viernes, 4 de septiembre de 2020

EROS Y KARMA



[Anónimo, Si pudiera cambiarlos, Satori, trad.: Jesús Carlos Álvarez Crespo, 2019, págs. 298]

La primera novela transgénero se escribió en Japón hacia el final del período Heian (siglo XII) por una mano anónima, que algunos intuyen femenina. En esa época de grandes mujeres dadas a la escritura autobiográfica, como Murasaki y Shonagon, se podría concluir incluso que la autora describía los dilemas íntimos de su vida. Así, esta novela medieval expresa el dolor y dificultad del sexo femenino en la sociedad patriarcal con una agudeza comparable a la de ciertas comedias de Shakespeare o el “Orlando” de Virginia Woolf. Celebremos, pues, la publicación de esta anomalía narrativa en una traducción vertida desde la lengua original.
Esta novela singular se titula literalmente: “La historia de ojalá pudiera cambiarlos” (“Torikaebaya monogatari”, en japonés antiguo). La expresión es un refrán arcaico puesto en boca de Sadaijin, el padre de dos criaturas de sexo opuesto que llevan mal los roles sociales del género. Sadaijin es un importante ministro de la corte, casado con dos mujeres, una a la que apenas ama y otra a la que ama algo más, aunque nunca tanto como a la prosperidad imperial o familiar. Con cada una de sus esposas tiene un vástago, hijo en el primer caso, hija en el segundo. El niño (Wakagimi) se siente poco interesado en las ocupaciones propias de su sexo, y la niña (Himegimi) otro tanto, hasta el punto de sentirse atraída por actividades que resultan inadmisibles cuando las practica una fémina, como tirar con arco, tocar la flauta o componer poemas en chino. Ambos hermanos son, desde la perspectiva del género, seres indefinidos, inusuales o inadecuados (“yozukazu”, en japonés).
El desdichado padre culpa a los pecados de otra vida, al karma budista, de su complicada situación, y tal es la presión que ejerce sobre él la diferencia filial entre fisiología, psicología y programación cultural que acaba aceptando, con la llegada de la mayoría de edad y la ceremonia consiguiente, que el niño se invista y travista de niña y la niña haga lo propio negando sus atributos femeninos y fingiendo ser un chico inteligente y ambicioso en el mundo cortesano, mientras su ambiguo hermano aparentará ser una chica tímida y pudorosa.
Esto es solo el principio de una trama de múltiples episodios amorosos y sexuales que se enreda hasta el vértigo en la primera mitad de la novela (Libros I y II) para luego, en la segunda (Libros III y IV), ir desenredando los perversos nudos del intercambio de papeles, con admirable simetría, en un desenlace prolijo en embarazos, nacimientos y matrimonios de conveniencia. El final es apoteósico: Himegimi recupera la feminidad convencional, enamora con su belleza al emperador y se convierte en emperatriz y madre de cinco hijos de diversos padres, y su hermano Wakagimi, al activar el poderío viril, engendra seis hijos con tres mujeres aristocráticas y es nombrado ministro.
El travestismo erógeno de la novela participa también del travestismo literario, de la voluntad estética de burlarse y parodiar los valores morales y géneros narrativos de la era Heian. Para colmo, existieron dos versiones de la historia, escritas en épocas sucesivas, de las que la versión actual es un híbrido: la primera, de autoría masculina, era más explícita y ruda, y la segunda, de autoría femenina, presentaba un mayor refinamiento, suavizando la crudeza de algunas escenas escabrosas. Durante mucho tiempo, esta obra fue menospreciada por los eruditos, acusándola de inmoral y obscena. Tuvo que ser el gran Yasunari Kawabata quien la reivindicara como obra original, escribiendo una versión moderna en 1948. Hoy sirve de inspiración a un creador tan delicado como Makoto Shinkai.

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