martes, 6 de noviembre de 2018

SUEÑOS ANDROIDES



[Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2018, págs. 263]

Existe una conspiración para imponer lo anodino como frecuencia mental en la cultura de masas. No todos los productos audiovisuales participan, ni todos en el mismo nivel, por descontado. Pero esta serie es un ejemplo perfecto para abordar esta cuestión. Cómo a partir de un puñado de magníficos relatos se puede generar una serie de episodios de tan bajo vuelo y estrechas miras, con destellos ocasionales…

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de la fallida Minority Report), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.
Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la narración especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a una realidad anómala.
Esta antología de título prometedor recoge diez relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. (Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick.) La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias excesivas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos. Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también,  cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios artísticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 
Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas impopulares.
Como muestra el panorama mental contenido en estas fascinantes ficciones, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo contemporáneo, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El padre-cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro,  y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.
Los sueños eléctricos, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia.

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