martes, 8 de octubre de 2019

PENSAMIENTO OCIOSO



[Yoshida Kenkō, Pensamientos al vuelo, Errata Naturae, trad.: Justino Rodríguez, 2019, págs. 226]

            En la literatura japonesa clásica existe un género original que se llama zuihitsu y que consiste en reflexiones fragmentarias que guardan relación con la vida y el entorno del autor. El nombre del género significa, en ideogramas chinos, pensamiento libre o espontáneo. Este modelo de escritura aspira a atrapar en el papel la esencia fluida de la vida usando la habilidad del pincel y la tinta. Inscribir con estilo suelto las ideas y sensaciones del yo como respuesta a la volatilidad de la experiencia y la fugacidad del tiempo.
            El primer maestro de esta modalidad literaria fue una mujer, una gran cortesana del período Heian (siglo X), la famosa Sei Shōnagon, autora de una memorable colección de anotaciones titulada El libro de la almohada (Makura no Sōshi). En el siglo XII, con los cambios históricos y sociales, ya no fue un cortesano en activo sino uno caído en desgracia y reconvertido en ermitaño budista, Kamo no Chōmei, quien escribió retirado del mundanal ruido otro paradigma del género (Pensamientos desde mi cabaña; Hōjōki), donde se fijan los rasgos de un modo de vida (soledad, desapego, contemplación mística, humor, meditación trascendental) que se transforma en método de escritura. Otro maestro de este programa moral y artístico fue Yoshida Kenkō (1284-1350).
En el breve prefacio a este fabuloso libro (Pensamientos al vuelo (Tsurezuregusa); traducido con anterioridad como Ocurrencias de un ocioso), Kenkō expone con desenfado los principios de su escritura. Podrían glosarse así: apartado del mundo, contando con ocio suficiente y plácida serenidad, me entretengo pintando estos signos de tinta que representan ocurrencias que cruzan veloces por mi cabeza como las aves por el cielo y los peces por las aguas del río y me sorprenden hasta a mí mismo por su audacia e ingenio. La leyenda no desmentida cuenta que los papeles emborronados por Kenkō decoraban las paredes de su humilde cabaña en el bosque, esto le permitía usarlos como recordatorio de sus enseñanzas e ideas.
La leyenda, sin embargo, no esclarece las razones de su retiro. Siendo un cortesano eminente, pudo conocer el amargo desamor que aparta de toda compañía, o la disputa política entre facciones antagónicas, o la revelación repentina de la inanidad de cualquier existencia que no se atenga a lo esencial y se deje dominar por las pasiones y deseos. De la lectura de los 243 ensayos del libro cabe extraer la suficiente información como para corroborar todas las hipótesis sobre sus motivos para alejarse del mundo social y acercarse a vivir cerca de los árboles y las montañas, los animales y las plantas.
La mirada desengañada a la vida urbana y cortesana delata un escepticismo que aflora en numerosas anécdotas y observaciones críticas respecto de la degradación cultural en curso y la necedad del poder y los hombres de poder. Como budista convencido, aunque irónico, Kenkō celebra la frágil belleza de los seres y las cosas como expresión natural de su caducidad e intrascendencia. Como hombre entregado al cultivo del espíritu y la sensibilidad, siente que las tentaciones carnales y los placeres sexuales son las que más pueden extraviar el corazón humano, pero también gratificarlo, pese a su condición efímera (“el hombre que no ama con pasión carece de algo”). Como amante avezado, las reflexiones sobre la pasión y el deseo se matizan de paradojas e ironías y traslucen un refinamiento estético y psicológico digno de Proust: “El hombre que, en una noche, cuando flota en el aire el perfume de las flores de los ciruelos, no haya ido a la casa de una mujer en el momento en que una nube oculta la luna, ni haya salido sigilosamente de su residencia, cruzando un jardín cubierto de rocío cuando brilla en el cielo la luz del amanecer, será mejor que no se entregue a las manos del amor”.

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