catecismo de Baltimore, su breviario y, por razones que nadie pudo averiguar, un ejemplar del Arte de la navegación moderna de Knight. Lo primero que hizo, según sus diarios (que fueron descubiertos meses después de su muerte) fue echar una bendición eterna y unos cuantos exorcismos sobre todas las aguas que discurrían por los albañales entre Lexington y el East River y entre las calles Ochenta y seis y Setenta y nueve. Esta es la zona que se convirtió en Fairing's Parish. Las bendiciones aseguraban un adecuado suministro de agua bendita, y también eliminaban el problema de los bautismos individuales cuando finalmente hubiera convertido a todas las ratas de la parroquia. Esperaba asimismo que otras ratas tuvieran conocimiento de lo que estaba ocurriendo en la parte superior del East Side y acudieran a convertirse también. En poco tiempo, el padre Fairing se habría convertido en el jefe espiritual de los herederos de la tierra. Consideró un sacrificio suficientemente menguado por parte de los roedores, que le proveyeran diariamente con tres miembros de su especie para su mantenimiento físico, a cambio del alimento espiritual que él les proporcionaba.

En un compás indeterminado de la resonante partitura de la noche se le ocurrió también que estaba segura, que algo la protegía, aunque tal vez fuese sólo la borrachera que se le despejaba linealmente. La ciudad, maquillada y acicalada con las palabras e imágenes de costumbre (cosmopolita, cultura, tranvías), era suya como nunca hasta entonces lo había sido; aquella noche tenía libre acceso a los ramales más lejanos de su sistema circulatorio, tanto a los capilares demasiado pequeños para ser observados, como a los vasos apelotonados y aplastados de los impúdicos granos municipales, a flor de piel para que todos salvo los turistas los vieran. Nada de la noche podía conmoverla, nada la conmovió. La reiteración de los símbolos bastaría, puede que además sin conmociones, para minimizar la noche, incluso para desgajársela de la memoria. Estaba condenada a recordar. Encaró la posibilidad como habría podido encarar la calle en miniatura desde un balcón muy alto, un viaje en la montaña rusa, la hora de la comida de los animales del zoológico; un deseo de muerte que puede satisfacerse con el mínimo ademán. Rozó el borde del área voluptuosa de dicho deseo, consciente de que sucumbir a él sin más superaría todo lo imaginable; de que la atracción gravitatoria, las leyes de la balística y la voracidad salvaje no le prometían más dulzuras. Hizo la prueba, con un escalofrío: estoy condenada a recordar. Cada indicio que se presenta tiene que poseer su propia diafanidad, sus inequívocas posibilidades de permanencia. Pero como es lógico se preguntó si estos “indicios” diamantinos no serían más que formas de compensación. Para reparar la pérdida de la Palabra directa y epiléptica, el grito que podía anular la noche.

Cuando la tierra era aún un paraíso, hace mucho, mucho tiempo, dos grandes imperios, el Mal y el Bien, lucharon por hacerla suya. Venció el Mal, y el Bien se retiró a prudente distancia. No pasó mucho tiempo sin que rebaños de ciudadanos del Reino Inferior empezaran a visitar la Tierra Ocupada con tarifas de excursión colectiva, pululando con sus turismos y camiones-vivienda de amianto por todo el paisaje, buscando en las tiendas gangas propias de una mano de obra barata, sacándose mutuamente fotos en un ambiente azul y verde invisible para las películas que se podían comprar en el Infierno... hasta que la novedad dejó de serlo, y los visitantes empezaron a percatarse de que la Tierra era igual que sus hogares, el mismo tráfico, comida desagradable, degradación del medio ambiente, etc. ¿Para qué salir de casa sólo para encontrar una versión de segunda categoría de aquello de lo que trataban de escapar? De modo que la industria turística empezó a declinar, y después el Imperio a retirar primero a sus administradores y después incluso a sus tropas, como cerrándose sobre sí mismo, más cerca de sus fuegos infernales. Transcurrido un cierto tiempo, los túneles de entrada empezaron a cubrirse de vegetación, perdiendo sus contornos y desapareciendo enterrados por avalanchas, inundados por sedimentos, hasta que sólo algunos individuos solitarios, niños, tontos del pueblo, tropezaban de vez en cuando con alguno, en un lugar desierto, pero sin atreverse a penetrar más allá de los primeros recodos, donde se acaba la luz exterior.

