miércoles, 22 de julio de 2020

ORGULLO, PREJUICIO Y KIMONOS



[Chiyo Uno, Confesiones de amor, Alpha Decay, trad.: Junichi Matsuura y Lourdes Porta, págs. 214]
           
            La “novela del yo” es el género con que la literatura japonesa de finales del XIX liquida su herencia y abre las puertas de la modernidad del siglo XX. Género viril por excelencia en sus principios, daría lugar décadas después al florecimiento de voces femeninas que supieron conjugar experiencia y dicción, sabiduría existencial y refinamiento literario, a la hora de contar la singularidad de la vida de las mujeres bajo las inflexibles leyes del patriarcado nipón. Entre estas autoras pocas tan excepcionales como Chiyo Uno (1897-1996), que atravesó todo el siglo con una vitalidad admirable y fue capaz de enfrentarse a la adversidad personal y nacional con una alegría carismática, como demuestran sus memorias (“Seguir viviendo”), publicadas en los años ochenta.
            Ya su debut narrativo fue sorprendente. En 1921, ganó un prestigioso premio con una novela corta (“El rostro maquillado”) en la que se atrevía a desafiar a la moral convencional reivindicando, como haría una lectora de Baudelaire o Baudrillard, el poderío femenino y la fuerza erótica derivados del uso del maquillaje y el adorno del cuerpo para la seducción. No es extraño, por tanto, que años después Uno alcanzara la celebridad mundana diseñando kimonos, montando una tienda tokiota de ropa de moda llamada Style y fundando una revista homónima donde se defendía la elegancia y el buen gusto y se daba voz en sus páginas a las escritoras más libres de la época. Uno era un paradigma radical de lo que los japoneses llamaban moga: una chica moderna (modan gāru) más atraída por los estilos de vida y sensibilidad occidentales que por las formas tradicionales de su país. Solo la ley marcial del imperialismo japonés de los años treinta reprimió por un tiempo este desenfreno femenino del que Uno era líder literaria.


Publicada en 1933, esta espléndida novela supuso tal escándalo en la sociedad japonesa de su tiempo que lanzó a Uno a la fama inmediata. En ella, pone el foco narrativo en un pintor mujeriego, Jōji Yuasa, que le cuenta en primera persona su complicada historia de amoríos con tres chicas arrebatadoras (la nínfula Takao, la bella Tsuyuko, la enfermiza Tomoko) y es utilizado por la autora, invirtiendo la perspectiva con inteligencia, como una marioneta para denunciar los obstáculos, morales o sociales, con que tropezaba la libertad vital de las mujeres. Uno retrata en Jōji a quien fuera su amante, Seiji Tōgō, un artista fascinado con la feminidad, como revelan sus sensuales cuadros. Uno conoció a Tōgō cuando visitó su estudio para escribir un reportaje sobre su figura y acabó haciendo el amor con él sobre un sofá donde se apreciaban aún las manchas de sangre del suicidio de una de sus amantes.
Esta es una novela de estilo confesional donde los enredos sentimentales y matrimoniales, con divorcios amargos y bodas secretas, podrían recordar a la narrativa psicológica de Jane Austen, pero en el modo sinuoso en que se desarrolla la trama, la sensación de vacío e inutilidad de los personajes, la fatalidad que conduce la historia hasta un final trágico, un sacrificio ritual consumado por amor entre sábanas blancas y borbotones de sangre, no pueden ser más afines a los presupuestos contemporáneos del eroguro, esa vertiente grotesca y dionisíaca de la cultura japonesa de la que Rampo o Tanizaki serían sus representantes más célebres. Con lucidez libertina, Uno se apropia de la mente y sensibilidad pictórica de su amante masculino, lo transfigura en triste protagonista de los episodios pasionales para poner al mismo nivel sexual las turbias motivaciones del hombre y de las mujeres que lo atrapan con sus encantos. Esto no se llama feminismo. Esto se llama realismo. 

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