miércoles, 6 de febrero de 2019

LA ESVÁSTICA DEL DESEO



 [Junichiro Tanizaki, Arenas movedizas (Manji), Satori, trad.: Aiga Sakamoto y Miguel Martín Onrubia, 2018, págs. 246]

Hace unos meses, al reseñar otra novela de Tanizaki recién publicada, exigía la traducción directa de esta magistral novela desde el japonés. Por fin está aquí. Ha sido la última en traducirse al español de las grandes novelas de Tanizaki como también fue la última en traducirse al inglés. No es casualidad. Se trata de la novela más escandalosa y provocativa de toda la obra de quien muchos consideran el escritor japonés más sobresaliente del siglo XX.
El título original (“Manji”) significa “esvástica”, pero no es esta una novela sobre la atracción de la violencia masculina o la fascinación física con la fuerza, en el sentido fascista de la palabra, como la habría escrito Mishima, sino una novela refinada y femenina sobre la fatalidad de la belleza y el deseo, los enredos de la pasión vivida intensamente y la imposibilidad del amor en un mundo de intereses y prejuicios. La originalidad de la historia radica, no obstante, en su pareja de protagonistas, Sonoko y Mitsuko, dos mujeres que se entregan a una tan tórrida como turbia historia de amor lésbico en la Osaka de comienzos de la era Showa (1926-1989). Tanizaki la publicó serializada en la revista “Reforma” entre 1928 y 1930.
Kakuichi Sonoko es una mujer casada de 23 años que siente que la vida es algo más que un matrimonio burgués y sus rutinas domésticas y conyugales e intuye la palpitante intensidad del arte y la belleza latiendo tras el velo de las apariencias convencionales. Se apunta a una escuela de arte para dar salida a su sensibilidad y allí, de manera tan inconsciente como fatal, a través de una pintura ingenua de la diosa Kanon, termina conociendo a una hermosa criatura de perdición, más joven que ella, la fatídica virgen Tokumitsu Mitsuko. Al principio su relación se basa en la admiración de la ardiente Sonoko por la belleza carnal de Mitsuko, luego se hacen amantes y más tarde involucran al marido de Sonoko, Kotaro, un hombre moderno y tolerante, y al prometido de Mitsuko, Watanuki, un dandi asexuado.


Aquí el enigmático título encuentra una explicación. El cuarteto de personajes representa los cuatro brazos de la esvástica invertida que figura junto al título de la novela. La esvástica es un símbolo budista, un emblema del ciclo de la vida, la rueda solar que gira completando el círculo de creación y destrucción. Así los turbulentos amores de Sonoko y Mitsuko. Como tantas veces en la realidad japonesa, el suicidio es la respuesta trágica a la imposibilidad de alcanzar los fines o los ideales por los que uno vive. En este caso, la acomplejada Sonoko sospecha que ha sido traicionada en la muerte por su marido y su amada Mitsuko, aunque también piense que ambos han querido que sobreviva para contar su historia íntima como protagonista.
Otra cualidad innovadora de “Arenas movedizas” corresponde a la voz narrativa. Al iniciarse la novela, Sonoko toma la palabra con modestia ante el “maestro”, un trasunto del propio Tanizaki, narrándole lo sucedido para que la aconseje con su sabiduría y autoridad moral, como hiciera ya en el pasado en un caso de infidelidad platónica en el que ella se vio envuelta. La narradora transmite la experiencia amorosa de viva voz, o a través de las cartas íntimas que conserva de su amante y de ella misma, al oyente profesional y este, a su vez, interpola comentarios puntuales para esclarecer detalles que pueden resultar oscuros o confusos al lector, destinatario final del complejo dispositivo. De este modo, el confidente masculino hace suya la narración sentimental de Sonoko y la transforma en carne de novela erótica. Este traspaso de la peculiar oralidad dialectal de la narradora burguesa de Osaka a la prosa escrita del escritor tokiota, en su papel de testigo pasivo, es otro de los aspectos relevantes de la narración.
Con todos estos delicados materiales, Tanizaki construye una magnífica parábola sobre la maldición del deseo y la belleza encarnada, como casi siempre en este extraordinario autor, en cuerpos de mujer.

[Las dos ilustraciones proceden de la portentosa adaptación cinematográfica de Yasuzo Masumura, la primera en todos los sentidos, también el estético, estrenada en Japón a finales de julio de 1964, justo un año antes de la muerte de Tanizaki, a finales de julio de 1965.]

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