-¿Esa es la elección? ¿Luz o coño? ¿Qué clase de elección es ésa?

Esos pobres inocentes –exclamó en un susurro afligido, como si una ceguera se hubiera sanado sola de golpe, permitiéndole por fin ver el horror que transpiraba sobre el suelo-. Antes, al principio de todo esto…, deben de haber sido unos simples chavales, muy parecidos a nosotros… Sabían que estaban ante un gran abismo cuyo fondo nadie podía ver. Pero se arrojaron a él igualmente. Dando vítores y riendo. Era su propia “Aventura” grandiosa. Eran los héroes juveniles de una Narración del mundo; irreflexivos y libres, se precipitaron a esas profundidades por decenas de millares, hasta que un día se despertaron, los que seguían con vida, y en lugar de encontrarse posando con nobleza ante cierta geografía moral dramática, se vieron arrastrándose presas del pánico en una trinchera de barro, rodeados de ratas, oliendo a mierda y a muerte.

Se necesitarían ocho vidas y muertes humanas sólo para crear una letra del nombre de ese ser... Su expediente completo podría ocupar un espacio considerable de la historia del mundo. Somos dígitos en la computadora de Dios, tarareó, más que pensó, en su fuero interno, al son de una vulgar melodía espiritual, y lo único para lo que servimos, estar muertos o vivos, es lo único que Él ve. Todo aquello por lo que lloramos, por lo que luchamos, en nuestro mundo de sangre y trabajo, le pasa desapercibido a ese intruso cibernético que llamamos Dios.

Fergus Mixolydian, el judío armenio-irlandés y hombre universal, pretendía ser la criatura más perezosa de Nueva York. Sus intentos creativos, todos ellos incompletos, iban desde western en verso libre hasta un tabique había quitado de un retrete del aseo de caballeros de la Pennsylvania Station y que presentó en una exposición de arte como lo que los viejos dadaístas llamaban «ready-made». La crítica no fue benevolente. Fergus se volvió tan perezoso que su única actividad (aparte de las indispensables para mantenerse fisiológicamente vivo) consistía en, una vez por semana, juguetear en el fregadero de la cocina con células secas, retortas, alambiques, soluciones salinas. Lo que estaba haciendo era generar hidrógeno, que iba a llenar un globo verde resistente con una enorme Z pintada en él. El globo lo ataría con una cuerda al borde de la cama cuando se propusiera dormir, único modo de que los que vinieran a verle supieran decir de qué lado de la conciencia se encontraba Fergus.

La chica había oído la lluvia y los pájaros incluso antes de que se despertara del todo. Se llamaba Aubade: medio francesa medio anamita, vivía en un planeta extraño y solitario, muy particular, donde las nubes y el olor de las poincianas, la acritud del vino y el contacto fortuito de unos dedos por su región lumbar o, como plumas, por sus senos, todo ello se convertía inevitablemente para ella en elementos sonoros de una música que emergía por entre los intervalos de una aulladora oscuridad de discordancia.

