lunes, 10 de febrero de 2020

LA ESTERILLA DE CARNE



 [Li Liweng (Li Yu), La alfombrilla de los goces y los rezos, Editorial Verbum, Enrique Gallud Jardiel (ed.), 2019, págs. 300]

            Más allá de los grandes clásicos de la era Ming (1388-1644) existe un canon de ficciones que rivalizan con ese cuarteto de monumentos literarios si no en ambición y extensión, sí en agudeza e inventiva. Uno de los más originales escritores del período decadente de esa gloriosa dinastía es Li Liweng, más conocido como Li Yu (1611-1680). Dramaturgo popular y empresario teatral, libertino vocacional y letrado fallido, autor de cuentos ingeniosos y de diarios y ensayos repletos de vivacidad e inteligencia, es el autor probable, en especial, de la novela pornográfica china más famosa (Jou Pu Tuan, o, en la traducción literal de Pierre Klossowski, La carne como esterilla de oración). En la cultura china, las obras eróticas cumplían un papel esencial. El ideario confuciano, instruido por la sexología taoísta, consideraba una fuente de buena salud social el “arte del dormitorio”, el comercio carnal del yin y el yang que novelas licenciosas e ilustraciones obscenas estimulaban.
Esta situación la alegoriza con picardía y humor el capítulo III de la novela, donde Weiyangsheng, el joven protagonista, recién casado debe instruir e incitar a Yuxiang, la esposa virgen hija de un dogmático confuciano, a consumar el matrimonio con la lectura de ficciones picantes y la contemplación de imágenes gráficas sobre posiciones y actos sexuales, con palabras como estas: “Precisamente porque se trata del tema más serio desde la mismísima Creación, los artistas han elegido pintarlo, montarlo en seda, ponerlo a la venta en tiendas de arte, y conservarlo en bibliotecas con el único propósito de aconsejarle a la posteridad sobre los modelos de conducta acertados. De lo contrario, con el correr del tiempo, se perdería gradualmente todo conocimiento del fortalecimiento recíproco del yin y el yang, maridos y esposas se rechazarían entre sí, cesaría la reproducción y, por último, se extinguiría la humanidad”.


Li Yu escribió un célebre drama lésbico (Lian Xiang Ban; “La compañía que amaba el dulce aroma”, en la traducción de Patrick Hanan) que se resolvía cuando el marido aceptaba a la amante de su mujer como segunda esposa, viviendo así un triángulo perfecto de felicidad conyugal. No menos perversa es esta excitante novela atribuida a Li Yu, donde un joven atractivo y hedonista, Weiyangsheng (“el Erudito de Medianoche”), decide, contrariando el mandamiento del maestro budista Budai Heshang, emprender el camino del libertinaje y la carne promiscua en lugar del retiro ascético y la meditación austera y saciar su apetito vital yaciendo con numerosas mujeres hermosas antes de rendirse, desengañado y maltrecho, a la evidencia de que la lujuria desmedida descarría el alma y destruye el cuerpo. Tres años bastan al ingenuo personaje para transitar las cuatro estaciones (primavera, verano, otoño e invierno, que simbolizan las cuatro partes de la novela con cinco capítulos cada una de ellas) de peregrinación hacia la redención final, desde un matrimonio anodino, salvado con el abuso de manuales sicalípticos, hasta la orgía frenética con múltiples amantes, mediando una truculenta operación quirúrgica por la que aumenta su pene minúsculo acoplándole el de un perro enardecido.
En el fondo, Li Yu viene a contarnos una paradoja erótica que admite interpretaciones en otros campos de la experiencia humana: cuanto más el puritanismo y la ortodoxia religiosa pretenden refrenar los deseos y placeres, más se instala en la trastienda el adulterio y la pasión ilícita. El Eros es una fuerza tan colosal que ni todas las morales y policías del mundo pueden frenarla. Lo más que se puede hacer, como predica Li Yu en sintonía con las enseñanzas de Sade, es refinar y controlar su acción, moderar su culto, trabarlo con artificios y técnicas milagrosas y rendirle pleitesía con inteligencia y cautela. Esta crítica iconoclasta al sistema de organización confuciana de la vida y, en particular, de la vida sexual, recuerda el humor sarcástico de escritores como Juan Ruiz, Rojas, Chaucer, Delicado, Aretino o Cervantes hacia los preceptos cristianos con que las sociedades occidentales reprimían el sexo.
Pero la incisiva ironía de Li Yu actúa como un bisturí filosófico que saja la carne palpitante de su tiempo para demostrar la discordancia entre los altos principios y la cruda realidad, la teoría moral y la práctica privada. De ahí también la universalidad de su mensaje. La letra de esta novela es libertina y pornográfica, picaresca y cáustica, mientras el espíritu es estético y sublime. Como en el “Libro de Buen Amor” o “La Celestina”, el sentido es ambiguo y la lección paradójica. El camino de la perdición conduce a la salvación espiritual. La exaltación carnal transporta al éxtasis y la iluminación zen. 
Como colofón provocativo, Li Yu remata su deliciosa novela con este epigrama irreverente contra la sabiduría: “¿No fueron los sabios quienes trajeron el mal y la desgracia al mundo?”.

NOTA BENE: Conozco otras dos ediciones españolas de este maravilloso clásico chino (la traducción de Beatriz Podestá, que fue la primera que leí a mediados de los noventa, hecha con toda seguridad desde la primera traducción al inglés, de 1963, obra de Richard Martin, y editada por Bruguera en 1978 como “novela erótica china” en su colección de Clásicos del erotismo, con prólogo de Rubén Solís; y la de Iris Menéndez, realizada también a partir de una traducción al inglés de 1990, aunque mucho más lograda, obra del profesor Patrick Hanan, autor también del prólogo, y que fue publicada por Tusquets en 1992 en la colección La sonrisa vertical dirigida por el gran erotómano Luis García Berlanga) y la versión francesa de Pierre Klossowski, cincelada en francés virgiliano a partir de una primera traducción literal del sinólogo Jacques Pimpaneau (producto a su vez del cotejo de un manuscrito chino depositado en Tokio y la traducción alemana de Franz Kuhn de 1959) y editada por Jean-Jacques Pauvert en 1962 (la edición que tengo es de 1979 y viene prologada por el gran comparatista René Etiemble). Según muchos especialistas, la versión francesa de Klossowski, por su sensibilidad perversa, refinamiento verbal y afinidad erótica, es la más fiel al humor original de Li Yu…

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