viernes, 3 de septiembre de 2021

DOBLE LLAVE

  

[Junichirô Tanizaki, La llave, Debolsillo, trad.: Keiko Takahashi y Jordi Fibla, 2021, págs. 256] 

La llave (Kagi) es y no es la obra más erótica de Tanizaki. Es la llave a su imaginario artístico, como veremos, tal vez su novela más lograda y famosa, pero quizá no sea la llave a su “economía libidinal”, en el sentido que da Lyotard a este concepto. Esta otra “llave” habría que buscarla, más bien, en el Diario de un viejo loco (1962), su última novela publicada. Acaso sí sea La llave, sin embargo, la novela que mejor exprese su visión del erotismo y la sexualidad humana, pero de un modo impersonal, extraño a sus propias obsesiones y problemas, abordando una temática que, en su momento, allá por el año 1956, escandalizó a la sociedad japonesa de su tiempo, que se precipitó a leer esta novela obscena en masa, consumiendo con avidez inusitada sus sucesivas entregas en la revista literaria Chūokōron (“Revista Central”), obligando con su avidez y curiosidad morbosa al parlamento japonés a discutir la conveniencia de prohibirla. La llave fascinó, además, a la mirada occidental más “orientalista”, como diría Edward Said, que, a pesar de sus licencias y desinhibiciones, halló entre sus páginas una versión o perversión moderna de ese refinamiento erótico que se atribuía al imaginario japonés desde siempre. La inteligencia narrativa de Tanizaki alcanza aquí su cenit en la medida en que, para expresar una serie de verdades sobre la vivencia carnal del ser humano, en su antagonismo de géneros más o menos complementarios, como establecía la milenaria filosofía taoísta del yin y el yang importada de China, recurre a una ingeniosa estratagema narrativa.

El escabroso punto de partida de la trama es el diario de un anónimo hombre casado, un avejentado profesor universitario de cincuenta y seis años que siente que su matrimonio no va a ninguna parte ya que le faltan las fuerzas físicas para estar a la altura del potencial sexual de su mujer, Ikuko, de cuarenta y cuatro años, que vive aletargada como amante por culpa de la debilidad de su marido tras veinte años de convivencia doméstica. La forma diarística, la técnica acreditada del “nikki”, el tono confesional del discurso, permiten confrontar los puntos de vista de los esposos con mayor intensidad. El decrépito marido cuenta sus propósitos corruptores, sin rebozo alguno, mientras Ikuko, con inocencia al principio, narra en su propio diario cómo se ve involucrada en el plan marital de desatar su libido dormida, y cómo se deja arrastrar paso a paso por las sórdidas maquinaciones del marido y acaba colaborando con él para transformarse en una mujer que considera el placer libidinal el fin esencial de su vida.

Se crea así un endiablado mecanismo textual y sexual de doble perspectiva, masculina y femenina. Marido y mujer participan del juego recíproco de escritura impúdica y lectura indiscreta, logrando este dispositivo de voces alternas tener efectos reales sobre la psique de cada uno de ellos, su voluntad y acciones, determinadas por lo escrito y leído por cada uno de los esposos para saber cómo responder a los deseos del otro. El argumento narrativo, todo aquello que contiene su mecanismo de escritura y lectura, se resume como la historia de un marido decadente que siente que su mujer, tras demasiados años de aburrida convivencia, se ha convertido en un desecho sexual. Él considera, sin embargo, que ella está muy bien dotada para el amor físico y solo aspira a que se libere de su opresión conyugal y alcance la plenitud carnal mediante el adulterio. Los juegos equívocos del marido, incorporando la fotografía instantánea en la seducción, invitan a Ikuko a descubrir la belleza y atractivo de su cuerpo desnudo y la incitan a flirtear con el joven Kimura, amigo de su hija Toshiko y discípulo de su marido, quien poco a poco va sintiendo un poderoso deseo por esta mujer apenas madura y aún excitante hasta que se convierten en amantes apasionados.

En conclusión, la “llave” de la ficción y la “llave” del título original de la novela son pues, además de una metáfora sexual, un signo ambiguo del juego hermenéutico privado entre los esposos y una reflexión final sobre el poder del juego literario para desvelar los secretos más inconfesables de la experiencia humana. Es posible discutir, por esto, si La llave es o no la máxima expresión del erotismo de Tanizaki. Esta ambivalencia se debe a que la novela hace del erotismo una clave de interpretación de la vida y la literatura y desvela una verdad que no es únicamente erótica. Es, sin duda, la llave a su imaginario artístico: la novela que encierra el secreto de su personalidad creativa y de su visión del mundo, las relaciones, el lenguaje, la cultura y el arte.

Esto convierte a La llave de Tanizaki, tanto como a Las leyes de la hospitalidad de Pierre Klossowski, trilogía novelesca con la que establecería una extraña sincronía temporal y afinidad artística, en uno de los textos más perversos, en el sentido literal, y uno de los más complejos y trascendentes, en el sentido figurado, de la literatura mundial del siglo XX.

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