Porque en este punto de la obra los acontecimientos adquieren una cualidad extraña y se introduce subrepticiamente en los diálogos cierta ambigüedad, cierta inquietud. Hasta aquí, ha habido que interpretar los nombres o en sentido literal o en sentido figurado. Pero desde que el duque da la orden de matar, se impone una modalidad expresiva diferente. De ella sólo podemos decir que es una especie de desgana ritual. Queda de manifiesto que ciertas cosas no pueden decirse en voz alta; que ciertos acontecimientos no pueden representarse en escena; aunque habida cuenta de los excesos de los actos anteriores, cuesta imaginar de qué se trata. El duque no nos aclara nada, tal vez porque no puede. Cuando se pone a gritar a Vittorio, dice claramente quiénes no han de correr en pos de Niccolò: a sus propios guardias les dice en la cara que son unos gusanos, unos payasos y unos cobardes. Pero entonces, ¿quiénes han de ser los encargados de perseguir a Niccolò? Vittorio lo sabe; como lo saben todos los pelafustanes y guardacoimas de palacio que van de aquí para allá ataviados con el uniforme de Squamuglia y que intercambian «miradas de entendimiento». Es un bromazo doméstico. El público de la época lo sabía. Angelo lo sabe, pero no lo dice. No acaba de revelarlo por mucho que se aproxime.

-Rediós -dijo-, esto es un plagio, y encima nos han censurado, a Wharfinger y a mí, pero al revés.

Se refugiaba cada vez más en el problema de la función Zeta, con el cual se distraía incluso cuando la compañera de clase cuya mirada había cruzado y mantenido durante el día entraba de puntillas después del toque de queda y se metía desnuda en la estrecha cama de Yashmeen, ni siquiera en ese raro y silencioso momento podía ignorar la cuestión, casi como si él se la estuviera susurrando al oído, de por qué Riemann había planteado la cifra de un medio al principio en lugar de inferirla más adelante… “Por descontado, uno querría tener una prueba rigurosa”, había escrito el matemático, “pero he dejado la búsqueda a un lado… tras algunos fugaces y vanos intentos, porque no es necesario para el objetivo inmediato de mi investigación”.

Pero ¿acaso eso no implicaba...? La tentadora posibilidad quedaba sencillamente fuera de su alcance…

e imaginemos que en Gotinga, entre sus documentos, en algún informe escrito sólo para sí mismo y todavía sin catalogar, él hubiese sido incapaz de no volver al problema, obsesionado como todos los demás desde entonces, incapaz de no volver a la serie exasperantemente sencilla que había encontrado en la obra de Gauss y ampliado para explicar por completo el mundo especular “imaginario” que incluso Ramanujan, aquí en Trinity, había pasado por alto hasta que se lo señaló Hardy…, y que lo hubiese revisitado, que en cierto sentido hubiese reiluminado la escena, posibilitando la demostración de la hipótesis con todo el rigor que desearía cualquiera…

-A ver, Pinks, estás aquí, ¿verdad?

-¿Y dónde estás tú, insolente? No parece que donde deberías, pero eso vamos a arreglarlo, ¿verdad que sí?...-dijo agarrando a la chica por el cabello rubio con bastante rudeza, y, en un único y elegante movimiento, se levantó el camisón y al mismo tiempo se sentó a horcajadas sobre la carita impertinente…

miércoles, 9 de junio de 2010

TODA LA MEMORIA DEL MUNDO


Muchos siglos antes de Julio Verne, Dante Alighieri, un escritor de ciencia ficción de fines del siglo trece y comienzos del catorce[i], viajó al centro de la tierra para dialogar con los muertos, siguiendo la estela de otros precursores. En el Infierno descubrió una imagen deforme del mundo terrestre pero, sobre todo, la existencia de planetas menos tortuosos como el Purgatorio, una anodina sala de espera espiritual, o el Paraíso, un lugar radiante habitado por tenues criaturas entregadas al conocimiento infinito. La fuerza inusitada que movía al viajero cósmico en su travesía era la misma que, según la creencia dominante, mantenía unido el universo. El amor.

Muchos siglos después, replicando a Dante, Borges descubrió que el planeta más extraño de todos era aquel en el que vivía por azar, un planeta insignificante donde todos los tiempos y los espacios coexistían sin confusión. Ese planeta paradójico encerraba también un inquietante secreto amoroso.

Como se ve, la Divina Comedia medieval y “El Aleph” moderno anticipan ya la fórmula creativa de El fondo del cielo (Mondadori, 2009), de Rodrigo Fresán, esta novela homenaje a un género literario y cinematográfico (la ciencia ficción) que ha dejado de serlo para volverse un vasto repertorio de metáforas. El viaje espacial, el descubrimiento de nuevos mundos, el amor más allá de las barreras del tiempo y el espacio como promesa de felicidad y salvación, la cronología del universo como la historia de amor y desamor más antigua y elemental, etc.

La ciencia ficción surge en la historia para dar respuesta a una doble necesidad: primera, traducir al código de la ciencia y la tecnología el acervo de mitos, leyendas y fábulas almacenado desde antiguo en la imaginación humana; y, segunda, transcribir en el código figurativo de la cultura humana las nuevas realidades, a menudo inhumanas, engendradas por la ciencia y la tecnología. En este sentido, no es casual que el triángulo de amor y amistad de El fondo del cielo asuma al final la imagen de una constelación celeste, ni que esté formado por un escritor profesional de ciencia ficción, un científico experimental y una enigmática mujer, híbrido de escritora y visionaria, por la que ambos sienten un amor que no es de este mundo; mientras ella, una “extraterrestre” perdida en la órbita grosera del planeta, los ama como sólo se puede amar a criaturas tan vulnerables desde la lejanía astral.

Las metáforas de la ciencia ficción sirven a Fresán para ir narrando una historia compleja que tiene mucho de alegoría sobre el siglo veinte. El siglo que conoció por primera vez el fondo infundado de la materia y el grácil bucle del espacio-tiempo infinito. El siglo en que la ciencia y la ficción se plantearon similares aspiraciones prometeicas. El siglo que manipuló esa inveterada historia de amor y odio entre la energía y la materia del universo para servir a la voluntad de poder y destruir el mundo. El siglo del cine y de Stanley Kubrick, precisamente, director de películas paradigmáticas (Dr. Strangelove, 2001: Una odisea del espacio y La naranja mecánica) sobre la historia del siglo.

Sin olvidar, por supuesto, la perturbadora peripecia del presente. Este siglo veintiuno que encarnaba hasta hace poco el símbolo del futuro. El horizonte imaginario de un difuso porvenir que ahora, ironía histórica, es actualidad intempestiva. Así el año 2001 y la sigla imborrable del 11-S, central en la trama novelesca: el acontecimiento traumático que clausuró una era y dio comienzo a otra, no menos extraña.

De este modo, El fondo del cielo procesa información extraída de todos los discursos implicados en la definición de lo contemporáneo (un archivo de múltiples formatos y soportes) a fin de reconstruir la memoria artificial de una especie en vías de extinción con momentos estelares de su historia universal (desde el principio pirotécnico del Big Bang hasta el fin del mundo que conocemos).

Toda la memoria del mundo, como en aquella película de Resnais, envasada en un volumen que es también una biblioteca babélica. Un recuerdo aún humano, demasiado humano quizá, y no el simulacro mnemónico de un androide. Una tentativa de reminiscencia total anterior a la desaparición de lo humano y a ese momento crítico en que una máquina tendrá inteligencia suficiente para memorizar todos los datos y sumir a sus falibles programadores en la amnesia total.

Todo esto y mucho más nos “recuerda” esta maravillosa novela de Fresán.


[i] Como nadie puede desconocer, esta es una licencia intelectual y un anacronismo histórico que me permito como provocación para llamar la atención sobre ciertas cuestiones que no han pasado desapercibidas en otros países donde la ciencia ficción no vegeta en los márgenes de la cultura. Cualquiera que haya leído la obra de Dante “desde el presente” no habrá podido evitar sentir, al recorrer el Inferno, el Purgatorio y, sobre todo, el Paradiso, ese vértigo ontológico y esa síntesis espaciotemporal que el género de la ciencia ficción nació para acomodar al imaginario de una sociedad plenamente tecnológica.